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Fama suicida

sábado 11 de febrero de 2023
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Comenzaré diciendo que soy un escritor anónimo, pero no por falta de publicación, pues ya he dado a la imprenta doce libros de cuentos y una novela corta. Vale señalar que todos los volúmenes han aparecido en editoriales pequeñas, la mayoría artesanales, varias de ellas extintas al momento. Mas lo realmente importante es que nadie —compréndase el contundente significado de esta palabra: nadie— me ha leído. Esa es la implacable verdad. Llegar a los cincuenta años con un récord semejante es una hazaña nada envidiable, lo sé. Sucede, sin embargo, que soy un artífice del verbo, de modo que mi conciencia se halla desbordada por la siguiente convicción: que seré leído y reconocido en todo el globo, después de mi muerte. La historia de la literatura testimonia casos similares. ¿Por qué yo no podría ser un genio de vida invisible y gloria póstuma? ¿Por qué mi nombre, Benito Calderón, no podría ser análogo, en el futuro, al de Edgar Allan Poe o al de Franz Kafka?

Durante años, este asunto me mantuvo insomne, dominado por una suerte de paroxismo contenido, y yo deseaba poder desdoblarme, al menos una vez, en la realidad, de manera que un Benito Calderón finalmente muriese tan solo para que el otro Benito Calderón, el superviviente, gozara de la fama post mortem de aquél. ¡Oh, sí! ¡Cuántas veces saboreé esa fantasía, solución imposible de mi angustia existencial! No obstante, era un hábito malsano, conducente a frecuentes ataques de melancolía y a una intolerable sensación de frustración. Comenzaba a abrazar mi destino de ser el protagonista de una biografía enteramente gris cuando, de forma imperceptible, suave y súbita como el encenderse de una vela, la idea surgió en mi mente: fingir mi autoaniquilación.

La sola noción de un suicidio simulado me pareció tan adecuada a mi propósito que, en cuestión de días, concebí un sencillo plan que me permitió desarrollarla en su totalidad. Al cabo de tres años, estuve listo para enfrentarme al instante decisivo.

Recuerdo que era sábado. Serían las once y media de la noche cuando abandoné mi apartamento en Caracas, abordé mi jeep y me dirigí a La Guaira por la carretera vieja. Confieso que iba muy nervioso por el camino, tanto por las innumerables curvas cerradas que todos conocemos, como por el riesgo de ser asaltado antes de llegar a mi destino. Veía las casas amontonadas a uno y otro lado de la vía y, de vez en cuando, veía también los espacios baldíos como telones negros, apenas distinguibles del cielo nocturno por la ausencia de estrellas. Avancé durante diez, quince, veinte minutos. Casi no había tránsito de vehículos aquella noche. Entonces llegué a esa parte de la calzada al borde de la cual sólo hay una extensión de tierra que se va haciendo cada vez más honda conforme uno desciende hacia el litoral, con árboles desperdigados en su superficie. Me detuve, cerciorándome de que estaba solo. Bajé del todoterreno con un bidón de gasolina destapado entre brazos y comencé a derramar su contenido sobre el capó. Cuando hube vaciado el envase hasta la mitad, me apliqué a terminar de bañar el exterior del vehículo, todo con una rapidez insólita, hasta que ya no hubo más líquido que verter. Giré el rústico en la dirección apropiada, lo hice acelerar y salí de él arrojándome al suelo, mientras aquél se precipitaba pendiente abajo; a los pocos segundos, lo escuché estrellarse contra algún árbol; instantes después, estallaba en grandes llamaradas.

Me interné en las faldas del Ávila. La negrura era total en aquella parte del cerro.

Volví a la carretera (donde una moto que pasaba por poco me arrolla), la crucé y me interné en las faldas del Ávila. La negrura era total en aquella parte del cerro. Previendo esa situación, yo había guardado mi linterna en un koala que llevaba puesto. La saqué y la encendí, iluminando puntualmente el sendero que conocía muy bien. Paso a paso, fui ascendiendo, flanqueado por densas marañas de sombras. Hacía una brisa fría. El canto de los grillos, como siempre, animaba mi caminar. Todavía no salía del asombro que me producía mi propio atrevimiento. “¡Estás loco, Calderón!”, murmuré, entre risas, aunque yo sabía que mi locura había de ser aún mayor.

Fue una caminata larga. Al amanecer avisté mi refugio, medio escondido entre los árboles. Era un rancho de unos diez metros cuadrados. Examiné su aspecto. Todo parecía estar bien: sus paredes de latón, su techo de zinc, su puerta de tabla. Entré y encendí la luz. El bombillo incandescente colgado de la techumbre pintaba de amarillo traslúcido todos los objetos: el colchón individual en una esquina, la cocinilla eléctrica en otra, enlatados aquí, envases de arroz sin cocer allá, y algunos otros enseres y víveres que yo había ido introduciendo a lo largo de tres años. “Sí”, pensé, “acondicioné bien este lugar. Puedo vivir sin alejarme de aquí durante un año. Luego, veré cómo me las arreglo para sobrevivir”. Apagué la luz, caminé hasta el colchón y me acosté. Dormí hasta la mañana siguiente.

Desperté tranquilo, impasible. Lo primero que hice fue sacar el teléfono del koala, que había situado a un lado, en el suelo terroso, y lo encendí. Activé los datos móviles y empecé a navegar por Internet. Me puse a ver los titulares de las noticias en el buscador web sin prestar mucha atención, hasta que encontré uno que rezaba: “¿Muere escritor en extrañas circunstancias?”. Emocionado, abrí el hipervínculo y leí el artículo. Trataba sobre mi maniobra, en efecto. Ésta no había salido tan mal, pues se decía que “…la combustión consecuente al accidente fue de tal magnitud, que habría consumido por completo un cuerpo humano, el del piloto. Se descarta la presencia de acompañantes o mascotas. A pesar de ello, las autoridades consideran la posibilidad de que el responsable haya conseguido sobrevivir escapando momentos antes del impacto, razón por la que se han iniciado labores de búsqueda en la zona. Por otra parte, se logró identificar el vehículo hace apenas unas horas: pertenecía al escritor Benito Calderón…”. Adjunta al texto, se mostraba una fotografía de mi jeep totalmente calcinado. “¡Vamos!”, pensé, “¡Cómanse mi cuento!”.

Seguí explorando y encontré otra noticia, titulada: “El suicidio infernal de Benito Calderón”. En la redacción respectiva se informaba que el cuentista y novelista había bañado el todoterreno en gasolina antes de la explosión, y se afirmaba categóricamente que había operado de igual modo consigo mismo, razón por la que ardió en llamas hasta no dejar más que unas pocas y dispersas cenizas, imposibles de identificar. “¡Así es, nojoda!”, exclamé, levantando el puño.

Durante los días sucesivos, las agencias de noticias y los mayores periódicos del país no sólo daban por hecho la autodestrucción del narrador, sino que comenzaron a indagar en sus posibles causas. Desde luego, se postularon distintas teorías, incluyendo la del amor frustrado y también la del vacío existencial. Pese a todo, la explicación que sigue, formulada como una ley por los periodistas, fue la que ganó más adeptos: un escritor que se suicida no ha tenido otra motivación que la infinita insatisfacción que le produce su propia obra. Confieso que la idea me parece interesante, pues a mí mismo, a veces, me resulta insoportable no poder llegar a ser tan bueno como quisiera: escribo y reescribo; conozco técnicas narrativas; aprendo teorías literarias; estudio gramática, retórica y filosofía; leo a los grandes clásicos, y, con todo, sigo estando lejos de alcanzar el nivel que quiero, como si pesara sobre mí la condena de la mediocridad. Por eso entiendo a los escritores que… En fin, sólo es un comentario: mejor volvamos al tema.

Semanas después del siniestro, supuse que las redes sociales me habían vuelto una suerte de celebridad difunta, pero la verdad es que tales plataformas virtuales me interesaban muy poco entonces, de modo que no entré en ninguna de ellas, a pesar de lo cual una noche, tras haber introducido mi nombre y apellido en el buscador, éste me mostró en un resultado el tuit que reproduzco a continuación (de un tal @librerototal): “¿Soy el único que ya leyó a Benito Calderón?”. De esa manera supe que yo, Benito Calderón, el proscrito, el ignorado, el paria literario, había concretado uno de mis sueños dorados de toda la vida: cosechar mi primer lector.

Me reía, gozoso, satisfecho. Supongo que me encontraba en un estado parecido a la felicidad o al enamoramiento.

Este éxito, precioso a mis ojos desde el principio, me sumió durante un tiempo en una especie de hipnotismo obsesivo: pasaba horas enteras contemplando el tuit; mantenía mi mirada fija en él, ensanchando una amplia sonrisa en mi rostro; lo leía y releía, pensando que todos mis esfuerzos de literato estaban justificados. No me separaba del teléfono ni siquiera para ir al baño (este es un eufemismo), siempre observando el tuit; y volvía a admirarlo continuamente, de día o de noche, hasta quedarme dormido. También me imaginaba chateando con @librerototal sobre mis narraciones, o me figuraba un encuentro en persona para charlar acerca del proceso de escritura de las mismas. Y me reía, gozoso, satisfecho. Supongo que me encontraba en un estado parecido a la felicidad o al enamoramiento. Lo cierto es que así transcurrió otra semana, al término de la cual me dije que ya era momento de averiguar si había ganado más lectores. Actualicé la pantalla y me quedé sin respiración al ver, tras la carga, varios enlaces que conducían a la compra de un título inaudito: Obras completas, Benito Calderón.

Podría afirmar que mis ojos apenas podían dar crédito a lo que veían, que no me lo esperaba, o usar cualquier otro lugar común para expresar sorpresa, pero no voy a mentirles: sí me lo esperaba, y desde hacía décadas.

De todos modos, mi reacción fue ambivalente. Por un lado, me costaba creer que todos mis trabajos fueran editados en un solo volumen en tan breve tiempo. Por otro lado, me parecía que ello sólo era una consecuencia natural e inevitable de mi estratagema. Estando en tal estado de leve ofuscación, comencé a abrir los hiperenlaces, uno por uno. En cada página web a la que entraba, veía la portada y los datos básicos del ejemplar, pero lo que más llamó mi atención fue la cantidad de descargas registradas: diez mil, veinticinco mil, treinta mil descargas. En cuestión de días. Y también noté que las librerías ofrecían el título como un absoluto éxito de ventas, pues en las correspondientes reseñas se afirmaba que por primera vez en muchos años volvían a venderse más de cincuenta mil ejemplares en papel, en menos de una semana. Conforme avanzaban los meses, el éxito no sólo sucedía aquí, en Manoa, sino que se replicó en otros países de Hispanoamérica, como México, Argentina o Chile. Pronto aparecieron artículos periodísticos que versaban sobre el “discreto fenómeno editorial llamado Benito Calderón”.

Aconteció que mi novela corta se publicó en España y en una editorial de lengua castellana en Estados Unidos. Asumí que pronto se haría la insoslayable traducción al inglés, lo que supondría, virtualmente, el alcance de la novelita a todo el mundo. Además de esto, las redes sociales (quise echar un vistazo) comenzaron a llenarse de posts sobre mis cuentos. La multitud, al parecer, me leía con interés, compartía entusiasmada sus impresiones. Y, como si eso no hubiera bastado, a los ocho meses de haber abrazado la clandestinidad, se produjo la coronación de aquel auge literario: la edición de un estudio completo sobre mi obra.

El exhaustivo ensayo se titulaba Benito Calderón: un narrador para el siglo XXI, y su autor era nada menos que Maikel Ramírez, el crítico literario más importante de Manoa, como todos sabemos. Por desgracia, la conservación de mi estatus de hombre muerto me impedía adquirir el libro, pero aun así pude leer varios fragmentos del mismo en distintas revistas culturales digitales. El referido crítico escribió, entre otras cosas, que:

…Benito Calderón era un autor excepcional no sólo por la altísima calidad de sus textos; lo era también por la variedad de géneros que cultivó y la amplitud de miras cuando se trataba de explorar distintas estructuras narrativas dentro del género del cuento. Desde ficciones históricas hasta la ciencia ficción o los relatos eróticos, pasando por el panfleto político y la fantasía épica, Calderón desarrolló cuentos con final abierto o inexistente; con final cerrado, pero ambiguo, y con tres o cuatro finales que se excluyen mutuamente. Jugaba con el tiempo, con espacios superpuestos, con personajes contradictorios. Conjugaba todos esos artificios para desarrollar temas tan relevantes como el amor, el heroísmo contemporáneo o la búsqueda de la inmortalidad. Era, en definitiva, un cuentista versátil, ingenioso, único: uno de los grandes talentos del presente siglo…

Durante los meses ulteriores, se publicaron más ensayos laudatorios sobre mí y sobre mi labor literaria. Se decía que yo había sido un creador valiente y ambicioso. Se alababan la intensidad de mis relatos y la vitalidad de mis personajes; se celebraba la cantidad de narraciones que publiqué (más de ciento cincuenta). Por lo demás, hubo quien se preguntó cómo fue posible que semejante escritor pasara desapercibido por tantos años en nuestras letras. Algunos especularon que, de haber vivido más, éste seguro habría compuesto alguna novela monumental. Otros escribieron que Benito Calderón era un autor comparable, por la envergadura y el carácter innovador de su producción, con otros grandes cuentistas hispanoamericanos como Horacio Quiroga o Julio Cortázar. Y todos, como puestos de acuerdo, terminaban sus palabras con esta frase: “Es una verdadera lástima que haya muerto”.

Día tras día, me sentía cada vez más ahogado, pensando en todo el dinero que las compañías editoriales estarían haciendo con mi nombre y mi imagen de escritor suicida.

Aquella máxima se quedó vapuleando mi juicio desde que la leyera por primera vez, y una voz interior preguntaba, exaltada: “Ahora sí, ¿verdad? ¿Ahora sí me reconocen, sólo porque me creen muerto? ¿Es que mis textos han cambiado? ¿No son los mismos que publiqué cuando me sabían vivo?”. Y una chispa de indignación se encendió en mi ánimo. Días tras día, me sentía cada vez más ahogado, pensando en todo el dinero que las compañías editoriales estarían haciendo con mi nombre y mi imagen de escritor suicida. También pensaba en mis colegas, en mis envidiosos colegas que seguro habían empezado a reconocerme, pero que antes de mi triquiñuela habían preferido ignorarme. Pensaba en todo eso… Pensaba… Y el adagio volvía a mi mente: “Es una verdadera lástima que haya muerto”. Y entonces, como brotando de una brecha abierta en una muralla, una brecha por la que se colara una agradable brisa refrigerante, se me ocurrió: “¿Y si les dijera la verdad a todos?”.

Esa ocurrencia vino aparejada de figuraciones inevitables: “¡Será un boom!”, me dije en voz alta. “Las gentes quedarán impresionadas y, tras la sorpresa inicial, vendrá mi consagración definitiva como escritor, en todas sus formas: la merecida obtención de premios literarios; la creación de cátedras en torno a mi obra en las universidades; la adhesión de muchos fabuladores a la estética calderoniana… ¿Y qué diré del comercio de mis libros? Si ya se venden por decenas de miles, entonces se venderán por millones… Sí, indudablemente, debo presentarme en carne y hueso ante mis lectores”. Pero yo quería que tal revelación fuera como una epifanía. Sólo necesitaba la ocasión perfecta. Y ésta se dio cuando yo cumplía el primer aniversario de mi falsa incineración.

Me enteré, a través de Instagram, que ese día se haría un conversatorio sobre mis relatos, en la librería Khalatos, a las dos de la tarde. Los participantes serían Maikel Ramírez y la cuentista Yurimia Boscán, con la respetada periodista Ana María Ramírez como moderadora. Serían las seis de la mañana cuando vi el post. De inmediato, me rasuré la enmarañada barba, me bañé en una quebrada cercana al ranchito, me vestí con ropa decente y emprendí el descenso en dirección a la carretera. Caminaba con mucha prisa, aunque sin llegar a correr. La marcha se prolongó toda la mañana. Dado que iba con las manos vacías, me fue imposible desayunar o beber una sola gota de agua. Así, tal vez por estar sediento y con el estómago vacío, me desorienté y salí del Ávila por un acceso que no conocía, pero que de todos modos nacía junto a la vía. Mi reloj daba la una en punto.

Me ubiqué a un lado de la calzada, en el margen del carril por donde transitan los vehículos que van hacia Caracas. Extendí mi brazo con el pulgar arriba y me quedé como una efigie. Pasaron tres, cuatro, siete autos. Ninguno hizo el menor indicio de detenerse. El cielo, lo recuerdo, amenazaba lluvia. Al cabo de un rato, pasó un Ford Festiva azul a baja velocidad. Advertí que en el asiento delantero derecho había un niño que me miraba fijamente. “¡La cola, mi pana!”, grité. El transporte, tras avanzar unos metros, se detuvo. Corrí hasta él como un desquiciado.

—¡Hola, buenas tardes! —saludé al conductor, a través de la ventana abierta del copiloto—. ¿Me puede dar la cola para Caracas?

—¿A qué parte vas? —me preguntó. Era un hombre cincuentón, calvo, feo, de cara engurruñada alrededor de la nariz.

¡Ese hombre está muerto! ¡Es Benito Calderón!

—Al Centro de Arte Los Calpones —le contesté.

—Bueno, nosotros vamos a Plaza Venezuela. Te podemos dejar ahí.

—¡Papá, papá! —clamó el chico, señalándome con el dedo. Me seguía observando con sus grandes ojos verdes en el rostro pálido y regordete, bajo un cabello oscuro y desordenado—. ¡Ese hombre está muerto! ¡Es Benito Calderón!

—¿Cómo va a estar muerto? —replicó el padre—. Estás confundido, hijo.

—¡Claro que sí, él se murió en un accidente!

—Quédate tranquilo —repuso el señor, acariciándole la cabeza—. Mi hijo imagina cosas, disculpe.

—Su hijo está en lo correcto —repuse—. Es decir, claro que no estoy muerto, pero sí soy Benito Calderón. Es un placer.

—¿Cómo es la vaina? —soltó. El chiquillo se empezó a reír.

—Todo el mundo cree que morí hace un año, pero es una equivocación. Precisamente voy a Caracas para decirle la verdad a la gente.

Hubo un silencio.

—Créame —insistí—. Le digo la verdad.

—Mire —dijo el hombre, suspirando—, lo que pasa es que ando con mi hijo y no puedo meter extraños en el carro.

—¡Papá, yo lo conozco! —vociferó el pequeño—. ¡Es Benito Calderón, el escritor! ¡Dale la cola!

—No —murmuró el padre.

—¡Que le des la cola!

—No me deje aquí varado —tercié—. No le cuesta nada.

—Bueno —gruñó.

Sin más dilación, abordé el vehículo. Arrancó enseguida.

—Muchas gracias, de verdad —le dije al conductor—. Usted me ha sacado la pata del barro.

—¡Ahora seremos famosos, papá! —dijo el muchachito—. ¿Verdad que sí? —agregó, mirándome.

—¿Qué edad tienes? —le pregunté.

—Once. ¿Y tú?

—Cuarenta y uno. ¿Te gusta leer?

—¡Sí, me gusta! ¿Y a ti?

—¡Por supuesto! —respondí—. ¿Y qué te gusta leer?

—Muchas cosas… Novelas de magia y acción.

—¿Y mis libros? ¿Has leído alguno?

—Una vez intenté leer su novela, pero era muy aburrida…

Me eché a reír.

—Mira, ¿y entonces? —le dijo el papá—. ¡Respeta!

—No se preocupe —le dije—. Son cosas de niños…

—¿Y por qué no estás muerto? —me preguntó el infante.

—¡Te quedas tranquilo! —rugió el señor—. ¡Así, callado, hasta que lleguemos! ¡Ponte el cinturón de seguridad!

Me dediqué a mirar por la ventana y a saborear de antemano lo que sería el inicio de mi glorificación absoluta como narrador.

Sonreí en silencio. El resto del camino me dediqué a mirar por la ventana y a saborear de antemano lo que sería el inicio de mi glorificación absoluta como narrador. Me sentía feliz. Pero al fin la deshidratación y la falta de alimento me vencieron y me quedé dormido.

Desperté con un sobresalto, la mano del conductor sobre mi hombro.

—¡Epa, ya llegamos! ¿Te sientes bien?                  

—Sí, sí, no pasa nada —dije, a media voz, enderezándome—. Lo siento mucho, no dormí bien anoche.

—Bueno, te hemos traído hasta el Centro de Arte, como puedes ver. Mi hijo quiere estar presente en lo que sea que vayas a hacer.

—No era necesario, pero gracias de todos modos… ¡Ya son las dos! ¡El evento debe estar empezando!

—¿Qué evento?

Me bajé del vehículo y atravesé la entrada de Los Calpones. El chico y su padre me siguieron. Mientras me encaminaba a la librería, veía cómo las pocas personas que había en el lugar me miraban sin pestañear y cuchicheaban entre sí. Por fin, entré a Khalatos.

El local había sido despejado de los anaqueles centrales y en su lugar había unos treinta y cinco o cuarenta jóvenes sentados en cómodas sillas, de espaldas a la entrada; enfrente y algo apartada del público, había una pequeña mesa con dos sillas vacías detrás. La periodista Ana María Ramírez, recostada de la mesa, conversaba con un hombre alto y muy gordo. En cada esquina de la librería había una corneta ubicada sobre un paral. Segundos después de que hube entrado, un silencio se apoderó del recinto. Alguien exclamó: “¡Dios mío! ¿Ese no es Benito Calderón? ¡Es él!”. Y enseguida la concurrencia se puso de pie y varios de los presentes sacaron sus teléfonos celulares inteligentes. Levanté los brazos en alto y dije, con voz clara y audible:

—¡Efectivamente, yo soy Benito Calderón y he venido a decirle al mundo que estoy vivo!

Estallaron los aplausos y varios chamos se acercaron a mí con el brazo estirado, sosteniendo el teléfono como si fuera de cristal.

—¡Por Dios! —gritó la periodista, juntando ambas manos—. ¡Este es un día histórico, señores! ¡Nuestro homenajeado, Benito Calderón en persona, está vivo y se encuentra con nosotros! ¡Démosle un fuerte aplauso!

Hubo un nuevo estallido de aplausos.

—¡Venga por aquí, Benito! —me invitó—. ¡Siéntese!

Sonriente, caminé hasta la mesa. El hombre gordo comenzó a ajustarme un pequeño micrófono en la camisa.

—¿Dónde están los participantes? —le pregunté a Ana María, entretanto.

—¡Conque usted sabía de este evento! Bueno… Maikel Ramírez no vendrá porque tuvo un inconveniente, y Yurimia Boscán está en camino… ¡Pero eso ya no importa! ¡La personalidad de honor es usted! ¿Ya tiene el micrófono puesto? ¿Listo? ¡Perfecto! ¡Será una entrevista espectacular!

Tomé asiento en una de las sillas vacías que estaban detrás de la mesa. La periodista ocupó la otra. Se pasó las manos por su cabello castaño oscuro recogido en un moño alto, que contrastaba con su piel clara; se estiró su conjunto ejecutivo azul rey, intentando cubrirse las rodillas con el borde de la falda, y me sonrió.

—¡Apenas puedo creerlo! —me dijo—. ¡Todo será improvisado, así que saldrá mejor!

—Ya estamos transmitiendo —informó el hombre gordo, grabándonos con la cámara trasera de un celular, a cierta distancia.

¡El día de hoy les tenemos una sorpresa magnífica, una sorpresa colosal! ¡Y es que nuestro querido escritor, Benito Calderón, ESTÁ VIVO!

—¡Bien, vamos a empezar! —sentenció Ana María—. ¡Tres, dos, uno! ¡Muy buenas tardes a todos los que nos acompañan en la librería Khalatos del Centro de Arte Los Calpones y a quienes nos siguen en este momento por nuestras redes sociales! ¡El día de hoy les tenemos una sorpresa magnífica, una sorpresa colosal! ¡Y es que nuestro querido escritor, Benito Calderón, ESTÁ VIVO! ¡Sí, así como lo oyen! ¡Está vivo y esta tarde nos acompaña para contarlo todo sobre su último año de vida! ¡Un aplauso para él!

Hubo otra ola de aplausos.

—Bienvenido a tu casa, Benito —continuó—. Nos sentimos más que honrados de que estés aquí, con nosotros.

—Muchas gracias —dije.

—Bien, entremos en materia. Como bien sabes, durante los últimos doce meses todos tus lectores creímos, con mucho dolor, que habías fallecido. Ahora nos encontramos con la enorme y milagrosa sorpresa de que no fue así. Cuéntanos, ¿qué ocurrió en realidad?

—Bueno, creo que mis acciones no tienen nada de extraordinario. Simplemente, he fingido mi autoaniquilación, con la única intención de llamar la atención sobre mi obra literaria. Vivimos en una sociedad que cultiva el morbo por la muerte, y las industrias culturales, en particular la industria de la literatura, ama y venera a los escritores muertos; a éstos se les reconoce su trabajo, se les dedica suma atención, se les perdonan sus pecados literarios y pronto se les ubica en un pedestal luminoso bastante lucrativo. A los escritores vivos, por el contrario, se les ignora por completo, y cuando se habla de ellos es sólo para condenarlos o minimizarlos al máximo. ¿Por qué las cosas tienen que ser así? Decidí desafiar esa trama de injusticias y ya ustedes ven los resultados. Permítame, permítame continuar, por favor. Gracias a Dios, mis historias han encontrado a sus lectores y hoy vengo a decirle a todos ellos, a todos ustedes, que su escritor está aquí: ¡pregúntenme lo que quieran sobre mis textos!

—¡Ánimo, Calderón! —exclamó alguien del público.

—¡Qué interesante, Benito! —dijo la periodista—. ¡Hermosas palabras! ¡Ahora, relátanos lo que sucedió la noche del accidente! ¿Estrellaste el jeep tú solo o hubo algún cómplice? ¿Lo incendiaste y huiste o te quedaste admirando tu obra de arte? ¡Revélanos todo!

—Eso no tiene nada de asombroso. Estaba solo. El público puede colegir perfectamente lo que hice. ¿Para qué insistir en ello?

—¡Pero no sabemos dónde estuviste hasta ahora! ¿Construiste un búnker? ¿Te recluiste de forma secreta en un monasterio? ¿O acaso te escondiste en alguna isla del Caribe?

—Estuve en un refugio que armé en el Ávila y durante este tiempo me dediqué a seguir las noticias.

—A ver, según la investigación que hice sobre tu vida antes de venir para acá (¡yo siempre hago mis tareas, ja, ja, ja, ja!), siempre fuiste un hombre solitario: al momento de tu supuesta muerte (perdona que lo diga así) estabas soltero, no tenías hijos, ni parientes; tus poquísimos amigos ya no te veían ni tenían contacto alguno contigo, y hasta tus vecinos dudaban que siguieras viviendo en la urbanización, aunque esto último debido a tu oficio de redactor independiente, que no te exigía salir a la calle, claro está. Ahora nos dices que te aislaste en el Ávila. ¿Te gusta la soledad? ¿Eres un misántropo?

—Sólo me distancié convenientemente de todos porque era parte del plan: cuanta menos gente tuviese contacto conmigo, mejor. Pero realmente me gusta compartir con los demás, esa es la materia prima de mis cuentos. Para escribir Nochebuena, por ejemplo, me inspiré en una anécdota real, que puedo referir ahora mismo.

—¡No perdamos de vista que todo fue planeado, señoras y señores! Dinos, ¿cuánto tiempo te llevó elaborar tu plan maestro? ¿Te inspiraste en alguna película?

No he venido a responder preguntas tontas, sino a hablar sobre mi labor. Ya que no quieren escuchar esto, me retiro.

—Ya he dicho que no hay nada extraordinario en lo que hice. Puedo añadir, por otra parte, que últimamente he tenido varias ideas para escribir nuevos relatos, las cuales puedo compartir con ustedes.

—¡Magnífico! ¡Pero no queremos dejar pasar la oportunidad de que nos digas qué se siente que todos te crean muerto! ¿Es excitante? ¿Lo volverías a hacer? ¿Qué sucede…?

—No he venido a responder preguntas tontas, sino a hablar sobre mi labor. Ya que no quieren escuchar esto, me retiro.

—¡Ánimo, Calderón!                                                                                   

Malhumorado, me levanté y me desabroché el micrófono. Escuché risas entre la gente, murmullos, uno que otro aplauso aislado. “¡Benito!”, exclamaban entre el público, “¡Benito, una selfie! ¡Conmigo!”. Me dirigí a la salida, sintiéndome vigilado por innumerables teléfonos celulares. Entonces vi a la cuentista Yurimia Boscán que llegaba. “¡Ya era hora!”, pensé, “¡A alguien a quien sí le interesa la literatura!”.

—Mucho gusto —la saludé, cuando estuvimos lo suficientemente cerca—. ¿Así que usted ha estudiado mis narraciones?

—¡Ya! —exclamó, abriendo mucho los ojos y las manos—. ¡Ahora los escritores resucitan!

—¡Yo lo salvé! —gritó brutalmente el hombre que me había dado la cola. Estaba en una esquina de la librería, junto al niño—. ¡Lo encontré medio muerto en la carretera! ¡Él está vivo gracias a mí! ¡Yo lo salvé!

—¿Ah, sí? —replicó Ana María desde la mesa—. ¡Venga a contarnos, venga!

Decepcionado, me marché de la librería y del centro de arte. Caminé hasta mi apartamento, que por fortuna queda cerca, y entré con la llave que había traído desde el rancho. Me sorprendió encontrarlo intacto. Quizá una de las pocas ventajas de vivir en Manoa es que todavía se respeta la propiedad privada, incluso después de muerto el propietario. Esa tarde me di un refrescante baño bajo la ducha, comí unos enlatados y dormí profundamente, en exceso, durante dos días seguidos.

Lo ocurrido desde que me desperté hasta tres años después fue un frenesí bastante previsible y tortuoso. Durante los primeros meses, fui una auténtica celebridad: el video de la entrevista que me hicieran en la librería se viralizó por todas las redes sociales importantes, acumulando millones de vistas en cada una; proliferaron los memes con mi imagen, compartidos y comentados por cientos de miles de personas; un pequeño pero genuino ejército de influencers creó el hábito de hacer videos o transmisiones en vivo en donde aprobaban todo mi proceder, argumentando que cada persona es libre de hacer con su vida lo que se le venga en gana; otro grupo de influencers decía que yo sólo era un deleznable embaucador; mucha gente escribió mensajes harto diversos en mis perfiles digitales; recibía incesantes solicitudes de entrevistas de parte de periodistas famosos (las rechacé todas). No se hablaba de otra cosa que no fuera “el hombre que fingió su propia muerte”. Sin embargo, ese torrente sensacionalista comenzó a disminuir a los nueve o diez meses de mi revelación para dar paso a una cuestión mucho más seria: la reconsideración de mi producción literaria.

Como las cucarachas que invaden una casa, así llegaban a Internet los comentarios lapidarios sobre mis textos. Diferentes escritores y lectores decían sin ambages que indudablemente yo era un autor sobrevalorado; que mis historias eran malas, que en el mejor de los casos eran copias defectuosas de autores europeos o norteamericanos; que mi novela corta era simple e insípida; que yo no tenía el menor talento para narrar. De hecho, Maikel Ramírez escribió un breve ensayo, titulado Benito Calderón: fraude en la vida, fraude en la literatura, abjurando de su anterior postura respecto a mi pluma y afirmando que:

…ese diletante infecto apellidado Calderón es como un virus que esparce la peste de la mediocridad en todo lo que toca: reproduce los más descarados lugares comunes en variedad de géneros; repite sin cesar las mismas estructuras narrativas en sus intentos de cuentos; procura escribir más de un final en un relato ilegible por su confusión; maneja mal el tiempo; sus personajes son inverosímiles; sus temas están mal concebidos y peor desarrollados, y no hablemos de su pobreza estilística, rica en redundancias y solecismos. Yo diría que sus redacciones son ejemplares de la basura literaria más efímera…

También recuerdo la cantidad de internautas que negaban haberme leído alguna vez, confesando que si acaso habían emitido comentarios elogiosos sobre mis libros, ello había sido una mera debilidad por seguir la moda del momento. Muchos de ellos usaban en Twitter la etiqueta #YoNoLeoACalderon. No encontré, pues, un solo individuo, ¡uno solo!, que afirmara ser mi lector, pues mis editores declararon en cierto congreso de literatura que en realidad habían publicado mis narraciones sin leerlas, llevados por la mera necesidad de sonsacarle algunos bolívares al autor, y hasta Maikel Ramírez contó en una de sus clases (pues el tipo era y que profesor universitario) que una ojeada superficial a mis escritos le había bastado para comprenderlos, y que lo mismo les sucedía a todos aquellos que caían en la vulgaridad de comentarlos (estas aseveraciones, por cierto, fueron a parar a las noticias de Internet, hoy que nada escapa al ciberespacio, hoy que sólo existe lo que existe en la nube). Por último, aferrándome ansioso a una alegría pasada, busqué mi amado tuit de @librerototal, pero la cuenta había sido eliminada.

El nombre de Benito Calderón no era más que un dato inexistente.

Ahora bien, incluso esta ola detractora cesó. Duró, como ya he apuntado, unos tres años, al cabo de los cuales fui completamente olvidado; ya habían aparecido varios personajes en la esfera pública que generaban y degustaban su momento de fama; ya se habían producido textos literarios apreciados por la crítica y leídos por muchos. El nombre de Benito Calderón no era más que un dato inexistente.

Estoy a punto de cruzar la barrera de los cincuenta años y recién me doy cuenta de que he ignorado puerilmente cómo funciona nuestra sociedad y cuán implacable puede ser con los genios incomprendidos. Pero no todo ha sido inútil. Por lo menos logré recuperar mis derechos de autor, que las compañías editoriales me devolvieron sin réplica, aunque, hasta donde sé, no he vendido un solo ejemplar de mis títulos todavía. Por otro lado, he seguido ganándome la vida como redactor independiente, escribiendo y publicando oscuramente tras alguno de mis heterónimos. Y a pesar de que no quise crear más obras de ficción, me decidí a escribir este relato. ¿Quién dice que yo no podría ser recordado gracias, precisamente, al testimonio de mi fracaso? ¿Quién dice que yo no podría ser un Gilgamesh contemporáneo? Dejaré estas palabras guardadas en mi computadora, donde puede que un par de manos compasivas terminen por divulgarlas o destruirlas. En el ínterin, abordaré el único jeep que me queda, herencia de mi padre (como casi todos mis bienes), acompañado de mi infaltable bidón de gasolina, para conducir de nuevo por la carretera vieja de La Guaira y, en un punto determinado, entregarme de veras y sin temor a la muerte. Tal vez mi memoria vuele hacia un destino brillante y definitivo en esta oportunidad. Tal vez estas líneas, patéticas y tediosas, acaben por sobrevivirme misteriosamente a través de los siglos.

Isaac Morales Vargas
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