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La visita

domingo 5 de septiembre de 2021
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Media tarde de verano. Short, chancletas de goma, ventilador. Tún tún, quién es. Juanito que vivía en el piso de más abajo hace veinte años. Marina que estaba en la cocina abre la puerta. Ya está en el comedor el bienvenido porque la sala es muy chica, está amueblada pero es sólo para cuando vienen desconocidos y los que cobran la corriente, el comité y la junta de vecinos.

—¡Hooola!, qué tal, qué alegría, pero cómo, mira el viejo Mario con barriga, pero, oye, yo no creo que te vayas a poner una camisa para recibirme ¡a mí! ¡Pero mira tú, y se la puso!

Juanito pasó de la sala al comedor y ya está plantado en la cocina del apartamento de micro, lo que quiere decir que si no lo paran va a salir al patiecito y a lo mejor se nos cae por la baranda trasera el muchacho, sobre los garajes que ha ido construyendo la gente para proteger los carros de los ladrones y de paso guardar lo que no cabe en la casa o no hace falta tener a la vista, y de paso tener ahí el taller de carpintería, de mecánica, de pintura de carros, la cría del puerco, las dos chivas, los doce conejos y contando, que las palomas no, las palomas van para la azotea.

—Pasa, Juanito, siéntate, cómo estás —Juanito no se ha caído del patiecito abajo, claro, porque con cuarentidós años tendría que ser bien comemierda para eso.

Esa es la pregunta que todo visitante imprevisto está esperando para consolidar su posición en la casa.

—Ahí, ¡años sin vernos! —se sienta echándose atrás en el sofá esponjoso, cruza la pierna con mucha elegancia, dejando ver modestamente sus zapatos de punterita cuadrada en color combinación con el pantalón y la camisa, las gafitas de sol coquetamente recostadas sobre el pelo—. ¡Usté está igualita!

—¿Y tú en qué andas, Juanito?

Mire, si usted quiere no lo crea, pero esa es la pregunta que todo visitante imprevisto está esperando para consolidar su posición en la casa, tomar conquista de su apartamento y de su tiempo, como si hubiera llegado a la cuarta planta donde usted vive escalando una de las agujas del Mont Blanc, barrido por los vientos feroces de aquellos helados pasadizos, a punto de caer en picada los cuatro mil metros. Juanito detiene en el aire la tacita de café, levanta los ojos ungidos y canta:

—Bueno, hace unos años me embarcaron en el cargo de director jurídico de la rama comercial a nivel nacional…

—¡Ah, verdad, tú eres abogado! —esa es Marina, recordando al chiquillo formalito, siempre cumpliendo sus tareas en la cuadra. Mario, que un minuto antes estaba leyendo el periódico donde le cuentan que tiene una deuda de treinta y cinco mil millones de dólares con Rusia, no ha tenido tiempo de regresar mentalmente de abril de 1992, madrugada, una mochila y cien pesos para ir a buscar unas libras de arroz a Los Palacios, Pinar del Río. La palabra “abogado” es lo único que retiene.

—Sí, pero ustedes saben cómo es eso, los compromisos que le caen a uno. Te pasas el mes viajando a provincias, con lo que a mí eso me revienta, y encima tener que andar con el chofer colgado de uno para cualquier parte que te mueves, sin privacidad ni siquiera para visitar a la gente que uno quiere…

Mario baja la vista y en un ejercicio de introspección sexagenaria deja vagar su memoria con el vuelo de las tórtolas que allá afuera hacen una especie de gruñido raro cuando van a posarse y nunca se ha explicado por qué, es como si el ave, al llegar al pretil de la azotea, a una cornisa o al poste de la luz, emitiera un aviso a una torre de control de que va a tomar tierra, o darle a conocer a todas las tórtolas de la comarca que el decímetro cuadrado de cemento donde posa sus patitas de pájaro intruso ahora le pertenecen, no por las tórtolas en sí, sino por los gorriones, que son unos tipos insufribles y metidos. Mario baja la vista desde los celajes, en suma, y la posa sin dar el consabido gruñido sobre el abogado que resulta que los quiere. Eso de que un abogado lo quiere le resulta al viejo Mario, que sabe bien que va a morir solo, tan acre como la naranja agria que se muerde sin estar hecha, y huele a claria muerta, pez que aún vivo ya hiede.

—¿Saben lo que pasa? —en tono confesional, está diciendo Juanito—, es que hoy mi jefe, el ministro, cumple cincuenta años y se le ocurrió celebrarlo con dos o tres de sus íntimos colaboradores, y fuimos aquí al lado al Peñascal, que es un restaurante más o menos de buen servicio.

—Bueno, Juan, lo de buen servicio no sabría decirte, pero el Peñascal queda a tres kilómetros, no aquí al lado, ¡acabaste con la gasolina hoy!

Mario, con la vista baja, porque está todavía de pie, recostado al espaldar de una silla, escuchando un abogado sentado en su sofá de ver televisión y dice que los quiere, pero eso no quita que muy educado pueda responder, siquiera por rutina, que documenta y registra, luego de una concienzuda verificación cartográfica, cada trayecto que pedalea en su bicicleta.

—¡Gasolina! Eso es el jefe, que sacó un poquito de su propia reserva para que uno pudiera acompañarle… ¡Pero tan cerca yo no podía dejar de venir a saludarlos!

Juancito salió del barrio a los veinte, nunca pisó la sala de la casa ni conversó más que cuatro palabras con los mayores que aún viven en ella, pero está tan emocionado que el mismo Mario está por conmoverse, si no fuera porque hay 34 grados a la sombra y le podría subir la presión. En eso entra el muchacho de la casa, va a coger la guitarra y Juanillo se pierde la oportunidad de comprobar si es tan educado como todos los abuelos creen o es de ese tipo de adolescentes que entran pisoteando las baldosas con un par de tenis del 44, le espetan un “qué volá puro” al mismo Gabriel García Márquez si se lo ponen a tiro y no creen en títulos de oro:

—¡Pero mira qué tamaño ha cogido! —es verdad, es alto el muchacho, como mata de maíz yéndose en vicio—. ¡¿Y tocas guitarra!?

—…

Y el del instrumento vuelve a desaparecer con críptica sonrisa.

La palabra proyecto, como usted sin dudas sabe, tiene una dinámica connotación en la sinergia social del cubano actual.

—No, pero tú no te ocupes, yo paso todos los días por delante de la academia La Séptima Cuerda, que la dirige una sobrina política de mi mujer que es hija de una bailarina, tú sabes, la que viene después de la Prima Ballerina Assoluta, ¡eeeh!, bueno, que yo hablo allí y ya tienes resuelto que te den unas clases…

Promete el abogado de los pobres como si el intérprete se hubiera quedado de pie en el comedor, educadamente participando en la conversación.

—Es que él estudia en la Ulianov, está becado… —Marina logra decir, brillándole los ojos.

—¡Ah, claro! ¡Entonces el fin de semana! —¿para qué va Marina a decir que el nieto ya no vive en la casa, que viene cada fin de semana haciéndole la corte o como ahora se diga a cierta Dianelys, Juliet o Madeleisy como ahora se llaman?—. Voy a ayudarle, así aprende y quién sabe.

—Ellos tienen un proyecto musical en la escuela… —la palabra proyecto, como usted sin dudas sabe, tiene una dinámica connotación en la sinergia social del cubano actual. Usted, que vive en el lado de afuera del Trópico de Cáncer, seguramente se imagina un mamotreto de quinientas páginas, resumen, introducción, desarrollo, hasta los anexos y bibliografía. O amplias hojas de papel alba todas dibujadas de líneas rectas paralelas e indicaciones de movimientos de tierra, muros, resistencias de hormigón y eso. Un proyecto, en buen cubano, es una idea que logra convencer a un inversionista extranjero y con eso se logra resolver un jeep para el departamento y los fines de semana, gasolina, tres computadoras, material de oficina… un viajecito, ¡o dos!, a la sede del saber, que difuminan por este mundo subdesarrollado.

—¿Un proyecto? —Marina ataca al vencido.

—Sí, Juanito, ellos tocan sus instrumentos, aprenden entre ellos y se presentan en las actividades…

—Ah, en los matutinos… —Juanito tiene una idea, más o menos, de lo que es estar becado.

—En los matutinos, en el teatro de la central única sindical, en el de Primera y Ocho… —no meterse con las abuelas, ¡qué va!.

Mario recuerda de pronto que ha dejado en la segunda página el libro de Víctor Fowler, Rupturas y homenajes, y siente un incontrolable deseo de ponerse al día en lo que respecta al placer como conquista. Ya hablará con Marina de ese tema. Deja a Juanito contando cómo su mamá está al jubilarse dejando el cargo de económica del Peñascal y está remodelando la casa, terminando dos habitaciones con baño y un comedorcito intercalado en la segunda planta, para alquilarlo, tú sabes cómo es eso.

Pasó del corazón la cruel tormenta… Lee, paciente, los endecasílabos de Tanco y ataca ahora el metódico razonamiento del ensayista.

—¡Mario, me fui! —escucha en la distancia de las tórtolas, sin desprenderse del renglón “…el enfrentamiento de dos series temporales que corresponden ambas a estadios de lo erótico…”. No, la verdad es que no sabe cómo es eso.

Ismael León Almeida
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