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Ironías de la vida

sábado 10 de julio de 2021

El escritor mexicano Ramón Ortega (tres) publicó en 2010 el libro de cuentos Un gran salto para Gorsky, que ahora se puede descargar gratuitamente desde su web. Hoy ofrecemos a los ojos de la Tierra de Letras uno de los relatos que conforman este libro.

Venías apendejado de amor. Lo notaste. Lo notaron. Caminabas erguido y contento, siempre con la vista al frente. Nadie se hubiera dado cuenta de no ser por el tropezón con la manguera del cargador de gas. Nadie lo habría notado si te hubieras dolido; sólo te paraste y volviste a flotar.

No sospechabas ni tantito, al levantarte ese día (muy pincheadormilado), que la verías, piensas. Un nuevo día, muy tempranito, qué hueva. “Vamos a la escuela”, te motivabas. ¿Cómo lo habrías de sospechar? No la veías hace meses. Pero cómo te ganó la curiosidad por encontrarte nuevamente con ella cuando oíste su nombre.

—Voy a dejarle un mensaje a una profesora que se llama Lucía Santillo, o algo así, y después nos vamos a trabajar en esos proyectos a la cabina —dijo tu amiga.

“Un gran salto para Gorsky”, de Ramón Ortega (tres)
Un gran salto para Gorsky, de Ramón Ortega (tres) (2010). Disponible gratis en la web del autor

—Te acompaño —le dijiste sin dudarlo.

¡Qué bueno que lo hice!, piensas.

Por estar en el café, hasta llegaste tarde a tu clase de francés; media hora y eso que corriste. Llegaste agitado; contento; apendejado de amor.

—Nos vemos a las once para que me expliques bien lo del aviso —le dijo “Ella” a tu amiga. ¿Qué sentiste al escuchar su voz? Ni te volteó a ver bien. Siempre esquiva, pensaste. Pero no contigo, Orteguita.

—Hola señorita existencialista —ahora sí que giró a verte. Le sonreíste. Te sonrió. Contigo siempre había sido buena onda, piensas.

Y después del tropezón, en el cruce inmediato, casi te atropellan. Qué bueno que te esperaste; hubiera sido muy sangrienta la escenita. Ni te inmutaste, hasta le sonreíste al conductor (muypinchegritón). Sólo hubiera faltado que le pidieras perdón, Orteguita.

Saliendo de tu clase de las 7:00 (siempre temprano, siempre puntual) irías a ayudar a una amiga con una producción de radio. Las cabinas estaban ocupadas. ¡Qué bueno!, piensas y agradeces las casualidades. De no estar ocupadas todo hubiera sido distinto. No importa, estás feliz.

No te correspondió, Orteguita, pero tampoco te despreció.

—¿Tienes tiempo? Vamos a tomarnos un café —le dijiste a Ella, como si una musa te hubiera inspirado; así lo habría de ver ella.

En el café charlaron de Descartes, Fromm, Freud, Platón y quién sabe cuántos más. Interesante; apasionante como siempre. También platicaron de música. Siguió por horas la conversación. No pensabas que lo harías; no era tu intención: le soltaste, todo y confesión de amor, así de golpe. Terminaste y descansaste. No te correspondió, Orteguita, pero tampoco te despreció.

—¿Qué te parece si nos juntamos un día para escuchar música?

Ahora la inspirada por una musa era Ella.

De no ser por venir tan apendejado de amor no habrías tenido que soportar los insultos del fulanito que te iba a atropellar y habrías alcanzado a ese primer microbús que pasó. Ese día era el que más pereza te daba porque no circulaba tu coche. Subiste al siguiente micro. Te sentaste junto a la ventana. ¡Qué feliz venías!, Orteguita.

Qué apendejado de amor venías, Orteguita.

—¿Qué días puedes? —te preguntó Ella.

“Para ti todos”, pensaste.

—Miércoles, jueves y viernes en la tarde —contestaste la incómoda verdad.

Dicen que fue instantáneo, que no te dio tiempo a sufrir. Pero si no sufriste no fue por eso; fue por ir tan pinche apendejado de amor, piensas. Dicen que el conductor del micro venía drogado. Y tú que ni viste su intención de pasarse ese semáforo en rojo. Que no sobrevivió nadie. No importa, sigues feliz. Que estabas muy joven para morir. Moriste contento, pero sobre todo enamorado, piensas. Todo lo que le quedaba por delante. Y tú ni te quejas.

Saliste de francés y te ibas a casa. “Por fin a descansar” creías pensar, pero en realidad pensabas en Ella. Ibas embobado, lo único que te llamó la atención y, por breves segundos, fue el camión surtiendo gas a Samborns, pero volviste a pensar en Ella y flotar ligerito hasta tropezar.

Qué apendejado de amor venías, Orteguita.

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