XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

Escrito en la arena

jueves 17 de febrero de 2022
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I

Desde pequeño, y sin que nadie me lo enseñara, he tenido esta fuerte convicción: que ninguna fantasía perdura. También lo aprendí con el correr de los años, es cierto, pero convengamos en que se trata de una realidad difícil de admitir cuando uno ha nacido con el poder de dar vida a través de la escritura. Sé lo que se siente al describir un lirio en un trozo de papel cualquiera y, al otro día, verlo florecer en un jardín abandonado; conozco la sensación que se percibe al garrapatear en una página en blanco la recreación literaria de un diáfano manantial caudaloso, para ver sus destellantes aguas brotar, horas después, entre el musgo. Pero también he experimentado, por desgracia, la horrible sensación de pérdida que se produce cuando mis creaciones se deshacen, se vuelven polvo en un instante y de ellas sólo queda el recuerdo. La pregunta es: ¿vale la pena entregar la vida a una ilusión, aunque dicha ilusión te haga feliz sólo mientras dure? Quizá mi testimonio nos ayude a responder la interrogante.

Ya a mis ocho años de edad yo manifestaba el carácter solitario que hubo de acompañarme toda la vida. Cuando no estaba en la escuela, pasaba todo mi tiempo en la casa, bien haciendo las tareas escolares, bien divirtiéndome con mis juguetes. Pero eran los cuadernos en blanco los que más me cautivaban, pues en ellos podía trazar lo que quisiese: líneas de colores, dibujos de automóviles, de edificios, de superhéroes. Y, además, podía escribir. Recuerdo que escribía trabalenguas, adivinanzas, chistes. Y descripciones. Sí, descripciones de cualquier cosa. Ignoro si la descripción literaria, además de un recurso retórico, es un género literario en sí mismo. La cuestión es que yo lo hacía por puro gusto. Describía los mismos objetos de mis dibujos, y no tardé en darme cuenta de que la palabra escrita era mi mejor instrumento de reproducción de la realidad.

Así que empecé a hacer descripciones de todo objeto inanimado que viniera a mi mente, y lo hacía con gran facilidad. Después, me atreví con plantas, con árboles de distinta clase, con flores. Y no tardé en aprender a describir animales. Confieso que, en este punto, me demoré cierto tiempo para alcanzar lo que yo consideraba un dominio absoluto del arte de describir, pues al aspecto del personaje debía añadirle su manera de comportarse, las variaciones de su carácter. Tras unos diez meses de constante práctica, ejecuté mi primera verdadera creación: un pececillo blanco, a quien llamé Polo.

Quería reír, gritar, saltar de alegría. Me sentía divino, glorioso, todopoderoso.

El fenómeno fue así: yo me había demorado toda una noche en recrear con palabras, minuciosamente, la fisionomía y el comportamiento de Polo. Pues bien, a la mañana siguiente, mi madre me despertó con este regaño:

—¡Eres un niño malo, Leonardo! ¿Por qué has metido un pez en el tanque de agua de la casa? ¡Sácalo de ahí, apúrate!

—¿Cómo que un pez, mamá? —pregunté, todavía medio dormido.

—¡No te hagas el loco! —replicó—. ¡Ese animalito no pudo aparecer allí de la nada! ¡Ve a sacarlo!

Corrí desde mi cuarto hasta el patio, en donde descansaba el tanque de agua. Era de color azul, cilíndrico, de los que suele haber en las casas de cualquier barrio en Manoa. Pues bien, el tanque ya estaba destapado; de modo que me bastó juntarle una silla cercana y subirme en ella para ver al pececito nadando con toda naturalidad, a sus anchas, bajo el cielo claro de mayo: ¡era Polo!

Quería reír, gritar, saltar de alegría. Me sentía divino, glorioso, todopoderoso. El pez, por otro lado, seguía nadando alegremente. ¿Alguna vez te ha pasado que sucede algo increíble y que a pesar de verlo con tus propios ojos y saber en tu corazón que es verdad, buscas confirmaciones que en realidad no necesitas? Bueno, así me ocurrió aquella vez. Eché a correr hasta la sala de la casa e intenté encarar a mi padre, quien leía el periódico, sentado en el sofá:

—Papá, ¿sabes algo acerca de un pez que está en el tanque de agua?

—Ya tu madre me contó —respondió, sin apartar la mirada del periódico—. Mira, puedes traer para la casa los animales que quieras, pero debes cuidarlos tú mismo, y no abandonarlos en cualquier parte. O te responsabilizas, o te deshaces de ellos.

—Sí, papá.

—En aquél rincón está la pecera que era de tu abuela —dijo, señalando con la cabeza cierta esquina de la sala—. Úsala.

—Gracias, papá.

Minutos después, Polo nadaba felizmente en la pecera que ubiqué en mi mesita de noche. Recostado en mi almohada, lo observé durante horas con un cariño especial, supuse que parecido al que puede sentir un padre por su hijo, o un científico por el animal que ha clonado. Porque Polo era mucho más que una mascota para mí. Había brotado de mi pluma, y yo lo amaba. Eso explica que me quedara dormido contemplándolo. Recuerdo que sucumbí al sueño sintiéndome especial, pues el Poeta (bendito sea) me había agraciado con el don especialísimo de creación. Tal vez por eso me desconcertó tanto cuando desperté y vi que Polo había desaparecido: todo lo que quedaba de él era un montoncito de arena blanca en el fondo de la pecera.

 

II

Guardé una semana de luto por mi querido Polo y volví al ataque. Mi intuición me decía que no podía revivir al pez, y además ya no quería a otro que lo reemplazara. Por otra parte, pensé que quizá mi falta de fe en el Poeta y en mi propio poder habían producido la fulminación prematura de mi primera creación, toda vez que yo seguía teniendo mis dudas sobre el prodigio, pues no me constaba en lo absoluto que Polo hubiese sido una consecuencia directa de mi escritura y no un engaño tramado por mis padres. De manera, pues, que esta vez decidí tomar previsiones: desempolvé una oxidada jaula para pájaros que descansaba en el depósito de la casa con otros cachivaches y la introduje en mi cuarto sin que mis padres lo notaran. Era de noche. Cerré la puerta con llave. Entonces tomé lápiz y papel, y describí meticulosamente a Fígaro, un lindo canario. Luego, ubiqué la jaula en el centro del cuarto, apagué la luz, me senté en la cama y esperé: el vigoroso canto de Fígaro me despertó al amanecer.

El pájaro cantaba y revoloteaba por toda la jaula como si quisiera salir. Su sola presencia me era tan inaudita y preciosa que abracé la jaula y le hablé a Fígaro como si él fuese un ser humano. Le di las gracias por existir y de inmediato caí de rodillas y oré agradeciendo al Poeta tanta inmerecida bondad. Mi madre debió de escuchar algo, porque comenzó a tocar la puerta. Muy excitado, la abrí y señalé el canario con el dedo:

—¡Mira, mamá! —le dije—. ¡Es mi nueva mascota y la he creado yo mismo! ¡Se llama Fígaro!

—¡Qué pájaro tan bonito! —exclamó ella, acercándose a la jaula—. ¿Pero cómo es eso de que lo has creado tú mismo, hijo?

—¡Tengo un don divino, mamá! ¡Sólo debo describir un animal con palabras escritas para que cobre vida! ¡Así de fácil!

—¡Tan lindo, mi niño! —exclamó, antes de darme un beso en la frente—. ¡Jamás dejes de creer en ti mismo!

—¡Lo digo en serio, mamá!

Yo apenas podía apartar los ojos de mi ventana, esperando los primeros rayos del sol para que mi hijo se materializara ante mí.

Creo que mi padre tampoco creyó en mi don, pero yo estaba tan excitado con el hallazgo que no sabía ni cómo actuar a continuación. Antes de las nueve de aquella mañana ya había agotado en mi mente todas las ideas que un niño puede concebir en semejante situación, desde hacer una descripción literaria de la máquina del tiempo o de la piedra filosofal hasta llenar mi cuaderno con la descripción más que escrupulosa de un universo poblado por diversas razas alienígenas, conmigo como emperador absoluto. Pasado el entusiasmo inicial, recordé que los dones del cielo son un asunto muy serio, y que cuando no se usan responsablemente, suelen acarrear desgracia y maldición a quien lo tiene. Amedrentado por esa idea, me acerqué a Fígaro y lo contemplé en silencio. No volví a ensayar descripción alguna hasta siete años después.

Un ser humano. Esa sería mi siguiente creación. Tras meditarlo mucho, concluí que la mejor forma de hacerme digno de la dádiva que se me había dado era mejorando el mundo de la manera que me pareció más apropiada: creando una raza de personas santas, sin inclinación al mal. Claro que tenía noticia de experimentos análogos llevados a cabo por otras personas, como los infames nacionalsocialistas intentando crear la “raza aria”, o los no menos infames comunistas soviéticos y su supuesto “hombre nuevo”. Ambos produjeron resultados inefables. Tampoco se me escapaban, por otro lado, los mitos de falsas religiones, como el diluvio universal de los Anunnaki o los sucesivos hombres de tierra, madera y maíz del Popol Vuh. Puras patrañas. Yo no fallaría porque tenía al único Dios verdadero respaldándome, así que escribí en mi cuaderno de creación:

Existe un hombre cuyo corazón sólo podrá conocer el bien. Está dormido y despertará el próximo amanecer. Su fisionomía es irrelevante. No tiene nombre. Me obedecerá ciegamente y yo le enseñaré todo lo que necesita saber.

Esa noche no dormí. El viejo Fígaro se movía inquieto en su jaula. Yo apenas podía apartar los ojos de mi ventana, esperando los primeros rayos del sol para que mi hijo se materializara ante mí y yo fuera testigo del nuevo comienzo de la humanidad.

Esperé hasta el mediodía, trasnochado y muerto de hambre. “¿Qué habrá pasado?”, me preguntaba. Razoné que quizá hubo un error en mi escritura; ¿cómo podría estar dormido un ser inexistente? Es más, ¿para qué hacerlo dormir, por qué no conjurar simplemente su presencia, como lo había hecho con Polo y Fígaro? Carezco de respuesta para estas preguntas, pero puedo decir, en mi defensa, que producir un ser humano de modo no convencional, aunque puede ser el sueño dorado de muchos, es una labor que genera temor y temblor en quien la ejecuta. Yo era incapaz de tratar a mi futuro hijo como un mero objeto. Quizá, inconscientemente, sentí la necesidad de darle cierta dignidad al permitirle dormir y despertar como lo hago yo, su creador. Pero no podía repetirme en mi escritura, ni mucho menos tachar lo escrito (lo que hubiera implicado un insulto al Poeta). “¿Qué hago, Dios mío?”, me preguntaba. “¿Qué hago?”. Entonces recordé el mito hebraico del gólem.

Según había leído en alguna parte, lo esencial del mito es que un rabino esculpe una figura humana en barro antes de introducirle en la boca un escrito sagrado. Luego, el gólem se vuelve un ser viviente y actúa como un autómata bajo las órdenes de su creador, hasta que éste le introduce en la boca otro escrito sagrado, y finalmente el gólem se vuelve polvo. Pues bien, ignoro si los judíos han sido capaces de recibir verdadero poder del Altísimo (pues las similitudes entre su dios y el Poeta son grandes), pero lo cierto es que pensar en aquello me sirvió de mucho: en la tarde, después del almuerzo, monté en mi bicicleta y pedaleé hasta La Ciénaga, una pequeña playa ubicada a unos veinte minutos de la casa, y que es famosa por poseer una cueva donde se produce arcilla de manera natural. Me dije: “En esa cueva formaré a mi hijo”.

Abandoné mi bicicleta en la desierta entrada de la playa y corrí hasta el extremo opuesto, donde el oleaje del mar chocaba constantemente contra una ladera montañosa en cuyos pies estaba el acceso a la caverna.

Ingresé iluminando mi camino con la linternita de mi teléfono celular. Un intenso olor a fango salía del interior. El suelo rocoso estaba cubierto por una delgada capa de arcilla. No vi huellas de ninguna clase. Eché un rápido vistazo a las estalactitas y me pareció que no albergaban murciélagos, guácharos ni ningún otro ser vivo. “¡Bueno, manos a la obra!”, dije en voz alta, y ubiqué el teléfono de manera que tuviera iluminación suficiente como para trabajar con comodidad. Me arrodillé, delineé una figura humana en el suelo y empecé a rellenarla con arcilla. De cuando en cuando, salía a la playa por más arcilla y agua, y regresaba a la cueva a continuar la faena. Amasé y di forma a la figura, con todo el cariño y la dedicación de que era capaz. Cuando terminé y examiné a mi hombre de arena a la luz de la linterna, me pareció que era medianamente aceptable como escultura, pero en verdad esperaba que mejorase si llegaba a convertirse en un ser vivo. Por último, saqué del bolsillo de mi bermuda el papel que había escrito en la casa, lo enrollé y lo metí en la boca de la figura. Cerré el orificio y regresé a la playa. Empezaba a oscurecer.

Paso a paso, se emancipó de las sombras cavernícolas; entonces lo vi.

Media hora más tarde, yo caía como una piedra en mi cama. Dormí sin interrupción hasta la tarde siguiente. Desperté alarmado. Saludé a Fígaro y salí corriendo a montar mi bicicleta. Mientras iba en camino a la cueva (serían las tres de la tarde, más o menos), volví a tener una inexplicable sensación de temor y temblor. Dejé que mi bicicleta me introdujera hasta la entrada misma de la cueva y salté a tierra. Iba a encender la linterna del celular cuando escuché que un gemido salía de la caverna. Era un quejido gutural, ahogado, como el de alguien amordazado que lucha por pedir ayuda. Encendí la linterna.

—¿Hay alguien ahí? —llamé.

Hubo silencio unos instantes y entonces escuché, a intervalos regulares, los pasos sordos de alguien que caminaba arrastrando los pies en mi dirección.

—¿Quién anda ahí? —balbuceé, alejándome de la cueva—. ¿Acaso eres…? ¿Acaso eres…?

—¡Amo! —escuché que respondió una voz seca, como si el roce de dos piedras arenosas pudiera articular palabras—. ¡Amo! ¡Mi amo…!

Y, paso a paso, se emancipó de las sombras cavernícolas; entonces lo vi: primero, un pie de fango viscoso que intentaba sostener su propio peso; después, otro pie de fango chorreante, y que dejaba ver una pierna tosca y basta; luego, un brazo pastoso, con huecos, demasiado delgado en proporción con el resto del cuerpo; luego, un torso brutal y como lleno de pústulas de arcilla mojada, seguido de otra pierna y otro brazo semejantes a sus pares, y, por último, una cabeza deforme con dos cuencas vacías por ojos, sin nariz, y con una ancha ranura torcida por boca. Que el Poeta me perdone, pero lo primero que pensé fue que aquella criatura era un alma atormentada salida del inframundo.

—¡Aquí estoy! —dijo, y pude ver que el interior de su boca no era más que arena mojada en movimiento—. ¡AQUÍ ESTOY!

—¡Aléjate de mí! —grité—. ¡No sé quién eres! ¡Lárgate!

—¡Amo! ¡Por favor…!

Y comenzó a caminar otra vez en mi dirección. Obedeciendo a mis instintos, me subí a la bicicleta. Noté que la criatura comenzaba a endurecerse al contacto con la luz del sol, y que cada vez tenía más dificultades para desplazarse. Me sentí culpable de haber engendrado semejante aberración, y de haberle causado sufrimiento.

—¡Perdóname! —le dije—. ¡No sabía que esto pasaría! ¡El Poeta te guarde!

Subía los pies a los pedales de la bicicleta cuando el hombre de arena exclamó:

—¡Ayúdame! ¡Por favor…!

Y cayó sobre el suelo arenoso de la playa. Yo me quedé paralizado, preso de algo parecido a un terror nervioso. No dejaba de temblar. La criatura se levantó a medias y extendió un brazo hacia mí, y en ese mismo momento la mano que extendía, el antebrazo y el brazo todo se le cayeron a pedazos. No lo soporté más y eché a andar la bicicleta.

—¡El Poeta te castigue! —gruñó mi creación—. ¡El Poeta me vengará, el Poeta ME VENGARÁ!

Sin mirar atrás, avancé lo más rápido que pude. Y lloré, sé que lloré. En lo más hondo de mi alma sentí lástima por mi hijo y asco por mí mismo, que había sido capaz de abandonarlo de aquella manera. Sólo cuando crucé la puerta de la casa y mi padre me confrontó, fui medianamente consciente de mi estado:

—¿En dónde andabas metido? —me preguntó—. ¡Mírate, estás todo lleno de lodo! ¡Y estás pálido! ¿Qué es lo que pasa?

—¡Nada, nada! ¡Me voy a bañar!

—Hijo mío, este no será el mejor momento, pero tengo que decírtelo. Es sobre tu madre.

Me sentí desfallecer.

—Me enteré hace unos minutos —continuó diciéndome—. Tu madre tuvo un accidente en el auto. Ha muerto.

 

Uno a uno los esculpí, uno a uno les di forma con mis propias manos, procurando que fueran lo más parecido posible a como yo recordaba sus modelos de carne y hueso.

III

Tras efectuarse el entierro, tres días más tarde, me dirigí de nuevo a La Ciénaga. Era una tarde nublada, con mucho viento. La playa, como siempre, estaba desierta. En aquella ocasión me había ido a pie, con la intención de pensar detenidamente lo que haría a continuación. Creo que usted, amable lector, no necesita que alguien venga a decirle cuán doloroso es padecer la muerte de la propia madre. El punto es que, durante mis días de duelo, concebí la peligrosa idea de resucitar a mamá en forma de gólem, y con ella, a todos mis seres queridos que habían muerto. Estaba dispuesto a verlos a todos bajo una apariencia repugnante con tal de que estuvieran conmigo de nuevo. Cuando llegué a la cueva, el plan de acción estaba maduro en mi mente.

Doce gólems. Ese sería el número total de mis hijos: el gólem de mi madre, el de mi primera criatura (que regresaría a la vida para reparar mi error de creador irresponsable), el de mis dos abuelos (ambos muertos durante mi niñez) y los de otras ocho personas que habían sido muy amadas por mí pero que, tristemente, habían fallecido en diversas circunstancias y tiempos de mi vida. Este carácter de creación múltiple fue lo que me decidió a elaborar las figuras fuera de la cueva, en el lecho arcilloso que separaba aquella del agua marina.

Trabajé sin descanso, como poseído por una obsesión febril. Uno a uno los esculpí, uno a uno les di forma con mis propias manos, procurando que fueran lo más parecido posible a como yo recordaba sus modelos de carne y hueso. “¡La muerte no es nada para mí!”, pensaba. “¡Gracias al Poeta, podré resucitar a quien desee!”. La materia arcillosa cedía con toda facilidad a la influencia de mis dedos; sin embargo, parecía obedecer más a mis pensamientos que a mis manos: sin que me esforzase demasiado, se concretaba un párpado o una uña de arena mojada; de hecho, la tarea me gustó tanto que seguí modelando figuras humanas de arena después que tuve listas mis primeras doce unidades. Dejé volar mi imaginación y modelé (como pude, claro), a personajes históricos famosos, amigos imaginarios de la infancia, creo que hasta llegué a esculpir a algún artista que todavía está vivo. Pronto llené media orilla de la playa. Ultimaba el cabello del último personaje (creo que era Sócrates, el filósofo), cuando cayó la primera gota de lluvia en mi cabeza.

Lo que me dio pánico no fue pensar que una lluvia torrencial podía destruir todo mi trabajo en cualquier momento, sino darme cuenta de que yo, sujeto descuidado, no había escrito una sola palabra acerca de los seres que pretendía traer a la vida. Además, no tenía tiempo de regresar a la casa, ni de ir hasta algún lugar cercano donde hubiera papel y lápiz, de modo que tuve que improvisar. Me paré frente a la figura de mi madre y pensé que escribiría con mi dedo directamente en su cara. No obstante, aquella idea me pareció un tanto macabra, así que me dispuse a escribir en el área del corazón. Entonces comenzó a llover en serio. Las gotas de agua, gordas y pesadas, se estrellaban contra mis figuras y empezaban a deshacerlas. Pensé, en cuestión de milisegundos, que tal vez no hacía falta que describiera a los personajes; bastaría con que plasmara el nombre de cada uno y el Poeta, quien hacía el milagro, sabría qué significaba el individuo para mí y quién había sido en vida. Comencé, pues, con el nombre de mi madre: Rebeca; luego, hice lo propio con mis abuelos: Hermes, Rafael, y así continué con varios nombres más. Con todo, fue demasiado tarde. Antes de que alcanzara siquiera la mitad de mis figuras de arena, la lluvia, el mar y el viento las habían vuelto una serie de montículos fangosos sin forma, que el oleaje recién despertado no tardó en cubrir y lamer una y otra vez. Me tumbé boca arriba, sin abrir los ojos, y aproveché de llorar, con todas mis ganas, la muerte de mi madre, y todas mis frustraciones sentimentales, y todo aquello que guardaba en un rincón ultrasecreto de mi alma. “¡No me importa nada!”, grité. “¡Que el mundo se vaya al carajo!”.

 

IV

Pasaron los años. Llegué a mi época universitaria y sólo había hecho dos o tres creaciones más, y muy triviales; estaba convencido de que el don que había conocido en mi primera juventud, el Poeta me lo había dado no para que yo mejorara el mundo, sino para enseñarme humildad, y para demostrarme que ni siquiera con semejante poder el ser humano puede aspirar a ser Dios, pues la verdadera omnipotencia no consiste en abrir mares o en la posibilidad de producir estrellas en el universo, sino en la capacidad de hacer que el tránsito de cada criatura por este efímero soplo que llamamos “existencia” sea como el vuelo de la mariposa que atraviesa el campo de batalla durante la guerra; es decir, que cada ente sea, en sí mismo, una experiencia que justifica toda la creación, y que la dota de una posibilidad trascendente a través de la fe y de la esperanza. Yo, Leonardo, evidentemente estaba muy lejos de aspirar a un propósito tan noble en mi adolescencia (aunque creo que sí lo estuve en mi niñez); y ahora, siendo estudiante laico de Teología Creacionista, francamente, creo que tampoco. Es cierto que estudiar nuestras Sagradas Escrituras me ha ayudado a ser consciente de mi responsabilidad como poseedor de un don divino; pero desde ahí hasta estar apto para ser un hacedor, había una distancia insalvable. O, al menos, eso creía. Todo cambió cuando conocí a Dalila.

Cursaba yo el segundo año de la carrera cuando la vi por primera vez. Fue mientras esperábamos a que llegara cierto profesor a dictar la clase, en el edificio universitario principal. El aula en que estábamos tenía unos ventanales con vista al mar. El terreno arenoso que se extendía entre las aguas y el edificio de la universidad era muy amplio y seco, como si jamás hubiese llovido sobre él. Tal vez por eso era poco visitado por turistas y estudiantes. Personalmente, sólo lo consideraba una pequeña parte de un magnífico paisaje, el cual se hizo aún más hermoso con Dalila asomada a uno de los ventanales: su cabello, alborotado, de múltiples rulos castaños, caía por debajo de sus hombros y descansaba en una blusa roja ajustada, en la que se marcaban perfectamente el broche y las tiras del sostén; continuaba su figura con un short de jean que le cubría los muslos hasta la mitad, revelando unas piernas bronceadas y fornidas, casi atléticas, acabadas en dos zapatos deportivos rojos. Pensé que sólo me faltaba ver el rostro de la mujer para que terminara de gustarme. Me acerqué hasta una distancia prudencial, miré el mar un momento y comenté:

Ella se encogió de hombros. Compartimos un silencio largo en el cual nos alcanzó la refrescante brisa marina.

—Hace calor. Provoca echarse al agua.

—No me gusta el mar —repuso ella.

—¿Y entonces por qué lo observas?

—Estoy mirando la arena, Leonardo.

—¿Cómo sabes mi nombre?

Ella se encogió de hombros. Compartimos un silencio largo en el cual nos alcanzó la refrescante brisa marina. Por fin, ella se giró y me reveló sus ojos esmeralda de mirada intensa, enmarcados en un rostro trigueño, redondeado, de nariz pequeña y boca de labios enérgicos.

—Claro que sí —dijo.

—¿Qué cosa?

—Sí quiero ser tu amiga. Mi respuesta es sí.

—Muy bien —dije, después de echarme a reír.

Nos hicimos amigos inseparables. Aunque yo tenía diecinueve años, mi comportamiento con Dalila era más bien adolescente: me las arreglé para que cursáramos las mismas materias aquel año; íbamos juntos al comedor, a las áreas de recreación, a la biblioteca; tomábamos el mismo transporte; sólo nos faltaba ir juntos al baño. Naturalmente, más de un compañero comenzó a murmurar que Dalila y yo éramos novios. “El muy cobarde aún no se atreve a declarárseme”, decía ella, muerta de risa. Y lo peor es que tenía razón. Pendejadas de muchacho, supongo; inseguridad, nerviosismo sin motivo. La solución, por otra parte, la encontré en mi viejo y descuidado don. Decidí crear un entorno espectacular para impresionar a mi futura dama en nuestra primera cita, la cual yo había estado postergando sin motivo aparente.

Llegó, por fin, la esperada noche. Ante nosotros, se extendía una playa de arena blanca grisácea, levemente resplandeciente; el cielo lucía astros multicolores de distintos tamaños; el mar, oscuro, reflejaba apenas el resplandor del cielo, pero también dejaba ver la luminosidad de algunas criaturas marinas que se acercaban a la superficie y emitían algún brillo violeta, o verde esmeralda; desde la orilla, se presentaba la arena desierta y, más allá, hacia el occidente, había una abundante vegetación que terminaba en el horizonte montañoso, oscuro, como la amante anhelante que espera a su amado para que ambos brillen con una luz nueva. En el terreno arenoso, Dalila y yo caminábamos desnudos, y no nos avergonzábamos. Nuestros pies descalzos se complacían en enterrarse en la arena a cada paso. Me sentía feliz.

—Gracias —murmuró mi amada—. Este lugar es hermoso.

—No tan hermoso como tú, Dalila —le respondí, con el lugar común que no puede faltar en tales casos.

—Si pudiera, lloraría…

Nos abrazamos. Ella emanaba un exquisito aroma a rosas; me hizo pensar en un jardín secreto.

—Te amo —le dije—. Quiero estar contigo siempre.

—¿Siempre?

—Sí.

—Pero no me conoces bien, Leonardo…

—No me importa. Conozco tu corazón y eso es suficiente para mí.

—Yo también… Yo ya soy tuya… Yo quiero…

La luz diurna irrumpió en el centro del cielo, se desplegó en todas direcciones como un sol poderoso; la noche desapareció súbitamente y, con ella, la arena blanca grisácea, el mar y la vegetación. En un parpadeo, nos vimos de pie, en pleno día, en mitad de un interminable desierto. Mi elaborada fantasía se había esfumado.

—Gracias, Dalila.

—¿Por qué me das las gracias, tontito?

—Por no preguntar qué acaba de suceder.

—Sólo quiero estar contigo —repuso, estrechándose contra mi pecho—. Todo lo demás es añadidura, como diría el Poeta.

Sonreí en silencio.

 

Por muy alto que subiéramos, era imposible que ninguno de los dos cayera abajo, pues la escalera parecía estar protegida por una fuerza invisible.

V

Una mujer corriente me hubiese hecho preguntas por lo sucedido, pero Dalila, gracias al Poeta, no era una mujer corriente, de manera que ni en ese, ni en ningún otro asunto, osaba hacer preguntas tontas. Y eso me encantaba de ella, así que decidí premiarla con un regalo un poco más sofisticado: siempre a través de mi escritura, construí todo un bosque sólo para nosotros dos.

Era un bosque de pinos. Mi amada y yo caminábamos por un sinuoso sendero que se internaba entre los árboles, al tiempo que oíamos el canto de los pájaros y veíamos la luz del sol atravesando la alta neblina y filtrándose por entre los árboles. Había pinos altos y gruesos, pero también los había pequeños como arbolitos de Navidad artificiales. El frío que hacía, por otro lado, era muy agradable, de modo que íbamos vestidos con sencillez: Dalila, con un vestido y un cintillo blancos; yo, con una franela y un mono, también blancos.

—¿Qué tan grande es este bosque? —preguntó Dalila.

—En seguida lo verás.

Al poco rato, llegamos a una zona del bosque en donde había un gran pino, altísimo, con un orificio en forma de puerta en la base del tronco. Entramos y vimos, en el tronco hueco, que una serie de faroles lo iluminaban por dentro con llamas de fuego violeta desde el mismo suelo, hasta perderse en las alturas. Las lámparas estaban incrustadas en las paredes formando una espiral, acompañando a una escalera de caracol que se alargaba desde el suelo, junto a la pared interior del tronco, y que aparentemente terminaba en la copa del árbol. Tomados de la mano, Dalila y yo subimos, escalón por escalón. Los faroles producían un calor agradable, y despertaban el aroma de pino virgen. Mi amada lucía hermosa, delineada su figura a la vez por el violeta del fuego y por las sombras. También me regocijé en el hecho de que, por muy alto que subiéramos, era imposible que ninguno de los dos cayera abajo, pues la escalera parecía estar protegida por una fuerza invisible, y eso nos daba paz y seguridad. Al fin, pisamos la cima de la escalera y salimos a la copa del árbol. Como era de esperar, la neblina ocultaba casi toda la vista. Entonces Dalila me sorprendió.

Dio un salto y cayó sobre la nube más cercana, como caería cualquier persona sobre su cama o sobre un colchón inflable. Temerario, salté a mi vez, y así ambos estuvimos de pie sobre la nube. Es difícil expresar con palabras la textura de este tipo de nubes, pero puedo decir que era algo parecido al algodón, mezclado con espuma y seda. En fin, nos acostamos boca abajo y nos dejamos llevar. La neblina se apartaba a nuestro paso. La nube nos trasladó por encima del bosque, lentamente, y desde ella vimos riachuelos, vimos aves que nos pasaban por un lado, vimos grillos en los árboles, y saltamontes, y ardillas; vimos conejos salir de sus madrigueras; vimos zorros, lobos, venados; vimos osos pescando en las quebradas, vimos castores construyendo presas. Y entonces la neblina comenzó a cubrirlo todo: hierba, animales, árboles; crecía como una inundación súbita e irremediable y terminó por engullirlo todo, incluso a nosotros y nuestra nube. Sólo entonces comenzó a disiparse, y Dalila y yo nos vimos acostados, boca abajo, en la arena desértica que demostraba el fin de mi fantasía.

—¿Siempre debes ubicar tus creaciones en este desierto? —preguntó mi amada.

—La próxima vez, mi creación será para siempre. Lo juro.

 

VI

Mi tercera y última creación para Dalila fue un islote. Constaba únicamente de un alto cocotero, un pequeño prado donde pacían algunas ovejas, y una zona donde había una cabaña hecha con troncos de árboles. El islote, como es natural, estaba rodeado de aguas mansas, pero era tan pequeño que cualquier ola podía hacerlo desaparecer de un momento a otro. El cielo era claro, con pocas nubes, y un sol orgulloso.

Habíamos llegado a través de un camino de tierra que desapareció en cuanto tocamos el suelo de la isla. A diferencia de mis anteriores lugares fantásticos, esta vez no escogí un desierto sobre el cual edificar, sino el mar mismo. “El agua es el elemento de la vida”, había pensado. “Quizá el agua es lo que ha hecho falta para que mis obras perduren”. Así, pues, creé mi pequeño paraíso y, confiado en mi perpetua felicidad, tiré mi cuaderno de creación al mar. Lo observé unos instantes mientras se hundía en el agua.

Fuimos a la cama y al fin nos besamos. Me duele decir que no sentí lo que esperaba.

Los dos primeros días de convivencia transcurrieron sin novedad, pero al tercero me embargaba el deseo de unirme a mi amada de todas las formas posibles. Era mediodía cuando le pregunté:

—¿Por qué no quieres besarme?               

—Se acerca una tormenta —dijo ella, mirando por la ventana de la habitación.

—¡Respóndeme, Dalila! ¿Por qué no quieres que te bese?

—Ya te lo he dicho, cielo: si me besas, dejarás de quererme…

—¡Qué absurdo! ¿Por qué pasaría algo así?

—No puedo decírtelo y lo sabes.

La tomé del brazo. Ella me miró fijamente con sus encendidos ojos esmeraldas.

—Por favor —supliqué.

Ella suspiró.

—Ven —dijo.

Fuimos a la cama y al fin nos besamos. Me duele decir que no sentí lo que esperaba; sólo tuve la sensación de estar besando los labios de una piedra movible. Oí un trueno.

—¿Qué te pasa, pues? —exclamé—. ¡Este ha sido el peor beso de toda mi vida!

—Ven —dijo ella—, ven y bésame otra vez.

Entonces comenzó a llover. Me acerqué de nuevo a Dalila y la besé. Esta vez el beso no sólo era frío, sino que vino acompañado de un ligero sabor a tierra. Abrí los ojos sin dejar de besar y vi con horror, con espanto, el verdadero aspecto de Dalila: ¡sus cabellos eran de tierra mojada, su boca, toda su cara, sus miembros, eran de arcilla! “¡Dios mío!”, exclamé para mis adentros, pues estaba tan conmocionado que no podía moverme. “¡Dios mío! ¿Qué castigo es este?”. Y luego recordé una voz, una voz como venida del inframundo, que me decía: “¡El Poeta me vengará, el Poeta ME VENGARÁ!”. Y recordé la vez cuando, herido en mi sensibilidad por la reciente muerte de mi madre, hice varias figuras en la arena de La Ciénaga, y de una figura en concreto a la que di forma de mujer, y que sería el amor de mi vida; a esa figura, a pesar de la lluvia, el viento y el mar, le había quedado su nombre intacto escrito en la arena: Dalila.

Me separé inmediatamente del gólem como alejándome de la muerte misma. Vi a la criatura estirar su horrible brazo chorreante de arcilla hacia mí, vi la lluvia irrumpiendo por el techo de la cabaña que también se deshacía poco a poco, vi las paredes de arcilla, la cama de lodo, los enseres de arena, todo se derretía viscosamente ante el avance de la lluvia. El gólem, por su parte, caminaba hacia mí, ya con la cabeza pelada, muy semejante a mi primogénito.

—¿Todavía me amas? —balbuceaba, con su voz asexuada, temblorosa y escuálida—. ¿Me amas, Leonardo?

Viendo su figura bruta, su ser todo de materia arcillosa y olorosa a fango viejo y rancio, caí en tierra y empecé a llorar. Con la cara empapada por la lluvia y el llanto, chillé:

—¡Perdóname! ¡Por favor, Poeta, perdóname! ¡No he sabido usar el don que me diste! ¡Te lo regreso, no lo quiero! ¡Te lo regreso!

Cerré mis ojos y lloré desconsoladamente.

Por último, la lluvia cesó. Cuando tuve valor para abrir los ojos, me vi rodeado de escombros, uno de ellos, que aún conservaba una forma parecida a la humana, estaba cerca de mí. Aterrado, casi senil, me incorporé y abandoné el lugar nadando. Al llegar a tierra firme, unas horas más tarde, le di gracias al Poeta por haberme conservado la vida y por haber aceptado mi sacrificio. Desde entonces, he estado en completa paz. La gloria sea para Aquél que no muere.

Isaac Morales Vargas
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