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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Dos relatos de Douglas Bohórquez

martes 24 de noviembre de 2020
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Berlín, un domingo después

A Gabriel Elías Bohórquez

Ahora tú vives en Berlín y es verano. Seguramente paseas en tu bicicleta o vas solo a pie por alguna desconocida calle de agosto. Imagino que te sorprendió la extraña hospitalidad de las máquinas, el riguroso orden en que llegan y se despiden los trenes, el ajetreo de algunas palomas en Alexanderplatz, pero ¿hay insectos en Berlín?, ¿qué color tienen los días?, ¿cómo son las noches y las mañanas?, ¿con quién hablas o tomas el té en los mediodías?, ¿con quién sueñan las mujeres en Berlín?

Cuando llegaste nada sabías del frío y te sorprendió despertar solo entre hábitos y palabras ajenas. Te acompañaba el recuerdo de tu casa en la montaña, tus primeros pasos en el patio bajo la protección de tu madre y del gran árbol de mango, tus cumpleaños con algún payaso y caramelos y piñatas para tantos niños, ¿a cuántos niños habías invitado?, o cuando apenas gateando intentabas subir al enigmático cuarto de arriba, hacia la insospechada biblioteca en la que preguntaste si podías aprender a volar. Más tarde me dijiste, fue bello, padre, como aquel cuento de El principito, pero el país, nuestro país, cómo lo han destruido: tuve que huir

Ahora vives en Berlín y piensas en tu novia o en tus amigos de antes que contigo aprendieron a descifrar la vida, sí, aquella vida como una bella manzana girando en el porvenir de la noche. Entonces era el transcurrir de las primeras letras cabalgando hacia la cima de los cerros en aquella humilde escuela del pueblo. Todo fue lento y rápido como un huracán de la belleza envolviéndonos en su invisible trama azul.

Ayer Berlín era para ti una distante mañana fría, un tránsito hacia la flor y la lluvia. Hoy todo se escurre entre las piernas de las mujeres, los vasos de los bares y las palabras de los turistas que compulsivamente compran en las grandes tiendas y no miran el cielo, sí, el maravilloso cielo de Berlín.

 

Protesta

Vine a protestar porque ya no te veo, porque nada es como antes, porque de pronto todo cambió entre nosotros y me dijiste: ya no es lo mismo. No sé qué ocurrió en ti o en nosotros, ¿se produjo una mala posición de los astros?, ¿cambió la dirección del viento?, ¿se confundieron los elementos? Nunca interrogué tus propósitos, nunca supe a dónde querías ir. Yo simplemente me limitaba a seguirte, como la purísima aparición de la belleza, como un militante de la esperanza obsedido por tu cuerpo y tu imagen. Esa imagen sagrada de tus vestidos, de tus gestos, de tus palabras, que ahora da vueltas en mi cabeza y me lleva a los lugares de antes, un bar, una tasca, una taberna donde solíamos hablar y tomarnos una cerveza o un whisky. Después llamé por teléfono y no respondiste. Te busqué por las plazas, por los parques, por las calles que solíamos recorrer. No te encontré.

Por eso vine a protestar. Porque no es justo perderte, porque no puedo quedar al garete, varado en medio de este océano de mentiras en que se ha convertido la realidad. Es como si hubiese ocurrido una intempestiva interrupción de aquel viaje que nos conduciría a la mítica Manoa. Me quedé a oscuras dentro de mí. No supe qué hacer: me quedé sin aire, sin cielo. ¿A quién buscabas?, ¿te equivocaste de ciudad, de persona? ¿No era yo entonces el capitán de tus vastos dominios?, ¿a quien decías que amabas?, ¿fue un error encontrarnos? Yo, por el contrario, siempre supe que tú eras mi tabernáculo y mi alfabeto, mi lengua por fin salvada.

Pero de pronto un día dijiste soñé, madre, lavándome la sangre y ya eras otra, decías otras palabras, tenías otros gestos, vestías de otra manera. Sin embargo yo seguí aferrado a tu imagen y por eso tu ausencia ahora es como la noche de los fusilados, como la delación de una revuelta, como la caída del reino. Se rompió el puente que nos unía y yo quedé como ropa sola, protestando la calle, del lado de la jauría.

Douglas Bohórquez
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