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La mudanza

jueves 24 de junio de 2021
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Con demasía amé cada loseta, tabla o adorno de la vieja casona donde transcurrieron mi infancia y mi adolescencia. Ella era mi castillo medieval, mi reino mágico, mi galaxia. Allí balbuceé mis primeras palabras y di mis primeros pasos. Allí, entre sus tablones crujientes, carcomidos y manchados por la lluvia, comprendí que el llanto podía surgir tras la risa festiva y viceversa.

Estoy orgullosa de haber protegido a tu familia por varias generaciones, me confesó la casona cuando pegué mi oído a sus tablas para escuchar los latidos de su corazón. Al principio me asusté pero terminé acostumbrándome a las conversaciones con la casa parlante. Así eliminamos el comején que la devoraba lentamente, pues nos dijo cuáles eran las tablas podridas que debían ser cambiadas.

Recuerdo con claridad la espaciosa sala, donde me deslicé cada vez que mi madre baldeaba el piso y me dejaba jugar al bombero con el chorro de agua de la manguera. Luego me acostaba sobre la deliciosa frialdad del piso, lejos del calor del sol veraniego, y veía los dibujos animados o las películas de vaqueros que tanto nos gustaban a mi abuelo y a mí.

La cocina era otro de mis lugares favoritos, frecuentados por mí a diario, por sus ollas llenas de sorpresas y olores.

Cierro los ojos y ahí está el comedor tenebroso, donde me obligaban a comer antes de irme a mataperrear por el barrio. Allí, entre latas y vajillas, escondí tortillas, postas de carne y verduras no deseadas, que eran descubiertas días después, repletas de gusanos, con un hedor insoportable. Amado comedor profético de tiempos futuros, donde mi abuela me decía con una sonrisa: Mira que serás bobo, ya te arrepentirás. Yo prefería un huevo frito antes que un bistec de carne vacuna.

Adoraba sentarme en el inodoro y soñar que era un guerrero conquistando reinos minimizados en las losetas de colores. Otras veces pasaba ratos leyendo historias de piratas hasta que mi abuela me obligaba a salir de mi cueva. Cuánto miedo experimentaba al cerrar los ojos mientras me lavaban la cabeza: acudían a mi imaginación todos los monstruos de la historia, unidos como una gran mole de brazos y dientes. Los segundos se volvían horas y mi llanto terminaba cuando volvía a mis ojos la luz tranquilizadora y desaparecía el cóctel de monstruos.

La cocina era otro de mis lugares favoritos, frecuentados por mí a diario, por sus ollas llenas de sorpresas y olores; aunque temía a las cucarachas voladoras que allí se escondían, desde que una me picó el pito y se me hinchó como el globo de Matías Pérez.

Aún puedo saborear las raspas de los dulces y escuchar el sonido absorbente que hacía al chupar el tuétano de los huesos, ante la mirada triste y envidiosa de Pinky, la perrita de mi madre, quien me odiaba por ser su única competencia. La perra se relamía frente a mí, ladrando y enseñando los dientes hasta que obtenía uno de los humeantes huesos.

Después del almuerzo, la familia dormía la siesta en las camas endurecidas por el tiempo, bajo la vigilancia de escaparates abarrotados de tesoros de épocas pasadas, armados con los bastones del abuelo, a cada costado. En silencio, registraba las gavetas de las cómodas y armarios, en busca de fotografías, revistas, monedas antiguas y otros objetos extraños.

Pero el mejor de los sitios de la casa era el librero. Allí, tumbado frente a los polvorientos libros, pasé muchas horas leyendo sin parar. Gracias a las páginas amarillentas viajé por el mundo, conocí culturas y héroes, lloré y sonreí. Uno de los momentos más tristes de mi vida fue cuando un ciclón se llevó los tesoros de la biblioteca por el aire.

Quería cada centímetro de aquella vieja construcción y cada pedazo de tierra del patio, donde tantas veces, junto a mi abuelo, cantamos la canción del azadón al plantar un nuevo árbol. Sin embargo, fue mi adorado abuelo quien convenció a la familia de abandonar la casona y mudarnos a la gran ciudad. Cuando le pregunté la causa de la mudanza me dijo que se había cansado de vivir en el monte y que lo hacía por mi futuro.

Me entristeció la idea de dejar atrás las casas de madera, las playas y el mar, el verde del campo y los animales, pero sólo era un niño y no podía hacer nada. Poco a poco, la familia se acostumbró a la idea del bullicio de los autos, las inmensas tiendas y las aglomeraciones, mientras yo me resistía a respirar aire contaminado el resto de mi vida.

Armé tremendo pataleo ante la orden de desprendernos de la mayoría de nuestras pertenencias debido al poco espacio del camión. Mi abuelo vendió los muebles de caoba, el refrigerador, las camas talladas y hasta el juego de comedor, del cual se abrazó mi bisabuela, pues fue el regalo de bodas que le hizo un general mambí de la guerra del 1895.

Mi madre y mis tías regalaron sus vestidos, platería, zapatos, discos de música y decenas de folletos sobre bordado. Los vecinos iban y venían, como hormigas locas, con las manos abarrotadas de recuerdos, y con caras sonrientes agradecían los tesoros que llevaban sin costo alguno. En unos días la casona quedó vacía y en silencio. Pegué mis oídos a sus horcones y le pedí perdón; sin embargo, no obtuve ni un solo crujido de respuesta.

Casi enmudezco de tanto gritar cuando vi marcharse las enciclopedias, que servirían para envolver las coladas de café que vendía la vecina. Pero lo peor fue que me obligaran a regalar mis juguetes. Mis manos temblaban al entregar mi lancha rápida, los autos antiguos y los guerreros de plástico, fieles compañeros de horas felices. Preferiría quemarlos antes que verlos sucios, desmembrados y mordisqueados por aquella banda de mocosos, pero obedecí y las cajas quedaron vacías.

Fueron noches tristes. La familia casi no dormía por el calor y la tristeza. Yo miraba las luces verdosas de los cocuyos que parecían prender fuego al mosquitero. En la cocina las mujeres susurraban y sollozaban bebiendo café hasta el amanecer. El único que roncaba plácidamente era mi abuelo, quien sí conservó su ventilador.

Felicita a tu abuelo por ser la familia que más ahorra corriente eléctrica en el pueblo, me decía el vecino en tono burlón antes de marcharme.

Pero una madrugada el llanto de las mujeres cesó y a la mañana siguiente me uní a la risa colectiva: la mudanza se había deshecho. Ya no habría viaje a ninguna parte, ni aire contaminado, ni cambios de acento al hablar, ni nueva escuela. ¡Nunca nos iremos! Grité de felicidad y abracé con fuerza uno de los horcones de la casona.

Los días siguientes fueron muy tristes pero soportamos los comentarios y las burlas del vecindario. Mi abuelo ahora leía el periódico en el balance que fue suyo por más de treinta años y se pudría bajo la lluvia en el portal del vecino. Mi madre, abuela y tías se mordían la lengua cuando eran visitadas por las vecinas elegantemente vestidas con sus ropas y joyas.

Mi tortura se repetía cada vez que me mandaban a buscar el pomo de agua fría guardado en nuestro antiguo refrigerador ahora en poder de otro vecino y veía mis juguetes desbaratados por doquier, sin tener ni un trompo para bailar. Las lágrimas rodaban por mis mejillas cada vez que veía mis libros de cuentos usados como papel higiénico, o chamuscados con los pedazos de mi lupa. Los soldaditos de plástico ahora eran un puñado de mutilados de guerra y la pelota de fútbol fue agujereada por los colmillos de un perro.

Por las tardes, cuando iba a ver los dibujos animados al televisor que fue nuestro, los nuevos dueños me comentaban lo bien que lo cuidaban, lo bien que se veía. Felicita a tu abuelo por ser la familia que más ahorra corriente eléctrica en el pueblo, me decía el vecino en tono burlón antes de marcharme. Y alégrate porque no volverán a castigarte con los muñequitos rusos, agregaba su esposa disimulando la risa.

Nunca entendí por qué no nos devolvieron nuestras pertenencias y mucho menos por qué nos rechazaban si mejoramos sus vidas. Para cuándo tienen fecha de mudanza, preguntaban las vecinas cada mañana cuando pasaban delante de la casa en busca del pan. Al principio mi abuela o mis tías les daban explicaciones pero optaron por cerrar la puerta y las ventanas.

A los pocos meses, cuando por fin me acostumbré a los juguetes de pomos de medicina, a los balances de cabilla y al agua de tinaja, el abuelo volvió a embullar a la familia para otra mudanza. El gato, el único de los obsequios que retornó, lanzó un grito escalofriante y se encaramó en el caballete de la casa.

Yo me escondí entre los gajos de la mata de aguacate, antes de ser obsequiado también al vecino, tras escuchar al abuelo decir que el camión de la mudanza era mucho más pequeño que el anterior.

Pedro Rafael Fonseca Tamayo
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