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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

El mar en un hueco
Un cuento del libro Lotavianos, de Damián H. Estévez

viernes 19 de febrero de 2021
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Damián H. Estévez
Damián H. Estévez sitúa en la isla de Lotavia los cuentos de su libro Lotavianos.
“Lotavianos”, de Damián H. Estévez
Lotavianos, de Damián H. Estévez (Aguere-Idea, 2019). Disponible en la web del autor

—Pero, chico, ¿tú crees que puedes meter el mar en un hueco?,

piensa en el disparate de tu cabezonería, nada hay más insensato que empecinarse en lo que se sabe imposible, tanto como si quisieras trepar hasta la cumbre de La Pared con ese cuerpecito tuyo, conoces este nombre, ¿no?, aunque me parece que eres nuevo por aquí, estos fariones que se alzan ahí por encima de esta playa y de los que se desprenden tolmos y tolmos como balas de rifle, como para no saberlo. Pero, chico obstinado, no te importa que te llame así, ¿no?, tu empeño es infinito y yo no tengo prisa, dime, ¿cómo llegaste hasta aquí? Yo vengo cada día a esta orilla, más que nada por ver si reconozco uno de esos proyectiles que caen y puedo impedir que nos abolle la mollera o que se hunda en el mar, no te había visto antes, ¿eres nuevo por aquí?, ¿estás de paso? ¿por qué andas solo en esta playa tan peligrosa? ¿No sabías que está sembrada de explosivos?

Por eso me cuesta mucho dar el primer paso para llegarme hasta aquí, por miedo a las bombas, pero tengo que hacerlo cada día; aprovecho la marea baja para poder salvar a pie por los riscos y el callao los taludes que aíslan esta playa de la ciudad, nunca en falúa, como hacían los antiguos pescadores, ni mucho menos en coche, que ahora se puede, de poco para acá, desde la apertura del túnel que da acceso a esa urbanización de La Angostura, mansiones de ricos en las faldas del acantilado, en alguna de ellas trabajé. Mi tesón es incansable y siempre acabo por venir por mucho que me duela, y me parece que tu testarudez también, por eso creo que me comprenderás, porque a los dos nos mueve la misma obstinación, lo sé, vengo aquí porque si consigo que uno de los tolmos no se hunda en el mar, entonces reúno fuerzas para sentarme a la mesa con mi hijo luego. Es mayor que tú, ya debe andar por los veinte y tantos, pero nunca nos comprendimos. Ni siquiera cuando le explico lo difícil que es construir muros. No me presta mucha atención, pero él sabe lo que es eso, una pared, lo arduo que es levantarla y lo azaroso que es caerse. Protesta por lo que le pongo de comer, desde que su madre murió, y me afea que nunca le doy lo que merece. Y yo te juro que no es así, que le pongo en la mesa todo lo que apaño con mis herramientas de albañil, que guardo en el cuarto al lado de donde comemos, aunque ya apenas me salen chapuzas, pero a él sólo le interesan los estudios, la cultura es buena, me repite una y otra vez mientras traga refunfuñando con la vista enfilada para el plato, maldita sea para lo que le sirvió toda su cultura aparte de que para que me pegara a mí una tonga de palabras de tanto que las repetía sin venir a cuento, que en la vida yo las había oído, y cada vez que se me escapaba una los de la obra se ríen y me llaman el Llanafino, pero también es verdad que yo quería que aprendiera a levantar paredes y él tan sólo quería rodarlas, y tú me parece que no te burlarás de mis palabras aunque no las diga bien.

Y ¿sabes, chico obstinado?, a mí también me maravilló el resplandor y me uní a la uforia de los otros pasajeros. Esa casualidad alegra a cualquier lotaviano, lo tenemos metido en la mollera, aunque muchos digan que es superstición. Al menos yo me lo tomé en sentido entusiasta y lo primero que pensé fue que mi hijo por fin se iba a jartar de todo lo que le pusiera. Y todos lo festejamos como si estuviéramos de belingo y hasta, fíjate, creo que el peninsular aquel que tenía cara de enfermo, de malo de espicharla allí mismo, pienso yo que era el mareo de la travesía desde San José a Lotra, entendió nuestra creencia y le impresionó, que cuando se ve ese fusilaso en el letime de La Pared desde el ferry, te trae buena suerte. Y luego resultó que era verdad, que el relámpago significaba algo. Pero lo contrario, maldita sea, como cuando lanzas un tenique al aire y te golpea en la mollera al caer.

Y, te lo voy a contar, lo que pasó. Que le cayó en la cabeza un tolmo y sanseacabó. No lo derrumbó ella, chico obstinado; el balcón se le vino encima sin venir a cuento, que era una mujer muy puesta y muy lista pero no pudo esquivarlo, se desprendió y le ocasionó una traumatología que la mató una semana después en el hospital, y entonces lo empezaron a asustar todas las piedras, porque iba con ella cuando el accidente, pero luego se precipitó desde la cumbre de La Pared como si fuera un tolmo desprendido, aunque pasaron muchos años para eso. A partir de ahí no quiso comer nada de lo que yo le servía, sólo estudiar y leer y repetirme que la cultura es buena, desde los siete o nueve años y ya debe haber cumplido los veinte o más. Tanto me lo machaquea que no puedo desembarazarme de algunas palabras finas, que a veces se me escapan y entonces los de la obra me llaman Llanafino. No te figures que no intenté criarlo como se merecía, pero él protesta por todo lo que le pongo en la mesa y lo quita de en medio y sólo quiere estar pegado a libros y periódicos. Los periódicos se los regala el maestro, que decía que era un chico muy listo, no creas que yo iba a tener para comprarlos, gano lo justito para que nos alimentemos y nos vistemos. Mira lo que pone aquí, papá, mira, que estudiar es bueno. Y me señala las letras grandes de un periódico y leo que hay una matazón en un sitio que se llama Columboni y desde ese día que era su noveno cumpleaños mi hijo ya no quiso tragar nada más, rezongando cada vez que le pongo un plato alante. Como si yo tuviera la culpa de que los balcones se derrumben y le caigan en la mollera a la gente y las maten. Y no me busqué a otra mujer, que yo aún era muy viril, porque él para mí me bastaba, por eso seguí trabajando en la construcción para que comiera, que malditas las ganas después de que la madre se muriera porque una casa se le vino encima y a mí como si otra.

Estoy aquí platicando contigo para no tener que volver a casa con miedo a sentarme con él porque me vuelva a decir que no quiere comer nada.

Se empecinó con los estudios, se parece a ti de tozudo, leer y estudiar, todo el rato, que los ojos se le ponían como tizones y cuando se levantaba para ir al retrete se le aflojaban las piernas y parecía que iba a rodar como tolmo ladera abajo. Y yo venga a enseñarle las herramientas que guardaba en un baúl en el cuarto junto a donde me sentaba con él a comer y le explicaba para qué servían y le hacía cuentos fantasiosos sobre ellas; me inventaba mandarrias que rompían ruindades y llanas que alisaban caminos, se me ocurrían historias raras con atarecos de albañil que hablaban y comían pero que no estudiaban, a mí que nunca había leído un libro. Por ver si se le pegaba algo y se olvidaba de tanto estudio y se venía conmigo a la obra y entendían los otros de dónde me aprendí todas esas palabras finas, que me las aprendía de memoria y a veces se me escapaban mal dichas o sin venir a cuento. Pero no, siempre quería ir a la escuela, no quería saber nada de balcones que no se aguantan ni de lo complicado que es construir tabiques, me decía tacitulno, sino de las cosas que le enseñaban los maestros, porque la cultura es buena. Excepto el día en que me enseñó el periódico para que yo viera las letras grandes y negras donde ponía eso de lo que habían hecho dos chicos con sus fusiles en Culombine, en América, que dispararon ráfagas y asesinaron a un montón de chicos y maestros. Entonces ya empezó a no comer nada y tampoco quiso ir al instituto pero no paraba de leer, sólo que leía una y otra vez esa noticia terrible y decía que no quería volver a las clases para que no lo mataran a él aunque en el instituto no hubiera balcones que se pudieran derrumbar.

Hasta que a mí se me vino a la mollera darle la razón; lo dejaba que no comiese nada a mi lado y le prometía que entonces yo no iba a intentarlo engatusar con fábulas de herramientas y podía estudiar lo que se le antojase, pero que se dejara de leer aquellas cosas aunque volviera al instituto, que sacara un título y se hiciera un hombre de provecho. ¿Y tú quieres creer que, tesegue y todo como era, entró en razón y comenzó a comer sin protestar y pareciese que iría cobrando tino? Los maestros estaban encantados con él y le prestaban libros y periódicos, pero entonces yo me andaba pronto y leía lo que ponían los títulos para que no hubiera ninguno que hablara de la matazón de aquellos chicos y sus rifles. Inclusive yo podía comer a su lado sin que me pasara lo que ahora, que estoy aquí platicando contigo para no tener que volver a casa con miedo a sentarme con él porque me vuelva a decir que no quiere comer nada. Pero entonces no, fue una época dichosa, el chico estudiaba y pasaba de curso y comía sin protestar. Me preguntarías por qué no rompí los periódicos con las noticias de los rifles y los asesinatos aquellos sino que las escondí en el fondo del baúl de las herramientas en el cuarto de al lado de donde comemos. Pues yo creo que en el fondo me apenaban aquellas muchachas tirándose de los pelos, con la cara entumecida, tapándose la boca para poder soportar el llanto, aquellos jóvenes tumbados sobre el capó de un coche, llorando, gritando o abrazándose entre sí, aquel tropel con las manos en la cabeza, apuntados por los rifles de la policía, aquel chico tumbado en una camilla y a mí me pareció que si las rompía yo iba a hacerles sufrir más a toda esa gente y si las guardaba era como acompañarlas en el sentimiento. Que luego no sé por qué esas fotos las ponen en los periódicos, yo pienso que deberían prohibirlas porque las puede ver cualquier chico suceptible y luego pasa lo que pasa, que dejan de comer.

Mi hijo parecía contento, hasta que yo descubrí que habían desaparecido los periódicos del baúl de las herramientas. Lo sospeché porque sin venir a cuento empezó a rezongar y no quería comer nada a mi lado, y yo comprendí que algo peor volvía a pasar y no me equivoqué en mis sospechas cuando corrí a buscar las fotos y ya no estaban allí. Por entonces andaba por los veinte; ya estudiaba en la universidad para abogado, aquí mismo en San José, y se había sacado el carné de manejar, que por eso iba en las vacaciones a trabajar conmigo. Pero los de la obra no aprendieron tampoco de dónde yo sacaba aquellas palabras finas que me sabía de memoria, sino que empezaron a vacilarse de él hasta que yo los puse en su sitio, porque aunque él era medio tesegue se dejaba afrentar. Menos mal que el encargado era un tío discreto y no nos despidió ni al chico ni a mí cuando los otros le fueron con chismes. Bueno, el caso es que pudo ajuntar el dinero y se sacó el permiso, y estaba ilusionado con ir a la obra otros veranos para dar la entrada de un coche de segunda mano. Yo le había dicho que si lo reunía, pues yo luego lo ayudaba con los plazos. Tuve que hacer un esfuerzo para cumplir, trabajaba en las obras y luego en una cantina de freganchín y llegaba a casa molido, pero daba gusto comer a su lado; y él estudiaba de otra manera, menos agoniado, ya no estaba tan tristón, hasta el punto de que yo creo que me olvidé de si su murria era por la muerte de su madre cuando él casi era un niño o por la de aquellos chicos de Colombine, dos años después. Y tan contento estaba yo que no me acordé de las fotos y le dije cuando volvimos del trabajo a finales de aquel verano que fuera a guardar las herramientas en el baúl y fue ahí mismo cuando dejó de comer.

A veces tenía pesadillas y se despertaba a media noche desmorecido, metiendo ruidos con la boca o repiqueteando los muebles como si disparara refagas de metralleta.

Pero antes de eso se enfadaba conmigo y chillaba que en lugar de comprarse el coche se iba a comprar un fusil, y me desafiaba a que si yo no lo iba a ayudar, porque entonces acabaría como los chicos de los periódicos presas del pánico o embalsamados por el sufrimiento. Se obsesionó, más terco que tú es; horas y horas viendo las fotos con la matraquilla del rifle e incluso quería abandonar la carrera cuando empezaran las clases para continuar trabajando y conseguir el dinero y disparar más antes. Empecé a temer de que perdiera la chaveta, y entonces le compré yo mismo el coche y le prometí que yo me encargaba de los plazos y que siguiera estudiando, que fuera a lo suyo, que la cultura era buena. Yo por ese entonces estaba muy animado porque había mucha obra y me podía salir un trabajo muy bueno en Lotra, porque, ¿sabes, chico obstinado?, yo era un buen profesional y trabajaba en una empresa importante, en una compañía de enjudia, con propietarios de valer, fíjate tú si era dispendiosa la obra que nos pagaron un viaje en ferry a una cuadrilla para explicarnos en qué consistía y en si nos interesaba y nos arrendarían un lugar para dormir y encima nos costeaban un viaje de ida y vuelta a San José todos los fines de semana, como si fuéramos gente de arculnia. Lo peor de esta vaina era que mi hijo se iba a quedar solo durante la semana, pero la paga era buena, él mismo me animaba a que cogiera ese trabajo, que ya aprendería a prepararse de comer, y le compré un coche de fábrica. Sin embargo, a veces tenía pesadillas y se despertaba a media noche desmorecido, metiendo ruidos con la boca o repiqueteando los muebles como si disparara refagas de metralleta y vociferaba que todos los deportistas populares que se pongan de pie, porque los iba a asesinar. Pero después no porfiaba tanto con lo del rifle y se aficionó a manejar. Entonces me llamaba por teléfono para decirme que justo había vuelto de un viaje largo hasta el norte de la isla, le gustaba llegarse hasta Los Altos para ver las ruinas romanas, porque como los legionarios habían muerto hacía tanto tiempo así se despistaba de que lo fueran a matar con los fusiles. Cualquier día iría a verme a Lotra, cuando se atreviese a conducir por La Pared, por esa carretera ondulante, estrecha e insegura que bordea el acantilado muy cerca de la cumbre; se pararía en el apartadero del Andén del Sur para divisar toda Lotavia y embobarse con el mar allá abajo, batiendo contra los fariones. Me contaba que alguna vez vería los tolmos desprenderse y caer por el acantilado y hundirse abajo en el mar, porque lo que comenzaba a sus pies no era el mundo, con todos sus estragos, sino su muerte, que se prolongaría hacia el infinito que yace bajo el mar; así mismo te lo repito, de memoria, como me lo aprendí cuando él me lo decía, aunque sigo sin entender lo que significan esas palabras por más que me golpee la mollera, y como ya no come a mi lado, pues no me lo va a explicar y me voy a quedar con las ganas de saber lo que quería decir. Un día me metí en el ferry con todos los de la obra para venir a casa porque nos habían dado de vacaciones unas semanas de julio, hasta ese detalle tuvieron los dueños de la empresa. Aquella tarde todo iba bien a pesar del bochorno y la calina que sofocaba la isla, incluso yo me reía de mí mismo cuando los otros me tomaban el pelo si se me escapaba alguna palabra fina mal dicha. Y encima, a mitad del viaje, vimos el fusilaso allá arriba en lo alto del acantilado, en el Andén del Sur, y entonces ya nos felicitamos porque la suerte estaba de nuestra parte, como le expliqué a aquel peninsular que parecía tan malito y que no conocía de nuestra costumbre.

Pero cuando entré en la casa me avisaron de que mi hijo ya no iba a comer más conmigo y desde entonces vengo aquí todos los días para ver de impedir que se hundan los tolmos que se desprenden desde allá arriba, pero no lo consigo y siempre se hunden y se ahogan y como hoy te encontré aquí, obstinado en meter el mar en ese hueco, te repito de memoria lo que él me contaba, que quería contemplar cómo los riscos caen verticales y se abisman, allá abajo, en el mar, con la coltundencia de su solidez, arrogantes y bravos, y así evitan la contingencia de destruir a los demás o imposibilitan que los demás te destruyan a ti, porque me parece que si me lo explicas con tanta calma y obstinación como quieres meter el mar en ese hueco y yo lo entiendo, entonces mi hijo volverá a comer a mi lado.

—¿Y crees tú que puedes comprender las razones de tu hijo?
(Atribuido a Agustín de Hipona)
Damián H. Estévez
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