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La cajita de fósforo

sábado 1 de mayo de 2021
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A Mario Juan Gordillo Pérez,
por la plenitud de ser siempre
nosotros mismos

Llegué a la puerta del hospital y metí la mano en la cartera. Tras varios segundos de búsqueda fatigosa saqué por fin la bata que estaba debajo de unos libros y me la puse. De ese modo evitaba las preguntas y que alguien más tuviese que saber acerca de mi reguero interior al revisar el bolso. Pasé por delante del guardia de seguridad como perro por mi casa y enseguida me dio de fly aquella peste a formol ligada con cigarro, perfumes, medicamentos y todo tipo de cosas que conforman ese nauseabundo ambiente dentro del primer piso. Bajé las escaleras que conducen a la morgue y todo estaba tranquilo. Me dirigí al cubículo del tanatólogo para saber quién cubría la guardia y me topé con Juanca.

—¡Eeey, preciosa, cuánto tiempo! ¿Cómo ‘tá la pura?

—Ahí, ya tú sabes, mejorándose.

—Coño, qué bueno, mijita. ¿Y tú qué? ¿Ya comienza las prática otra ve?

—Sí, Juanca. Ahorita se me acaban los meses que pedí de licencia para cuidar a mami y empieza el tucutún de la universidad. Tengo que adelantar el muestreo para la tesis. ¿Y Fer, no ha llegado?

—Me llamó hace horas avisándome que ya venía pa’ acá y mira, no sé dónde se habrá metío la loquita esa.

¿Eto e aquí el… el… cómo se llama eso? ¿El cuarto frío ese? E que yo tengo un pariente ahí y…

Acomodé mis cosas y me senté a esperar a Fer mientras intentaba aclimatarme al ambiente, esperanzada de poder recoger alguna muestra ese día. Pasaban los minutos y yo allí sentada, a la espera de que alguien más muriese. El único fallecido de la tarde aguardaba a la llegada de algún familiar que finalmente autorizara la necro.

—¿Quieres un cigarro?

Saqué también el mío, el último que me quedaba, y me puse a escuchar cuanta mierda decía el gordo Juanca. Haciendo un gran esfuerzo por entender sus estratégicas frases y sus sartas de incoherencias disléxicas, me enteré de algunas calamidades nuevas en el hospital.

—Buenaaaas, ¿cómo están los compañeros de este recinto? ¿Bien?

—Tú no eras el que ya “estabas al llegar” hace más de media hora cuando me agitaste llamándome, y por el *99 además —le dije a Fer que entraba más fresco que una lechuga.

—Ay, mija, es que pasé por casa de Cami. Está descompuesta, la pobre, muy mal de los nervios. Imagínate: enyesada en la casa, tirá’ en una cama sin poder salir a darle a la pata por ahí como le gusta a ella. Fíjate que le ha dado hasta por hacer artesanías.

—¿Y qué le pasó a Camilo?, ¿cómo fue eso?

—Ay, hija, se cayó de una moto. Tú no sabes que pa’ gasolinera tiene el uno.

Iba a responderle, pero interrumpieron:

—Buena, ¿eto e aquí el… el… cómo se llama eso? ¿El cuarto frío ese? E que yo tengo un pariente ahí y…

—¿Es usted familiar del fallecido que bajaron hace horas de sala E? —le pregunté al hombre.

—¿Y ahí hay un muerto ya? —chilló Fer—. Oye que esto aquí es llegar y a pinchar.

—Sí —me respondió el individuo ignorando el comentario de Fer.

—¿Le van a hacer necro? —dijo enseguida Juanca queriendo salir del paso lo más rápido posible, como si supiese la respuesta de antemano.

—¿Qué cosa? —preguntó el muchacho.

—¿Que si lo van a abrir?

El muchacho se quedó en silencio a la espera de que alguien explicara mejor la cosa.

—Sí, sí —dijo tras unos segundos.

—‘Ta bien, fírmame aquí. Pero, ‘pérate, ¿qué tú ere del fallecío? —le preguntó Juanca.

—¿Yo?, sobrino.

—No, búcame a un hijo, ¿no vino nadie ma’ contigo?

—Sí, ‘pérese. Déjeme llamar a su hijo: Titico, ven acá —gritó.

Enseguida apareció un flaco firulístico con la cabeza rapada a los lados y con unos moñitos trenzados en el centro. Junto a él llegó una flaca llorosa.

—Nooo, no le vamo’ a hacé na’ de eso —dijo ella.

—‘Ta bien —dijo Juanca—, entonce’ el hijo que me firme aquí.

—¿Dónde, aquí?

—Sí, ahí mismo. Depué’ no quiero jodedera con eso. Los casos de no autorizo son un dolol de cabeza.

Me puse en pie y volví a ponerme la bata, me la había quitado por el calor, que era insoportable. Salí tras los familiares y les pregunté la causa de muerte del fallecido, para saber si estaban informados. Si no lo estaban, entonces tal vez podría convencerlos para hacer la autopsia. Necesitaba tomar mis muestras para terminar de una vez la tesis.

—Un infarto —me dijeron.

Yo me quedé hasta verle el rostro. Siempre lo hago, no sé por qué.

Era un señor de cincuenta y tres años. Pregunté si estaban seguros de que no querían hacer la autopsia y la flaca contestó:

—No, hija, ¿pa’ que me lo ‘ten rajando to’ allá adentro sin uno saber qué es lo que le hacen y despué’ me lo rellenen con cualquier basura? No. Na de eso.

—Está bien —le dije dándome por vencida—. Vengan para que lo vistan.

Los conduje hasta la salita donde estaba el féretro sobre la camilla, envuelto en una mugrosa sábana blanca.

Los familiares entraron y comenzaron a descubrirlo sin pensarlo mucho. Nadie a su alrededor lloraba. Yo me quedé hasta verle el rostro. Siempre lo hago, no sé por qué. Sin embargo, esa tarde sentí un poco de flojera. Aunque he hecho esas cosas un montón de veces, el impacto nunca deja de ser fuerte cuando me paso un tiempo desvinculada del trabajo diario. Volví al cubículo y Juanca me dijo:

—Oye, la mía, cuando no quieren no quieren. No hay quien los obligue. Ya ellos firmaron, lo que pase depué’ e’ problema suyo.

Escuché al gordo Juanca, así, como quien oye pero no escucha, cabeza baja, meditabunda, el tiempo pasa y me siguen faltando muertos, entonces pensé: fumar, echar humo es lo que necesito.

—Fer, vamos a buscar cigarros —le dije. Cogí mi bolso y salimos. Nunca es seguro dejar nada allí—. De paso para que te comas la merienda que te traje —volví a decirle una vez fuera.

—Puta, tú ‘ta linda —me dijo con sincera alegría—. Ven acá, déjame verte, date una vuelta, ¡eeee! —jodederas. No es más pájaro por falta de plumas.

—Vamos a sentarnos en los banquitos esos.

—Ay sí, pero no aquí, más para allá, que este es el sitio de los borrachines, no vaya a ser que nos confundan, aunque no estarían tan errados —me eché a reír—. Toma —le dije—, estás fachaíto, ¿eh?

—Jumm —contestó con medio pan en la boca.

—Dice mi mamá que le debes diez pesos por la merienda. Aquí te manda dos panes con jamón y queso, paréntesis, mortadela y queso fundido peste a nalga, como le dice ella, y un pomo, del yuma, con refresco de limón, tú sabes: refresquito piñata.

—¡Ah! ¿Estabas en casa de tu mamá?

—Sí. Salí después del mediodía para allá, que por poco ni vengo, el transporte estaba de leña. La guagua no pasaba. Fui para la parada a la una y pico del día, yo sé que es un horario cabrón, pero bueno, allí me dieron las dos y diez. Regresé a mi casa y me acosté a leer. Luego me cambié de ropa, a las tres y cuarto estaba allí de nuevo y nada de la guagua. Para colmo no tenía dinero para coger un taxi, me quedaban unos pocos pesos en la cartera. Imagínate, después de un rato cogí para tomarme un refresco, estaba seca de la sed, el calor es demasiado. Al no quedarme otra opción tuve que ir a pie hasta el cajero más cercano y sacar cincuenta pesos, que es todo mi capital hasta fin de mes, pagué entonces el taxi y como si fuese poco tuve que coger otro desde ahí hasta cerca de casa de mami. Toda una odisea el día de hoy con el transporte. Hay veces que me pongo de suerte, pero casi siempre es así.

—Muy bueno, ‘taba óptima la meriendita. Vamos a cruzar aquí al frente a tomarnos un café.

—Mira los nuevos cambios en mi casita —dije mientras le mostraba las fotos en el tablet—. Ayer me compré el multimuebles de la sala para poner el televisor, la computadora y todos los tarecos electrónicos, así pude coger la mesa que tenía antes para poner libros. Ya no tenía dónde meterlos.

—Imagínate, si eres una puta polilla. ¡Mira qué lindo se ve!

—Y con los ahorritos que me quedaban en el banco y la ayuda de mami me compré una cama la semana pasada. La que tenía estaba jodía y pa’ colmo la dueña me la quitó.

—¿Pero no te la había regalado?

Imagínate que me pusiera a explicarle que no era médico, que mi función allí era recoger muestras para procesarlas en el laboratorio.

—Ay, mijo, la miseria humana. Toma, prende, y vamos a regresar que a lo mejor ya hay otro caso —le dije.

Volvimos a la tétrica bajada y a infectarnos con la peste. Llegamos y había, además de Juanca, otras dos personas con el mismo porte un tanto mugriento y desabrido. Ella, un poco rechonchita, con cara de auxiliar de limpieza. El otro chico, acostado sobre la camita personal del cubículo, con los pies negros del churre y con cara de abremuertos por cuenta propia. Sí, era uno de esos que, cuando no tenían nada que hacer, iba para allá a pegar alcohol de noventa y a ayudar a los técnicos en su faena. Más de una vez lo oí decir que eso le gustaba.

—Toma, Juanca —le ofrecí un cigarro—. Hola —les dije a los demás.

Me senté y estuve ahí unos minutos. Pensé que me volvería loca entre tanta habladuría de mierda, así que fui hasta la puerta y, tras fumarme un criollo, apareció otro familiar del fallecido.

—Oiga, ¿e’ uste’ la doctora que ‘taba allí horita?

—Sí, dígame.

Imagínate que me pusiera a explicarle que no era médico, que mi función allí era recoger muestras para procesarlas en el laboratorio. Si me ponía en eso al tipo se le iba a olvidar lo que fue a decirme.

—E’ que ya la mesa ‘ta servía, ¿qué hacemo? ¿Lo metemo dentro de la cajita e fóforo esa que ta ahí o…?

—No, señor. Deje al fallecido en la camilla ya vestido. Nosotros hemos reportado el caso a la funeraria y ellos se encargarán de lo demás —respondí sin asombrarme mucho. La verdad, ya estoy curada de espantos. Fer, que estaba al pendiente de la jerga del tipo, enseguida que se fue me hizo una seña y por poco se mea de la risa.

Estaba loca por irme. Esperé hasta las ocho y media y avisé a Fernando para irnos. Él, no menos de acuerdo, me siguió y salimos de aquel submundo. Nos pasamos el resto de la noche en una gala de poca monta que se hizo en honor a la “semana de la cultura”. De ahí nos fuimos rumbo a la primera parada de la guagua. Sin prisa, pues nadie nos esperaba ansiosos al regresar a casa, somos unos perros solitarios. Aguardamos hasta la llegada de una guagua, pero la mía, una vez más, no apareció. Finalmente tuve que irme en otro taxi.

Conclusión, muchos pesos gastados sólo en ir y venir y en algo que comí porque no tenía nada hecho en casa. La tarde completa perdida en el hospital, sin haber ningún muerto que abrir para mi investigación y para colmo sola. Nuevamente sola en mi casita de muñeca. Creí que lo mejor que podía hacer era sentarme a escribir, aunque no fuese más que lo común de todos los días.

Lisbeth Lima Hechavarría
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