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Chicago

jueves 30 de septiembre de 2021
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Los tres mendigos entraron a ver la película en la función de las 3 pm. La sala estaba casi vacía. Era una película de un director argentino que trataba sobre las peripecias de una pareja de jóvenes porteños que habían decidido emigrar a los Estados Unidos en busca del famoso sueño americano. Cuando apagaron las luces y aparecieron las primeras imágenes en la pantalla dando indicaciones de cómo comportarse en la sala, Tobías, el mendigo mayor, dijo que él no necesitaba saber nada de eso porque él había vivido en Chicago y él sabía cómo comportarse, que su hermana Toña le había enviado los pasajes porque ella era rica, casada con un gringo gerente de una gran empresa y él era su hermano preferido, que esa sí era una gran ciudad, que allá sí pasaban buenas películas y no como ésta que no tenía buen sonido ni buena música y ni siquiera se sabía cómo se desenvolvía la trama porque el guion era informe y por qué, ese chico malcriado y descendiente de una burguesía arruinada, había decidido empatarse con aquella muchacha conocida desde su infancia pero que no era de su propia clase, además que no era justo que la sala no tuviera aire acondicionado, que para eso él había pagado trescientos bolos, que eso era mucho dinero para ver cine en un país petrolero, que en Chicago no había inflación y una coca-cola costaba 0,30 centavos de dólar, que aquí ya no se soportaba esta crisis y había que pensar en poner otros santicos en el gobierno, porque este socialismo de bolcheviques ya no se aguanta.

Los otros mendigos escuchaban atentos lo que Tobías decía y le respondían que sí, que era verdad, que si Chicago era tan bella como Nueva York, que por qué él se había regresado, que si aquellos paisajes de la ciudad en la película eran como él los había visto, que si había aprendido inglés con los gringos catires o con los negros que viven en las calles, que si era verdad que el norte es una quimera. De pronto la pareja de jóvenes en la película decide separarse y se ven imágenes en una estación central de trenes, y aparecen unos subtítulos porque hay gente que habla en otros idiomas y la chica llora porque no es fácil despedirse después de tantas aventuras juntos y quizás ella sospecha que él tiene una amante y no ha sido tan gentil en los momentos difíciles y más adelante hay unas escenas eróticas porque es verdad que él la deja por otra. Es cierto, dice Tobías, que allá en Chicago la vida tiene otro ritmo y uno puede encontrarse con mujeres hermosas que tienen mucho mundo y son muy liberales en las cosas del sexo pero que todo indica que la película le está robando escenas de sus amores con aquella hermosa catira que conoció una tarde en una taberna de Chicago de los años setenta cuando él era apuesto y disponía de dinero y hablaba un inglés mejor que el de esos jóvenes argentinos de la película que apenas si sabían defenderse de los pandilleros que vivían en las calles de Chicago, que si la película sigue como va, él se va a quejar porque le están robando sus propios sueños, que ese director es un impostor y además el ritmo es muy lento y el montaje no se ajusta a lo que realmente es una película de acción en una ciudad tan trepidante, peligrosa y full de hermosura como Chicago.

Amaba el cine y hubiera querido ser un gran director, pero si algún día iba a Chicago ya él conocía aquí el infierno.

Yo sí sé lo que es la mafia y la vida de los gánsteres y detectives, dice, recordando lo que fue la serie Boston Blackie y que él incluso en Chicago fue el propio doble de Al Capone en Los Intocables y después colaboró con el director de El Padrino y mucha gente llegó a pensar que yo era el mismísimo Robert De Niro cuando me veían en un bar tomándome un whisky acompañado de la bella Patricia Clarkson. En otra escena uno de los jóvenes argentinos está en un bar y le dice a un amigo hispano que quiere regresar a su querida Buenos Aires porque es mucha la nostalgia y a pesar de que ha experimentado nuevas sensaciones y aventuras, perdió a la que fue el amorcito de su vida. Además, le dice, yo no sirvo para limpiarles los retretes a estos gringos de mierda. Más adelante se ven imágenes en las que ella, que había sido su primera aventurita en su adolescencia, logra por fin, después de algunos tropiezos con directores que la seducen prometiéndole fama, convertirse en una gran actriz con apariciones estelares al lado de Julia Roberts en La boda de mi mejor amigo.

En la escena final se ve a su ex novio de nuevo en una calle de Buenos Aires un poco envejecido y deteriorado, discutiendo con un cliente con quien quiere negociar un alijo de drogas. Fuera de la sala de la cinemateca Tobías supo una vez más que ya no vivía en Chicago, pero que este país, su país latinoamericano y surrealista, de muchos proyectos y oportunidades truncados, como había sido su propia vida, estaba otra vez descendiendo como había descendido él; sí, él también soñaba y por eso amaba el cine y hubiera querido ser un gran director, pero si algún día iba a Chicago ya él conocía aquí el infierno, un infierno a veces delicioso cuando se juntaba con una buena hembra, como la Julia aquella dueña del Miraflores que le enseñó el arte de ser chulo y de preparar los mejores tragos que se servían en la capital. Mientras esto pensaba vio que se acercaba la tarde y la ciudad estaba cambiando de rostro, invadida por una fina neblina propia de los primeros días del año. Pensó que a pesar de todo valía la pena vivir aquí, que este clima… Entonces recomendó a su pequeña pandilla acercarse a los bares y tascas del callejón de La Puñalada para optar por la vía húmeda, como decía su pana el poeta Acevedo. Alguien de otra pandilla le ofrecería quizás algún licor barato o un resto de hierba que le permitiera rozar el cielo o al menos, pasear, como el galán que fue, por las calles de Chicago. La noche, otra vez la noche, pensó, podría ser propicia para ofrendar al dios Baco.

Aunque los tiempos del whisky o el champagne habían pasado, Tobías imaginaba que alguna chispa de petróleo podría salpicar de nuevo algún día a los pícaros, libertinos o licenciosos como él que habían decidido vivir al límite, fuera de todas las convenciones. En aquella época en que fue actor recordó a sus amigos, la policía de Chicago era poderosa y mantenía a raya a los negros, a los gánsteres y a los mendigos. Ahora que ya sabía lo que era el riesgo, la persecución y la conversación con los ángeles, podía pensar en dirigir una nueva película. Simplemente, pensó, la llamaría Chicago.

Douglas Bohórquez
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