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Chaparrón, ese otro mundo que era la lluvia

martes 13 de julio de 2021
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La edad de mi rostro no es mi edad. No me reconozco en esta piel agrietada, en esta cara y estas manos manchadas por los años y el sol, pensaba Luis mientras miraba un carrito de madera expuesto a la venta del público. Recorría una calle comercial cercana a su domicilio. El carrito le trajo recuerdos que creía ya desaparecidos. Mi verdadera edad corre en una bicicleta detrás de una infancia radiante de sol y olorosa a charcos de agua, escribió luego en su casa, en su diario de notas y vivencias. Recordó que en aquellos años llovía con frecuencia. Desafiar la autoridad materna y meternos bajo el chaparrón —escribió— nos resarcía de las pesadillas con el diablo, los pecados veniales y las tareas de la escuela. Ahora sé que la lluvia era nuestro paraíso, nuestra particular opción de felicidad. Apenas comenzaba a llover, pasados ya los truenos, mi hermano Ángel y yo salíamos al patio para que nos cayera el aguacero. Era como si el mundo, con tantos truenos, anunciara su fin para recomenzar con aquel chaparrón algo totalmente nuevo y pleno de felicidad. Otra vez habría pájaros y mariposas entre árboles húmedos, rebosantes de vida y alegría: todo era como debió ser al principio, pensaba, como recién creado por Dios. Nos contentaba saber que no era verdad que se iba a acabar para siempre la vida, que aquello de un gran ruido anunciando el fin del mundo era una triste mentira de algunos hermanos mayores que se divertían viéndonos sufrir.

La lluvia era ese otro lado virginal y glorioso de la vida, exento de culpas y obligaciones, en el que sólo importaba el contacto con aquel ímpetu del agua desatada que nos hacía sentir únicos y primordiales.

En cuanto comenzaba la lluvia mamá entraba en guardia como un policía que cuida un tesoro. Ángel y yo le rogábamos que por favor al menos nos dejara meternos debajo del gran chorrerón que caía del techo en el corredor externo; de allí, burlando toda vigilancia, podíamos saltar como unas ranas a otros lugares, en los que el agua caía directamente del cielo. Ángel a veces no era tan ángel y se ponía perverso tapando las salidas de agua con piedras y tablas que encontraba en los alrededores, quizás para crear una sensación de diluvio universal. Al darse cuenta mamá de que excedíamos todas las normas, nos exigía que entráramos de nuevo a la casa, que cómo era eso, que nos exponíamos a un resfriado o una pulmonía, que ella no iba a correr con nosotros al médico y nos iba a acusar con papá si no hacíamos caso, pero las amenazas de mamá parecían resbalar con la lluvia, tan poderosa como un goce primitivo y esencial.

Meternos en la lluvia era una forma de atrevernos a ser nosotros mismos, a transgredir las reglas y el poder supremo de mamá. Era como entregarnos a la creación del mundo, a su origen, a una intemperie primigenia que nos curaba el alma. Nos sentíamos por fin a nuestras anchas, percibiendo el agua desbordada en nuestros cuerpos, después de tanta escuela, tantas tareas para el hogar y tantos llamados al orden y la disciplina, porque carajo, decía la maestra, estos muchachos no hacen caso. En la lluvia éramos nosotros y Dios, su fuerza benéfica que nos transportaba al misterio del génesis, ese que, decía el cura en la clase de religión, había comenzado con Adán y Eva en el propio edén. Ahora ese misterio lo vivíamos Ángel y yo, desnudos, como mamá nos había traído al mundo. Suponíamos que estábamos en el propio paraíso y que podíamos ser descendientes o familia de esa pareja bíblica. Como no teníamos árboles de manzanas en la casa, no existía ahora el peligro del pecado; además, los dos éramos varones.

La lluvia era ese otro lado virginal y glorioso de la vida, exento de culpas y obligaciones, en el que sólo importaba el contacto con aquel ímpetu del agua desatada que nos hacía sentir únicos y primordiales. Ahora sabíamos que existía la belleza y que la vida era una fuerza regeneradora, que nos otorgaba nuevos impulsos, una gran energía. El chaparrón era la manifestación bondadosa de un Dios que felizmente, pensábamos, no tenía nada que ver con pecados ni sacrificios. Pasábamos de pronto a vivir el propio reino de Dios en la tierra y nos olvidábamos de Jesucristo crucificado, de arrepentimientos o misericordia o del perdón por los pecados cometidos. Por eso ahora por fin no teníamos miedo y esa noche, estábamos seguros, decía Ángel, no tendríamos pesadillas en las que se nos apareciera el diablo. Tampoco el chaparrón tenía que ver con bañarse en aquel espacio cerrado de la casa en el que había que echarse jabón y no teníamos la libertad de poder correr o de saltar de un lugar a otro o de ver el cielo o la carretera que pasaba frente a la casa y conducía al gran lago en el que iba a parar toda esa agua enviada por Dios.

La lluvia era lo que rompía con nuestra rutina de tareas, de niños buenos y obedientes, que tienen que cepillarse los dientes, decía mamá, tres veces al día. Apenas escuchábamos los truenos sabíamos que se abriría una especie de boquete por el que Ángel y yo tendríamos la posibilidad de entrar y escapar a un nuevo tiempo, a ese acontecimiento que era la recreación de la vida y que no tenía nada que ver con la férrea disciplina de estar despiertos muy temprano para ir a la escuela. Más tarde, ya para irnos a dormir, Ángel me diría que ahora sí creía en la magia porque estar bajo el chaparrón era mejor que andar en el velocípedo o que los juegos de metra o que cazar taritas; es como todas esas cosas a la vez y más, me quiso decir. De lo que sí estábamos seguros es de que la inmersión en aquel mundo mágico de la lluvia nos trasladaba a otro espacio en el que no existía ni la regañona maestra ni la mano del obispo para besar su anillo, y nos hacía olvidar por supuesto la corneta de la vieja camioneta Volkswagen que a las siete de la mañana, aún con el sueño en los ojos, nos llevaba a aquel recinto de presidiarios que semejaba ser para nosotros el viejo colegio de los curas y de la maestra Carajo, que así la llamábamos porque siempre decía ¡silencio!, carajo, estos niños.

Mamá finalmente se volvió más permisiva pues entendió que después de los truenos, con el chaparrón cayendo sobre nuestros cuerpos, nosotros éramos felices.

Ya desde la fila para entrar al salón se nos imponía un orden que nos rehusábamos a aceptar, porque cómo era eso que había que separar a las niñas de los varones y había que guardarse la merienda y los secretos sólo para el recreo. El director del colegio, que era un cura español barrigón y siempre serio, solía en alguna ocasión, si escuchaba ruidos, acercarse al aula para imponer su regordeta figura aureolada por la blanca sotana y recordarnos la disciplina porque pronto, decía, tendremos la visita del señor obispo. Ese día sabíamos que tendríamos misa y confesión. Secretamente Ángel me dijo ya en el transporte camino a casa que cazar ranas, taritas y pajaritos no era pecado. Entendí que para él esos animales formaban parte del mundo mágico de la lluvia y el chaparrón. De ese modo me informaba que el día de la visita del obispo se iba a hacer el enfermo para no ir a clase. Vivir era para Ángel más que obedecer, ir al colegio o besar la mano del obispo.

 

En la escuela a veces cuando llovía sabíamos Ángel y yo que por allí venía el chaparrón, pero sólo podíamos captar su fugaz furia por el sonido de los truenos o por el agua que caía en el techo. Imposible atentar contra la autoridad de aquella maestra, para levantarnos y poder contemplarlo desde la ventana como si se tratara de la aparición de un verdadero ángel. No había permisos para prestar un lápiz al compañero más cercano, ni para ir a orinar. Con nostalgia sabíamos que desde el chaparrón todo era distinto al hagan filas, copien lo que está en la pizarra, ¡compórtense! Frente a tanta opresión, Ángel y yo teníamos la certeza de que el chorrerón de la casa era nuestro exclusivo salvoconducto a la libertad. Mamá finalmente se volvió más permisiva pues entendió que después de los truenos, con el chaparrón cayendo sobre nuestros cuerpos, nosotros éramos felices. Si alguna vez nos resfriamos simplemente nos llevó al médico, pero nunca le dijo a papá que era a causa del chorrerón. Jamás nos lo dijo, pero quizás mamá cuando fue niña tuvo también una vida silvestre correteando en la hacienda en que se crio. Sin embargo, la felicidad no dura tanto y un día sin darnos cuenta el chaparrón se acabó, porque a medida que crecimos ya nos dio pena a Ángel y a mi mostrar a los demás nuestras frágiles y desnudas anatomías y, sobre todo, nuestras genitales vergüenzas.

Después de consignar estos recuerdos, Luis supo que su infancia había sobrevivido felizmente a tantas mudanzas y vicisitudes de su infancia y volvió tranquilo a sus tareas habituales: preparar la clase de teatro, dejar el auto en el taller y hacia la tarde, si no llovía, llevar a sus dos hijos al parque.

Douglas Bohórquez
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