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Valió la pena

martes 6 de julio de 2021
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Sus dedos desnudos rechinan cuando se mueven. Su rigidez se clava en todo lo que toca. Trozos fláccidos de piel cuelgan de ella. Les cuesta sostenerse. Es puro hueso blanco y pálido. Un día fue hermosa, joven, amada. Hace ya tiempo que no.

La mano trepa por la cama de Cecilia. Su estructura ósea rechina mientras tira de las sábanas, las enrolla y las revuelve, hasta despertar a la muchacha. Entonces se esconde apresuradamente, caminando sobre sus propios dedos como una araña asustada: el aliento contenido y el tintineo de sus movimientos todavía marcados en el aire. Lágrimas de un sudor frío se resbalan por todos sus lados.

La bella joven se levanta y su mirada astuta examina su alrededor, pero no encuentra nada que la alarme. Se dispone a dormir otra vez. Parece despreocupada. E inocente. No ve que la mano se asoma temblorosa por un lateral del colchón y se acerca a su cuerpo. Que contempla el hoyuelo que tiene bajo la comisura de los labios. Que se estremece cuando oye su pausada respiración. Que comienza a acariciar delicadamente su rostro con las puntas de su índice y angular, deteniéndose por cada uno de sus rincones, sintiendo la superficie suave de su piel, deleitándose con el fino olor de su pelo…

La juventud de ella, su sospechosa inocencia, su sospechada ambición bajo su apariencia de ángel.

La mano de hueso se detiene. Sí. Lo sabe. Lo volvería a hacer.

La cortejaría de nuevo, le ofrecería esa alianza de diamantes que ahora descansa en la mesilla, celebraría otra vez la boda con la mayor pomposidad y honores que ella siempre se mereció.

Sí, lo sabe. Lo volvería a hacer.

Ignoraría la avanzada edad de él. La juventud de ella, su sospechosa inocencia, su sospechada ambición bajo su apariencia de ángel. Olvidaría su propio cadáver lleno de collares: ¡el del conde! Viejo y decrépito en un ataúd. El cuerpo amoratado. Las extremidades mutiladas, tiempo después. Sin joyas.

Sí. Lo admite. Lo volvería a hacer.

Si puede visitar a Cecilia cada noche; respirar su aroma, y enternecerse al mirarla; sentir, como lo está haciendo ahora, le es indiferente lo que ella haya sido capaz de hacer: valió la pena.

Lucía Oliván Santaliestra
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