“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
Saltar al contenido

Buenos días

jueves 11 de noviembre de 2021

Gabriela terminó de tomar una ducha, la primera (tal vez única) del día. Salió del baño solamente en toalla, séptimo día de cuarentena, siete de la mañana, entró a la habitación, despacio, con la costumbre del sueño prolongado de Tomás, sin despertarlo. Lo bueno es que vestirse es menos metódico que con el agregado de la calle; un short, una camiseta, y se peinó suavemente frente al espejo. Dos días marcados en la frente. Fue a la cocina. Frente al fregadero hay una ventana que da hacia la calle, puso a sonar música en el celular, y a lavar los corotos. Hay momentos donde el sonido de choque de los platos oculta la música de fondo. So Long Jimmy… El milagro del agua cayendo del grifo, de la mañana y el tiempo, el goteo regular del tiempo más vivo en la continua identidad del encierro. Afuera, el resplandor solitario que cae con justicia sobre el frío gris del pavimento en reposo, como en el costado del temple de los edificios. Es raro, insólito, más ruido hace el frote jabonoso en la viscosidad de la porcelana que la vasta ciudad, recogida, plegada dentro de sí misma. Se secó las manos. Revisó algunos mensajes, de alumnos, inquietos con sus inquietudes. Los respondo después. Tomás que duerme como el exterior, más allá de la cortina. Los muchachos también duermen sueño de niños, aunque Gabi no tan niña… Prefiero hacer cosas antes de que el edificio adopte esa norma habitual de estar trabajándose, subiendo y bajando por escaleras y ascensores. Aunque ya no hay colegio, la casa es el colegio, más uniforme y distractora, pero con menos protocolos. Ahora es hábito hacer todo en un solo lugar, apretujado y total. Marco necesita la chemise para la presentación de mañana, vía Zoom. Gabi de chemise azul, pero para el miércoles, de resto, sé que lo demás es escrito, por correo electrónico. Fue hasta el clóset. La interrupción del olor a guardado la despertó un poquito más, revisó entre texturas negras y entre el grueso azul de los jeans de Tomás. No, todavía no hay que lavar. Siete y media de la mañana.

—Tomás, levántate.

La cama se retuerce y se expande con el bostezo alargado de Tomás, de sueño extraño, recurrente. Necesito que me ayudes hoy, dice Gabriela, y Tomás se expande, se estira, agranda las sábanas y hunde el colchón. Voy, ya va, dice Tomás. Anda, que van a ser las ocho. Tomás ve la hora resplandeciendo en la ceguera blanca del celular: las ocho van a ser más tarde, ahorita no. Levántate, Tomás, para que me ayudes con el desayuno. Tomás se levantó, buenos días, dice Gabriela, con los diez dedos fisgones, furtivos y acostumbrados de Tomás en los senos sensibles y matutinos, de puntillas.

—Deja la vaina, anda a prepararte para que hagas el desayuno.

Gabriela fue hasta la sala en busca de la laptop, y la encendió. Tengo muchas evaluaciones por corregir, aunque nada como el papel, el lápiz y el par de horas coladas en el salón caliente y caótico, variable e impredecible. La computadora es ordenada, cuadrada, distante e indiferente, menos sonora y más sobria que el salón vibrante incontrolable pero vivo, presente. Tomás salió del baño con mescolanza aromática sanitaria.

La temperatura del apartamento adoptó el aroma penetrante de las arepas a llama media.

—¿Qué hago? ¿Unas arepas?

—Lo que sea —respondió Gabriela.

El chispeo y el gas encienden la hornilla e inmediatamente Tomás va hasta la nevera a sacar la harina PAN. Busca la taza para la masa, coloca llana y secamente el budare sobre la hornilla. Agua, sal y harina, las manos de Tomás recuerdan el tacto fugaz y las tetas magníficas de Gabriela, y comienzan a amasar, con un suspiro y ritmo de consuelo. Deja reposar desnuda la masa, se moja las manos, humedece con aceite el budare. Pronto el ritual se completa, pues el molde de la arepa gira entre los dedos impotentes de Tomás. Montó cinco arepas, exactas, Gabriela, con qué nos comemos esto.

—Resuelve tú, ¿quieres?                                                                            

Tomás vio la hora, ahora sí, son las ocho. De una vez voy a dejarle el desayuno a los muchachos. La temperatura del apartamento adoptó el aroma penetrante de las arepas a llama media. Del pasillo provino el ruido aparatoso del ascensor, y seguidamente el movimiento inseguro de apertura en la puerta contigua, lenta, pesada, repleta de la certeza ajena de cualquier agitación vecina.

—La gente no debería estar saliendo —dijo Tomás.

—A lo mejor viene de abajo —dijo Gabriela, acercándose con paso descalzo a la cocina.

—Bueno, puede ser —responde Tomás, y vio si las arepas estaban de voltearlas.

Todavía no, dice Gabriela. Son ochenta y cuatro talleres, he recibido veinte de cada sección. El tiempo evalúa.

—Creo que quedó café de ayer en la nevera —dijo Gabriela.

Tomás sacó la jarrita con olor frío de café de la nevera, y puso a calentarlo. Volteó las arepas y vio la ciudad inmóvil como pintada más allá de la ventana. Vio el trazo ínfimo de una paloma diagonal por el paisaje en escalas de concreto, y fijó su atención en el recuerdo instantáneo del sueño recurrente intentando entrar a una casa antigua, deseable y seductora, pero que se alejaba hasta distancias blancas e inverosímiles. Gabriela bebió un vaso de agua y se devolvió a la sala de estar. Unos pasos presurosos y chocantes contra la cerámica se acercaban, era Marco, saludó primero a Gabriela, que estaba en la sala, y luego a Tomás, que empezaba a brillar por el calor que se desprendía de la preparación del desayuno. Siempre se levanta Marco primero que Gabi. Salió despavorido de la cocina directamente hasta el baño. Gabriela, esto está listo.

—Prepáralas, por favor —respondió Gabriela.

Tomás apiló en un plato las redondas y perfectas cinco arepas. Las abrió todas, y les puso margarina y queso rallado. Sobre la mesita de la sala se doblaba la figura de Gabriela, y Tomás le llevó el desayuno. Tenía que corregir cuarenta talleres individuales, agradeció a Tomás, y él se fue hasta la mesa de comedor, se sentó, con la arepa en la derecha y el celular en la izquierda, dio un bocado, y volvió a recordar el sueño.

Francisco Rodríguez Sotomayor
Últimas entradas de Francisco Rodríguez Sotomayor (ver todo)