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Aquí te mueres menos

domingo 10 de enero de 2021
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Aquí te mueres menos, por Goyo Josa • Taller de Cuento de Letralia: Antología Nº 1
Y cantan el tercero las campanas que lloran, mientras la procesión del muerto discurre por las calles.

Taller de Cuento de Letralia: Antología Nº 1

Este texto forma parte de la antología publicada el 10 de enero de 2021 con textos de 15 autores que cursaron el Taller de Cuento de Letralia

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En el pueblo también te mueres, pero te mueres diferente, a veces parece como si te murieras un poco menos, es como si del todo no llegaras a morirte. Claro que es muy triste para todos, como en todos los sitios, pero en allí parece que esa tristeza y ese dolor se comparte entre todos los vecinos. Es como cuando el día de la Abuela se matan los toros de las fiestas de la Virgen de la Vega, y cada uno de los vecinos tiene derecho a su ración. Pues en esto igual, a todos nos toca algo, hasta tiene su parte el enemigo del muerto, con el que no se hablaban desde que no sé qué follón tuvieron una vez con un linde, o al que de jovenzuelos le quitaba la moza en el baile de la plaza; aunque desde entonces no se tragan, pues aun así le toca a ése una ración del muerto.

Todo el mundo llora, aunque sea un poco y por dentro, alguno más rato y mejor que otros, pero todos más o menos muestran el dolor por el muerto, que sí, que alguno pensará que no le duele nada, pero al fin y al cabo es uno del pueblo el que se va, y qué quieres que te diga, pues que algo siempre duele.

Hasta los zagales y los perros se quedan quietos por la calle mientras ven pasar el desfile de cabezas arropadas con los pañuelos negros de riguroso luto.

Las primeras que lloran son las campanas. Desde que se oye el clinnnnn… clonnnnnnn, repetitivo, lento, insistente, es como si hubiera salido el gordo de Navidad, pero en los sorteos de antes, cuando no se sabía dónde había tocado hasta que pasaban unas horas, pues aquí igual, ¿quién se habrá muerto? ¿Habrá sido la tía fulana que llevaba ya mucho tiempo malica? Aunque el otro día se ve que le dio un achuchón al tío mengano, y el médico dijo que no lo tenía muy claro, y no sabía cómo le iría. Hasta que al final se descubre el pastel, sí, ha sido el tío mengano, por lo visto fue un cólico miserere, y no ha habido nada que hacer, ya ves tú, con lo joven que aún era, quién lo iba a decir, nada, que así es la vida, ¿y ya se sabe cuándo será el entierro? dicen que mañana a las diez, que el cura antes no puede, y además tienen que pasar veinticuatro horas, en fin, que nos espere muchos años.

Hasta los zagales y los perros se quedan quietos por la calle mientras ven pasar el desfile de cabezas arropadas con los pañuelos negros de riguroso luto, que se dirigen a la casa del muerto, con los lamentos de rigor, ya ves lo que es la vida, quién lo iba a decir, pobrica de la viuda, menos mal que tiene a la hija, así no se queda solica, y al chico ¿le habrán podido avisar? Ya ves tú, en la mili y enterarse de la muerte de su padre, menudo cuadro, y ya veremos si puede venir al entierro, porque si está en el servicio tampoco se hace lo que se quiere, y menos estando tan lejos.

Parece que hasta el aire huela diferente, un olor rancio y frío, olor a muerte que se acentúa cuanto más te acercas a la casa del muerto, cuando se oyen los sollozos, los agudos lamentos de dolor de parientes y vecinos, como el gorgoteo del caldo que recuece las carnes de esos toros que mataron el día de la Abuela. Y mientras, la vecina de confianza viste al muerto con sus mejores galas, con el traje que estrenó el día de la boda de la hija y que no volvió a usar, con los zapatos viejos pero poco llevaos, y lo repeina, y lo lava, fíjate, si parece dormido, quién diría que está muerto, ¿no te da cosa? Qué va, ya me tocó de pequeña ayudar a amortajar a mi padre, fíjate, con lo duro que es amortajar a un padre, pues desde entonces lo encuentro hecho, además los muertos no hacen nada, son como muñecos, y claro que, depende de quién, duele más, pero yo ya ni lo pienso.

Lo que te digo, que parece que uno no se muera del todo. Después lo suelen meter en la caja, quitando la cama de la alcoba, como durmiendo pero arropado con sábanas de madera, para que no se quede frío, bueno, no tan frío, un poco menos si puede ser. Y toda la estancia rodeada de sillas para las beatas y plañideras de rigor, que en todos pueblos hay, o eso creo, y comienzan los rezos, los rosarios; luego cuando te canses sigo yo, fíjate, quién lo iba a decir, si parece dormidico. Sí, sí, ya podéis rezale, si este no pisaba la iglesia ni de casualidad, bueno, el día de la Virgen sí, pero porque ese día hasta los rojos van a misa, pero al cura no podía ni verlo, lo que es la vida, bueno, la vida no, la muerte; ahora te embadurnan de rosarios, y pa rematarla mañana a la iglesia, pero bueno, es un día y hay que saber llevarlo, que a uno no lo entierran todos los días, así que este día es especial, como el día de la Virgen de la Vega.

Horas y horas de despedida, día y noche, unos se quedan en la cocina, comeos una pastica, una copica, ¿de qué la quieres?, ponme mistelica, que llevo unos días un poco delicao de la tripa, y el aguardiente paice que no me cae mu bien. Corros de boinas en la puerta de la calle, con el Ideales en una mano, y con la otra sin saber muy bien qué hacer, manos acostumbradas a bregar con otras tareas menos delicadas, que en este momento no saben cómo comportarse ante el pariente del muerto que se cruza, una palmada en la espalda, un choque corto y seco, tacompaño el sentimiento, muchas gracias, subir y os tomáis una copica, o mejor ahora os la bajo, porque arriba son todo diostesalves, padresnuestros y pequeños gemidos de dolor, y como que falta el aire, y los hombres mejor en la calle.

La gente joven también va al velatorio, aunque hablar de muertos lo justo y poco rato, ya les llegará el momento.

No sé si lo dejarán en tierra junto a sus padres, aunque igual lo ponen en nicho. Ya ves, el cementerio ya casi paice la capital, claro, cada vez está más lleno, yo no sé qué pasa, pero ahora se muere mucha gente, y menos mal que hicieron nichos, si no no sé dónde los meterían. ¿No tas enterao lo que pasó en Valdeaquialao? por lo visto hicieron mal las medidas, y han salido los nichos un poco pequeños. Cuando se murió el tío tal, se ve que fueron a meterlo al nicho, y el cajón no cabía del todo. ¡No jodas!, ¿y qué hicieron? No te lo imaginas, pues había que meterlo como fuera, a cortar cajón y a plegar las piernas del muerto, ¡no jodas! chiíiitt, lo que te digo, y se escapan unas cortas carcajadas, si es que esa gente tiene la mollera más dura que un pedreño, ¿a quién se le ocurre? Ehh, no os paséis, un poco de respeto, que está el tío mengano arriba de cuerpo presente; y vuelve el silencio frío de golpe, pero poco rato, porque se le sigue dando vueltas a lo del nicho, y al final salta el otro, pues si tiene que estar pa siempre con las piernas plegadas al final le atacará la reuma, y de nuevo las carcajadas, ehhh vale ya, un poco de respeto al muerto. La verdad es que era un tío mu grande, ya podían haber mirao bien las medidas antes de hacer los nichos, ¡desde luego!

Porque es normal, de qué se va a hablar estando un vecino de cuerpo presente, pues sí, de muertos, y de si tú tacuerdas cuando se murió el tío aquel, qué nevada cayó ese día, yo pensaba que no podíamos ni sacarlo de su casa, de hecho tuvieron que sacar el cajón por el balcón, menudos ventisqueros habían, y el tío otro, ese que se ahorcó, se veía venir, desde que se quedó solo no hacía más que darle vueltas a la perola, aunque lo peor fue cuando murió el hijo de fulana, tan pequeño, pues mira, se ve que se fue por la tarde con el abuelo a regar al huerto, y se puso como un topo de comer pruñones, y por lo visto estaban un poco verdes, así que cogió el garrotillo y no hubo nada que hacer, al otro barrio. Es que con los críos no te puedes fiar, ya ves tú, qué remordimiento pal pobre abuelo, una pena pa toda vida.

Pero claro, depende del corro, porque la gente joven también va al velatorio, aunque hablar de muertos lo justo y poco rato, ya les llegará el momento, ahora que aprovechen y disfruten la vida. Anda, sube a la cocina y baja unas copicas de coñac, no te dé corte, que el muerto no muerde. Y qué, ¿la otra noche bien, no? Se te veía animadico, pues dicen que este año pa la virgen traen unos toros mu majos, que para el día ocho hay un jabonero que da miedo. Oye, ¿habéis visto unas criadas que han venido a la fonda pa este verano? ¡Madre mía, cómo están! Tú siempre pensando en lo mismo, eh, un respeto, que está el muerto arriba; y se callan, pero enseguida vuelven al tema, a ver si el domingo se acercan al baile, oyee, vale ya…

Y así unas cuantas horas de tertulia; como hace buena noche y las copicas calientan el ambiente, se aguanta bien en la puerta, unos sentados en el banco de la replaceta bajo el peral, aunque a eso de las doce ya se nota la rasca, habrá que irse pa casa, a dormir, aunque mañana ya no engancharemos, total, a las diez es el entierro, y enganchar pa un rato no vale la pena, así que ya casi que después. Y poco a poco, ya en silencio, el reguero de boinas y pañuelos negros deshacen el camino hacia sus moradas, dejando a la familia con las beatas que malduermen, dándole una y otra vez a los nudos del rosario, ya desgastados de tantas pasadas, velando toda noche al tío mengano, que fíjate, anteayer tan sano, y de pronto el cólico y adiós, así se acaba todo; y el pariente que ha venido de lejos, pegando cabezadas en la mesa de la cocina, sentado en la vieja silla de mimbre, anda, tómate un café, o mejor échate un rato en la cama de arriba, en la del mozo, que ha dicho que no puede venir, está en la mili y claro, de Melilla no llega a tiempo, fíjate, ni poder despedirse de su padre.

Aquí se queda ahora, con su vida a estrenar en su nicho pequeño, pero es hasta bonico y muy bien orientao, le dará mucho el sol.

Y así, entre cabezadas, rosarios, pasticas y cafés, van pasando las horas, cada vez más silencios, y el muerto siempre igual, está que ni se inmuta, hasta que canta el gallo, se repite una y otra vez con su kikirikí, que resuena aún más si cabe, sobre un fondo de profundo silencio, porque se va un vecino; tómate un vaso leche, échale un chorrico coñac que te hace falta y te reanimará, porque hay que prepararse, que enseguida vendrá el cura.

Como por arte de magia reviven los rosarios, los rezos, y tocan el primero, esas campanas tristes y llorosas, clinnnn… clonnnnnnn, y se agudizan los sollozos, los besos de despedida al padre, al hermano, al marido muerto, y fíjate, parece dormidico; y aparece el cura con sus atavíos, con los monaguillos y con el hisopo, repartiendo ungüentos olorosos y humeantes, olores de muerte, a diestro y siniestro, con cantes sin tono, estribillos de vida para un muerto. Entre los hermanos y vecinos colocan la tapa del cajón, pero antes un último beso, ¡ayyy, mi padre!, si parece dormido, adiós para siempre. Lo alzan, a ver cómo lo bajamos por las escaleras, habrá que ponerlo un poco de pie, no hay más remedio, tened cuidado no lo remováis mucho, aunque da igual, no se va a quejar, ya no le duele nada.

Y cantan el tercero las campanas que lloran, mientras la procesión del muerto discurre por las calles, con los cantos de muerte, y las velas que lloran la cera del dolor de todo el pueblo, hasta cruzar el portón de la iglesia, pasando entre la gente que la abarrota, los menos sentados en los bancos de madera, vieja y carcomida, en profundo silencio, porque vaya gentío, como el día de la Virgen, si es que era muy querido; hasta su peor enemigo le perdona en su fondo más hondo el robo de esa novia, y fíjate, acabar en la iglesia con lo rojo que era, quién lo iba a decir, si es que al final somos todos iguales y acabamos igual, en la iglesia del pueblo, y ese oscuro cura, más bien negro, que aprovecha el momento de soltar reprimenda, de alabar al presente, de cuerpo, porque fue lo que fue, pero míralo ahora, aquí arrepentido y limpio de pecados, así que fíjate, como todos.

Y luego al cementerio, la otra casa de todos, y si está mal la pista se echa en el Land Rover largo, sí, que ya sé que no cabe, pero atando la puerta aunque no cierre del todo, y si no a la furgona que nos trae los tomates, porque lo que te digo, el vecino que muere es un trozo del pueblo, y con cosas del pueblo hacemos los apaños; y por suerte ese nicho está muy bien hecho, cabe todo el cajón, pues si no que dijenda, y justico debajo permanece su abuela, debe ser el destino, y aquí se queda ahora, con su vida a estrenar en su nicho pequeño, pero es hasta bonico y muy bien orientao, le dará mucho el sol; aquí se queda ahora con su vida de muerto, en la casa del pueblo, entre otros vecinos, amigos y enemigos, junto a su otra familia, pero como te digo, se nos queda en el pueblo, porque sí, que aquí también se muere, pero se muere menos, puede que no del todo, eso ya no lo sé, que pregunten al muerto.

 

Goyo Josa

Goyo Josa

Escritor español (Alcalá de la Selva, Teruel). Reside en Valencia. Publica sus textos en su blog La Libretica del Gory.

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