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Repentino y nostálgico ataque de reina pepeada

domingo 9 de mayo de 2021
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Una mañana de mayo, cuando desayunaba en mi casa de Trujillo, hace ya algunos años, repicó el teléfono. Aló, digo. La voz de un joven me responde para preguntar por mí. Me identifico y me dice que es una llamada de la presidencia del Consejo Nacional de la Cultura. Me ofrecen representar a mi país en un congreso internacional sobre literatura latinoamericana en París, organizado por la Universidad Sorbona Nueva. Me parece extraño que me ofrezcan a mí, que vivo en provincia, esta honrosa oportunidad, pero acepto sin vacilar. Después recuerdo que probablemente detrás de la invitación está la recomendación del influyente Alexis Márquez Rodríguez, a quien unos días antes había conocido a la espera de un vuelo nacional en el aeropuerto de Maiquetía. Me alegro, pues la invitación supone un viaje a la capital francesa con gastos pagados durante tres días para llevar una ponencia sobre una importante revista venezolana. Me informan que el temario del prestigioso congreso estará referido a las revistas literarias y culturales latinoamericanas en las décadas de 1970 y 1980. Desde hacía tiempo anhelaba la oportunidad de volver a París. Había vivido allí dedicado a mis estudios de posgrado hacía ya más de diez años. A mi esposa y a mí nos alegró la idea de regresar aunque fuese por poco tiempo. Los tres días los convertiríamos, agregando algunos ahorros nuestros, en dos semanas. Así lo hicimos saber a la agencia de viajes cuando nos llamaron días más tarde, para concretar los boletos aéreos.

Recorreríamos de nuevo las estrechas y simpáticas calles del Barrio Latino, con sus tradicionales y pequeños restaurantes árabes, asiáticos, griegos, italianos o franceses, con sus locales de ventas de suvenires, con sus bistrós, su aire comercial y su encantadora atmósfera cosmopolita. Una ciudad ordenada, como todo en la vida de los franceses; sin embargo, sabíamos que cualquier agradable sorpresa puede ocurrir en las calles de París: músicos, teatro ambulante, mimos. Iríamos de nuevo a pasear cerca del Sena y observar los famosos buquinistas, visitaríamos la catedral de Notre Dame para apreciar su majestuosa arquitectura y tener un rato de recogimiento místico escuchando la imponente música de su órgano. Otra vez también visitaríamos los alrededores de los Jardines de Luxemburgo, particularmente mi preferida calle del Señor Príncipe. Y de nuevo, pensé, será inevitable pasear por los bulevares de Saint Michel y Saint Germain con sus prestigiosas librerías, pastelerías, cafés, braserías y restaurantes. Comeríamos las exquisitas crepes, algunas de las 365 variedades de quesos y tomaríamos suficiente vino. No faltaría en nuestro menú el paté de campagne, el foie gras, el coq au vin y el suculento cuscús, que aunque es un plato de la cocina bereber se encuentra asimilado a la gastronomía francesa. Estas y otras exquisiteces gravitaban en mi memoria mientras hacíamos los preparativos del viaje.

Hay tanta variedad de arepas como gustos y disposición de recursos en la cocina.

El día anterior todo transcurrió normalmente, pero con el ajetreo de terminar de organizar las maletas, pasaporte y otros documentos, apenas pude cenar. Suelo hacerlo con gustosas arepas criollas rellenas, como es costumbre para muchos venezolanos. Al día siguiente debíamos tomar un vuelo nacional, prácticamente en la madrugada, que nos llevaría al aeropuerto internacional de Maiquetía. Cuando despertamos en plena madrugada, un auto que habíamos contratado el día anterior nos esperaba en las afueras del edificio donde vivíamos para trasladarnos al aeropuerto de Mérida. Al llegar supimos que el avión en el que viajaríamos a Maiquetía había dormido en el aeropuerto local, por lo que llegaríamos muy temprano a Maiquetía. En efecto, al aterrizar buscamos nuestras maletas y como aún no era tiempo para chequear los boletos nos dispusimos a localizar un lugar en el aeropuerto internacional de Maiquetía para desayunar. A mi esposa María y a mí nos apetecía comernos unas tradicionales y bien rellenas arepas criollas como para despedirnos durante nuestra ausencia de los sabores venezolanos, pero sólo encontramos unos impersonales sándwiches americanos. Estaba previsto que embarcaríamos a París a las 6 de la tarde, pero apenas eran las 10 de la mañana, por lo que tendríamos tiempo suficiente para chequear con calma nuestros boletos y equipaje, ver las tiendas duty free del aeropuerto y comprar algún suvenir para mi hermana dominica que desde hacía años vivía en Tours, una simpática ciudad a unas dos horas en tren desde París.

Así ocurrió. A las 3 de la tarde comenzó el chequeo de pasajeros. Con normalidad hicimos una larga cola de espera. De repente vemos a una señora francesa, delante de nosotros, que besa en la lengua a su pequeño perrito. Cuestión de higiene, pienso, pero recuerdo que en mis años de residencia en París, una vez vi con sorpresa que una madre francesa trataba mejor a su perro que a su pequeño hijo. Después de confirmar en el mostrador de la aerolínea nuestros boletos, pasamos al área de revisión de los pasaportes y ya cuando nos disponíamos a descansar un rato, escuchamos con sorpresa nuestros nombres por los altavoces. Un funcionario nos hace saber que nos llaman para revisar nuestros equipajes. ¿Qué pasará?, nos preguntamos. Bajamos a un sótano, escoltados por personal de seguridad que nos hace abrir nuestras maletas. Para nuestra tranquilidad, observamos que no somos los únicos sometidos a esta enojosa circunstancia. Al parecer buscan drogas u otros objetos comprometedores como armas. Cuando regresamos al área de embarque nos vamos a las tiendas duty free. Compro algo para mi hermana. Miro mi reloj. Son ya las 5:30 de la tarde. El vuelo embarcará a las 6:30. Un cierto vacío en el estómago me recuerda que no hemos almorzado. Aunque soy amante de la exquisita comida francesa, comencé a pensar que durante dos semanas no podría comer las suculentas y tradicionales arepas venezolanas a las que tanto estaba acostumbrado. Esas arepas que tan atractivas me resultan en sus diversas combinaciones de sabores y presentaciones, suerte de emblemas de la cocina y del alma venezolana: rellenas de carne desmechada con su guiso de tomate, pimentón y cebolla, más tajada de queso guayanés o de pollo igualmente desmechado y condimentado, más tajada de queso de mano y sobre todo la famosa reina pepeada, rellena de ensalada de gallina y aguacate. Hay tanta variedad de arepas como gustos y disposición de recursos en la cocina. Sobre todo el recuerdo de esta última, la reina de las arepas, con su colorida y gustosa presentación, se me hizo irresistible. Pienso que dos semanas son muchos días alejados de esta extraordinaria fiesta de sabores criollos.

Sólo al recordar la famosa reina pepeada se me hizo irresistible la idea de consumirla. La imaginé luciendo para mí en la mesa de un pequeño expendio que había visto en el área internacional. Entonces, decidido a comerme una reina pepeada, le digo a María:

—Quiero comerme una arepa.

María, que sabe que pronto llamarán a embarcar, me mira fijamente a mis ojos y me dice con determinación:

—¡Quédate tranquilo! Ya van a llamar.

—No —le insisto, pensando obsesivamente en la reina pepeada—, falta media hora. Tengo hambre, le digo.

María de nuevo enfáticamente me responde:

—No sabes dónde venden arepas y no quiero quedarme sola.

Casi inmediatamente se escucha por los altavoces el primer llamado a embarcar en el vuelo 774 de Air France con destino a París. Tuve que hacer la fila al lado de María y aceptar dócilmente que había sufrido un repentino y nostálgico ataque de reina pepeada.

Douglas Bohórquez
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