A los veintidós años Víctor Franz se graduó de medicina de la Universidad de Varsovia, Polonia. Llevaba un año ejerciendo la medicina cuando fue detenido y destinado a Auschwitz. Pasó nueve meses en ese infierno que le marcó el alma y le dejó cicatrices en la psiquis que nunca se pudieron sanar. Una vez en la calle se encontró solo, no se adaptó, no se congració con el recuerdo y emigró a Nueva York. Aunque se sentía a gusto viviendo con unos tíos de madre, Manhattan le pareció una ciudad aburrida que descentraba a la gente del propósito de la vida y la lanzaba al abismo de los vicios. En 1950, muertos los tíos y cansado del frío inhóspito de enero, aceptó un trabajo en Fort Buchanan, San Juan de Puerto Rico. En 1975 se retiró del Army y montó un consultorio en Río Piedras. “Yo soy médico”. Empezaba a trabajar a las ocho de la mañana y terminaba a las cinco. “Yo desayuno poco y aguanto hasta la noche”. El sábado trabajaba hasta el mediodía, pero salía a las dos de la tarde. “Me debo a mis pacientes”. Una mañana de un sábado, ya cerca de la Navidad, la publicidad grabada anunciaba los especiales de las tiendas de ropas, llegó una jovencita de veinte años, hija de una paciente suya a quien había sacado de apuros urgentes dos o tres veces. “Es un buen médico”. La jovencita le reveló el motivo de la visita, le mostró las placas y le dijo que ella no quería que la operaran los médicos del Centro Médico. “Yo confío en usted”. Como el doctor Víctor Franz se rehusaba a operarla, ella le dijo que era la oportunidad de su vida para probar la teoría que lo obsesionaba de niño. “Yo tengo más facultades que las que tiene mi madre”. Como la ambición puede más que la razón, el doctor Víctor Franz, después de pensarlo y convencerse, decidió operarla. “Doctor, no se va a arrepentir”. La jovencita se presentó en la noche, y murió en la sala de operación del consultorio del doctor Víctor Franz. “Doctor, si muero en la operación, siga adelante”. Al doctor Víctor Franz le formularon cargos graves cuando en medicina forense se dieron cuenta de que faltaba el cerebro de la jovencita. En el juicio, que tenía a la gente debatiendo en todas partes y a los medios especulando e inventando los motivos del doctor, salió a relucir que el doctor Víctor Franz colaboró con los experimentos atroces y criminales que practicó el doctor Josef Mengele, acusación que su abogado rechazó de plano, y el doctor Víctor Franz, sentado en el banquillo, dijo que rechazó la proposición del ángel de la muerte. “Aunque lo niegue fue un Kameradenpolizei”, repetía el fiscal. “Decían que al bisabuelo del fiscal lo mataron en Auschwitz”. Durante el último día del juicio, el doctor Víctor Franz, seguro y decidido, se negó a revelar qué había hecho con el cerebro de la jovencita. “Es mi secreto”. Al doctor Víctor Franz el jurado lo encontró culpable y el juez dictó sentencia: le suspendió la licencia de médico y lo condenó a arresto domiciliario... “Se salvó por la edad”. Al año de estar encerrado en su casa, sin recibir visita, sólo lo visitaban el abogado y unos amigos fieles que no le dieron la espalda, incluyendo a la madre de la jovencita, publicó un libro que explicaba que en el cerebro hay un lugar oculto donde está almacenada la película de las vidas pasadas y que al revelarla se conocen experiencias de la vida humana y cósmica.
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