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Un puñado de pájaros en el desierto
(cuento en tres partes)

jueves 11 de febrero de 2021
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Actores y actrices

La totalidad de los años que pasé en Los Ángeles los trabajé en el mismo café del barrio de Silverlake. Los clientes que allí atendía eran en su mayoría músicos como yo, pero también había novelistas, libretistas, actores y actrices (porno y no) y un sinfín de otros creadores de distintas ramas. Algunos de ellos estaban aburridos de ser famosos; la gran mayoría se moría por serlo, y de una manera tan obvia que a veces daba vergüenza ajena. Como la compañera aquella que estuvo por poco tiempo, llamada Sara, que después se fue porque Tom Waits le había conseguido un contrato para grabar con su disquera. Era una treintañera menudita, petisa e insegura que siempre usaba polleras largas y estaba desesperada por gustarle a todos. La cara empezaba a caérsele a pedazos y tenía arrugas bien marcadas en la frente y unas patas de gallo que bailaban un malambo cada vez que sonreía. Había sido criada por padres hippies cerca de San Francisco y hacía un folk “a lo Joni Mitchell”, a la cual adoraba; había estado trabajando como niñera en lo de Tom Waits y gracias a ello había conseguido aquel contrato con la disquera. Tenía el pelo marrón y largo y si te acercabas mucho olía a rancio, con un aroma salado y penetrante que despedía desde las axilas. Nunca era sincera y siempre daba la impresión de estar escondiendo algo; y su cara, de ojos pequeños y hundidos, nariz de bruja y sonrisa falsa, aparte de vieja tenía una expresión cínica que causaba rechazo. Era envidiosa también, y se moría por caerle bien a la gente; músico que aparecía por el café se enteraba de que había grabado un álbum gracias a Tom Waits y que estaba a punto de salir de gira por la costa oeste.

Lo último que me contó antes de irse, una tarde que cambiábamos turno, fue que Robert Plant, que había estado grabado en el estudio contiguo al de ella, le había dado su opinión sobre el disco. Fue en la última noche de grabación, que Sara se animó y le pidió, sin compromiso, que escuchara un poco y le dijera qué le parecía.

—¿Y qué te dijo? —le pregunté.

—Que le gustaban las voces y las melodías —saboreando la respuesta y con la cara de vieja henchida de orgullo.

Así eran todos, tan rebuscados que daban miedo; siempre jugando pequeñas tretas mentales y tendiendo trampas estúpidas en sus conversaciones para sentirse superiores, con agendas que cumplir y las segundas intenciones a flor de piel, sofisticados en apariencia pero bien brutos e ignorantes de espíritu; personas chatas al final, que vivían argumentando sobre variados “ismos” para demostrarle a los demás que no juzgaban a nadie, cuando en realidad estaban tan llenos de mierda como el resto de nosotros.

 

Todo en ella era pura elegancia, algo que el mamarracho que tenía a un lado resaltaba aún más.

Un presentador de televisión llamado Bill Mahler cayó una tarde con una sofisticada mujer hindú de metro noventa. Estaban borrachos (y con algo más arriba) y se acercaron a la barra empujándose como adolescentes.

—Buenas noches, ¿qué puedo servirles? —les pregunté.

Ninguno respondió y se dejaron caer sobre la barra en un ataque de risa. Yo, que en aquel entonces era un joven demasiado serio a quien estos exabruptos siempre le disgustaban, estiré los labios en una media sonrisa y ya no supe qué más hacer. Un instante después volví a preguntarles:

—Hola, ¿les puedo servir algo?

Mientras ella se desgañitaba de risa, él se giró de repente, se puso serio y me clavó los ojos. Su cara era caricaturesca y desproporcionada; tenía una frente ancha y generosa y una escasa cabellera blanca que peinaba hacia atrás; su nariz era gorda en la punta, hinchada y roja, como de borracho, y me miraba a los ojos con exagerada seriedad. Aquella mirada me puso nervioso. No entendí qué sucedía y volví a preguntarle lo mismo. Un aire idiota e insolente flotaba a su alrededor e ignoró mi pregunta con descaro. La repentina seriedad del comediante le arrancó una nueva carcajada a la mujer hindú y ésta escondió la cabeza detrás de él tomándose de los hombros para no caerse. Sus movimientos eran delicados y como si los hiciera bajo el agua; sus manos eran pequeñas, con dedos largos y huesudos que terminaban en estiradas uñas pintadas de rojo pasión. Llevaba un vestido negro que le dejaba los hombros suaves y bien marcados al descubierto y en ellos se reflejaban los focos de la barra. Todo en ella era pura elegancia, algo que el mamarracho que tenía a un lado resaltaba aún más. Éste todavía insistía con su mirada y lo observé con la misma cara de extrañado con que alguien vería una acrobacia demasiado rebuscada que al final no termina en nada. El clásico humor americano, ese que se estira más allá del momento que es gracioso hasta convertirlo en algo pesado y sin sentido. Si hubiera mantenido el personaje por unos instantes y después hubiera pedido el café, bien, ja ja ja, qué loco lo que hizo y chau. Pero no, lo estiró y lo estiró harta el hartazgo, con ella a carcajada limpia en su espalda, hasta que ya no supe qué actitud tomar y empecé a revolverme nervioso del otro lado de la barra. Era lo que buscaba, entendía lo que estaba haciendo, yo también había leído esa “técnica de intimidación” en alguna parte. Entonces quise decir algo más pero en cambio me salió un tartamudeo que nadie entendió y el hombre me largó la carcajada en la cara y junto con la mujer rieron apoyándose uno en el otro para no caerse. Bien bueno. En medio del nuevo ataque ella me miró de reojo. Era una mujer hermosa, con mucha clase. ¿Qué hacía con él? No lo entendía… Algo de sentido común pareció filtrarse en su perfecta cabeza de pelos lacios y mirándome directo a los ojos (los suyos eran rasgados y negros y miraban sin vergüenza o arrepentimiento por la situación), con el otro aún llorando en su espalda, me dijo con voz sobria y segura —una voz acostumbrada a dar órdenes— y actitud de madre:

—Dos cafés, por favor. Vamos a estar en el fondo. Gracias.

Luego lo tomó del brazo y se lo llevó como a un niño hasta el fondo del vacío café.

Esta clase de personajes famosos eran así casi siempre. Ya me había pasado algo similar, pero sin las risas, con otros dos, los cuales tampoco se habían dignado decirme qué tomarían cuando les preguntaba y por ende sus acompañantes, como si aquella actitud fuera la normal en un ser humano, habían terminado ordenando por ellos.

 

Una tarde llegó una niña vestida de boy scout pidiendo donación. Usaba enormes lentes “culo de botella” y sonreía mostrando los dientes juntos y dos hileras de brackets de colores. Había épocas en las que esto era costumbre y día por medio llegaban pidiendo dinero. Estas donaciones salían siempre de las propinas del personal, la dueña no quería saber nada del asunto y se ponía histérica con sólo mencionárselo.

Pedían siempre para las mismas causas: para los que no tenían qué comer, para la iglesia-comedor de tal barrio, para la reconstrucción de la cancha de básquet de tal escuela, para los niños con cáncer, para los sordos, los parapléjicos, los mudos, los tontos, los huérfanos, para los perros de la calle, para los gatos de la calle, para el corazón nuevo de Juan, para el riñón nuevo de Susan, para el respirador artificial de María…

—¡No tengo más dinero! —le dije a la niña, que abrazada a su lata de donaciones me sonreía asintiendo como si su cabeza rebotara entre dos resortes invisibles—. ¡Ya les di para los ciegos, los sordos, las sillas de ruedas y no sé cuánta cosa más! ¡A esta altura tendrían que tener un ala de la escuela con mi nombre! ¡No tengo más! —cruzando las manos delante de su cara.

Ella asintió unas quince veces más, se giró de golpe y salió corriendo por la puerta haciendo rebotar las monedas en la lata. Nunca más regresó.

Ellos se morían de hambre y las personas del café no. Era simple desde su punto de vista: sólo querían algo del dinero que al resto parecía sobrarle.

Luego estaban los indigentes. Esa era otra historia completamente diferente. La mayoría pedían dinero en la vereda, pero algunos se animaban a entrar y espantaban a todos, sin contar con que apestaban el café. Con los de afuera podía hacerme el distraído mientras no causaran problemas, pero si entraban tenía que lidiar con ellos directamente y ese era otro estrés más que sumarle al diario.

—¡Sólo estoy pidiendo comida! —me gritó una vez uno de ellos. Era un hombre de unos cuarenta años, con el pelo como paja y costras de mugre y comida seca alrededor de la boca—. ¡No estoy pidiendo dinero! ¡Sólo quiero comida!

—Está bien, está bien… —traté de clamarlo—, pero no puedes estar dentro del café, ¿ok?

—¡¿Pero por qué?! —me reclamó el otro apretando fuerte los puños y dando un saltito de frustración—. ¡¿Por qué no puedo?! ¡Soy un ser humano igual que ellos! —señalando a los clientes sentados en las mesas más cercanas.

—Por favor… —le dije mostrándole la salida.

—¡Cerdo! —empezó a gritarme—. ¡Eres un cerdo igual que ellos! ¡Una mierda! —señalando a los aterrados clientes.

Todo un drama. La mayoría de los que se animaban a entrar era porque estaban demasiado locos para tener algo de sentido común y entender cuando intentaba decirles que no podían estar allí. Es que no había manera de explicarles la situación. No había nada que explicar en realidad, ellos se morían de hambre y las personas del café no. Era simple desde su punto de vista: sólo querían algo del dinero que al resto parecía sobrarle.

La mayoría de las veces que lidié con ellos la cosa terminó igual: en amenazas a mí y a todo el que estuviera cerca. Violencia era siempre la primera reacción al pedido de que se fueran. Personalmente me aterraba enfrentarlos. Cuando lo pensaba sentía que tenían razón y debería darles algo de comer. Pero nunca era sólo eso, siempre querían más y siempre volvían por otra ración más grande si les dabas la primera vez. Pasando este punto no había manera de sacárselos de encima, se instalaban en el café y si la dueña los veía armaba un escándalo y llamaba a la policía para que se los llevara.

En las peores épocas del café tenía que mentalizarme seriamente para juntar valor y salir a trabajar. Toda la caminata por Sunset, desde el cuarto hasta el trabajo, iba repitiéndome que debía mantenerme en una pieza si no quería llegar más tarde y cortarme las venas en el baño. Era la única manera de tener la suficiente entereza espiritual y un mínimo de coraza protectora para que los clientes no me destrozaran como lobos a un venado herido. Aún no había aprendido que debía parar de tocar la guitarra por lo menos una hora antes de salir. Llegaba siempre demasiado expuesto, demasiado “a flor de piel” después de haber estado en otro mundo escribiendo canciones por horas. Me aterraba la calle cuando salía así de desnudo; me aterraban las personas y el tener que verlos a los ojos y tratar con ellos. Vivía en un constante estado de tensión y miedo.

 

El infierno musical

Viví quinientos años en Los Ángeles, o por lo menos así se sintieron. En ese tiempo traté de “sacar adelante mi música”, de “hacerme conocido”; nunca dije “quiero ser famoso”, como otros músicos repetían constantemente sin vergüenza alguna. Y hubiera sido lo más sencillo al final, porque: ¿cuál es si no el punto de “hacerse conocido”?; pero yo era chapado a la antigua, de la época cuando la música se escribía con una intención superior a la de sólo ser famoso, y todo menos alguien sencillo.

Una de mis primeros encuentros musicales sucedió, para variar, en el café, único lugar donde hacía mi vida social. Fue una tarde que conocí a la esposa de un productor del área, que después de charlar un rato me invitó a su casa para que le mostrara lo que hacía. Este productor, siempre ojeroso y con expresión cansada, con los rulos enmarcándole la cara y un parecido muy grande a un Michael Bolton demacrado, me diría más adelante, como respuesta a mis quejas (en esa época me quejaba mucho y con cualquiera) sobre la actitud cínica e interesada de los músicos de la ciudad: “Los Ángeles no es exactamente una ciudad de ángeles…”; y en la misma conversación, pero cinco minutos más adelante, después que le confesara con un arrojo adolescente que nadie hacía la música que yo estaba haciendo: “músicos como Dylan sólo nace uno cada quinientos años…”. No habíamos estado hablando de Dylan en ningún momento.

De un momento en adelante dejó la careta de lado y empezó a verme y a tratarme como realmente creía que yo era: un ser con capacidades mentales inferiores.

Su esposa se llamaba Raquel y era una mujer grande, más alta que él, algo hombruna, que tocaba la guitarra en un grupo punk de chicas y como tantos otros se moría por ser famosa. Era latina, hablaba bien el español y más adelante la vería tocar en el Echoplex en una reunión del grupo The Bags, con la veterana Alice Bag saltando y revolcándose sobre el escenario como si tuviera veinte años y Raquel agitando su larga cabellera negra sobre la guitarra. Una mujer segura de sí misma, un poco más real que la mayoría de los que pululaban por la zona, pero llena de poses sobre el escenario, y que además estaba secando a su marido de tanto sexo y tanta fiesta que hacían en aquella enorme casa que compartían en las colinas de Silverlake. Fue allí, sentados en el inmaculadamente blanco sofá del living, con un enorme ventanal detrás (sin rejas) desde donde se podía ver parte del Sunset Junction, donde Raquel me grabó tocando y cantando un par de mis temas. Lo hizo con una expresión entre expectativa y miedosa y un verdadero interés por lo que estaba a punto de escuchar. Los rasgos de su cara eran algo grotescos y hacían juego con el resto de su cuerpo, tosco y macizo, y con sus manos grandes (ahora que lo pienso parecía un travesti; capaz y lo era, ¿quién sabe?).

Me grabó en un pequeño portaestudio y más tarde se lo mostró al Bolton demacrado. De allí en más los dos empezaron a evitarme. Por más que aún llegaban al café nunca mencionaron el hecho de que el barista que los atendía (yo) había estado tocando en el living de su casa y jamás respondieron de forma directa a preguntas como “¿Qué les pareció?” o “¿Conocen a algún músico al que le pueda gustar lo que hago?” que les hacía mientras preparaba sus bebidas.

Un día simplemente dejaron de venir y jamás volví a saber de ellos.

 

Un poco después le mostré mi música (le pasé mi página de MySpace) a un baterista griego que vivía frente al café, el primer músico que había conocido cuando recién llegué a Los Ángeles. Era alguien alto, flaco y desgarbado y su ropa y él olían tan mal como el resto de los hipsters que iban al café. Tenía una espesa y densa barba negra, dura como el alambre, que le cubría casi toda la cara, y desde el primer momento me vio con una constante suspicacia como si no se creyera nada de lo que le contaba. Mantenía siempre el look de “una semana sin afeitarse” y sus cejas espesas y pobladas creaban dos arcos que parecían dibujados sobre una piel pálida y un par de ojos grandes y estirados. Dos años atrás había tenido sus quince minutos de fama con una banda que mezclaba la electrónica y el rock (la computadora con la que llegaba al café tenía una calcomanía que irónicamente decía: Drum machines have no soul) y aún estiraba lo que le quedaba de aquella época con las mujeres. Se veía constantemente gastado de tanta fiesta, actuaba como si lo hubiera visto todo y nunca le interesó (ni creyó) nada de lo que le dije sobre mis anteriores pasos musicales. De un momento en adelante dejó la careta de lado y empezó a verme y a tratarme como realmente creía que yo era: un ser con capacidades mentales inferiores. Solamente por eso me permitió tocar un par de horas en su casa y con sus equipos, luego de que, meses más tarde, una noche le contara que dormía en un sillón y no tenía lugar ni amplificador para ensayar.

 

La eternidad que pasé en aquella ciudad debo haber puesto más de cien anuncios buscando músicos. Solamente unos quince tuvieron respuesta. Estos avisos iban desde el minimalista y desinteresado “busco músicos para formar banda” a la carilla explicativa de mi vida y mis intenciones a futuro, algo que muchos me pedían porque “no querían perder su tiempo” conmigo sin saber antes “qué planes tenía”.

De la misma manera me probé en bandas donde la música ni siquiera me gustaba, a las que llegué llevado por la desesperación de tocar con otros seres humanos. Como aquella vez que fui a un jam con dos hermanos (bajista y baterista) para tocar sus canciones y terminamos haciendo las mías. Al final del ensayo los hermanos me felicitaron. Llevaban los pelos largos y abundantes y se parecían a los Meat Puppets.

Those are good catchy songs, man —dijo uno de ellos asintiendo mientras me señalaba la guitarra—. Tenemos contactos en algunos bares y podríamos hacer algunos shows. ¿Te gustaría?

—Claro, cuando sea —les dije enseguida.

Luego nos despedimos en la puerta del estudio y ellos dijeron que me llamarían al otro día para ver los detalles. Nunca lo hicieron. Y por una semana traté de contactarlos sin suerte. Más tarde dudé que el jam hubiese sucedido y al final terminé convenciéndome de que los hermanos no existían y había vivido todo en mi cabeza.

Luego me contacté con otro “conocido productor” (en Los Ángeles son peste, como las pulgas en los edificios viejos). Éste resultó ser uruguayo y vivir en Malibú, en un retiro espiritual donde todos vestían de blanco y comían cous cous para el almuerzo. A éste también le pasé la página de MySpace y más tarde hablamos por teléfono.

Por más que lo intenté de mil maneras diferentes en aquellos largos quinientos años, que me volví loco viendo cómo el resto cambiaba de baterista y bajista como de calzoncillos, me fue imposible armar un grupo.

—Me gusta la música que haces —empezó el productor uruguayo—, es una propuesta nueva e interesante (lo dijo así, remarcando el uso correcto del “e”). Podríamos hacer algo juntos en el futuro…

Esperé unos segundos a que dijera algo más pero no lo hizo.

—Quiero grabar un disco —le largué sin anestesia.

—Claro, podríamos… —dijo el productor. Arrastraba las palabras y de uruguayo no tenía ni el acento—. En estos días te mando el presupuesto para la grabación y lo seguimos charlando.

Dos días después me llegaron los irrisorios precios. Le respondí: “No tengo ese dinero, pero estoy seguro de que ésta música va a ser importante y con tu ayuda podemos sacarla adelante”. Nunca más supe de él.

No mucho después grabé tres nuevas canciones en una vieja consola que otro músico del café, un mexicano petiso y con bigote a lo Cantinflas llamado Calixto, me prestó para que “me divirtiera un poco”, aunque yo no sabía qué era eso y nunca me había divertido haciendo música, o nada en realidad. Más tarde le mostré las grabaciones a Calixto esperando que algo bueno pasara y le insistí para que se las hiciera llegar a otro “conocido productor”, esta vez del underground angelino, con el que su banda grababa en aquel momento. Nunca supe si llegó a mostrarle el demo. Más tarde Calixto terminó de grabar y se fue de gira por el sur de California y no volví a verlo.

Viviendo en el último cuarto grabé los bajos de tres canciones para el proyecto solista de un inquilino de la casa llamado Tim. Trabajaba en un disco independiente desde hacía cinco años y me había pedido que lo ayudara después de escucharme tocar la guitarra eléctrica a diario, y de transformar la bajada de “Entre dos aguas”, de Paco de Lucía, en una canción instrumental propia. Al final Tim llamaría a otro bajista y regrabaría los bajos porque éstos le habían parecido “demasiado creativos” para su proyecto.

 

Por más que lo intenté de mil maneras diferentes en aquellos largos quinientos años, que me volví loco viendo cómo el resto cambiaba de baterista y bajista como de calzoncillos, me fue imposible armar un grupo. Esto hizo que alcanzara buenos picos de impotencia, rabia y frustración, y que me revolcara cada noche por los pisos de los cuartos que alquilaba porque no podía soportar mi piel. Descubrí que la misma música por la que vivía era la que me estaba matando, y varias veces estuve a punto de hacer alguna bobada, dejándome arrastrar por la desesperación…

Probé con tantos músicos en esos años, con tantos seres humanos, que entendí que el talento (o la falta de él) nada tenía que ver con mi constante fracaso y lo único importante era coleccionar contactos, ser sociable y seguir lo que todos hacían, cosas que a mí siempre me habían sido ajenas…

Vi tantas aberraciones musicales triunfando frente a mis ojos en esos quinientos años, tantos seres sin un gramo de pasión y talento llenando lugares, que perdí y retomé la fe en mi música incontables veces, alejándome finalmente de todos y volviéndome un bicho en el encierro de mi mente —o cuarto de turno.

 

Un nuevo infierno

Después que me echaran del café de Silverlake me aislé por completo en el cuarto y dentro de la música que adoraba. Pasaba horas haciendo toda clase de experimentos con la guitarra, buscando no sonar como nada de lo que había escrito antes ni como nadie de los que existían o habían dejado de existir. En mis caminatas por el barrio de East Hollywood iba siempre con una nueva canción en la cabeza y para cuando regresaba al cuarto ya la tenía terminada.

Una tarde se me ocurrió escribir algo igual o mejor a la Sinfonía Nº 25 en sol menor de Mozart. Podría haber sido cualquier otra cosa en realidad, pero que me la cruzara en YouTube cuando escuchaba cosas de Beethoven en la artrítica computadora de la casa fue la razón de que la eligiera.

La canción se llamó “Riviera Oeste”, fue instrumental y me llevó un par de horas escribirla. Para cuando terminé estaba agotado: había dejado hasta la última onza de energía en ella. Sentí ganas de vomitar y tuve que acostarme hasta que se me pasara el mareo. Esto no era nuevo. Hacía años que vivía así, demasiado acostumbrado a escapar siempre en la guitarra y en la música que escribía, a canalizar todo lo que me sucedía a través de ella, siempre necesitando más y mejores canciones, distintas a lo que venía haciendo. De otra forma me sentía un fracaso enorme; no podía ni quería parar, necesitaba desesperadamente que mi música fuera en los demás lo que siempre había sido en mí: una música nueva y fresca que nunca antes se había escuchado. Necesitaba que respaldara cada una de las decisiones tomadas y de los errores cometidos. Me sentía terriblemente culpable si pasaba un día sin ensayar o escribir algo nuevo. Era como traicionarme y a la vez traicionar todo lo hecho y en lo que creía. Era como ver a un ser querido ahogándose frente a mí y no hacer nada para salvarlo.

 

Aquellas últimas semanas en Los Ángeles fueron todas iguales. Los días estaban pensados para ser matados, no vividos.

Las últimas semanas que pasé en Los Ángeles descubrí una nueva biblioteca cerca del cuarto. Hacía tiempo que había agotado la sección en español de la biblioteca central y me había cruzado con esta de casualidad, cuando aún no abría, en una de mis acostumbradas caminatas diarias. Aquí no busqué libros, solamente me llevé álbumes y documentales de Dylan, ahora que le había sacado la vuelta al viejito y además, después de tantos años en Estados Unidos, ya entendía las letras como si cantara en español.

La flamante nueva biblioteca (asistí a su inauguración y me convidaron con soda y sandwichitos de jamón y queso) quedaba a unos 45 minutos a pie del cuarto, que yo estiraba a una hora caminando más lento, en el corazón mismo de Silverlake. Me había hecho un camino para ir y otro para volver, asegurándome de esta manera unas buenas dos horas de caminata y algo de cansancio para poder dormir por la noche.

El camino de ida pasaba a un lado del lago artificial que llevaba el mismo nombre del barrio; el de vuelta era aún más pintoresco. A medida que me acercaba a East Hollywood las casas se volvían más viejas y gastadas; las calles se llenaban de latinos y el aire se tensaba considerablemente; empezaba a cruzarme con más personajes peligrosos también, y menos hipsters jugando a ser pobres, y la realidad me golpeaba los ojos de tal manera que tenía que usar lentes negros para que los del barrio no me vieran llorar.

Aquellas últimas semanas en Los Ángeles fueron todas iguales. Los días estaban pensados para ser matados, no vividos. Había que consumirlos rápido, sacármelos de encima lo antes posible para no pensarlos demasiado y caer en ese punto de autoevaluación que tanto me aterraba.

Nicolás Kouzouyan
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