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La bella bella

viernes 11 de diciembre de 2020
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Cuando llegué, ella ya estaba allí, tenía ese aire burgués que no sé de dónde algunas plebeyas heredan, pero lo heredan, no confundir a qué me refiero, con plebeya no quiero decir pobre, mugre, sudorosa, breada, magullada, consumida o calamitosa, no; me refiero a que era como nosotros, una más, pero hermosa. Le di una mirada desinteresada, aunque por dentro quería saber de ella desde en qué capilla había sido bautizada, o qué marca de champú usaba, hasta el tipo de sangre que su cédula acreditaba y que número calzaba. Nunca antes la había visto, digo, nunca antes había visto algo semejante. En comparación, todos en las filas de espera parecíamos sucios esclavos negros picapiedras del siglo XIX obligados a trabajos forzados en infernales minas del sur de Louisiana, mientras ella, joder, ella era como la hija menor del dueño de la compañía minera con selectas costumbres victorianas aprendidas de una institutriz europea que en sus años mozos había de trabajar para la realeza holandesa enseñando a las princesitas del rey cómo debían levantar el meñique a la hora de beber el té y la postura recta e imperturbable de las mujeres de la high society. Pasado un rato, no pude aguantarme más, la miré fijamente, al parecer se dio cuenta e intentó cruzar miradas conmigo, pero fue lenta, la había dejado de mirar, luego apartó la mirada, volví y la miré, nuevamente dispuso su resplandeciente mirada hacia mí, otra vez lenta, ya la había dejado de mirar; fue como en aquella memorable escena de Before Sunshine en la que Ethan Hawke mira a Julie Delpy y luego ella lo mira a él, pero él ya no la está mirando, bueno, justo así.

Sufrí un atragantado ataque de efusividad, la miré, sonreí, me miró, sonrió, ¡por la zarza ardiente!, sonrió.

Ahora que pensaba en cine me di cuenta de que ella era la remembranza de una película que había visto hace poco, o era una serie, no recuerdo bien, en todo caso, era una de esas donde se hace apología a la música alternativa, la ropa color pastel, los karaokes, las pecas, la modernidad y la cultura pop; entonces yo, que vivía una vida común en una gris ciudad y al que poco le importaba si los pantalones que llevara puestos combinaban con la camisa, conozco a aquella muchacha, que parecía regar el arcoíris por donde pasase, que vive una vida menos común en la misma ciudad que ahora por su culpa dejó de ser gris. Él sabe casi de inmediato que ella es la que ha estado buscando. Esta es la historia de un chico que conoce a una chica, pero usted debe saber por adelantado, esta no es una historia de amor. Sin mucho esfuerzo ella podría ser mi Summer y yo, yo sería su Tom.

Me fijé en sus compras: desodorante, pasta dental, guantes de aseo y una esponja lavaplatos. ¿Desodorante, para qué? Si ella lo que debe transpirar es la esencia a lavanda excitada por el rocío matutino en las praderas vírgenes e insondables de la Macaronesia que presagia el alba y la avenida de Apolo en su carruaje; ¿pasta dental, para qué? Si desde aquí veo sus dientes que tienen la asepsia de quirófano incólume y el blanco caprichoso del marfil de contrabando; ¿guantes de aseo y una esponja lavaplatos? No puede ser, el mundo no merece que ella dedique su belleza a la belleza de la loza, si quiere, esta misma noche, yo lavo los platos, hago la comida, la abrigo, y para dormir la arrullo recitando poesía de Benedetti o leyendo de la página ochenta a la cien de Harry Potter and Deathly Hallows. La fila en la que esperaba su turno para pagar se movía más rápido que la fila en la que yo estaba, y mientras la veía alejarse, en mi mente, aquel chilenito bonachón devoralangostas me susurraba en un hilo… nada hacia ti me acerca. Todo de ti me aleja. Y se estaba alejando. Sólo restaban dos turnos antes del suyo cuando la trabajadora pidió disculpas, pues tenía que cerrar, la caja registradora había llegado a su tope en ese día; ella y las dos personas que le seguían hicieron una cara de lunes por la tarde durante el aburrido sopor de la siesta, les dijeron que podían pasar a la fila de al lado, en la que yo esperaba, sufrí un atragantado ataque de efusividad, la miré, sonreí, me miró, sonrió, ¡por la zarza ardiente!, sonrió. En un gesto de falso heroísmo le cedí mi puesto, no dijo nada, sólo asintió con la cabeza, y bueno, qué más podía pedir yo que aquella tímida venia que le otorgaba un poquito de sosiego a mi canción desesperada. Terminó de pagar el viejo que encabezaba la fila completando el dinero con cuentagotas, sacando de una a una las monedas lentas y sin luz que aguardaban a ser gastadas en el bolsillo derecho de su abrigo marrón; le siguió un muchacho, de unos quince años, se me hizo extraño que estaba comprando un libro, Buda Blues, de Mario Mendoza, a la sazón me sentí alegre, sentí ver el mundo con su cara amable, el anciano que goza de buen retiro con dinero para el mercado y paciencia para la vida, el joven casi niño que compra una buena novela de un buen escritor; y la bella bella, la que estaba delante mío, la marquesita, ella y yo también podríamos gozar de buen retiro, el que juntos pudiéramos tener; ella y yo también podríamos leer buena literatura, los áridos volúmenes de poesía que yo le escribiría.

Era su turno, maldita sea, se va. Me sentí Santiago Nasar, con la diferencia de que yo sí sabía que me iban a matar, me iba a matar ella, con tanto tiempo sin verla. Porque no fueron tantos los días transcurridos hasta este, días en los que ni la conocía ni la tenía, sino los que transcurrirán a partir de ahora, días en los que la conozco y la tengo, en la imaginación y en la memoria, que no es lo mismo pero es igual. Como lo hubiese hecho J. B. Grenouille, me acerqué un poco para llenar de ella el sentido del olfato, el de la vista ya había sido bendecido, el oído pronto lo sería, el tacto y el gusto creo iban a tener que esperar que Sísifo colocara la piedra en la cima del monte. La bella bella olía a rosas, cayenas, jazmines, margaritas, azafrán, nuez moscada, vainilla y menta; una armónica danza ambulante de flora y especias agolpadas en la bodega de una nave proveniente de Oriente y capitaneada por Marco Polo, la condenada olía como a perder la virginidad con Scarlett Johansson, o como a que Ester Expósito perdiera la de ella contigo. “Buenas tardes”, le dijo la trabajadora del supermercado, ella contestó. Entonces una cumbre de poesía perdió el sentido, Albert Camus se accidentó en el automóvil que conducía cerca de Le Petit Villeblevin desquebrajándose por completo, Neruda abandonó a su suerte a Malva, su hija hidrocefálica que poco después moriría preguntándose por qué su padre no la quería, y Andrés Caicedo decidió tomarse sesenta pastillas de secobarbital acabando con su vida, todo era una gran desgracia, todo se había desbarrancado haciéndose trizas contra la ley de Murphy.

Cuando terminó de pagar, yo todavía estaba con la cabeza gacha, pasmado como sapo papá reventado en autopista italiana.

La bella bella, ya no sé si sea tan bella bella, tenía la voz como un chillido ululante y nasal de soldado francés herido en la primera guerra mundial jadeante y deseoso de una dosis de morfina que le confiriera los santos óleos y el buen morir.

—¿Tarjeta puntos? —le preguntó la cajera.

—No —respondió la bella bella.

Pero lo que no podía ser es que ella tuviera la voz de Úrsula y el cuerpo de Ariel. La cajera hizo un chiste breve y bobo, ya no lo recuerdo, lo que sí recuerdo es su risa, aún peor que la herrumbre sonajera de su voz, esa risa hacía que su presencia ya no evocara al lírico romance, sino al terror y a la decadencia. Horrísono bramar­, he aquí la carcajada de It; pongan al teléfono a Espronceda, a Poe, a Bukowski y a Stephen King.

Cuando terminó de pagar, yo todavía estaba con la cabeza gacha, pasmado como sapo papá reventado en autopista italiana por las anchas ruedas de un Ferrari, ella parecía estar recuperando su estado de divinidad natural, el inmutable silencio, en ese momento se gira y me dice: “Chao, que estés bien”. Fuck!, lo había vuelto a destruir todo y a declararse no apta para llevar la corona, ni para ser de la realeza holandesa, ni marquesa, ni bella bella; con qué impersonal despropósito osaba pedirme estar bien después de eso, después de que el reactor número cuatro de la confesa imperfección reventara en el centro del Chernóbil de su verosímil versión en tanto yo iba tranquilo de camino a la planta nuclear conduciendo mi VAZ-2107, escuchando a Stravinski y pensándola de manera inusitada. Le contesté con desdén y con una sonrisa superflua de comercial de televisión, entonces lloré por ella y por mí, y recé de todo corazón para no encontrarme con ella nunca más en mis días. Salió del supermercado, de mi olfato, de mi vista, de la ciudad, del país, del continente, del planeta; mientras aún yo no había podido salir del pantano denso y brumoso provocado por aquella incrédula desavenencia. Una pregunta me arrancó del marasmo:

—¿Tarjeta puntos?

—No —contesté.

Mauricio Díaz Beltrán
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