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La ecuación de Puerto Encontrado

martes 24 de agosto de 2021
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Iba a revisar uno por uno los pasos del algoritmo, cuando Alfonso entró y lo vio apartando las cosas que tenía sobre el buró para poder pegar bien la cabeza al monitor. Los papeles, dejados a su suerte en un rincón de la mesa y repletos de fórmulas que se estiraban hasta la otra cara de la hoja, chocaban unos con otros, formando un bulto que amenazaba con extenderse hacia los escritorios vecinos, meticulosamente organizados. Alrededor de la silla y en las gavetas se empezaba a amontonar la ceniza del cigarro, porque el único cenicero que tenían se lo habían prestado a alguien de recursos humanos. Sin embargo, casi no se notaba el olor que se queda en los lugares donde se fuma, pues las cajas de libros del rincón del fondo desprendían un tufo que se metía en el aire recirculado del laboratorio de cómputo de alto rendimiento para darle al local una peste a guardado que prevalecía. Después de echarle una mirada de compasión a todo aquello, Alfonso cogió una silla y la arrastró hasta donde estaba su amigo.

—Vas a perder un pulmón, o los dos —dijo el recién llegado, que llevaba haciéndole la misma broma desde que se conocieron en el laboratorio cinco años atrás.

—No jodas. Estos cigarros son de mentirita, son suaves —balbució Nelson, sin despegarse del monitor.

Ahora sí te vas a hacer doctor. Pásame el trabajo para que le den el visto bueno Gutiérrez y Carmen.

—Mira, suave, ve a almorzar que están al cerrar el comedor. No te cojas todo el trabajo para un día que un doctorado lleva su tiempo, y esa ecuacioncita… —se detuvo ante el gesto de Nelson, quien prefirió constatar lo leído en la pantalla con uno de los papeles del bulto, antes de decirle:

—Esta es la décima vez que me leo el código este de punta a cabo, y si la matemática no falla y yo no estoy equivocado, aquí está la dichosa ecuación para el doctorado.

—Aguanta: ¿la ecuación en derivadas parciales? —Alfonso encontró la respuesta en el alivio de Nelson, que parecía haber recogido en la cara el cansancio de toda la semana—. ¡Coño, mi hermano, felicidades! Ahora sí te vas a hacer doctor. Pásame el trabajo para que le den el visto bueno Gutiérrez y Carmen. Al final vas a simular por computadora el pueblo ese de tu mujer, ¿no?

—Sí, Puerto Encontrado. Yo viví ahí, y los suegros también son de allá, por lo que me es familiar. Además, están los dos años que me dediqué a investigar esa región, el clima y su población.

—¿Incorporaste las variables relacionadas con el índice de desarrollo humano?

—Lo hice justo esta mañana, pero introduje otras cien, entre ellas —Nelson buscó la lista de las variables de la ecuación— altura, color de piel, peso corporal, clima, geografía de la región, fenómenos naturales como terremotos y ciclones, telecomunicaciones y, escucha esto, otras del ámbito social como la comunicación entre las personas, las actitudes políticas y la religiosidad. Así que, Alfonso, sólo hay que elegir una o varias variables, modificarlas según lo que se quiera conocer, ponerlas en la ecuación y buscar la solución para saber cuál es el comportamiento más probable de la gente del pueblo de mi mujer, como tú dices.

—¿Y la religiosidad para qué, Nelson?

—Bueno, mi hermano: ¿tú no tienes tus creencias? Así mismo las tiene todo el mundo. Eso forma parte de la vida, por lo tanto, va dentro de la ecuación también.

—Está bien. La defensa es permitida, pero ahora, religioso, arranca para el comedor antes de que te lo cierren.

Ansioso por ver si funcionaba la ecuación, Nelson decidió ponerla a prueba ese mismo día antes de irse del trabajo. Para ello, modificó las variables de la siguiente manera: introdujo dos ciclones, le puso una altura de dos metros y medio a la gente del pueblo, cortó las telecomunicaciones, y cambió la geografía del lugar, aumentando el ancho del río. Las buenas nuevas no se hicieron esperar, pues, en la solución, los resultados fueron los previstos en cuanto a las reacciones que pueden tener las personas ante tales cambios repentinos e inexplicables. Con una verdadera paz interior y seguro de la validez de la ecuación, abandonó el laboratorio.

Cuando llegó a su casa todavía no había oscurecido. Arrinconó la bicicleta detrás del sofá, dejó sobre la mesita del teléfono el maletín del trabajo, que debía aguantarse por una esquina porque tenía el asa rota, y se tiró en la butaca para sacarse los mocasines, cada uno con el pie contrario, pues la semana que había tenido no le dejó fuerzas ni para doblar la espalda. Ya el cuerpo estaba sintiendo el esfuerzo de los últimos meses de investigación, en los que se podían contar las noches que no había pasado desvelado y las tardes en que salió temprano del laboratorio. Incluso, aquel día parecía haber adelgazado, como si encontrar la dichosa ecuación le hubiera costado diez libras de su propio peso corporal. En la tranquilidad de la sala, le empezaron a sonar las tripas y recordó que, a duras penas y por el apuro de llegar temprano, lo único que se había tragado en todo el día había sido medio pan con mayonesa en el desayuno; por eso, el aroma inconfundible del pescado frito le llegó para calmarle el alma. Su alivio fue aún mayor al encontrarse el mantel puesto sobre la mesa del comedor, como para avisarle que iban a servir pronto el pescado que tenía clavado en el deseo, acompañado de arroz blanco, frijoles colorados y los tostones que seguramente Patricia estaba cocinando. Los jueves, su esposa terminaba temprano las labores culinarias para ponerse a ver la novela de las diez, que después de seis meses de melodrama al fin se estaba empezando a poner buena en los capítulos finales, como suele suceder con las teleseries brasileñas.

Hoy se me alumbró el camino y di con la ecuación que estaba buscando. ¿Tú sabes el peso que me he quitado de encima?

—No te me vayas a quitar los zapatos esos en la sala, que esta casa está muy limpia para que tú llegues regando. No, si cuando yo lo digo, te sentí venir —gritó Patricia desde la cocina—. Mijito, no hay un jueves que llegues temprano, pero no te preocupes, mi amor, yo sé que estás puesto con lo del doctorado.

Nelson se anticipó al verla salir:

—Yo recojo los zapatos ahora, Patricia, pero espérate un segundo que estoy molido.

Patricia se puso las manos en la cintura y soltó un suspiro largo, como para darle a entender que no tenía remedio. A pesar de que ella era más joven, Nelson siempre le decía que parecía su mamá de tanto que lo regañaba.

—¿Cómo te fue hoy?                                   

—Patri, hoy se me alumbró el camino y di con la ecuación que estaba buscando. ¿Tú sabes el peso que me he quitado de encima? Ando más ligero que un alfiler.

—¡Al fin, virgen santa! –dijo Patricia, levantando las manos al cielo—. ¿Qué región escogiste para el modelo? ¿El pueblo de mami y papi?

—El mismo, Puerto Encontrado. Es lo que más adelantado tenía, así que aposté por él. Un homenaje a mis suegritos —sonrió Nelson, esperando algún regaño de Patricia por la ironía de la dedicatoria.

—Bueno, mi amor, te trataron muy bien cuando los visitamos el año pasado, aunque tú no soportes la convivencia con ellos.

—No digas eso, chica. Cualquiera que te oye piensa que yo no los quiero, y no es así. Aparte, ese viaje fue muy provechoso para mí porque recopilé datos que me permitieron el desarrollo del proyecto.

—Deja ver si ahora que diste con la ecuación descansas un poco, que mira lo flaco que estás.

—¡Qué descanso, Patricia! Acabo de empezar a cambiar las variables, y son más de cien.

—¡Mijo, pero coge un respiro! Con razón pareces un estropajo con pelo. ¡Qué va! Yo voy a tener que hablar con Gutiérrez o con Alfonso para que te den vacaciones porque te me vas a matar trabajando para que al final el salario no dé ni para pagar la corriente.

Después de servida la mesa y que la comida devolviera a Nelson al mundo de los vivos, éste dejó a Patricia metida en su novela y cayó en la cama como una piedra.

Al otro día en el laboratorio, continuó analizando la ecuación para ir escribiendo los resultados obtenidos y no atrasarse en la parte escrita de la tesis doctoral. En una ocasión, Alfonso le dio la idea de hacer cambios más atrevidos en las variables o sacarlas del contexto conocido, ya que no tendría mucho sentido desaprovechar la oportunidad que brindaba aquel modelo matemático en fenómenos cuyos resultados podían ser inferidos. Sin embargo, sometiendo la ecuación a eventos naturales que rayaran lo imposible, se obtendrían respuestas que de otra forma nunca se iban a conocer. Fue así que Nelson, motivado por la sugerencia y no del todo convencido de la seriedad de aquello porque para Alfonso todo era un juego, provocó que la noche del pueblo durara tres días, puso dos lunas en el cielo, bajó la temperatura de Puerto Encontrado a menos diez grados en pleno verano y, ante la insistencia de su compañero, le cambió el color de piel a las habitantes a un tono verde oscuro. A pesar de que las reacciones de las personas ante esos acontecimientos paranormales provocaron la risa de los amigos, los resultados generales de incredulidad, pánico en la población y mudanzas hacia otros lugares, fueron similares a los recogidos el día anterior. Un rato después, sin darle importancia a esto último, dejó que las cosas relevantes lo ocuparan y se hundió en la investigación hasta la hora de salida. Solamente le quedaban por modificar la esperanza de vida, la mortalidad infantil y el número de decesos, pero prefirió posponerlo para el lunes, y así, de paso, refrescaba la mente el fin de semana.

El sábado entero se lo dedicó a Patricia, y el domingo se dio el lujo de levantarse a las 9:00 am, actitud más que destacable en un animal con tantas manías como él, que se le adelantaba hasta al despertador. Se desprendió de la cama con el sabor agridulce de quien es alérgico a dormir la mañana y, antes de que pudiera meterse en el baño a hacer los impostergables rituales matutinos, Patricia, desconcertada, lo arrastró hasta el televisor de la sala, donde estaban pasando un reportaje de Puerto Encontrado:

Ya nosotros nos acostumbramos al verde y a tener la altura de una vara de tumbar gatos, así que tranquilízate.

“En horas de la mañana, nuestro equipo llegó a las inmediaciones de Puerto Encontrado en donde, según el testimonio de algunos vecinos, no sale el sol desde el viernes. Varios grupos interdisciplinarios que han sido enviados con urgencia por las autoridades del país están tratando de arrojar luz sobre todas estas, pudiéramos decir, anomalías que se han estado sucediendo. Hace apenas unos minutos, el doctor Alberto Palacios, director del instituto de meteorología, explicó a este noticiero que hay un gran desconcierto entre los meteorólogos en cuanto a la formación de los dos ciclones que pasaron por el pueblo pero afirmó que, aunque extraño, no se descarta la posibilidad de que se hayan formado en tiempo récord. Asimismo, enfatizó que aún no tienen respuestas para el repentino cambio de temperatura en la región, donde en plena zona tropical los termómetros están marcando -10 grados Celsius. Por otro lado, pudimos saber que autoridades de Recursos Hidráulicos evalúan alteraciones en las redes acuíferas debido al aumento del ancho del río que atraviesa la localidad. En cuanto a los habitantes, están con miedo a salir de sus casas. Supimos que un grupo importante de ellos abandonó el pueblo alegando que está maldito, y el pánico se está extendiendo a las localidades vecinas. En general hay una gran preocupación en el país por las cosas inexplicables que han estado sucediendo aquí desde el jueves pasado. Sin embargo, lo que más llama la atención, y tiene sin palabras a la comunidad científica internacional, es lo que parece ser la presencia de otro satélite natural situado al lado de la luna y que por alguna razón no puede ser visto desde ninguna otra parte del país. Sin más que decir por el momento, te devuelvo la seña”.

Antes de que se pudieran sacudir el espanto, tocaron a la puerta y Patricia, con los ojos más abiertos que un policía en tiempo de carnavales, fue a abrirla. Sus padres, que habían crecido hasta la descomunal altura de ocho pies y en cuyo pellejo se advertía el verde oscuro que predomina en algunas lagartijas, entraron con todos los bultos de la gente que viene para quedarse. A Patricia se le escapó un grito al verlos, pero la madre, esperando aquella reacción, le dijo:

—¡Bueno, mija, saluda a tus padres! Sí, sé lo que me vas a decir pero ya nosotros nos acostumbramos al verde y a tener la altura de una vara de tumbar gatos, así que tranquilízate que en dos o tres días se te va a pasar el susto. ¿Dónde vamos a poner el canapé de tu padre? Sí, porque yo duermo contigo pero él no cabe en el sofá, como puedes ver.

—¿Mamá, pero qué fue lo que pasó?

—Nada, que Puerto Encontrado se volvió loco y nosotros no viramos más para allá. Nelson, mijo, cierra la boca y ayuda a tu suegro con las maletas que desgraciadamente no tienen patas.

Pasado un rato, después del alboroto inicial y una vez acomodados, la suegra se interesó por la vida de la joven pareja y, como quien pregunta por preguntar, le dijo al yerno:

—¿Mijo, por fin encontraste el tema de investigación del dichoso doctorado?

Nelson, pálido y como con un temblor en el cuerpo, tragó saliva y le contestó:

—Bueno, suegrita, eso pensaba yo, pero me acabo de dar cuenta de que lo mejor va a ser que escoja otro.

Daryl Ortega González
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