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Las abandonadas

martes 7 de septiembre de 2021
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Gonzaga puso un chocolate encima de mi teclado y se siguió de largo. Al llegar a su escritorio, volteó a verme y se puso la mano junto al rostro, simulando un teléfono. Miré la envoltura: tenía apuntados un nombre y un número. Doctor Felisberto. Le pregunté, con un movimiento de cabeza, de qué se trataba, pero se limitó a repetir el gesto. No quise saber más, apenas había dormido y averiguar qué se trae entre manos Gonzaga puede tardar. Su comportamiento suele ser casi tan enredado como sus reportes. Además, me esperaba todo el trabajo que se me acumuló durante mi semana de ausencia.

Pasé las primeras horas del día tomando café tras café y parándome cada diez minutos al baño para mojarme la cara. No tenía hambre, pero necesitaba comer algo para despertar. Cuando salí a almorzar, Gonzaga tomó un folder, se puso de pie, subió al elevador conmigo y presionó el botón de planta baja. Yo te lo recomiendo, dijo sin voltear a verme (como en las películas de espías), y agregó, antes de salir, que él era capaz de reconocer cuando alguien lo necesitaba. No le presté demasiada atención. La última vez que cruzamos más de dos palabras ocurrió en la fiesta de Navidad de la oficina, dos años atrás; fuimos los últimos en irse. Ya no recuerdo muy bien lo que hablamos, pero sí sé que fue algo muy parecido a hablar entre viejos amigos. O sólo una cosa de ebrios, algo de una sola vez. Jamás lo comentamos de nuevo.

Ya en la fonda, me senté en la mesa junto a la entrada, de espaldas a la calle. Después de limpiar el mantel y ponerme servilletas, Dolores me preguntó cómo seguía mi mamá. Su nombre real es Mayra, pero yo la llamo así porque es idéntica a Dolores del Río en El fugitivo. Es quien siempre me atiende. Le dije que bien, aunque las pastillas no le estaban haciendo efecto, ya no digamos los tés que nos habían recomendado. Lo malo es que tampoco me dejaba dormir: todas las noches, sin excepción, se paseaba en su recámara, arrastrando los pies y murmurando algo que a mí me llegaba distorsionado, apenas, escandaloso por discreto: como si alguien te susurrara en el oído. Parecía como si no se hubiera enterado de que papá ya no estaba y que no era necesario seguir despierta toda la noche para cuidarlo. Después de anotar mi orden, me dio el pésame nuevamente y dijo que me pasaría el nombre de una hierba para ayudar a dormir.

Cuando llegué a la casa, mi mamá estaba en la sala comiendo chocolates y ordenando fotos; la pantalla de la televisión en negro profundo.

Sólo a ella le había contado lo que estaba pasando, a nadie más, mucho menos en la oficina. Me pregunté si Gonzaga se refería al duelo por la muerte de mi papá con eso de “reconocer cuando alguien lo necesitaba”. En caso de ser así, ¿quién se lo había dicho? ¿Dolores? Imposible, no. Me sentí mal por desconfiar de ella. Además, Gonzaga casi nunca almorzaba ahí y Dolores se refería a él como “ese raro del saco de pana”; imposible que cruzaran más de dos palabras y que ella le revelara algo que, si bien no califiqué como secreto, se podía entender así. Mientras colocaba los platos en la mesa, me preguntó si quería que le subieran a la película: sabe que me gusta ver la tele mientras como. Estaban pasando Esquina bajan, pero sin volumen. Creo que siempre tienen puesto el canal 9 por mí. Le expliqué que ya la había visto muchas veces: era de las favoritas de mi papá, le recordaba a sus días de estudiante en la facultad de ingeniería. No me dijo nada, pero con una ligerísima mirada comprendí su sincero entendimiento, su discreto gesto de solidaridad. Fue como ver a Dolores misma en Joanna, la muñequita millonaria: diciendo sin decir.

Evité a Gonzaga el resto del día, pero sentí su mirada todo el tiempo. Aproveché una de sus innumerables salidas a la terraza de fumadores para escabullirme sin que me preguntara algo más. Ya en el metro, logré agarrar un asiento. Ni siquiera sentí cuando cerré los ojos, pero desperté en Revolución, en el sentido contrario; mi cuerpo aprovechaba la mínima comodidad para reponer el sueño. Dejé pasar dos estaciones para bajarme y tomar un taxi. Cuando llegué a la casa, mi mamá estaba en la sala comiendo chocolates y ordenando fotos; la pantalla de la televisión en negro profundo. Aún no me acostumbraba al silencio de la casa. Recordé el regalo de Gonzaga. ¿Qué creía? No pude ni imaginar lo que estaba pasando por su cabeza ni de qué se trataban aquel nombre y número. Quizá Gonzaga era de esa gente que, cuando por fin encuentran un doctor que puede curar sus padecimientos, o por lo menos darles un placebo, se vuelven fanáticos y reclutan a más personas para su secta. Quizá hasta se llevaba una comisión por cada incauto atrapado; viniendo de él, no me sorprendería.

Mamá me dijo que en la cocina había sopa y mole de olla. Le contesté que no tenía hambre y, aunque la vi desilusionarse, no me dijo nada. Tampoco me contestó cuando le sugerí que viéramos algo en la tele. Me arrepentí casi al instante: sentí que traicionaba a mi papá, como quitarle la pausa a una película antes de que él volviera del baño o de contestar una llamada. No dijimos más. Como de costumbre, subió a su habitación a las diez en punto. En la sala quedó un montón de fotos. La de hasta arriba era una de papá cargándome mientras mamá lo miraba con embeleso. Yo tendría, quizá, dos años. Comencé a escuchar sus pasos ir y venir, como un péndulo en un enorme reloj de tres habitaciones y dos baños. Prendí la tele con el volumen muy bajo: estaban pasando Las abandonadas en el nueve. Me pregunté si Mayra también tenía un hijo y un hombre que la había dejado sola a su suerte en la ciudad. Sin darme cuenta, me quedé dormido. No soñé nada. Tampoco descansé.

Al día siguiente, llegué temprano a trabajar, aún no había nadie. Me pregunté si Gonzaga sospechaba algo de lo de mi papá, si reconocía esos gestos porque ya los había experimentado. ¿De eso me habló en aquella fiesta de fin de año? No recordaba. Aunque tampoco era un misterio que algo me estaba pasando: había faltado una semana completa, me estaban saliendo ojeras y apenas podía mantenerme despierto en la oficina. Miré el chocolate: no parecía tener nada extraño, aunque tampoco era el tipo de publicidad que yo usaría. Decidí comérmelo, no estaba mal: era de almendras. Al aplastar la envoltura para tirarla, recordé la historia que mamá contaba siempre, de cómo se conocieron ella y mi papá: comenzaron a hablar en un festival de cine a donde la invitaron para hablar de la trayectoria de su madre, que trabajó toda su vida en el departamento de sonido de los estudios Churubusco. Mi papá la abordó al salir: le había interesado el asunto completo, sobre todo la anécdota de cómo doña Miriam, mi abuela, una vez usó la envoltura de un chocolate para recrear el sonido del fuego, no recuerdo para qué película. Se fueron a tomar un café y hablaron de películas durante horas.

Llamé al número de la envoltura antes de que llegaran los demás. Contestó una mujer, me dijo que el doctor Felisberto no estaba, pero que ella podía agendar una cita. Bueno, por lo menos parecía ser un doctor de verdad. Pero, ¿una cita para qué, con quién? Antes de que pudiera pensar nada más, ya la mujer me estaba pidiendo los datos de la persona interesada. Titubeé. 68 años. Hipertensa. Viuda. ¿Último llanto que tuvo?, preguntó. Me tomó por sorpresa. Quizá en el funeral, no estaba seguro: yo me encontraba atendiendo a los que llegaban y ella se la pasó en la cocina. Podía ser. Pero, ¿antes de eso? No sabía. Un año, dije sólo por decir, pero después recordé que era cierto: fue cuando murió Emilio, el perro que papá le regaló en su aniversario 40. Escuché el tecleo de una máquina de escribir del otro lado de la línea. ¿Quién usaba máquinas de escribir todavía? Después de un momento, me dijo que el doctor podría verla ese mismo día a las 6. Me sorprendió la prontitud, pero quizá el caso se podía considerar una emergencia. Me dio la dirección y colgamos.

Mamá me miró extrañada, yo me puse a ver las fotografías que colgaban de las paredes: había rostros famosos, deportistas y actores de televisión, siempre acompañados de un hombre que, supuse, era el doctor Felisberto.

No me pude concentrar el resto del día. ¿Qué clase de doctor podría recomendar alguien como Gonzaga? Y más aún, ¿por qué le estaba haciendo caso? Cualquier cosa que ayudara con el insomnio de mamá era bienvenida. Gonzaga no se apareció en el trabajo, aunque tampoco le hubiera preguntado nada. Salí temprano, dije que iría al médico. Al llegar a la casa, me encontré a mamá en la cocina preparando arroz y almendrado. La tele estaba prendida, sin volumen, en el noticiero. Le pedí que me acompañara al doctor, pero no le dije que era para ella: temí que se negara. Me preguntó si me sentía bien y le dije que era sólo algo de rutina. Mientras subió a cambiarse, me puse a pasear por los canales, pero no encontré nada interesante. El sillón seguía lleno de fotos, como si hubiera estallado una película: cientos de pedacitos de quietud, de gestos congelados para siempre.

Tomamos un taxi y no hablamos nada en todo el camino. Al pasar por Ciudad de los Deportes, recordé algunas escenas de A toda máquina, pero no le comenté nada a mi mamá: quizá removerle los recuerdos la llevaría a un lugar que no iba a gustarnos a ninguno de los dos. Llegamos mucho más rápido de lo que había calculado, algo ideal para no tener que iniciar una conversación. La casa, aunque bonita, no parecía un consultorio. Toqué el timbre y pasamos.

La sala de espera estaba vacía; al centro había una mesa con un tazón lleno de esos chocolates publicitarios, junto a una pila de diarios viejos y una Sección amarilla. La recepcionista nos dijo que el doctor Felisberto estaba a punto de terminar su sesión. Mamá me miró extrañada, yo me puse a ver las fotografías que colgaban de las paredes: había rostros famosos, deportistas y actores de televisión, siempre acompañados de un hombre que, supuse, era el doctor Felisberto. Me pareció la decoración de una tortería en el Zócalo, no de un consultorio, pero no dije nada. La verdad, por unos instantes busqué a Gonzaga en alguna de las fotos, pero no estaba. Minutos después, vimos salir a una mujer: tenía el rostro congestionado y las aletas de la nariz rojas, aunque se veía tranquila. El doctor la acompañó a la puerta y después nos invitó a pasar. Usaba pantalón caqui y unos zapatos de piel de cocodrilo; era más alto de lo que parecía en las fotos y su edad era incalculable.

Entramos a un cuarto con dos sillones frente a frente y una mesa entre ellos. En una de las paredes, había un diagrama del rostro y sus músculos. El doctor Felisberto nos invitó a tomar asiento. Se sentó frente a nosotros y preguntó cuál era el problema. Bueno, me adelanté, mamá no ha podido dormir estas últimas semanas. Ella me miró sorprendida. Y yo tampoco, agregué para suavizar. El doctor preguntó si había pasado algo recientemente. ¿Algo como qué?, dijo mi mamá, enojada. Bueno, algún suceso extraño, poco cotidiano, digamos. ¿Fantasmas?, se burló mamá. El doctor sonreía. De alguna forma sí, respondió. Nos quedamos esperando sin saber qué decir, como si a media escena se nos hubieran olvidado los diálogos. Papá murió hace poco, confesé. Mamá pareció molestarse. Y usted no ha llorado, le dijo el doctor. No, no se apure: después de ver muchos casos, se distingue a la primera, aclaró antes de que preguntáramos cómo lo había sabido. Otra vez llegó el silencio. El doctor se levantó a cerrar la ventana, que cayó con un sonido como de claqueta. No es que no haya tratado, dijo mi mamá, el doctor regresó a sentarse, de verdad, y no es que no me duela o finja que no está pasando nada. Sentí que me reclamaba porque yo tampoco había llorado. Me pongo a ver fotos todas las noches, continuó, pero no lloro. Simple y sencillamente no lloro. No sabría decir por qué. Ahorita vamos a arreglar eso, respondió el doctor con tono confiado.

Tomó una pequeña grabadora y la puso en la mesa. Quiero que piensen en él. Rodrigo, aclaró mi mamá. Sí, que piensen en Rodrigo. Cierren los ojos, respiren. Obedecimos. De la bocina comenzaron a salir sonidos ambientales, algunas voces por ahí, en segundo plano. Hice un poco de trampa y entreabrí los ojos: el doctor me estaba viendo y sonrió, quizá acostumbrado a que eso pasara. Los volví a cerrar de inmediato y me enderecé en el asiento, como un niño regañado. La grabación continuó sin sonar a nada preciso, pero después vino algo: era una mujer llorando. Lo hizo por un minuto, aproximadamente. El volumen bajó y un segundo después volvió a subir: esta vez era un hombre el que lloraba. Así pasamos diez minutos, quizá más: de un llanto a otro, de hombres, niños y mujeres. Había algunos desesperados, otros eran escandalosos y hasta escuchamos algunos suaves, como con pena de hacerlo. Sentía la mirada del doctor sobre nosotros, pero no escuché a mamá llorar ni lo hice yo. Más bien tenía sueño. De pronto me di cuenta: eran fragmentos de películas, casi todas viejas; antiguas escenas de llanto unidas unas con otras, como presas todos de una pena interminable, difícil de sopesar. Identifiqué algunos, como el de Fernando Luján en Viento negro, y no estoy seguro, pero creo que también escuché a Patricia Reyes Spíndola llorar como si fuera Luz. Temí que llegara el llanto desconsolado de Pedro Infante en Nosotros los pobres, pero no; quizá ese era el último recurso y nosotros no habíamos llegado a eso. Me dio curiosidad saber cuánto duraba el audio y cuánto tiempo le llevó al doctor recuperar todos esos llantos, recortarlos para hacerlos casi uno solo, limpiarles la voz y que no quedara palabra alguna, sólo el llanto puro, concentrado. ¿De dónde había sacado su método? Sólo Gonzaga recomendaría a alguien con esas ideas.

Así estuvimos no sé cuánto tiempo. El doctor apagó el audio y nos dijo que abriéramos los ojos: estaban secos. Nos preguntó cómo nos sentíamos, contestamos con vaguedades. Nos pidió concentrarnos en el recuerdo más antiguo que tuviéramos de papá y volvió a poner el audio. El resultado fue el mismo. Bueno, comentó confundido, no tiene que pasar a la primera. Es algo a tomarse con calma, un proceso. No agregamos nada. Apuntó su número personal en una tarjeta y nos encaminó a la recepción. Me quedé esperando algunas pastillas para dormir, algo, pero sólo nos dijo que regresáramos la semana entrante y volvió a su consultorio. Le pagué a la recepcionista y salimos sin decir nada más. Ya en casa, ni mamá ni yo comentamos nada: nos daba vergüenza, como si hubiéramos descubierto un secreto imperdonable uno del otro o hubiéramos presenciado un crimen. Me fui a mi cuarto, los pasos empezaron a la misma hora.

Estaba comiendo, sin muchas ganas, cuando escuché unos chillidos al fondo, como venidos de otro tiempo, de una película gastada.

El lunes, Gonzaga quiso saber si había seguido su consejo. Le dije que sí y no más. ¿Verdad que es milagroso?, cerró. El resto de la mañana luché para no quedarme dormido, pero era difícil. A la hora del almuerzo, le pregunté a Dolores cómo estaba. Mal, dijo, vinieron a tirarnos unos perritos en la puerta de la entrada. Llegamos a abrir y vimos una caja. Cuando la moví con el pie, los escuché chillando. Más que molesta, estaba triste: la sentí a punto de llorar y no pude evitar preguntarme cómo lo haría ella, si de un modo escandaloso o más bien discreto, si era de las que se limpian los ojos con la punta del delantal o las que se secan las lágrimas echándose aire con una revista. Pedí sólo el guisado y una jarra de agua, no tenía hambre. La tele estaba apagada.

Estaba comiendo, sin muchas ganas, cuando escuché unos chillidos al fondo, como venidos de otro tiempo, de una película gastada. Se me apretó la garganta, fue imposible seguir comiendo. ¿Y ya tienen quién los adopte?, le pregunté a Dolores, con la voz cortada, cuando me trajo la cuenta. Me dijo que no, respondí que yo lo haría. Creyó que bromeaba, pero le mostré que iba en serio: llamé para reportarme enfermo y le pedí verlos. Me llevó a la bodega. Eran cuatro, parecían tener apenas unos días de nacidos. Me acompañó a la calle y nos quedamos en silencio mientras le hacía la parada a un taxi tras otro, pero ninguno se detuvo. Después de tres intentos, uno accedió a llevarme con todo y caja. Antes de subir, me despedí de Dolores con un abrazo: noté que se sorprendió, pero no dijo nada. El chofer, al escuchar los ruidos en la caja, me preguntó sobre los cachorros y le inventé cualquier cosa. Si ensucian, le voy a tener que cargar la lavada, reclamó. Le dije que estaba bien.

Mamá se sorprendió al verme llegar temprano; hacía años que no nos veíamos de día: su cara era distinta con esa luz característica de una tarde que empieza a morir. Se levantó al ver la caja en mis manos. ¿Y eso?, preguntó. Se oyeron golpes en el interior, la puse en el suelo con delicadeza. Me llevé el índice a los labios. Un ligerísimo quejido se escapó de entre los pliegues del cartón. No, no, llévatelos, aquí no los quiero. Le pedí que cerrara los ojos un momento y lo hizo, aunque con renuencia. Abrí la caja despacio y los oímos chillar: tenían hambre, frío, sus cuerpecitos se sacudían. Estaban vivos. Vi fijamente a mi mamá: los labios le empezaron a temblar y su respiración comenzó a cortarse. Distinguí un nudo tejerse en su garganta. Los ojos se le humedecieron. Fui a la cocina a servirle agua y a poner un poco de leche en un plato, que coloqué dentro de la caja. Subí a mi cuarto.

No sé cuánto tiempo dormí, pero al abrir los ojos ya había un sol bien pulido en la ventana. Bajé despacio por la escalera: no había ruido en la planta baja. Encontré a mamá dormida en el sillón, encogida sobre sí: en la mano derecha tenía una foto de mi padre, esa que le tomamos cuando llegó a casa con Emilio en una caja. Los cachorros dormían en la alfombra.

Aldo Rosales Velázquez
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