Saltar al contenido
Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Los secretos de la luz (fragmento), de Claudia Almaraz

miércoles 17 de marzo de 2021
¡Compártelo en tus redes!

Ofrecemos a nuestros lectores una muestra del primero de los dos cuentos que conforman el libro Los secretos de la luz, de la escritora mexicana Claudia Almaraz, publicado en diciembre de 2020.

Ambición fatídica

Las sombras de las hojas de los ahuehuetes se proyectaban sobre el laboratorio quinientos seis, ubicado en el noveno piso del Instituto de Ciencias Nucleares, para esbozar siluetas amorfas…, para exhibir la rebeldía de la opacidad… y… para desafiar a la radiación en el espectro visible: en este recinto de la erudición (pese a que tenía, en el gobierno de lo ordinario, un aspecto diferenciado por el desorden) se desarrollaría una entrevista entre el director del Sistema Nacional de Investigación Científica (SNIC) y el doctor en ciencias químicas Bruno Revaider, anfitrión de dicho laboratorio perteneciente al departamento de Química de Radiaciones y Radioquímica.

“Los secretos de la luz”, de Claudia Almaraz
Los secretos de la luz, de Claudia Almaraz (2020). Disponible en Amazon

El encuentro fue programado a las once de la mañana, lo cual constituía una excepción que, aunque era ajena a las disposiciones de los directivos, había sido planteada para conceder a Revaider, conocido por su constante mal hábito de la impuntualidad, la oportunidad de llegar a tiempo. El químico, no obstante, por hábito o por desfachatez, no respondió con gentileza a la consideración que le habían manifestado: el correr inquieto de las manecillas en el reloj anunció para el director, quien impaciente esperaba, el momento del encuentro y la insensatez en el temperamento de Bruno, insensatez que también se plasmaba en el descuido en que lucía su laboratorio: la mesa de estructura con frontal de servicio daba resguardo a una tabla periódica con diversas anotaciones; las hojas esparcidas en el suelo revelaban deformes trazos y trazos en la deformidad: parecía que las ideas surgían en el cerebro del doctor con una velocidad mayor a aquélla en que podía escribir grafías legibles; algunos matraces, pipetas y tubos de ensaye estaban sucios dentro de una charola; fórmulas químicas y cálculos matemáticos adornaban el pizarrón.

Los primeros movimientos matutinos de Revaider (aunque, ciertamente, eran los primeros, estaban retrasados) fueron custodiados, con celo diligente, por los rayos veraniegos del Sol: el químico reconocía la trascendencia de ese encuentro para su carrera como investigador; por lo tanto, subió con premura las escaleras del instituto a pesar de ser partidario de la tardanza.

Cuando Bruno se presentó en el laboratorio, fue mirado con desprecio por el director: su corbata azul tenía el nudo inclinado, su desgastada bata develaba múltiples manchas de diversas sustancias y su barba no había sido afeitada: la inevitable reacción del doctor fue sentirse humillado, de modo que, su mirada se enfocó en el suelo (mudo e inalterable, pero excusa para mostrarse esquiva ante el despiadado juez que tenía delante de sí); los dedos de sus manos, estremecidos por la incertidumbre, golpetearon la tela de algodón de su bata con constancia…, con consistencia…; sus palabras resbalaron, titubeantes e inciertas, desde sus labios para impedirle exponer escrupulosamente el informe de su proyecto cuya propuesta era introducir el empleo de películas de Langmuir-Blodgett con la finalidad de separar la mezcla homogénea gaseosa entre el hidrógeno molecular y el dióxido de carbono.

El financiamiento y el equipo tecnológico, indispensables para llevar a cabo el proyecto, fueron negados: en consecuencia, la anarquía de la depresión ensombreció el ánimo de Revaider.

El químico, desalentado, abandonó el deseo de realizar otro intento en su carrera: tenía una mente analítica que destacaba por su genialidad, sin embargo, no había conseguido el éxito profesional que ambicionaba. Su perseverancia, devota y singular, se había exhibido desde los días en que estudiaba en la universidad, mas, su nombre dentro de la comunidad científica era irrelevante: la condena del fracaso era la vergüenza que lo había caracterizado desde los últimos once años: eso consumía su ímpetu en el sepulcro de la amargura.

Esta última derrota revivió las reminiscencias en torno a las continuas desaprobaciones que su padre había exteriorizado hacia sus pequeños logros de la infancia, desaprobaciones que, sin duda, eran las culpables de las inmerecidas heridas que fueron trazadas en el ingenuo carácter de su temprano existir: imágenes vagas que despertaron sensaciones detestables: ésas que descubrían su debilidad y que le habían acompañado, anónimas y disimuladas, de la manera en que lo hace su sombra.

A pesar de que Bruno había tratado de esconder la impotencia dentro de lo inexplorado de su intimidad, sintió cómo se originó el denuedo para expresarla a través del deseo sádico de expulsar ira…, de vomitar rabia…, ¡de maldecir lo cándido e impoluto!…: se adentró en el laboratorio principal del instituto, cercano al suyo, como aquél cuya resolución es el menester imperativo del que depende la plenitud: destrozó el material de vidrio, lanzó las balanzas electrónicas contra la pared, vertió sustancias con potencial de hidrógeno ácido al drenaje convencional sin haberlas neutralizado, quemó los bancos de madera, retiró de refrigeración los cultivos de muestra para aplastarlos y usó dinamita a fin de hacer explotar el lugar.

Enseguida, corrió hacia el estacionamiento: se detuvo delante de su automóvil y, sobresaltado por la algarabía de las personas que miraban con espanto el enseñoramiento de las llamas del fuego, giró su cabeza hacia atrás: la escena era estremecedora: la enorme construcción de quince pisos (cuya longitud era, aproximadamente, de cincuenta metros) perecía, indefensa y sin remedio, ante el caballero ardiente: los pisos superiores, a partir del noveno, despedían grisáceo humo debido al efecto de la combustión. El doctor miró con desdén las secuelas de su furia:

—¡Venganza, venganza!: anhelo beber las lágrimas que la vida está derramando a causa de la injuria que mi odio forjó para maltratarla.

Revaider sabía que nacería una ineludible amenaza cuando el estrago del fuego visitase los primeros cinco pisos del instituto por causa de la cuantiosa existencia de sustancias explosivas, inflamables y tóxicas en los veintinueve laboratorios que en ellos habían sido instalados: fue incuestionable para el químico que su siguiente acción debía ser escabullirse, así que, agitó las llaves de su automóvil, abrió la puerta, encendió el motor y condujo a una velocidad de ciento ochenta kilómetros sobre hora.

Me siento honrado: la próxima vez será más extraordinario el caos al que haré vivir a través de la muerte.

Numerosas personas que se encontraban dentro del instituto, amedrentadas, huyeron; otras, aunque en una menor cifra, efectuaron el desalojo por medio del protocolo de evacuación establecido en el séptimo inciso de la norma setecientos veintiséis de la Ley de Seguridad contra Anomalías: por tanto, ambos grupos lograron salvaguardar sus vidas.

Un estallido potente indicó la explosión que derrumbó los pisos resguardados por las alturas; cinco minutos después, el edificio colapsó por completo: los fragmentos de concreto que cayeron en un radio de doscientos metros enterraron a quinientas quince personas, treinta y seis autos, y veinticuatro jardineras.

Bruno se enteró de la catástrofe y muerte que su furor irracional había provocado: su desapego hacia lo ajeno y su egocentrismo lo mantuvieron imperturbable dentro de las caricias que desprenden los halagos del triunfo, caricias que, al actuar como alimento de la insensatez, alentaron que mientras el doctor era abrigado por la maldad que engendra desolación, la infamia de su gélida alma se expresara mediante la declaración de una siniestra frase:

—¡Finalmente, he logrado algo grande! Me siento honrado: la próxima vez será más extraordinario el caos al que haré vivir a través de la muerte —dijo con una sonrisa maquiavélica que envileció más su rostro.

En aquella lúgubre madrugada del 11 de agosto, vestida por una luna creciente visible en un 23%, las perseidas, extranjeras cósmicas, bañaban el cielo con sus continuos destellos al mismo tiempo que los espíritus del Hades vagaban por las calles para entenebrecer a la ciudad con su terror.

Letralia