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Dos pandemias

jueves 3 de diciembre de 2020
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I

Mi hermana fue la primera víctima del virus. Había manifestado los síntomas iniciales en la tarde de Año Nuevo, hora en que fue presa de una palidez y una abulia tan súbitas como tenaces, pero como era de piel clara y la noche antes había bebido mucho ron, pensó que aquello no eran más que efectos de la resaca. De modo que se tomó un caldo de patas de pollo y se acostó a dormir hasta el día siguiente. Ahora bien, cuando vimos que llegaba la noche del 2 de enero y ella no salía de su cuarto, empezamos a preocuparnos en casa.

—¡Hija, abre la puerta! —clamaba mi madre, tocando desesperada.

Pero mi hermana no respondía. A eso de las 8:30 pm, estando muy asustado, mi padre quebró el picaporte a martillazos y entró rápidamente en la habitación. Encendió la luz.

—¿¡Pero qué vaina es esta!? —le oí exclamar.

La cama estaba vacía, y parecía intacta, sin la menor señal de que alguien la hubiese ocupado los dos últimos días.

Mi madre y yo, que nos habíamos quedado afuera, en el pasillo, entramos también al dormitorio y quedamos igual de atónitos ante lo que vimos: acostada boca arriba en la cama, mi hermana se había vuelto completamente gris; su cara, su cabello, sus extremidades, hasta la ropa que llevaba puesta, ¡toda ella era gris! Sin embargo, su aspecto general no era el de un organismo caduco, como podría ser el de un árbol seco, no. Era más bien como si estuviera dentro de la pantalla de un televisor que ha perdido la señal, o como si fuera el relieve de una fotografía antigua. Los tres la miramos un rato, en silencio.

—Hija, ¿cómo te sientes? —preguntó mi madre al fin, sin moverse de la entrada del cuarto.

—Aléjense —dijo mi hermana—. Esta enfermedad es contagiosa.

—¿Pero qué tienes? —le pregunté.

—Olvídense de mí. Dejaré de existir en menos de una hora.

—¡No digas estupideces! —repliqué—. Apenas tienes cuarenta años. Lo que necesitas es comer algo.

—Cuando ustedes también se contagien —repuso—, no podrán quejarse de que no se los advertí.

Mi mamá abandonó la pieza sollozando débilmente. Mi papá se sentó en la cama y tomó a mi hermana de la mano, seguramente para darle un sermón. “Eso la pondrá peor”, pensé, saliendo al pasillo. Bajé la escalera que conducía a la planta baja, fui hasta la cocina y cocí dos trozos de yuca. Los serví con guasacaca (la poca que quedaba) en un plato. Consulté mi reloj: eran las 9:30 pm. Una puntada de miedo aguijoneó mi estómago. De inmediato, eché a correr escaleras arriba. Al llegar al rellano, vi que mi padre estaba de pie en el pasillo, mirándome con ojos enrojecidos y el rostro demacrado.

—Ya es tarde, hijo mío —dijo.

Debatiéndome interiormente entre la furia y la resignación, atravesé el pasillo con pasos pesados, como si de pronto mis pies se hubiesen petrificado, y entré en la recámara de mi hermana. Todo estaba tal y como yo lo había visto una hora antes, con la diferencia de que la cama estaba vacía, y parecía intacta, sin la menor señal de que alguien la hubiese ocupado los dos últimos días. Quizá porque se trataba de mi única hermana, cruzó por mi mente la ridícula idea de que ella seguía acostada allí, sólo que se había vuelto transparente. Me senté en el lecho y estiré un brazo, palpé la superficie de la sábana. Miré a mi alrededor, escrutando todos los detalles del recinto. Era un hecho: mi hermana había desaparecido.

 

II

Desgraciadamente, mis padres se contagiaron. Los vi lívidos y apáticos la mañana del 3 de enero, cuando iba de mi cuarto a la cocina. Ambos estaban sentados, muy juntos, en el sofá de la sala. Papá, no obstante, aún conservaba una chispa de vitalidad, pues nada más verme, me dijo:

—Mira, si no quieres desvanecerte como tu hermana, lo mejor es que te marches de la casa.

—No me iré —repuse.

—Aquí sólo hay muerte —dijo mi madre, con la vista fija en el piso—. La casa te caerá encima si no te vas pronto.

—Además, ¿no dices todo el tiempo que estás cansado de vivir con un salario de hambre, que quieres ingresar a la universidad? —me interrogó papá—. Lo que tienes que hacer es emigrar. No lo pienses más.

—Pero, ¿adónde me iría?

—A cualquier otra parte —respondió mamá—. Aquí sólo hay muerte.

—¡No! —exclamé—. ¡Yo los salvaré, y sin han de morir hoy o mañana, entonces moriré con ustedes!

—Bueno, ya estás advertido —dijo mi padre.

Ese día procuré levantarles el ánimo de varias maneras: les conté chistes (buenos y no tan buenos); los hice escuchar sus discos favoritos en mi discman; les referí todos los buenos recuerdos que guardaba de ellos, incluso les mostré fotos de nuestra familia en otros tiempos. Pero mis esfuerzos fueron inútiles. Papá y mamá se habían entregado a la enfermedad. La perspectiva de perderlos inexorable y llanamente, como había perdido a mi hermana, me resultaba insoportable. Por la noche, ni cené ni dormí, cavilando sobre cómo podría conservar a las dos únicas personas que todavía me quedaban en este mundo. Cuando mi reloj dio las 6:00 am del 4 de enero, una idea me inquietaba profundamente. Y si me inquietaba, es porque podía funcionar.

Entramos en la habitación de mis padres y entonces los vimos: estaban grises de pies a cabeza, como criaturas de ceniza o de grafito en bruto.

Sin detenerme siquiera a comprobar el avance de la infección en mis padres, salí de casa y me encaminé a la bodega del barrio. El cielo tenía un tono ambarino, como siempre. El sol, alto, pequeño y rojizo, teñía de carmesí las nubes grisáceas e inmóviles. No soplaba la menor brisa ni se veía un solo pájaro volar, como es natural en Manoa. Aun así, no dejo de mirar el cielo un solo día, pues no pierdo la esperanza de que un sol luminoso haga su recorrido de oriente a occidente; ni de que las nubes se desplacen libremente; ni de que nazca la verdadera noche y en su seno broten la luna y las estrellas. Dicen que así eran las cosas en nuestro país siglos atrás, pero esta no es la historia de Manoa, sino del virus que brotó en mi familia y terminó propagándose por todo el mundo.

Como he dicho, me encaminé a la bodega del barrio. Sólo vi en la calle a dos o tres chatarras de automóviles sobre la calzada. Las hileras de viviendas bajas o de un piso mostraban el desteñido rojo de siempre en sus fachadas. Yo avanzaba deprisa hacia mi destino, procurando lucir despreocupado, aunque no sé si lo logré. Un vecino que estaba asomado a su ventana, exclamó al verme pasar:

—¡Muchacho, serénate un poco! ¡Apenas tienes veinte años, lleva la vida con calma!

—¡Es que tengo una emergencia! —repliqué sin pensar—. ¡Necesito hablar con don Hilario!

El vecino me respondió, pero ya no recuerdo lo que dijo. Avancé unos metros más, hasta que llegué a la reja oxidada que todos conocíamos bien en la comunidad. Por detrás de las barras de hierro, yacían los polvorientos anaqueles sobre los que descansaban, vacíos, varios cartones de huevos y dos cajas de cerveza.

—¿Qué fue, chamín? —escuché que saludaba la voz grave del bodeguero.

El hombre salió caminando del pasillo que venía del interior de la vivienda, hacia mi derecha, y se plantó detrás de la reja. Con su metro ochenta de altura, su cabeza de pelusa blanca, sus enormes y gruesos lentes, y una delgadez casi famélica, parecía un poste con binoculares en un invierno nevado.

—Me enteré de lo que le pasó a tu hermana —dijo—. ¡Qué vaina…! Y pensar que el hospital está bien lejos, y allí no hay insumos, ni médicos, ni nada…

—Precisamente por eso he venido a buscarlo, don Hilario. Ahora mis padres se han contagiado de lo mismo que tuvo mi hermana.

—¡Carajo!

Un momento más tarde, íbamos en camino a mi hogar. Entretanto, yo iba hablándole al viejo sobre el estado en que había visto a mis padres el día antes. No es que don Hilario fuera médico, por cierto, sino que siempre acudíamos a él cuando alguien del barrio necesitaba ayuda en alguna tarea dificultosa, desde reparar una filtración muy profunda, hasta hacer un quesillo sin huevos ni leche. Y él, de una manera un tanto misteriosa, siempre lograba solucionar el problema.

Llegamos a mi casa. Sin decir palabra, entramos en la habitación de mis padres y entonces los vimos: estaban grises de pies a cabeza, como criaturas de ceniza o de grafito en bruto; yacían acostados boca arriba en su cama, tomados de la mano. Encendí la luz y su aspecto me resultó aún más desconcertante, pues los contornos de sus cuerpos me parecían difusos por momentos, como si se estuviesen borrando de la realidad. No toleré más aquella visión y me eché a llorar entre ellos.

—Hasta aquí nos trajo el río —dijo don Hilario, con la voz más lúgubre que hube oído jamás—. ¡Qué vaina!

Lo siguiente que recuerdo es que lloré mucho sin salir del lecho y que mis padres murmuraban diciendo que me marchara, o algo así. El caso es que me quedé dormido. A eso de las 2:00 am del 5 de enero, cuando desperté, ya los dos habían desaparecido. Unos minutos más tarde me enteré, por el llamado de una vecina, de que don Hilario estaba infectado con el virus.

 

III

Quien haya perdido seres queridos durante una peste, sabe muy bien que no suele haber tiempo de llorar a los difuntos. En tales casos, la prioridad es sobrevivir y, de ser posible, auxiliar a otros supervivientes. Justamente esta posibilidad fue la que me motivó a visitar a don Hilario, e intentar hacer por él lo que no pude hacer por mi familia: arrebatárselo al detestable virus. Cuanto más si aún había un recurso que no se había empleado contra la enfermedad: la invocación del poder divino. De manera que tomé el desusado ejemplar de la Biblia que reposaba en mi biblioteca y, por última vez en mi vida (esto lo supe después), salí de casa.

Preso de mi obstinado hábito, volví a mirar el cielo en cuanto estuve en la calle. Allá arriba, todo parecía seguir como de costumbre: rojizo, con un sol como de sangre, con nubes tiesas como de plomo colorado, sin viento, sin aves. Serían las 2:30 am, más o menos. Bajé la vista a tierra y me percaté de que había una concentración de vecinos frente a la casa del bodeguero. Me acerqué cautamente. Noté la expresión de derrota que se dibujaba en los rostros de las mujeres y cómo murmuraban entre sí. No quise hacer preguntas superfluas, de manera que avancé en silencio, paso a paso, por entre los presentes, hasta que entré en la casita de don Hilario, que tenía la puerta abierta.

¿Acaso había un futuro sobre el cual pensar? Quizá mis padres tenían razón: era el momento de emigrar y prosperar en otra parte.

Penetré por el corto pasillo y desemboqué en la salita. La estancia carecía de ventanas, estaba pobremente iluminada por varios velones que ardían cerca de las paredes, en el suelo. Y para mi sorpresa, el enfermo yacía echado en un chinchorro que colgaba de dos esquinas opuestas del recinto. Masticaba; si no fuese por los movimientos de su mandíbula, lo hubiera tomado por un cadáver.

—¿Por qué no enciende la luz, don Hilario? —me atreví a preguntar.

—Porque no hay —respondió, lentamente—. Se fue hace como hora y media.

—Ah… ¿Y qué está comiendo?

—Sólo estoy masticando chimó. Quiero darme este gusto antes de morir.

—Creo que puedo ayudarlo, don Hilario. Vamos a leer la Palabra de Dios y a rezar. Puede que un milagro lo cure.

—¡Yo no creo en esas pendejadas, carajito! ¡Y tú, tampoco! —exclamó, aunque enseguida añadió, en otro tono—: Pero, bueno… Léeme algo para pasar el rato.

Me senté en el suelo, frente a unos cinco velones que estaban muy juntos. Entonces le leí el Eclesiastés al viejo, y también Lamentaciones de Jeremías. Seguidamente, él me aseguró que yo era inmune al “Virus de la Desaparición”, pues había tenido trato directo con cuatro enfermos sin contagiarme. Iba a decirme algo más, pero se calló al notar que una señora entraba en la casa. La mujer traía un plato de lentejas y un vaso de agua.

—Lleva dos días sin comer, don Hilario —dijo la señora apenas estuvo en la sala—. Por favor, se va a desmayar.

—Adiós, chamín —me dijo el viejo—. Gracias por las lecturas.

—Déjeme dormir aquí esta noche, don Hilario. Necesito compañía.

—¿No tienes que trabajar mañana? —inquirió.

—Declararon no laborable todo el mes de enero —le informé.

—Bueno.

Dejé la Biblia en el suelo, me levanté y estreché la mano del bodeguero. Luego, me hice un ovillo en un oscuro rincón del recinto. Cerré los ojos, intentando meditar sobre el porvenir. Pero, ¿acaso había un futuro sobre el cual pensar? Quizá mis padres tenían razón: era el momento de emigrar y prosperar en otra parte; en Manoa sólo había muerte. No obstante, me sentía sin fuerzas para razonar o desahogar mi frustración, así que empleé el viejo truco de los que lloramos hacia adentro: dormir, dormir plena y largamente, como en un sueño sin fin.

 

IV

Desperté sobresaltado. Como todos los velones estaban apagados, encendí la luz. No vi a don Hilario por ninguna parte. Lo busqué en el baño, pero sólo hallé mi Biblia tirada en el piso, junto al retrete. Las paredes, tanto del baño como de la salita, estaban desconchándose a pedazos mientras yo las miraba; aún recuerdo con claridad la capa de pintura roja enrollándose suave y silenciosamente hacia abajo, como despellejándose sola, dejándose caer de cuando en cuando; largas grietas se extendían por las junturas entre los muros y el techo de zinc, por los rincones, cerca del piso, no obstante sin ocasionar el menor crujido. “¡Esta vaina me va a caer encima!”, pensé, echando a correr fuera de la edificación lo más rápido que pude.

—¡Muchacho, no seas necio! ¡Vete de aquí! ¡Te vas a desvanecer como mi compadre! —me gritó alguien cuando estuve en la calle.

Me tomó unos instantes comprender lo que veían mis ojos. En plena calzada, algunos de los vecinos de mi calle conversaban sentados en taburetes, y todos ellos (viejos, jóvenes y niños) estaban contagiados con el virus, pues se habían vuelto totalmente grises, como seres de humo solidificado o de carboncillo comprimido. Además, el tono rojizo de siempre, venido del cielo, les daba un aspecto francamente desagradable, hasta el punto de que tuve la sensación de estar mirando viejas gomas rociadas con óxido ferroso. Las fachadas de las casas, por otra parte, se desconchaban del mismo modo que la casita de don Hilario, agrietándose y estremeciéndose levemente. Recuerdo que una puerta de latón se soltó de sus goznes y cayó al suelo con estrépito. Consulté mi reloj. Eran las 8:00 pm.

—¡Marcelo, por el amor de Dios, sal de aquí!

Empezaron a hablar sonriendo, pero con sonrisas forzadas, demasiado forzadas, hasta el punto de parecer muecas diabólicas en caras torturadas.

Quien me hablaba era el señor Néstor, compadre de don Hilario. Estaba jugando dominó en una mesita cercana, junto a otros tres ancianos. Lo saludé.

—Señor Néstor, ¿dónde está don Hilario?

—Ya te lo he dicho, mi compadre se desvaneció.

—¿Tan rápido?

—Rápido, no —repuso—. Se demoró 33 horas, como todos los que tenemos el virus ese…

—¿Cómo que 33 horas?

—¡Sí, chico! ¡Ya estamos a 7 de enero, termina de despertarte!

—La gente de esta calle está contagiada, ¿verdad? —pregunté, después de suspirar lentamente.

—Todo el barrio, mijo. O lo que queda de él, porque casi todas las personas se largaron a otras partes, aunque muchas de ellas ya estaban enfermas. ¿Tú por qué sigues aquí?

—Creo que podría salvarlos, señor Néstor. Tengo una idea.

—Sí, sí… Llévate tu idea a otra ciudad, nosotros ya estamos condenados… ¡Coño, se trancó la partida!

Los cuatro señores echaron sus piezas de dominó sobre la mesa. Se evidenciaba en sus rostros que no les importaba ganar o perder, aquel juego era una mera distracción antes del final. Luego empezaron a hablar sonriendo, pero con sonrisas forzadas, demasiado forzadas, hasta el punto de parecer muecas diabólicas en caras torturadas, desahogos de seres impotentes y derrotados que procuran ocultarse tras el disfraz de la indiferencia, pero sin éxito, siempre sin éxito.

De pronto, el señor Néstor prorrumpió en una serie de quejidos ininteligibles. Se levantó y vi que una suerte de gangrena transparente se extendía agresivamente por sus zapatos; se diría que un banco de pirañas invisibles devoraba al pobre hombre. Los zapatos empezaron a desaparecer pedacito a pedacito, empezando por las puntas y dirigiéndose hacia los talones; y a medida que la cosa avanzaba, yo veía no sólo los zapatos, sino los pies desnudos de la víctima, y también sus músculos, sus venas y arterias, sus huesos (todo gris y como podrido, con reflejos rojos), y, finalmente, nada; y la gangrena avanzaba por las piernas y se extendía al resto del cuerpo; y lo mismo le sucedía a los otros tres y a los demás vecinos que estaban en la calle, y fui testigo de cómo todos ellos —los amigos de mis abuelos y de mis padres, y que me trataban siempre con cariño—, todos, fueron evaporándose, esfumándose implacablemente ante el avance fatal del virus, hasta que sus cabezas flotantes, descoloridas y tristes, desaparecieron en silencio, y me quedé completamente solo en medio de la calle.

—Quién lo diría —comenté—. Lo que ha pasado en mi tierra es un nuevo Chernóbil.

Por último, las fachadas de las casas cayeron al suelo, las paredes interiores y exteriores de las construcciones se vinieron abajo, se desplomaron una tras otra como barro seco levantando grandes polvaredas. En cuestión de segundos, mi comunidad, mi amada comunidad, se había convertido en un mar de escombros bajo el cielo rojo de la noche.

 

V

Cinco días después, encontrándome hambriento y muy débil, llegué a los alrededores del bloque 8 de la parroquia 23 de Enero, la menos lejana a mi extinta comunidad. Cuando vi la grande (aunque vetusta) edificación hendiendo el cielo, me sentí a salvo. Troté hacia el portón de entrada, pero faltándome apenas unos pocos metros para alcanzarlo, una voz gritó:

—¡Alto!

No hice caso y seguí trotando con las fuerzas que me quedaban. Sólo quería un bocado de pan, una gota de agua.

Nos trasladaban a una cárcel cercana por estar bajo sospecha de ser “bioterroristas encubiertos”.

—¡Alto o disparamos! —volvió a gritar la voz.

Me derrumbé en el acto. En seguida, fui rodeado por varios pares de botas negras y pantalones verde oliva. Me giré, quedando boca arriba, y alcé mis manos abiertas. Noté que los militares que me apuntaban con fusiles usaban mascarillas quirúrgicas.

—¡Por favor…! —rogué—. ¡Agua…! ¡Agua…!

—¿Tienes el virus? —me preguntó un funcionario.

—No… Soy inmune… ¡Agua…!

—¡Nadie es inmune al coronavirus, mentiroso traidor! ¡Arréstenlo!

Sin darme oportunidad de replicar, me levantaron y me esposaron. Inmediatamente, me introdujeron en un vehículo blindado antimotín de la Guardia Nacional, dentro del cual había otros cinco jóvenes arrestados. Me hicieron tragar dos vasos de agua y un mendrugo. Luego, cerraron las puertas del transporte y éste arrancó. Gracias a las conversaciones sostenidas entre los mismos militares, supe que nos trasladaban a una cárcel cercana por estar bajo sospecha de ser “bioterroristas encubiertos”, o algo por el estilo. También supe que el Virus de la Desaparición se extendía por toda Manoa, Sudamérica y más allá, y que competía con un tal Covid-19 en número de víctimas mortales. “¡Dos pandemias!”, pensé, “¡qué tiempos tan interesantes son estos!”.

Como pude, miré por una ventanilla del vehículo y vi el cielo. Y entonces, tal vez por efecto del movimiento del transporte, tal vez porque no me había repuesto del todo, me pareció que las nubes, coloradas y duras, empezaban a moverse lentamente alrededor del rojo sol.

Isaac Morales Vargas
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