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Pero esto no es una película

martes 1 de marzo de 2022

El tráfico se ha detenido por completo. En la parte de atrás los niños juegan, hablan. Arrojan frases y palabras que rebotan y salen por la ventana. Esto me muestran los espejos: el conductor de atrás se ha pegado mucho; por la izquierda un sano flujo de motos, y por la derecha igual. Van dos kilómetros de esto, alrededor de quince minutos.

Enciendo la radio y apago el motor; una voz masculina da las noticias. No presto verdadera atención a las novedades; el locutor me sirve solamente de fondo discursivo. Mi interés va más allá de lo que puedo ver: este tráfico estancado es inusual. Varios conductores próximos a mí comienzan a bajarse de sus carros. A ir y venir por el cauce automotriz. Por el retrovisor veo que los muchachos siguen en su burbuja, pero sé que no tardará mucho en romperse.

Me están diciendo que fue un accidente, dice un hombre que se puso al lado de mi ventanilla. Me imaginé, le respondo. El tipo sigue caminando y le dice lo mismo al de adelante. El hecho viaja más rápido que mil carros juntos: siempre es un accidente. Como las leyes que gobiernan la fantasía portátil de los niños: aparentemente todo está bajo control, hasta que los juguetes se cruzan y hay una irrupción, una ruptura. Excepto que en la carretera lo que se rompe difícilmente vuelve a unirse.

—Papá, ¿qué pasa? —me pregunta Raúl. Las burbujas nunca duran.

—Pasó algo allá adelante —le contesto.

—Pero, ¿qué pasó? —insiste Raúl.

—Al parecer fue un choque.

Toda cosa que uno da por sentado está propensa a quebrarse. Porque nunca el desastre es anticipado.

Los dos, Raúl y Oliver, se salieron del mundo efímero que habían levantado en la parte de atrás. Ahora están conmigo. Oliver (el menor) tararea una banda sonora. Hay que tener paciencia, les digo, voy a llamar a su mamá.

Aló, ¿me escuchas? (Sí, dime, ¿qué pasó?). Bueno, hay una tranca aquí. (Pero, ¿todo bien?) Sí, todo bien, dicen que fue un accidente, un choque, pues. (Ay, Dios mío). Sí. Esto no debe tardar en moverse. Hay que tener paciencia. (Bueno, paciencia. No te olvides de los huevos). Sí, sí, los huevos. Bueno, te llamo cualquier cosa. (Dale, pues).

Los huevos. Acuérdate de los huevos.

—Papá, bájale al volumen, por favor —me dice Raúl.

Los carros, los edificios, el cuerpo. Toda cosa que uno da por sentado está propensa a quebrarse. Porque nunca el desastre es anticipado, toda caída es fisura que nos abre al encontronazo.

—Muchachos, cuando empiece a andar la cola, no vayan a ver nada.

—Ver qué, papá —dice Oliver.

—No vean el choque, no vean nada.

—Papá, por favor, bájale al volumen —insiste Raúl.

La voz del locutor se atenúa. Desde atrás se escucha una ambulancia acercarse, la sirena resonante, la imagen de azul y rojo intermitente cruzándome el cerebro. La ambulancia pasa veloz por el sentido opuesto de la avenida.

—Mira, papá, como en las películas —dice Oliver.

—Sí, pero esto no es una película, siéntate bien. Ponte para allá.

Me salgo del carro, pero no logro ver nada. El tipo que me dijo lo del choque viene de regreso, me dice que son dos motos. ¿Hay heridos?, le pregunto. Como tres heridos, me contesta. Pero ya van a dar paso, mano, ya llegó la ambulancia.

Me meto en el carro y les repito a los muchachos que no vean nada. Que se sienten bien. Que la cosa como que ya va a arrancar. Veo que los conductores que habían salido de los carros han vuelto. Que los motores suenan; yo enciendo el mío. Pero aún la tranca no se mueve. Es solamente un preámbulo.

Volteo la cabeza y veo al frente, la única dirección posible.

—Ya saben, quédense tranquilos.

—Estamos tranquilos, papá —dice Raúl.

De nuevo el sonido de la sirena, acercándose, pero en sentido contrario. Sigo a la ambulancia desde el retrovisor. La abuela se persignaba al escuchar sirenas, las encomendaba al Altísimo. El tráfico lentamente comienza a moverse. Siento que algo está detrás. De mis oídos no se va la sirena, el azul y el rojo. La cola avanza a paso de oruga. No vayan a ver nada, ya saben, siéntense bien. Llegamos al lugar de la colisión tras un par de minutos. Hay policías y fisgones. Las motos todavía volcadas, y junto a una de ellas yacen fragmentos de un casco negro, la goma espuma desmoronada. En el pavimento un extraño líquido que forma un abrupto camino hacia unas cáscaras, muchas cáscaras rotas, y el huérfano cartón de huevos en medio del cuadro, un protagonista más en la trama del error, del mal cálculo, de una curva más en la enredadera del caos. Volteo la cabeza y veo al frente, la única dirección posible. Paso el accidente, acelero, meto segunda. Veo una última vez por el retrovisor: se empieza a desdibujar la escena, nada más el irregular reflejo del tráfico, y el grabado que enuncia que los objetos en el espejo se ven más cerca de lo que parecen.

—No vieron nada, ¿verdad?

Francisco Rodríguez Sotomayor
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