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Amanda

martes 19 de enero de 2021
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Tres noches antes de la muerte de Amanda, soñé con un tsunami. A diferencia de otros sueños, esta vez no había sido una ola agitada y furiosa, que amenazaba con barrerlo todo, sino era más bien una masa de agua serena, casi inmóvil, que iba irguiéndose sobre nuestras cabezas, tapando el sol de mediodía y sumiéndonos en una oscuridad paulatina. Más eclipse que ola, gritaba la gente del vecindario, más eclipse que ola; embobados, con espirales en los ojos. Yo me quitaba la chamarra, me arremangaba la camisa y gesticulando, como machito alfa bravucón, invitaba a venir a la ola, la llamaba con ambas manos en posición de combate, y luego me tamboreaba el pecho como King Kong. Antes que el monstruo (indiferente a mi matonería, claro está) pudiera engullirnos del todo, yo me había despertado.

Agrietada, la vi incorporarse y frotarse los ojos, con placer gatuno, como si despertara de un sueño fuera del tiempo.

A Amanda le conté en más de una ocasión estos sueños y ella opinaba que no había mucho qué explicar, que los sueños se explicaban solos. “¿Un qué?”. Un tsunami. “¿Y qué es eso?”. “Una ola gigantesca, un maremoto”. “Ah, bueno, mucha gente sueña con cosas así”. Yo replicaba: “¿Qué representa el mar?”. “Verás. Es… ¿cómo decirlo?, es el reloj, el destino, y si está agitado, es porque tú vas ganándole la partida”, me decía remendando su ropa, “el día que se aquiete preocúpate, porque le importará un reverendo comino tu existencia, entonces tú te alterarás, vociferarás encabronado, pero no podrás hacer nada, ¿me oyes? Na-da, sólo berrinches”. Dejaba la aguja y la prenda sobre su regazo y me miraba con sus ojos enormes de ternera, “ya lo dice la Biblia, líbrame de las aguas mansas que de las bravas me cuido yo, ¿no?”. “Pues sí, tienes razón”, le respondía, y ella me sonreía con ternura, condoliéndose de las pendejadas que articulaba ese imberbe que era yo; tal vez eso pensaba.

Amanda nunca había dado problemas y, en el basural (al que llamábamos vecindario), era la única persona equilibrada, a la que no se le desdibujaba la sonrisa. Creo que nunca la vi llorar. No se le salía lo soez, ni dormía con un puñal bajo la almohada. Aparte, rebozaba salud, rechoncha y colorada, cuando iba al mercado. Por eso, el que muriera tan de pronto fue un mazazo para todos. O debería decir para todos menos para mí, por lo del dichoso tsunami. Así, la madrugada que oí los cuatro golpes en mi puerta de lata no hizo falta preguntar de qué se trataba ni quién era, sabía que era Jeremías y lo que venía a comunicarme. Antes que dijera cualquier babosada, lo anticipé: “Amárrate las agujetas”, él asintió y empezamos a enrumbarnos a la “quinta” Cardozo, tres manzanas más allá, donde Amanda vivía, o bueno, había vivido sus diecisiete años.

Nada más llegar, otra atmósfera comenzó a envolvernos. Una organización de hormigas iba disponiendo los preparativos en la “quinta”, y, mientras rayaba el amanecer, el padre de Amanda se aproximó a nosotros, con un papel en la mano. Mis recuerdos son confusos, pero lo que sí conservo en la memoria es que ese día jugaban México con Alemania, por los cuartos de final, y el muy tarugo de Jeremías sugirió: “Don Arnulfo, para alivianar la pena, podemos traer la tele de perillas para ver el partido”. Le hice un gesto a don Arnulfo, suplicándole que lo perdone, porque este retrasado no sabe ni lo que dice (en las mismas circunstancias, otro padre le hubiera partido bien el hocico), pero don Arnulfo estaba ido y simplemente lo miró. Por si no bastara, Jeremías siguió: “A Amanda le gustaba el futbol, era portera”, dijo. Don Arnulfo sonrió, y yo intervine: “Igual, no es buena idea”, un codazo a Jeremías y nos dirigimos a las compras, al Zócalo.

Al volver, todo estuvo dispuesto, nos arremolinamos alrededor de la capilla ardiente y ahí estuvimos horas y horas, sin decir ni mu.

Reparé que conservaba intacta su sonrisa de labios cómplices: era feliz.

Cabeceando, me vencieron los párpados y volví a soñar. Por primera vez, soñé a Amanda desnuda, despojada de todo. Amanda, como en la primera mañana del mundo, recostada sobre un espejo de sal infinita, un reguero de nada, mientras su piel se descascaraba, se desvanecía, se tornaba polvo, y ella seguía sonriendo. Agrietada, la vi incorporarse y frotarse los ojos, con placer gatuno, como si despertara de un sueño fuera del tiempo, algo inconmensurable, algo que nos estaba vedado comprender a los nacos del vecindario. Me saludó con la mano, y desapareció.

Abrí los ojos y vi que los dolientes dormitaban, todos sin excepción. Casi a tientas, al abrigo de la luz titilante de la bombilla, me aproximé al féretro y reparé que conservaba intacta su sonrisa de labios cómplices: era feliz. Y de pronto vi, vi el surco violáceo que le bordeaba el cuello. Jeremías me miró (la pendejez encarnada, pensé). “Debemos cubrirlo con las blondas, si no el padre no querrá hacerle misa”, dijo en voz baja. Y en ese instante, sólo en ese instante, me dije que no era tan atarantado como parecía.

“Va ganando México”, dijo mientras salíamos, y me hizo cambiar de opinión.

Traspusimos la burbuja, la burbuja de la muerte que lo divide todo, reflexioné.

Desde una radio lejana, ya en la calle, vino hasta nosotros la voz fría del locutor: “Matthaus decreta el empate para los teutones. México 1 – Alemania 1”. Un transeúnte que pasaba por la penumbra dijo: “Pendejo, canta los goles como si alguien se hubiera muerto”. Reparé en la frase y, blandiendo el puño, le respondí a gritos: “¡Se ha muerto Amanda, cabrón! ¡Se ha muerto Amanda!”. Aceleró el paso, asustado, y yo prendí un cigarrillo, pensando que en unas horas volvería a ver a Amanda, y a contarle este sueño.

Cristian Cerna Pajares
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