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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

La botella

jueves 25 de noviembre de 2021

No estaba donde él la había dejado y la buscaba con desespero mientras abría, cerraba y revolvía cada gabinete.

—¡Amor! —gritó desde la cocina.

—¿¡Qué!? —le devolvió ella en respuesta desde el sofá de la sala.

—Dejé por aquí un vino que compré hace unos días, ¿dónde está?

—¿Era importante? —preguntó ella con desinterés.

—Es un regalo. Un amigo secreto de la oficina.

—¡Pfff! —resopló—, nadie compra algo así para un amigo secreto. No soy güevona, ¿sabes? Sé que me engañas —dijo con seguridad apartando la vista del celular.

—¿De qué hablas? —preguntó extrañado por la acusación mientras se acercaba al sofá—. No hago es…

Seguro tiene mejor físico y una cartera con una tarjeta de crédito “platino mágnum…” o quizás, ¿es la entrepierna?

—¡Oh, sí que lo haces! —lo interrumpió meneando el dedo índice de lado a lado—. Tengo ese instinto —siguió, mientras se tocaba la nariz—. Eres un mentiroso muy pobre, mi amor —le confirmó al final sonriendo complacida.

—¿Qué hiciste con la botella? —preguntó él con sequedad.

—La regalé —contestó ella sin más.                                                        

—A tu amante, ¿verdad? —le soltó cual bomba insidiosa. Ella cambió el gesto y lo miró con furia—. No creas que no he visto cómo te pierdes de vista cuando llama ese tal Francisco —comentó buscando un estallido de parte de ella; algún gesto o comentario que evidenciara su ventaja en la discusión que se estaba gestando—. Del trabajo, supongo, o quizás lo conociste en alguna salida de chicas, ¿eh? Seguro tiene mejor físico y una cartera con una tarjeta de crédito “platino mágnum…” o quizás, ¿es la entrepierna? ¿Se le marca en el pantalón al caminar, mi amor? —culminó sonriendo, habiendo hecho énfasis en esas dos últimas preguntas.

Ella no picó. Su gesto había cambiado la furia por la serenidad, ¿dejarlo ganar? ¡Que siga soñando! Sólo respiró, se levantó y fue al contraataque.

—¿Y tú?, de seguro el regalo es para una de esas nuevas promotoras, seguro es la Katherine, ¿verdad?, la de piernas gruesas y duras, bien fitness ella, no como estas que tengo, o de culo firme, no como el mío que ni los buenos días le das…

—Tu culo no está… —empezaba él.

—¡No cambies el tema, infiel mentiroso! —le espetó en contra.

—¡Que no te estoy pegando cach…! —quiso continuar él.

—…seguro no tiene arrugas. Su cabello debe estar arreglado y la manicura ¡uff! de actriz —prosiguió ella, imponiendo su discurso—. Dime, ¿las tiene operadas o sólo son grandes al natural? —inquirió con tono viperino, retador. Quería escucharlo de él. Quería oírle decir a ese barbón de cabellos entrecanos “sí, tienes toda la razón”. Él, por su parte, tragó grueso.

—¿Dónde está la botella? —preguntó el interrogado ignorando todo lo anterior. Ella le había hecho un jaque y sólo se le ocurrió volver a la pregunta que había desatado todo ese melodrama.

—¡Ay, la botella! ¡La botella! —gimió ella con falsa congoja—. Salió disparada en dirección a la cocina, seguida por él, y la sacó de debajo del lavaplatos—. Aquí está; íntegra, mi señor esposo —se mofó con tono señorial haciendo una reverencia.

—Dámela, por favor —pidió cortésmente extendiendo la mano, queriendo acabar con esa tontería.

—Admite que tengo razón —insistió, retrayendo la botella hacia su cuerpo. No iba a ceder tan fácil llegados a ese punto. O lo admitía o se quedaba sin el vino. “Una de dos, decide, mi amorcito”, pensó para sí en tono burlón.

Él se fue acercando, aún con la mano extendida; ella retrocedía. La exigencia era clara, repetitiva. Poco a poco se iba dando un juego del gato y el ratón entre la pareja. Él amagó un impulso hacia delante, mano extendida, y ella retrocedió más. Sin mediar palabra empezó el correteo por la cocina. No duró mucho y ambos terminaron a cada lado de la isla central. Jadeaban levemente sin apartarse las miradas. Sabían que eso podía terminar mejor, pero eran dos necios enfrentados.

Ella tomó la iniciativa y le arrojó una mano de cambures que tenía a su lado para luego salir en dirección a la sala. Él los agarró como pudo y los tiró hacia alguna parte yendo tras ella al momento. Logró sujetarla de uno de los tirantes de la franelilla, rasgando ésta en el proceso. Ella, como pudo, arrojó la botella al sofá, al tiempo que trastabillaba contra la mesita central.

—¡Amor! —grito él con miedo intentando evitarle la caída.

No tuvo tiempo de reaccionar, ella se abalanzó sobre él. Se le encimó como un koala, añadiendo un candado de piernas a la espalda para mejor agarre.

Ella, habiéndose sostenido de frente con la misma mesa, lanzó una patada de caballo al aire, la pegara o no, así mantendría la distancia. El hombre reaccionó asombrado y la paró por muy poco antes de que le golpease la ingle.

Ambos jadeaban, especialmente él que no salía del asombro. Ella retrajo la pierna, mientras se erguía lentamente. Examinó los daños, la franelilla rota por una parte, insalvable. Brotaban de ella pequeños hipidos que no eran más que una risotada que luchaba por contener, mientras se volteaba. Vio la cara de su esposo, el cual pensaba que eran sollozos, y no aguantó más, lo cual lo dejó aún más desconcertado.

No tuvo tiempo de reaccionar, ella se abalanzó sobre él. Se le encimó como un koala, añadiendo un candado de piernas a la espalda para mejor agarre. Comenzó a besarlo con desenfreno y él, aunque lento en reaccionar, entendió todo sumándose conscientemente al acto para no quedarse atrás. Él terminó por desgarrarle la franelilla maltrecha, ella se dejó caer hacia atrás como sostenida sobre un tubo de pole dance, él apoyó una pierna al frente para contener el peso y empezó a besarla desde el vientre, fue subiéndola para seguir con los senos, luego el cuello…

Enfrentados y jadeantes, ella le hace un gesto pícaro y renueva los besos como distracción para devolverle el favor desgarrando la camiseta que traía, desde la espalda, encajando levemente las uñas en el proceso, como una placentera venganza. Él soltó un gemido combinando dolor y placer debido a las estelas rojizas que le había dibujado.

No se despegaban y el resto de la poca ropa fue cayendo mientras los fieros amantes se rendían ante el placer del otro, hasta llegar a la mesita central, la primera parada de su acto lujurioso.

 

***

 

—Me preocupaste, ¿sabes? —dijo mirándola.

—Creo que por eso me dio por reírme. Fue algo impredecible —rio ella mientras se acomodaba más a él y le acariciaba la oreja. Ambos estaban tirados en la alfombra, la mesa estaba volteada y un par de cojines del sofá yacían desperdigados por la sala. Respiraban con parsimonia mientras se acariciaban el uno al otro.

—El chiste era que yo debía agarrarte, te acercaba y esa era la señal. Me disculpo por lo de la franelilla.

—¡Bah! —soltó ella con cariño—, una triste franelilla vieja ahí. Debería ser yo la de la disculpa por arañarte, ¿te duele?

—Nada que ver —respondió él tranquilamente.

—De todas formas, déjame ver —le exigió con dulzura. Él se volteó ligeramente y ella notó que aún eran visibles pero no tan marcadas como pensó. Las besó y luego a él—. Para que sanen rápido —le dijo. Siguieron absortos contemplando el techo sin dejar las caricias.

—¿Qué crees que digan los del taller de teatro si les contáramos esto? —preguntó él para empezar un tema de conversación.

—Sinceramente creo que nos exigirían un guion sobre esto para alguna función o que lo rehiciéramos en el escenario. Aunque dudo mucho que sea tan espontáneo como esto —sentenció con una carcajada. Él asintió.

—¿Qué deberíamos hacer para el año siguiente? —volvió a preguntar él.

—Deberíamos probar algún club swinger —contestó ella mirando el sofá.

—¡Uy, no! —reprochó él.

—¿Qué? ¿Acaso tienes miedo de que te pegue cacho de verdad, mi vida? —le devolvió en respuesta a manera de desafío.

—Para nada, mi reina. En tal caso, sería cacho doble. Tú y yo —le dijo sin más—. No, lo que pasa es que en esos clubes no sabes con quién te vas a encontrar. Ahora imagínate que nos veamos con alguno de nuestros vecinos; no, no, señor. Me daría una grima del carajo. Estoy casi seguro que o los Falcón o los Núñez están metidos en uno —terminó con el tono de quien afirma aun sin tener pruebas.

—¡Ay, pareces una vieja mojigata chismosa! —reprochó ella entre risas—. También podríamos usar máscaras —dio como opción final.

Él se quedó tranquilo, mas sus ojos que la detallaban no. Cuando se dobló, cuando volvió a erguirse. El recorrido de sus ojos había pasado de los pies a las piernas y de ahí subía a los muslos.

—¿Máscaras…? —se quedó pensando. Ella, mientras, se dirigía al sofá. Allí, de espaldas a él y arrodillada, empezó a examinar la botella de vino, el objeto de utilería que dio inicio a toda esa obra casera de hace poco.

—¿En verdad compraste vino? —se extrañó ella notoriamente.

—No, esa botella se la pedí a tu papá el día de su cumpleaños. La lavé bien y la llené con ese papelón que hago que te gusta —le aclaró con cierto orgullo. Ella le arrojo un beso y asintió. Ya decía; siendo él abstemio, le extrañó que hubiese comprado vino, y más aún, uno que a ella no le gusta. Nunca aclararon qué cosa desencadenaría la discusión y tampoco se tomó la molestia de abrir el supuesto vino cuando lo encontró en la nevera, pero fue obvio. Sólo quedaba esperar el día.

Por su parte él la contemplaba desde el suelo, empezando por sus pies; qué desconsiderado —pensó—, no le había preguntado si se había golpeado el pie con la mesa.

—¿Te golpeaste el pie? —preguntó.                

—No, no creo, no me duele. Quizás la alfombra me ayudó cuando frené —contestó ella sin darle importancia mientras recogía uno de los cojines más cercanos. Él se quedó tranquilo, mas sus ojos que la detallaban no. Cuando se dobló, cuando volvió a erguirse. El recorrido de sus ojos había pasado de los pies a las piernas y de ahí subía a los muslos, luego a las nalgas y de ahí continuaba por toda la línea de la espina hasta el cuello, la cabeza y al final esa frondosa copa de rizos alocados. Dijera lo que dijera ella, él siempre encontraba la manera de verla como una imponente escultura tallada en caoba. Su instinto primitivo volvía a bullir.

Se fue acercando y ya junto a ella la sorprendió poniendo su dedo índice poco más abajo del coxis, y lo guio por toda la espalda hasta el cuello. A ella le recorrió un escalofrío cuando volvió a bajarlo, terminando mucho más abajo, en un área aún sensible. Una nalgada ligera le hizo soltar un gemido. Empezó a frotarse en él delicadamente mientras sus senos eran masajeados y sus pezones pellizcados ligeramente.

—No lo abras todavía —le susurró al oído.

—Quería… —intentaba decir ella—, quería… meterlo a la nevera, a enfriar.

—Tranquila, unos hielos y listo —le respondió él. El segundo asalto daba inicio.

 

***

 

Sonó el timbre. La mujer se adelantó a abrir. En la puerta dos oficiales.

—Buenas tardes, señora. Recibimos una llamada de sus vecinos por gritos y alborotos provenientes de este apartamento. Lamentamos no estar mucho antes, ¿tiene problemas? —preguntó un oficial alto y ojeroso.

—Buenas tardes, oficiales —respondió ella terminando de acomodarse la bata—. No, para nada —la sala aún era un desorden y desde la cocina salía un olor a pescado y fritura—. Mi esposo y yo practicábamos una posible obra para nuestro taller… y nos dejamos llevar —dijo esto último con cierta picardía—. Pediremos una disculpa a los vecinos por el alboroto —aclaró con total seguridad. Él se asomó desde la cocina y saludó a los oficiales.

—¡Disculpen que no me acerque, si me distraigo se me quema esto! —gritó desde la cocina.

Los oficiales, por su experiencia y entrenamiento, y viendo el escenario, optaron por el escepticismo, pero más allá del desorden la mujer no parecía ni mucho menos preocupada o siquiera presentaba signos de maltrato, al menos en la cara. No les quedó más que despedirse, no sin antes aclararle a la mujer que ante cualquier situación irregular no lo calle y llame inmediatamente al número de la tarjeta que le entregaban. Ella asintió agradeciéndoles y cerró la puerta deseándoles buenas tardes. Ellos dijeron lo mismo.

—¿Qué opinas, compañera? —preguntó el alto ojeroso.

—Salvo la mesa y los cojines no parecía haber nada más grave y ambos lucían despreocupados. Puede que sea cierto lo del ensayo… pero no descarto nada —sentenció la oficial. Él asintió dando a entender que pensaba lo mismo.

 

***

 

¿Qué iremos a hacer el año que viene? —saltó nuevamente la pregunta al aire por parte de ambos. Se vieron y se echaron a reír.

—¡Dios mío, qué día! —soltó ella entre risas mientras se acercaba a la cocina. Él asintió mientras escurría una tanda de tostones y los posaba sobre un plato con servilleta adjunto. Ella buscó un par de platos y empezó a servir el arroz. Los dejó en la isla junto a dos vasos. Él abrió el horno y examinó el pescado. Falta poco, pensó.

—Creo que ha sido el aniversario más entretenido hasta ahora —comentó él cerrando el horno—. Falta poquito y está quedando criminal —continuó—, ¿rallaste el queso? —preguntó sin verla, mientras sacaba la última ronda de tostones.

—Ahí está, más que listo —dijo ella sentada, impaciente por degustar todo lo que habían preparado.

—¿Qué iremos a hacer el año que viene? —saltó nuevamente la pregunta al aire por parte de ambos. Se vieron y se echaron a reír—. ¿Y con los niños? —agregó él. Habían tenido la fortuna de tener el apartamento solo para ellos. La niña fue a una piscinada y el niño a pasar el fin de semana en casa de un amigo.

—Si no se puede lo del club —y lo miró esperando una reacción que no hubo—, también había pensado en paracaidismo. Eso se puede hacer en familia, pero sinceramente —hizo una pausa mientras él acercaba la bandeja con el pescado—, ¿como vaya viniendo vamos viendo? —preguntó al tiempo que se levantaba a buscar la botella y una cubeta con hielo.

—Como vaya viniendo vamos viendo —le devolvió él—. No hay que forzar nada. Por cierto, Katherine —siguió—, hay una cosa que no te he dicho hoy.

—¿Qué será eso, Francisco? —preguntó mientras servía la bebida y enfrentaba ese aún más cercano olor de los tostones recién llegados a la isla.

—Cierra los ojos y abre la boca —le pidió Francisco. Katherine le siguió el juego. Él, a su vez, tomó un tostón, le echó queso y se lo puso justo en la boca—. Cierra y no muerdas —le ordenó. Se acercó e hizo lo mismo al tiempo que le planta un beso delicado y reclamaba parte de la fritura—. ¡Te amo! —exclamó antes de empezar a masticar. Ella empezó a masticar su mitad. Mientras lo hacía, le hizo señas de que se acercara e igualmente le asestó un beso.

—¡Yo igual, te amo! —le respondió con una inmensa sonrisa. Los vasos chocaron en el aire y empezaron a comer.

—Esto nos va a doler mañana —soltó su esposo, el barbón de cabello entrecano.

—Y que lo digas —le confirmó su esposa, la mujer con una copa de rizos alborotados en la cabeza.

Rieron cómplices uno del otro.

Héctor Monsalves
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