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El viaje de la memoria, de Miguel Carrasco Leyva
(extracto)

miércoles 31 de marzo de 2021
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No podía creerme que estuviese delante de mí, en carne y hueso. Mi madre me había hablado de él cuando me contaba anécdotas de su infancia, y a lo largo de los últimos meses se había convertido en un tema recurrente para ella. “El primo hacía esto, el primo hacía lo otro, te ayudará, ya verás”. Sólo que aquel mozalbete ya no lo era tanto, era mucho más grande de lo que ella recordaba y más corpulento, y si aún conservaba una enorme capacidad para escuchar y comprender a los demás, ya había dejado por el camino la inocencia bobalicona de la que ella se reía continuamente. Isidro no era exactamente la misma persona con la que yo había imaginado encontrarme, pero me fascinó mucho más de lo que en un principio yo hubiese podido creer, e hicimos muy buenas migas inmediatamente. Y es que nos unían tantas cosas que, en realidad, lo contrario hubiese sido una incongruencia. A pesar de tantos años en el exilio, sus recuerdos de infancia habían permanecido tan intactos y exactos que no se echaba en falta su larga ausencia. Aunque claro, a medida que hablábamos de unas cosas y de otras, se notaba que un vacío de casi cuarenta años no podía ser borrado así como así, pero era tan sutil y perspicaz en sus referencias que casi pasaba desapercibido.

La carretera bordeaba la costa serpenteándola con suavidad. En cuestión de unos minutos nos adentramos entre los muelles del puerto de comercio y los fondeaderos donde amarraban algunos barcos de pesca. Isidro hacía de guía y comentaba los lugares por los que íbamos pasando. Al pie de la vieja muralla, que había servido de fortificación a la ciudad desde la época romana, la carretera empezó a subir bajo el monumento de granito en homenaje a los americanos y la silueta majestuosa del castillo se perfiló al fondo. Poco después, cruzamos el puente levadizo que se alzaba sobre el río Penfeld y los astilleros militares. Cuando llegamos al local del centro cultural español, habíamos dejado atrás las tortuosas calles del barrio de Recouvrance y aparcamos en una calle que bajaba en ligera pendiente.

“El viaje de la memoria”, de Miguel Carrasco Leyva
El viaje de la memoria, de Miguel Carrasco Leyva (Falsaria, 2017). Disponible en Amazon

El viaje de la memoria
Miguel Carrasco Leyva
Novela
Editorial Falsaria
Madrid, 2017
ISBN: 9788416882410
410 páginas

—Dejaremos el coche aquí —comentó abriendo la puerta—. Hay un pequeño aparcamiento en un patio interior, pero debe estar lleno un viernes por la noche.

Llevaba razón. Entramos en una especie de bar abarrotado, con siete u ocho mesas todas llenas de gente y una pequeña barra de unos cinco metros, atendida por una señora de estatura pequeña y algo rechoncha que debía andar por la cincuentena. Ella fue la primera persona que Isidro me presentó. Se llamaba Mariluz, pero todos la llamaban Galleguiña por ser originaria de una aldea de Pontevedra, la cual tuvo que abandonar para poder pagar las deudas que su marido había contraído jugándose a las cartas el poco dinero que ganaba y el exiguo patrimonio heredado de sus padres. Sólo me bastó cruzar con ella unas palabras para comprobar que aquel apodo le iba como anillo al dedo, pues tuve que hacerle repetir sus palabras antes de lograr comprender su castrapo, como ella llamaba a aquella mezcla de gallego y de español.

La mirada de Isidro y la mía se cruzaron un instante, confundidas. No sé cuál fue mi expresión, pero él salió al paso sacándome de un aprieto.

Luego nos dirigimos hacia una segunda sala, mucho más grande que la que servía de taberna y que utilizaban para las grandes celebraciones. De paso, Isidro me fue presentando a todos los presentes de manera colectiva para evitarme tantos saludos. En esa sala esperaba encontrar a su padre, pero un señor con boina le informó que ya se había ido con un conocido que debía llevarlo a casa.

—¿Este es el hijo de aquel guerrillero primo tuyo que mataron en una emboscada en la frontera? —añadió señalándome con un gesto de la cabeza.

La mirada de Isidro y la mía se cruzaron un instante, confundidas. No sé cuál fue mi expresión, pero él salió al paso sacándome de un aprieto. No porque yo no supiera que mi padre había sido matado en un enfrentamiento con las fuerzas del orden, más que nada porque lo que yo ignoraba es que hubiese sido en una emboscada y que, además, esa información fuese de dominio público allí.

—Ya hablaremos otro día, joven —me dijo dándome un efusivo apretón de manos—. Encantado de haberlo conocido.

Volvimos donde se hallaba la Galleguiña y me senté a la barra mientras Isidro hablaba con un amigo. Cuando se juntó conmigo, la dueña del bar ya estaba haciéndome las debidas preguntas que reclamaba su curiosidad.

—¿Has comido, muchacho? —me preguntó mirando a Isidro de soslayo.

—Sí, hemos picado antes de venir —insinué sin ánimo de dejar mal a Isidro.

—Tampoco es que haya comido muy decentemente —se excusó Isidro—. Tenía guardia.

—Ya decía yo —dijo satisfecha poniéndonos delante una cacerola y dos platillos—. ¡Mirad que callos a la madrileña tan sabrosos!

Sin embargo, nos quedamos mucho tiempo. Yo estaba cansado del viaje, y Antonio debía estar esperándonos en casa. A pesar de ello, nos demoramos una buena hora, el tiempo de saborear los deliciosos callos de Mariluz, los mejores que había comido en mi vida, y bebernos unas dos cervezas, más la invitación obligada de la casa en señal de bienvenida. Y de no haber sido por el viento arremolinado y la llovizna racheada que nos recibió al salir fuera, me hubiera creído en cualquier bar de mi tierra.

Nada más arrancar el motor, Isidro se disculpó por lo sucedido hacía unos momentos.

—No importa —dije quitándole importancia al asunto, aunque el tono de mi voz no supo esconder mi desazón.

—Realmente hay gente con poco tacto —dijo haciendo una mueca en señal de desaprobación.

Permanecimos unos instantes sin decir nada, escuchando el ruido de las escobillas de los limpiaparabrisas, que no daban abasto con la lluvia que había arreciado.

—¿Qué te ha parecido el centro?

—Muy acogedor y entrañable —comenté con sinceridad—. Realmente uno se cree en España.

—Es lo que se pretende. Además nos sienta muy bien a todos. Es una buena manera de no olvidar quiénes somos y de sentirnos españoles. Es como una gran familia.

Esa fue exactamente la impresión que tuve, y por ello siempre guardé un grato recuerdo de aquella gente humilde y cariñosa que anteponía la amistad a todo lo demás.

Estábamos cruzando de nuevo el puente levadizo cuando, no pudiendo aguantar más, me atreví a sacar el tema.

—¿Es cierto lo que ha dicho ese señor? —le pregunté con recelo.

Volvió enseguida la cabeza hacia mí sin mostrar sorpresa ninguna, como si hubiese estado esperando la pregunta.

Mi padre operaba en una de las partidas pertenecientes a aquel batallón que más tarde pasó a llamarse 9ª Brigada.

—No quería hablarte de ello tan de sopetón. Quería darte un poco de tiempo, pero ya que ha salido a cuento… —se detuvo unos instantes frente al semáforo en rojo, miró por la ventanilla y, sólo cuando metió la primera velocidad, continuó—. ¿Qué sabes exactamente?

La pregunta me exasperó un poco, por el cansancio, supuse, pero también por el suspense, la confusión que bullía en mi cabeza y la impotencia de saber que muchas cosas se me escapaban, y otras muchas, tal vez las más, ni siquiera las conocía.

—Al parecer —suspiré buscando un poco de alivio— menos de lo que sabéis aquí.

Le referí lo que mi madre me había contado más de una vez: que la Guardia Civil lo mató cuando intentaba refugiarse en Francia.

—¿Y qué más te ha dicho tu madre? —insistió.

—Poco más —proseguí un tanto avergonzado por la parquedad de mis conocimientos—. Que murió por una causa justa y que no era ningún bandido como muchos pretendían.

Hubo de nuevo otro silencio.

—Tu madre te ha dicho la verdad, pero no sabía tampoco gran cosa, lo mínimo, la versión oficial —el tono de su voz se había vuelto más grave y tenso—. Por su seguridad, y por la tuya también, créeme; cuanto menos supiera, mejor.

—Entonces, es cierto lo que ha dicho ese señor —concluí con el firme deseo de conocer lo que durante tantos años se me había ocultado.

Me habló de los hombres del monte mostrándolos como lo que fueron: gente con nombre, con una historia personal, con una familia, muy lejos de aquellos hombres sin rostro que nos habían presentado como bestias salvajes, como monstruos que pertenecían a otra especie. También me habló del VII Batallón y de un tal Roberto, enviado por el Partido Comunista, que se puso a su frente y que mantuvo en jaque a la Guardia Civil hasta su detención allá por el 51. Mi padre operaba en una de las partidas pertenecientes a aquel batallón que más tarde pasó a llamarse 9ª Brigada, o Agrupación Guerrillera de Granada a partir de 1948. Pero la Ley de Fugas les había hecho mucho daño dando al traste con la mayoría de los puntos de apoyo y hostigando principalmente a los enlaces, lo cual los hizo más vulnerables al convertirlos en un blanco fácil para las fuerzas del orden. Fueron momentos duros y terribles durante los que aumentaron las delaciones y los encarcelamientos entre la población rural. La violencia que se desató, por parte de unos y de otros, terminó por socavar el apoyo popular a la denominada Agrupación Roberto. La llegada de un nuevo teniente coronel, tras los éxitos guerrilleros en Cerro Lucero y Cerro Verde, iba a cambiar las tornas y darles el puntillazo. Hubo muchas bajas y tuvieron que remplazarlas. Corría entonces el año 48, y entre los nuevos alistados se hallaba mi padre, que hasta ese momento había sido un enlace que, como muchos otros, tuvo que echarse al monte para evitar una muerte segura. Las listas de guerrilleros caídos, o que se entregaban, no hacía más que aumentar, como consecuencia del miedo desatado por las redadas, a veces masivas, y por la delación que se había vuelto endémica, y que amenazaba con el desmantelamiento puro y simple del VII Batallón tras el abandono de la resistencia armada por parte del VI. Tuvieron entonces que planear con urgencia la huida, para lo cual el mismo jefe de la agrupación se dirigió a Madrid donde terminaría siendo detenido meses después junto a otros cabecillas.

Pero lo peor quedaba todavía por venir ya que, para salvar la vida, aceptó convertirse en confidente y preparar la emboscada en la que caerían muchos de sus seguidores en la Axarquía malagueña a finales del 51. Mi padre y los de su partida corrieron mejor suerte por circunstancias que él desconocía. En todo caso, el hecho de quedar aislados, por eliminación de los enlaces, evitó que la Guardia Civil —que preparaba otra operación como la llevada a cabo en los montes malagueños— los atrapara. Fuese como fuese, y sin la ayuda de nadie —ni siquiera del Partido Comunista—, comprendiendo que aquella lucha había tocado fondo, desafiaron por última vez a las fuerzas del orden que tanto los habían hostigado, y cruzaron todo el país en una atrevida gesta que los llevó hasta territorio francés.

—¿Cómo sabéis que murió en una emboscada? —pregunté con el corazón partido.

Isidro permaneció unos segundos en silencio, cavilando, antes de volverse hacia mí.

—Mi padre recibió una carta de uno de los miembros de la partida de tu padre en la que le explicaba lo sucedido de una manera bastante escueta, pero suficientemente explícita.

Sus palabras quedaron ahogadas por la emoción.

—¿La habéis conservado?

—No —respondió embargado todavía por la congoja—. Yo mismo la destrocé enfurecido y dolido por lo ocurrido.

Sentí un alivio en el fondo de mí mismo por saber que mi padre no era lo que otros pretendían que fue.

Aquellas palabras me dejaron de piedra. Era la primera vez que alguien me relataba con tanta claridad lo que le había ocurrido a mi padre. Por motivos que, hasta no hacía muchos años, desconocía, mi madre nunca me había hablado claramente de ese aspecto de la vida de mi padre. Supe que era para protegerme, para que no me hicieran más daño del que ya me habían hecho; por eso sólo se limitaba a desmentir las vergonzosas acusaciones que lo mostraban como un cobarde y un traidor, pero nunca me refirió las circunstancias exactas de su muerte. Tal vez nunca las supo o quizás prefiriera no ponerme al corriente para no herirme.

Isidro adivinó mis dudas y mis interrogaciones y acudió en mi ayuda.

—No reproches nada a tu madre, la pobre ha sufrido bastante así. Ella no conoce toda la verdad, la que nosotros le hemos contado; la otra, la oficial, es sólo una sarta de mentiras, pero tampoco está al corriente de todo. No sabe nada de traidores entre aquellos hombres que lo dieron todo por defender sus ideales. No había que echarle más leña al fuego; por eso sólo le dijimos que lo mataron en un enfrentamiento con la Guardia Civil, y no intentando robar a no sé qué pez gordo del régimen como le contaron. Tan sólo pretendía escapar a las represalias de aquellos años y encontrar una mejor vida en otro país para él y para su familia.

Sentí un alivio en el fondo de mí mismo por saber que mi padre no era lo que otros pretendían que fue. No era, por supuesto, la primera vez que alguien me contaba algunos aspectos de la vida de mi padre, pero sí la primera en la que con tanta contundencia me lo mostraban. Cuando pequeño me contaron que había sido un bandido al que habían matado, pero cuyo cuerpo nunca encontraron y que, como su alma, debía andar rodando por la tierra, al igual que un ánima en pena, en busca de su redención. Más tarde, cuando ya tuve edad de poder comprender, o vislumbrar, el sentido verdadero de ciertas cosas, fue mi madre la que me puso al corriente de una parte de la verdad sobre él, porque algunos aspectos le eran desconocidos y muchos otros debió suponer que no le incumbían a nadie, ni siquiera a mí por más que yo fuese también parte doliente en el asunto; pero había cuestiones que no debían trascender más allá de los contornos sentimentales y afectivos de una pareja, y como ella decía, algún día comprendería. Y en ello estaba en ese momento, en un intento casi metafísico por intentar intuir, ya que el hecho de comprender me parecía tan tangible que era difícil aplicarlo a lo que no lo era, o sea, a un muerto o a lo que de él quedase: jirones de recuerdos desmenuzables y difíciles de desglosar para mí, y cuando no, simples anécdotas que se podían considerar como leyendas poco fiables por lo increíblemente heroicas que resultaban a veces, o por lo infamemente detractoras como se mostraban las más.

Por eso, aquellas palabras de Isidro me abrieron los ojos. Mi madre me lo había representado como a un hombre de carne y de hueso al que le tocó vivir en unas circunstancias históricas terribles. En ese momento me lo mostraban como un héroe al que nunca llegué a conocer.

Letralia

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