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Viaje turístico

martes 9 de febrero de 2021
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Necesitaba llegar a Felsina. Llevaba más de tres días sin comer y sólo me quedaban unos cuantos pesos en el bolsillo. “Con esto puedo comprar medio kilo de arroz”, pensé. Iba caminando por la fría, desierta e interminable Carretera Panamericana, flanqueada a ambos lados por una espesa vegetación boscosa. El sol parecía haberse extraviado entre los nubarrones, de modo que daba la impresión de estar en cualquier parte y en ninguna. “Si no muero de hambre, me moriré congelado”, razoné, ajustándome la húmeda chaqueta que tenía puesta. “Ya veré qué pasa primero”, dije en voz alta, intentando espantar la pesada quietud que me envolvía. “¡Ya veré, carajo!”.

De pronto, oí un levísimo zumbido que parecía provenir del interior de la espesura. Me detuve, extrañado; es fama que en esa zona no hay vida animal de ningún tipo. Feliz de poder pensar en algo distinto a mis penurias presentes, seguí la dirección del sonido. Me interné por entre los árboles. El suelo musgoso amortiguaba mis pasos. Al poco rato, en un claro poblado de helechos bajos, di con un estanque de agua límpida, alrededor del cual crecían orquídeas color violeta. El hallazgo fue tan inesperado, que experimenté una extraña satisfacción, como si mi apetito se hubiese colmado súbitamente. Empezaba a contemplar las flores cuando vi, posado sobre una de ellas, al ser que me había atraído hasta allí. Era una libélula.

La orquídea sobre la que se apoyaba el insecto se erguía en el lado opuesto de la balsa, exactamente frente a mí. La libélula yacía inmóvil, con sus transparentes alas extendidas a partir de un tórax de suave verde. Mientras la observaba, inclinó la cabeza hacia un lado. Interpreté el movimiento como un gesto amigable, de modo que lentamente empecé a acercarme a ella, rodeando el estanque, y entonces noté que su largo abdomen era azul celeste, con manchitas negras.

Vi el reflejo de mi rostro demacrado en la superficie acuosa y me entristecí profundamente.

—Qué hermosa eres —comenté.

El insecto voló inmediatamente hasta otra flor, y así volvimos a quedar como antes: distanciados, pero uno frente al otro. Volvió a inclinar la cabeza hacia un lado.

—No te voy a comer —le dije—. De hecho, tal vez seas tú quien termine por darse un banquete con las moscas que vengan por mi cadáver… He llegado demasiado lejos; ya ni sé cuántos kilómetros he recorrido con el estómago vacío. Estoy exhausto.

Me senté sobre el musgo verde que cubría la tierra sembrada de orquídeas, junto a la balsa. La libélula no se inmutó.

—Tú y yo deberíamos intercambiar roles por un día —seguí diciéndole—. Esta existencia miserable me hastía. Seguro que ser libélula es más divertido, pues he oído rumores de que ustedes son muy rápidas. ¡Si fuera tú, podría darle la vuelta al mundo en una semana! ¡Me encantaría hacer eso! En mis veinte años de vida, jamás he ido más allá de Felsina. ¡Tengo tantas ganas de conocer otras ciudades, otras gentes!

Me eché a reír al tiempo que me acostaba boca abajo. Vi el reflejo de mi rostro demacrado en la superficie acuosa y me entristecí profundamente. Mi silueta se destacaba con nitidez sobre la imagen gris del cielo. “¿Será cierto que alguna vez brilló el sol en este país, como dicen los libros de historia?”, me pregunté. De repente, mi vista se nubló y me paralicé por completo. Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Mi corazón, desfalleciente, fue latiendo cada vez menos, hasta que se detuvo y dejé de respirar. Me sentí flotar.

Suavemente, muy despacio, como una niebla que se disipa, comencé a recuperar mi visión. Poco a poco, fueron definiéndose los árboles que me rodeaban, las orquídeas fueron concretándose, el estanque se materializó… Y también vi mi antiguo cuerpo tumbado boca abajo sobre el musgo, parcialmente oculto entre la flora, en el lado opuesto de la balsa.

“¡Trato hecho!”, intenté exclamar, pero apenas si logré mover lateralmente mis negras mandíbulas. Una leve brisa agitó la flor sobre la que estaba posado. Me alegré de estar bien sujeto a los pétalos gracias a mis patitas y al largo abdomen que me permitía mantener el equilibrio. Luego, mi antiguo cuerpo me dijo adiós con la mano. Eufórico, agité mis alas y eché a volar.

Me elevé sobre las copas arbóreas y gané bastante altura, enfilándome hacia el norte de Manoa. Pensé que la lejanía de las nubes y la ausencia de neblina facilitaban mi desplazamiento. Allá abajo, entre la vegetación, apareció enseguida la carretera como un río de piedra, y conforme se prolongaba en dirección a la ciudad, comenzaban a ofrecerse ante mi vista los cerros salpicados de ranchitos de zinc. Al principio, las viviendas no serían más de quince o veinte a la vez, pero después crecían en número, cercadas por grandes cicatrices de tierra seca. Cuando todo vestigio de vida vegetal hubo quedado definitivamente atrás, y podía contar los ranchos por cientos, supe que al fin había llegado a Felsina, urbe famosa por el jolgorio de sus habitantes.

Aunque ya había estado en Felsina más de una vez, verla desde lo alto fue como descubrir una ciudad desconocida. Y no lo digo por los miles de casitas de ladrillo hacinadas que competían con los ranchitos por una pizca de tierra, ni por los edificios bajos y mugrientos desperdigados por la localidad; ni siquiera hablo por las grises calles desiertas, holladas escasamente por motorizados o caravanas de automóviles negros; no, no es nada de eso. En realidad, lo digo por el silencio atroz que inundaba la metrópoli.

“Aquí hay algo raro”, pensé, y descendí hasta poder sobrevolar las edificaciones. Estando en eso, vi que unos treinta sujetos hacían fila en una calle. Volé hasta encarar a la última persona de la línea. Me percaté de que dicha persona era una mujer mayor, de manera que intenté decirle amablemente: “Señora, ¿para qué hacen esta cola?”, pero sólo conseguí agitar mis mandíbulas, sin producir el menor sonido.

—¡Ay, Dios mío! —exclamó la mujer, procurando espantarme con las manos—. ¡Fuera, fuera!

Me aparté, riendo para mis adentros, y me desplacé hacia la bocacalle, asumiendo que allí empezaba la hilera de gente. Pero estaba equivocado, pues la fila seguía por otra cuadra entera, y luego por otra, y otra, y otra más… En fin, terminé recorriendo quince cuadras hasta desembocar en la meta a la que todos se dirigían: el supermercado.

¡Nosotros hacemos cola por un kilo de azúcar, mientras los enchufados se la llevan por pacas!

Aquella estructura parecía más bien una pequeña prisión. Estaba constituida por dos plantas de concreto sin pintar, carentes de anuncios publicitarios o identificación de cualquier tipo; las puertas de acceso eran de hierro macizo (aunque en ese momento estaban abiertas) y daban paso a un estrecho vestíbulo, en el cual serpenteaba la fila de gente, ascendiendo entonces por una escalera que se perdía en la penumbra. En el extremo derecho de la construcción, estaba el acceso al estacionamiento. A cada lado del súper, yacían sucesivos comercios cerrados. Naturalmente, unos veinte efectivos de la Guardia Nacional, fusil en mano, custodiaban las inmediaciones. Yo observaba todo lo antedicho desde un tronco de árbol talado que subsistía en una acera, cerca de la entrada del establecimiento. “¿Qué se estará vendiendo hoy?”, me pregunté.

Un mosquito atravesó el aire fugazmente. Me da pena reconocerlo, pero la verdad es que ver aquella presa despertó mi apetito; tuve un deseo repentino y vehemente de cazarla y comérmela. Sin embargo, me quedé donde estaba. “Después de todo”, razoné, “sigo siendo un hombre”.

—¿Pero qué sucede allá adentro? —se quejó una mujer embarazada que hacía fila en la calle—. ¡Ya han pasado cuatro horas y esta cola no avanza! ¡Me duelen las piernas!

—Siéntese en el piso, mija —le dijo un anciano que estaba delante, en la fila—. ¿Qué más podemos hacer?

—Mamá, ¿yo también puedo sentarme en el piso? —preguntó un niño de unos cinco años que estaba delante del viejo, en pijamas.

—¡No, chico! —exclamó la mujer que llevaba al chico de la mano—. ¡Espérate!

—¡Pero hasta cuándo voy a esperar! —protestó el pequeño—. ¡Tengo hambre!

—¡No empieces, José David! —gruñó la mamá, entre dientes—. ¡No empieces!

—Entiéndalo, señora —le dijo un negrito que estaba delante. Y añadió, dirigiéndose al niño—: toma, hijo.

Se lo dijo ofreciéndole un paquetito de galletas. El chico lo tomó sonriendo y murmuró: “Gracias”, antes de empezar a abrir el envoltorio.

—¡Nosotros hacemos cola por un kilo de azúcar, mientras los enchufados se la llevan por pacas! —comentó una señora pelirroja que estaba delante del negrito.

—¿Sólo están vendiendo un kilo? —preguntó la mujer embarazada.

—¡Un kilo solamente —confirmó la señora—, si es que las pirañas esas nos dejan algo!

—Usted habla sin saber —intervino el viejo—. Estamos esperando a que lleguen los camiones con el azúcar, como dijeron los guardias. Eso es todo. Nadie se está robando nada.

—¡Sinvergüenza! —exclamó la señora.

Un todoterreno UAZ Patriot negro entró por un extremo de la calle. Tenía todos los cristales ahumados, excepto el parabrisas, mas pasó tan rápido que ni siquiera me dio oportunidad de ver el rostro del conductor. Al llegar a donde estaban los funcionarios, éstos hicieron el saludo militar y despejaron el paso. Por último, el vehículo se internó en el estacionamiento del supermercado.

—Ahí van, los muy descarados —volvió a hablar la señora pelirroja—. ¡Asesinos, matan al pueblo de hambre!

—Quédese tranquila, por el amor de Dios —insistió el viejo—. Haga su cola en silencio.

—¿Cómo es la vaina? —rugió la aludida.

En pocos segundos, se desató un vocerío en el que unas personas procuraban tranquilizar a la señora (que seguía gritando) y otras callar al viejo (que seguía hablando). El niño empezó a llorar. Los militares, divertidos, se reían desde sus puestos. Por mi parte, sentía una gran curiosidad por saber qué sucedía con la venta del azúcar. Emprendí el vuelo dispuesto a ingresar en el súper, pero tuve una sensación desagradablemente extraña cuando alcancé las puertas de fierro; fue como una mezcla de repulsión y luto anticipado. Lo pensé mejor y me elevé rodeando el edificio, hasta que estuve en el lado opuesto, sobre la zona de carga. No estaba preparado para lo que vi entonces.

Tres camiones descargaban bultos de azúcar. Lo insólito, sin embargo, es que la mercadería no se trasladaba hacia los almacenes, sino que era transportada directamente hasta cinco camionetas negras. Cuando uno de estos vehículos alcanzaba su máxima capacidad de carga, salía por un portón trasero y enseguida entraba otro por el acceso delantero para continuar con la operación. Por otra parte, había un movimiento humano muy dinámico, entre el personal del comercio (los identifiqué porque usaban chemises rojas) y los sujetos que descendían de los automóviles negros. A la par que se acarreaba la mercancía, ellos se reunían en grupos de hasta cinco personas e intercambiaban muchos billetes verdes. Por último, cerraban la transacción con un apretón de manos y un cálido abrazo. En definitiva, aquel era un ambiente de absoluta fraternidad y prosperidad.

El tipo que estaba a mi lado se volvió, se puso un paquete de azúcar entre las piernas y lo destapó.

De improviso, reapareció el mosquito. Apenas le vi dibujando florituras inútiles en su vuelo, fui tras él. La presa salió disparada hacia el cielo antes de girar bruscamente en dirección a la zona de carga. Era muy ágil, lo reconozco, pero también era evidente que no tendría escapatoria. Desesperada, se metió en una de las camionetas negras (una UAZ Patriot, si no recuerdo mal) donde se introducía el dulce polvo. Entré a mi vez y sobrevolé un instante el interior del vehículo. Miré a los lados.

—¡No seas estúpido! —intenté exclamar, moviendo mis mandíbulas—. ¡Ya estás muerto desde hace rato! ¡Entrégate!

—¡Listo, nos vamos! —gritó alguien fuera del automóvil, cerrando la maleta.

Inquieto, volé hasta esconderme entre las pacas blancas que descansaban tras los asientos traseros. Se abrieron las cuatro puertas laterales e ingresaron cuatro hombres. El piloto encendió el motor.

—¡Hace mucho que no comía azúcar, jefe! —dijo el que se sentó detrás del copiloto—. ¡Voy a probar un poco!

Desde mi escondite, sentí que el hombre se giró y empezó a manipular los bultos. Aproveché la ocasión para volar discretamente hasta ubicarme en el borde del asiento que ocupaba aquel hombre, junto a la puerta. “En cuanto abran la ventana, me escaparé”, pensé. Entretanto, el vehículo arrancó. El tipo que estaba a mi lado se volvió, se puso un paquete de azúcar entre las piernas y lo destapó. Empezó a comer puñitos del polvo blanco con avidez.

—Chamo, ¿no te puedes aguantar hasta tu casa? —le preguntó el sujeto que iba a su lado.

—Vean a esa gente afuera haciendo cola —comentó el goloso, mirando por el cristal—. Pobres pendejos.

—¡Mira, deja de comer, que la gente está volteando mucho hacia acá! —exclamó el piloto.

—No les pares bolas —replicó el dulcero—. Estos vidrios opacos son buenos.

—¡Sí, pero uno nunca sabe! —repuso el conductor—. ¡Guarda esa vaina!

El laminero puso el paquete a un lado, junto a mí, pero lo hizo de tan mala gana que no advirtió mi presencia. Asfixiado en aquella atmósfera intolerable, eché a volar hacia el guardabrisas. Los cuatro bandidos se exaltaron enseguida. Del parabrisas, me proyecté hacia la frente del piloto y sobrevolé su nariz, y volví a impactarme en su frente.

—¡Quítenmelo, quítenmelo! —gritaba el tipo.

La camioneta se detuvo, desde luego. De la misma manera que había hecho con el conductor, hice con los otros tres delincuentes. Ninguno se atrevía a golpearme por miedo a autolesionarse. Me ensañé especialmente con el goloso.

—¡Abre la ventana! —le ordenó el piloto.

—¡No!

—¡Abre la ventana, coño!

El que iba al lado del dulcero bajó su vidrio. El conductor y el copiloto hicieron lo propio.

—¡Maldito, la gente está mirando mucho! —se quejó el copiloto—. ¡Mata a ese bicho ya!

Inesperadamente, el mosquito salió de no sé dónde y picó al conductor en la mejilla.

—¡Ay! —se quejó el hombre.

—¡Chamo, bájate! —sentenció el que estaba al lado del glotón, empujándolo.

El dulcero, asediado impíamente por mí, abrió su puerta. Entonces ocurrió: los dos salimos del automóvil, pero, junto con nosotros, salió el paquete de azúcar y cayó al suelo, vertiendo su contenido a la vista de todos.

—¡Se los dije! —exclamó la señora pelirroja que estaba en la fila—. ¡Los enchufados son unas sanguijuelas!

—¡Desgraciados, acaparadores! —empezó a gritar la gente.

Con una velocidad francamente asombrosa, los cuatro criminales abandonaron la camioneta y huyeron del lugar. En cuestión de segundos, se formó una turba alrededor del vehículo y pateó la carrocería, quebró los cristales y destrozó los bultos de azúcar, esparciéndolos por toda la calle. Por otro lado, un segundo grupo se dirigió vociferando al interior del supermercado. “¡Asesinos!”, gritaban. “¡Matan de hambre a la gente, genocidas!”. Los funcionarios de la Guardia Nacional, que se habían quedado perplejos hasta entonces, se desplegaron en la calzada. Uno de ellos apuntó al aire con su fusil y disparó.

A medida que avanzaba, veía cómo el gris oscuro de las principales calles y edificios de Felsina cedía ante el naranja ladrillo de las barriadas.

La detonación produjo un estruendo absolutamente ensordecedor. Me desorienté al instante, hasta el punto de que casi me precipito a tierra. Remonté el vuelo sin dirección precisa y me alejé, temiendo resultar herido si no lo hacía.

Me desplacé por otras zonas de Felsina con intención de serenarme, pero sólo encontraba el mismo panorama una y otra vez: cientos de personas haciendo cola para comprar comida, entre avenidas desiertas. “Parece que en Manoa es mejor ser insecto que humano”, pensé. “¡Hoy tengo suerte!”.

Recordé entonces que había oído hablar de una ciudad costera llamada Aguaviva. Se decía que albergaba algunas de las playas más hermosas del Caribe, y que en sus calles siempre se hacían ilegales carreras de autos lujosos. Me pareció un buen destino para hacer turismo, sobre todo si quería olvidar la indigencia que dejaba atrás. Alentado con esa posibilidad, viré hacia el noreste del país.

A medida que avanzaba, veía cómo el gris oscuro de las principales calles y edificios de Felsina cedía ante el naranja ladrillo de las barriadas primero, el gris claro de miles de ranchos después, y finalmente ante el verde añejo del monte Tarento, el pulmón vegetal de la ciudad.

Sobrevolé la cima del cerro experimentando un apetito creciente. “¿Aún habrá exquisitas mariposas allí abajo?”, me interrogué. “¿Valdrá la pena desviarse un momento?”. Pero, sorpresivamente, dos olores saturaron mi olfato. Uno de ellos era la emanación inconfundible de la gasolina; el otro, por más que lo intenté, no logré identificarlo. Intrigado, aceleré el vuelo. Momentos después, vi las depresiones septentrionales de la montaña y grupúsculos de casas de ladrillo erigidas en sus faldas. Luego, vi pequeñas barriadas, calles desoladas, algún que otro alto edificio y muchos resorts vacíos, con piscinas secas. A continuación se alargaba, de este a oeste y entre márgenes de tierra, la delgada autopista del litoral central. Más al norte se hallaba el manso mar. “¡Por fin estoy en Aguaviva!”, celebré en silencio.

Descendí hacia la autopista y no tardé en percatarme de que sus dos únicos canales estaban atestados de vehículos inmóviles. Había autos, camionetas, autobuses, camiones de carga, y todos estaban detenidos, muchos de ellos con las puertas abiertas. Además, varias personas caminaban por la vía y sus alrededores. Las aguas marinas, por otro lado, eran sólo un reflejo triste de los grandes nubarrones que cargaban el cielo. Su frágil oleaje se deshacía viscosamente en la orilla, dejando un rastro negro. Y persistía el olor extraño. No hacía viento.

Volé metros y metros viendo cómo se extendían vertiginosamente las filas de automóviles, hasta interrumpirse al llegar a un desvío hacia el monte. Al cabo de ese desvío, se encontraba el manantial que podía saciar la sed de quienes esperaban en la autopista. Era una gasolinera. Quince o veinte efectivos de la Guardia Nacional la rodeaban, fusil en mano. En su interior había un camión blindado antimotín aparcado a lo largo, de manera que era imposible ver, desde la carretera, si había algún vehículo recibiendo combustible. Súbitamente, oí el zumbido de un par de deliciosas alitas. Me posé sobre el techo del auto que encabezaba una de las filas de espera. Empezaba a impacientarme.

—¡Veinte horas esperando, Dios mío! —exclamó un hombre gordo, de gruesos bigotes negros, bajándose del carro—. ¡Espero que por lo menos me dejen echarle dos litros de gasolina al tanque!

—No espere mucho, señor —replicó una chica rubia, saliendo a su vez del auto de al lado, un viejo Malibú blanco—. Esos tipos sólo comprenden el lenguaje del soborno. Si usted no tiene billetes verdes, olvídelo.

—Es así, pero ¿qué más podemos hacer?

—Después pregonan que Manoa es el país con las mayores reservas petroleras del mundo. Y, sin embargo, mire usted: no pueden producir carburante ni para los propios manoítas. ¡Son una completa vergüenza!

—¡Necesitamos combustible! —gritó alguien.

Oí el chillido insistente de la corneta de un vehículo, al que siguió otro y luego muchos más. En breves minutos, el ambiente se tornó escandaloso. Las personas clamaban por gasolina de pie en la autopista, con un brazo metido en el auto para no dejar de hacer alboroto. Al fin, como respondiendo a mi súplica secreta, apareció zumbando una mosca. Despegué.

Desesperado, saboreando mentalmente su espesura grasienta, seguí a mi presa. Durante la persecución, ella torcía de forma repentina y frecuente en direcciones imprevistas por mí. Su cuerpo gordo, sus múltiples y abultados ojos rojos, me enardecían. De un momento a otro, sería atrapada por mis patitas y despedazada por mis mandíbulas. Giramos varias veces por sobre la gasolinera, hasta que de pronto se arrojó en picada hacia el suelo y la perdí de vista. Me posé en el techo del camión blindado, de mal humor.

—¡Échale con ganas, échale!

Por la autopista, desde el lado opuesto a las filas de automóviles, entró un verdadero enjambre de hombres con rostros fieros.

Aquella era una voz humana, masculina. El hombre que había hablado estaba uniformado de verde y caminaba por la estación de servicio. Cargaba un arma de fuego en las manos y se dirigía a otro humano vestido también de verde. Este último manipulaba una manguera a través de la cual enlazaba una máquina (llamada “surtidora de combustible”, según he oído decir) con un bidón de plástico. Junto a ese recipiente, había otros ocho, cerrados con tapas de plástico negro. Aunque, honestamente, no entiendo mucho cómo funcionan las cosas de las personas. Si menciono lo ocurrido en la bomba de gasolina es sólo porque me ayudó a cazar a mi mosca.

—Apúrate —volvió a hablar el primer humano—. Recuerda que tenemos que vender esto hoy mismo.

—La bomba es la que tiene que apurarse, mi sargento —respondió el que sostenía la manguera.

—¡Cabello, Padrino! —llamó el otro—. ¡Metan esa vaina en el camión!

Al punto se apersonaron otros dos hombres uniformados de verde y empezaron a rodar, esforzándose, uno de los bidones hacia la puerta del camión. “¡Necesitamos combustible! ¿Qué pasa?”, oí que gritaban otros humanos desde la carretera. Empezaron a hacer un nuevo alboroto con las cornetas de los vehículos. Y detecté un zumbido hondo, retumbante, lejano pero cada vez más próximo. Me elevé en el aire mientras el rumor seguía acercándose cada vez más, agigantándose, multiplicándose. “¡Me daré un banquete!”, pensé. Y entonces, por la autopista, desde el lado opuesto a las filas de automóviles, entró un verdadero enjambre de hombres con rostros fieros, como cabalgando rugientes bestias de metal.

—¡Ya estamos cansados de ustedes, estamos hartos! —vociferaban.

Los humanos que vestían de verde se ocultaron dentro del camión. El que había sostenido la manguera derribó un bidón en el camino, derramando su contenido en el suelo y cubriéndolo pronto de un líquido amarillento, semitranslúcido y de olor penetrante. Las personas que estaban en la autopista echaron a correr hacia la gasolinera. Volvió a aparecer la maldita mosca y me fui tras ella, dispuesto a alcanzarla de una vez por todas.

Perseguí a mi presa alrededor del camión, donde los hombres feroces cabalgaban en círculos y la gente de a pie se aglomeraba. “¡Salgan, cobardes!”, clamaban, golpeando el transporte. Y la puerta del camión se abrió; oí dos disparos; el gentío empezó a dispersarse; la mosca se posó sobre un humano tumbado en el suelo; la atrapé allí y allí comencé a devorarla viva. ¡Qué frenesí, qué éxtasis! (¡el solo hecho de recordarlo me llena de gozo!). Sólo cuando iba por las crujientes alitas, noté que me había situado entre dos orificios, muy cercanos, que el cuerpo humano tenía en la barriga. Ambos manaban sangre a borbotones. Terminé de comer y remonté el vuelo de nuevo, y entonces supe que el cuerpo humano era el señor bigotudo que minutos antes había estado en la fila de vehículos; y la gente corría dando alaridos, y los hombres de verde seguían disparando, y varias bestias de metal se derrumbaron con sus jinetes y hubo un chispazo. Cuanto más ascendía hacia el cielo, mayor perspectiva tenía del pandemonio del lugar. Sentí náuseas. “¿Qué me sucede?”, me pregunté. Dirigí mi vuelo al norte, hacia el mar, reprendiéndome íntimamente por haber imaginado que una vez fui una persona, avergonzándome de haber tenido un deseo tan ruin y sucio.

Mientras me desplazaba sobre las aguas grises de grandes manchas negras y olor extraño, me sentí afortunado de ser una libélula, de poder huir de aquel desgraciado país.

Isaac Morales Vargas
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