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Chiripio

sábado 19 de junio de 2021
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El canto de la vida tiene versos y estrofas para todos los gustos, pero en algunos casos no se intuye la rima, los mires por arriba, por abajo o los lados. Es difícil ser noble en un cuerpo de pobre, y si a la vez feote, o bien poco agraciado, el poema imperfecto está garantizado, porque el saco espanao tiene pocas holguras, ya que las cosas bellas que no espantan la vista, no hacen hueco en sus tripas.

Chiripio le llamaban, y era un puzle de liras, un potaje de versos. Para desgracia suya, sus sayales modestos eran talla pequeña, débil caparazón sobrado de nobleza, escudo insuficiente con que proteger vidas, mucho menos las rimas de sueños imposibles.

Cuando le conocí, hace ya miles noches, llamaba la atención su aspecto desgarbado, el flequillo hacia un lado, por debajo del cual resaltaba su garfio, cual nariz aguileña en retrato estrechado que peca de estirado, con un mirar profundo pero apesadumbrado, de pollo destetado que se siente obligado a volar por la vida, a abandonar el nido, a vencer a un destino que le tiene guardado ribazos resecados, cuando no ya balidos protegidos por lanas en los hielos perpetuos, en los vientos y miedos.

Chiripio no era el mismo, pero media sonrisa siempre le acompañaba a su mirada noble.

No recuerdo qué mente, cruel y despiadada, le colgó sólo verlo el cartel que por vida, siempre le acompañara, ¡Chiripio! grita el borde con risa embrutecida, y veo cual cobarde, primera puñalada de un rosario de heridas, que en su bondad aún virgen van clavando los días.

Quizás estas palabras puedan tomarse en pago de una deuda que siento con aquella alma pura, por no haber protegido, por no haber resguardado a ese corazón limpio de las piedras lanzadas, de las uñas clavadas por aves de rapiña. Seguro, cobardía de enfrentarme a las fieras, por si mi gesto noble hiciera que cambiaran crueles puntos de mira, y opto por esconderme tras sonrisa traidora, mientras mi alma llora al ver a cuatro cafres como rompen las alas del único ángel sano que yo habré conocido.

Fueron tiempos de lloros, de penas y torturas, pero la entraña inocente es tan limpia y tan pura que no se vuelve falsa, traidora o vengativa, así pues, de repente. Más bien tiende a podrirse, a apagarse por dentro, hasta no encontrar ya el sentido a la vida, hasta perder un rumbo que nunca será hallado.

Pasados unos años, fuera ya de la jaula que ejecutó su vida, lo veía entre días, entre meses más bien. Chiripio no era el mismo, pero media sonrisa siempre le acompañaba a su mirada noble.

Me contaba sus días entre lanas y cierzos, entre cantos y cuartos pensaba en poesía. Hablaba de escribir, de plasmar en un cuento, de expresar con palabras lo bello de la vida, y yo me sonreía.

Resguardado de rascas en ribazos hendidos, con su zurrón a un lado y la vista perdida, sus perniosados dedos, fríos y agarrotados, amarraban el lápiz, y trazos puntiagudos marcaban con grafito, signos, letras, palabras, que adulaban a un mundo, a una forma de vida que nunca le fue dada, pero que él sí sentía. Me parecía cruel, rasgaba mis heridas que aquello que a mi amigo siempre le fue negado, fuera por otro lado lo que él enarbolaba como emblema y bandera, como verso y estrofa, buque de poesía.

Intuía un final, o más bien ya sabía, que su alma sangraba desde el primer instante, cuando le conocí, que ya no habría cura, pues llegaría un tiempo en que el sol se pondría definitivamente, que tinieblas oscuras ganarían las horas y él no podría más, rendido y agotado se embarcaría en viaje hacia aquel horizonte en que penas y miedos ya no tienen sentido, en el que el sufrimiento, sólo ahora liberado por lienzos de palabras, se iría ya apagando, quedaría olvidado en su viejo zurrón, en aquel que quizás nunca sería abierto.

Me enteré una mañana, como se entera uno del faltar de un amigo que no sale en esquelas, ni corre a grandes voces por valles ni trastiendas. Chiripio cogió el barco hacia una nueva vida, pagando con la suya el billete de ida, sin retorno posible.

Rebuscando en sus cosas encontré aquel zurrón sobado, desgastado.

Encontraron el saco en que aguardaban sus huesos unos días después de que emprendiera el viaje. No es que me duela más que nadie echó de menos su faltar desgarbado, pero me hundió en tristeza la injusticia de ver que su estrella fugaz dejó estela en mi puerta, sin ser vista ni oída por la gran mayoría de mortales terrones que engordan sus barrigas, o lo que es aún peor, vejada y humillada por los mismos toneles que se retuercen aún, rebosantes de grasa.

No cabría un final que fuera de otra forma, es más, sé que así siendo, de esta traza que cuento, el final de poema alcanza cierta rima con su que fue no vida, con versos despreciados, con escrituras rotas de un niño destetado precipitadamente.

Rebuscando en sus cosas encontré aquel zurrón sobado, desgastado. Entre las pertenencias de este pastor poeta estaba su navaja ya vieja y esmerada, un rollo cuerda pita, un mocador plegado, y en el fondo más hondo libreta medio rota, con tapas resobadas y garabatos varios, con medio poemario de rimas sin sentido, versos nunca cuadrados. Y en la última página, grabado en letra clara, mensaje que rezaba:

Querido amigo mío:
sabía que vendrías a buscar en mis cosas
algún cuento o reseña que te justificara,
como a un García Márquez, mi muerte ya anunciada,
y anestesiara al gato que te araña por dentro,
desde aquel primer día en que tu alma llora,
porque viste sufrir la pluma que aquí anota
sin poder hacer nada.

Descansa, amigo mío,
nunca yo te lo dije,
pero leí en tu alma lo que yo rebuscaba:
amistad, compresión y oído a mis palabras,
que no lastima y pena por mis huesos roídos;
y tú, sin darte cuenta,
todo ello me lo diste.

Esos que ambos sabemos
no son tal como crees.
Los crueles no son crueles.
Tan sólo se defienden del miedo, la ignorancia,
deseando romper el cristal del espejo
que en mi perfil aguado,
ellos ven reflejado.
Ya sé que no compartes
ni sientes que ello es justo,
pero con este viaje liberaré la carga
que en diferentes siegas he ido replegando,
que mi saco reseco, cansado y agotado,
ha ido acumulando hasta no caber más,
hasta ya rebosar.

Así, no sientas pena,
sólo guarda en tu alma el zurrón de este amigo,
consuélate soñando,
con los ojos cerrados y una media sonrisa,
que al final tuve tiempo de contemplar estrellas,
de enumerarlas todas,
de nombrar una a una,
desde el sillón de piedra hendido entre dos riscos,
cual trono de rey pobre que no tiene súbditos,
y cantar y contar con versos no rimados,
las penas y desdichas, sí,
pero también las dichas,
las gracias e ilusiones que aunque tú no lo creas,
en mi rincón hallé,
y así yo te lo cuento,
con peor o mejor suerte,
con palabras y arritmias que plasmo en este escrito,
el cuento, poemario
de un tipo no agraciado,
que tuvo la fortuna
de tener un amigo.

Chiripio.

Goyo Josa
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