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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

La onda expansiva

jueves 21 de octubre de 2021
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Vino el yogurt. Vino el yogurt. Vino el yogurt. Vino el yogurt. Vino el yogurt. Vino el yogurt…

—¿De qué color?

—Verde limón…

—Digo, ¿de qué sabor?

—Manzana, coco y natural.

¡Yogurt de manzana! ¡Yogurt de manzana! ¡Yogurt de manzana! ¡Yogurt de manzana! ¡Yogurt de manzana! ¡Yogurt de manzana!

Y de coco. Y natural.

¡Yogurt de manzana! ¡Yogurt de manzana!

La espoleta es Mariela, la espoleta es Xiomara, la espoleta es Sara, la espoleta es José, la espoleta es Adelfa, la espoleta es Silvio, tú eres la espoleta. Que estaban en el momento y en el lugar en que el camión de lácteos abruma por precaución la acera, y por la misma entrada del público cliente descargan las tanquetas hacia dentro. Mercadillo de barrio, tienda shopping, donde azuzan las gentes su falta de aceite de detergente de puré de tomate y cuánto más. La cosa aprieta. La espoleta se carga y sale rauda al barrio, se dispara y expande la grandiosa noticia.

¡Yogurt de manzana!

Y allá se manda Arturo a marcar la cola a Micaela para que compre el yogurt que va a tomarse el niño que está para la escuela.

Ahí va la frase cual si fuese voz autónoma, acción publicitaria la más eficaz que concebirse pudo. Emana justo en la puerta del departamentito de Cárnicos y Lácteos donde custodia firme Aurelia y trasiega Lorenzo en camiseta, la carretilla colmada de tanquetas y el cinturón para las vértebras falibles anudado. Y una vez el disparo, y válganos que es lunes, sale por la portadilla acompañando las jabas de nailon, las cajas, las bolsas de tela, las manos goloseando el helado del pote o la cerveza helada de la lata, golosinas que al cambio cuestan muy bien su jornada laboral entera. Avanza la noticia por la acera, entra por pasillos o cruza antes senderos incultos olvidados entre bloques de apartamentos, para ahorrar camino y vueltas a la cuadra, entra a los edificios o vocea desde abajo al balcón atento a la buena nueva, si cabe susurrándola a través de la puerta entreabierta.

—Llegó el yogurt de manzana, Micaela —haciendo un olvido quién sabe si europeizante, primermundista u occidental del trópico coco y el natural sabor, o sea, salvado de los edulcorantes químicos.

Y allá se manda Arturo a marcar la cola a Micaela para que compre el yogurt que va a tomarse el niño que está para la escuela, que Roxana está para el trabajo y el marido, ese fulastre, hace rato se ha ido para el norte.

Apresura el abuelo las viejas zapatillas deportivas en sus pies trasegados por años y desfiles. Cuenta los escalones por si alguno le falta, alarga las zancadas en la acera, corta camino como cualquier vecino por los trillos de nadie entre los edificios. Quiere llegar pronto, marcar primero, esperar a Micaela si por fin se decide a relevarlo e irse a ver la televisión y criticar los seriales de por la mañana. No hay más nada. Pero al llegar, hay una fila de consumidores, a quienes la onda tocó a la misma vez y los trajo del círculo expansivo hasta la puerta del departamentito de Cárnicos y Lácteos. Ocupan el pasillo, se consultan, esperanzados.

—Yogurt de naranja.

—De manzana, verde limón.

¡Yogurt de manzana! ¡Yogurt de manzana!

¡Ah, es de manzana!

Él indaga por el último en la cola, pide le den, por favor, el último. Y le piden el último, y piden el último a ese último, y el último que por favor, pase usted la voz al próximo que venga y diga que el último viene ahora para acá, que estoy en la cola del pollo, y en la del detergente.

—¿Y el último por fin?

—Ah, guíese por mí, que él viene ahora.

—¿Quién?

—El señor que me pidió el último.

Arturo, firme al pie del cañón, decide quedarse. Micaela tiene que terminar el almuerzo. Y el niño viene ahorita de la escuela. De todas formas los seriales de por la mañana los repiten por la noche.

—¿Es que no van a empezar a vender el yogurt?

—La empleada fue a almorzar.

—¿Cómo es eso?

—Bien, ella va a un comedor, se sienta, tiene la bandeja delante, saca la cuchara, el cuchillo y el tenedor, llena un vaso de agua, corta el pollo, mastica, hace un gesto de fastidio ante los frijoles colorados, come un poquito de arroz, unas hojuelas de ensalada, corta más pollo. Eso es almorzar.

—Cierto. Tiene que almorzar porque también es una persona.

—También.

—¿Y nosotros?

—No es igual. Somos usuarios, consumidores, clientes. El que llega, compra, paga y se va. Almuerza en su casa.

—¡Ah!

—Es verdad, no es igual.

—¿Ha visto?

Bastaría con llegar, tomar una tanqueta de yogurt de manzana, pagar 3,75 CUC o 95 pesos moneda nacional, y marcharse a seguir viendo los seriales o arreglando la bicicleta.

Arturo marcó detrás de un short blanco y chancletas que está con una piel canela igual de joven pero no delgada y además muchacha, y dice el short que ya dio el último a un señor que viene ahora, o sea que otro viejo como Arturo estará igual en la cola del yogurt. Los viejos toman mucho yogurt, por el problema de intolerancia a la lactosa, o porque tienen nietos en la primaria, hijas que están en el trabajo, yernos emigrados, y esposas que hacen el almuerzo. Lo sabe bien.

—¿Usted es el último?

—Yo soy.

—¿Detrás de quién va?

[Diálogo vacío, inútil, sin sentido. O sea, bastaría con llegar, tomar una tanqueta de yogurt de manzana, pagar 3,75 CUC o 95 pesos moneda nacional, y marcharse a seguir viendo los seriales o arreglando la bicicleta, o conversando en el banco de la entrada del edificio, o… La razón de un diálogo vacío, inútil y sin sentido con tal detalles transcrito es que el calendario acelera sus ciclos y en 2050 o cosa de un siglo más tarde habrá quien crea que esto era otra cosa].

N. del Ed.: ¿Qué otra cosa? Inevitablemente de acuerdo con lo de “Diálogo vacío, inútil y sin sentido”. Y defíname “esto”.

[Con “esto” el autor hace una elipsis a la historia presente, una circunstancia que probablemente es mucho más intensa y compleja que el yogurt de manzana, suponiendo que fuera manzana, e incluso que el producto respondiera a los procesos y componentes nutritivos que ameritan el descriptivo YOGURT del código internacional de alimentos humanos: hay algunos antecedentes en este sentido. Asuma el yogurt, la cola y el horario de almuerzo de la vendedora como una metáfora. Si algún dato falta es que había unas treinta personas en fila, porque llegaron los marcados que salieron a otros ítems. Que hubo cambios significativos en la estructura de los aspirantes a compradores, porque de la amabilidad de un caballero surgieron tres damas, embarazadas y una con el bebé ya en brazos, halando el cochecito, para hacerlo más visible, que adelantaron en su posicionamiento general. Y no se cuenta a “Oh, Alicia, ven, te marqué”, “Quédate aquí, mi socio, así nos vamos juntos”. Que una señora vestida de violetas, rubias crenchas y edad apercibida de soledades ejecutó múltiples entradas y salidas por el estrecho pasillo ya colmado, sin poderse aprehender el sentido].

N. del Ed. ¡Ah! Me deja usted sin palabras. ¿Está seguro de que esta historia interesará a los lectores en el 2050 o un siglo después?

[Con suerte les resultará tan revelador como a nosotros enterarnos de que a mediados del siglo XIX los guerreros mambises comían biajacas fritas en grasa de coco, resistiendo el asedio español que los dejaba sin otras fuentes de alimentos. La otra posibilidad es que en tal inescrutable futuro la llegada del yogurt de manzana a la shopping del barrio vuelva a rebotar como onda expansiva y la gente se reúna en un estrecho pasillo a esperar que una vendedora termine un almuerzo que asume inapetente].

Puesto que ha salido una señora con dos tanquetas de yogurt, la vendedora terminó su almuerzo y ha pasado sin ser percibida a través de la cola que atesta el pasillo hasta la puertecita. Pasa un tiempo. Sale otra señora con una tanqueta de yogurt, de manera que es innegable que alguien está dentro y vendiendo. Lo que queda es yogurt de coco, natural y de naranja, se acabó el de manzana. Es confirmación absoluta de que está dentro la fantasmal vendedora, puesto que nadie más tiene autoridad para determinar lo que se ha acabado o no.

Pasemos algunos minutos hablando de cualquier cosa con el cliente o consumidor más próximo, digamos Arturo con el short blanco y chancletas, al que oye criticar acremente que la gente aquí hace lo que le da la gana, y que yo sí que los camino. Cuando algún inscrito en el Registro de consumidores insular afirma tan rotundo que va a caminar a alguien, ha de tenerse por seguro que está loco o que tiene conexiones muy certificadas con ciertas instancias del poder. Este con su short blanco y sus chancletas en plena cola puede parecer lo primero, pero la acanelada belleza que lo acompaña no entraría en esa categoría, así que es lo segundo con apariencia de primero, que es más complicado. Por si acaso, usted se calla o, si el que va a poner a caminar a alguien lo está mirando a usted, todo lo que hace es muy suavemente mueve la cabeza abajo y arriba, abajo y arriba, pensando “claro-claro-claro-claro” o “por supuesto-por supuesto-por supuesto” o “sí, compañero-sí, compañero-sí, compañero”, cualquiera de esas variantes de acuerdo con su personal locuacidad, convicciones o creencias, pero nunca, jamás, never of ever, abra usted la boca, que se complica. Va y lo caminan. Y peor que lo caminen es que lo marquen. Camarada: al que velan no escapa.

Una dama de gran porte enfila el canal de entrada al centro emisor de tanquetas de yogurt, visiblemente colgada de su hombro sólido una cartera o portafolio marrón.

Al rato de cuidadosa meditación y de oscilar el cráneo como un perrito de adorno en la consola de un auto Lada, otras dos tanquetas salen en manos de un amable joven que va cargándolas a la señora del niño que avanzó hacia la meta en el momento cumbre de la caballerosidad ciudadana, pero esa reproducción viviente de una virgen ultramarina, con su niño acunado en brazos, al alcanzar su previa posición en la hilera de marchantes en pos de su par de tanquetas de yogurt (NORMA DE LA CASA: dos tanquetas de yogurt por comprador), dio aviso a la persona inmediata posterior a su escaño oficial en la fila de que ella no deja la cola, que ahora viene con su mamá para coger los yogures que le tocan a ella (a su mamá).

Y Permiso, permisito, permiso por favor, una dama de gran porte enfila el canal de entrada al centro emisor de tanquetas de yogurt, visiblemente colgada de su hombro sólido una cartera o portafolio marrón y voz ya firme como de subdirectora de la tienda incluso sustituta reglamentaria del Ministro del ramo, y…

—¡Cómo es eso que la máquina registradora no está funcionando!, que yo se lo he dicho muy bien a la gerente, que si no se la arreglan, pues que cierre la tienda. Yo se lo dije. Se lo dije. ¿La registradora está rota? ¿Van a venir los problemas con el cierre? ¿Que no cuadra? ¿Que falta dinero y ahora quién lo paga? Por eso se lo dije, que cierre la unidad, que cierre la tienda. Se lo dije, se lo dije, se lo dije, se lo dije, se lo dije…

 

Arturo llegó al apartamento con una tanqueta en cada mano, en nada diferentes en su aspecto a las mismas tanquetas llenas de pintura de vinil muy adulterada y de color anaranjado. Micaela le sirvió un vasito de yogurt de naranja para que esperara el almuerzo y se sentara a ver lo que restaba del noticiero. El viejo, que había comenzado su vida laboral como esperanzado técnico químico analista en un famosísimo centro de investigaciones, luego abandonado por la aventura de vivir fuera de un laboratorio, indagó en el color, olor y sabor del supuesto alimento sus vínculos con el derivado de la leche que pretendía representar, y reprimió una lágrima compasiva por la suerte de los consumidores del futuro.

N. del Ed. ¿Aquí acaba el cuento?

[Ojalá pudiera decirle que sí.].

Ismael León Almeida
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