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La anciana

martes 8 de marzo de 2022

Esta ahí sentada, como desde hace ya varios años; en ratos parece que estuviera despierta, pero la mayor parte del tiempo dormita. Se resiste a acostarse en su cama; quizás piensa que, si lo hace, se quede dormida para siempre.

Cuando piensa en su esposo, está casi segura de que ya pasaron más de diez años desde que murió, y cuando intenta recordar con exactitud cuánto tiempo estuvo casada con él no puede, pero el retrato colgado frente a su sillón le dice que mínimo fueron cincuenta años. Por alguna razón, tal vez porque considera que durante su vida tuvo muy pocos momentos felices, le sea más fácil recordar que esa foto, donde luce un hermoso vestido color salmón y su esposo un elegante traje azul, se la tomaron durante la inolvidable fiesta que sus hijos organizaron para ellos en su aniversario de bodas número cincuenta.

A pesar de contar en su vida diaria con parte de su familia, y recibir en forma periódica a sus otros hijos y familia —aunque no tan continuamente como ella quisiera—, se siente cada vez más sola. Hace ya mucho tiempo que no recibe las llamadas, y mucho menos las visitas de sus hermanos o cuñadas, porque ya todos se le adelantaron en el camino.

Muchas noches sueña ¿o piensa?, en la época cuando era joven y todavía vivía con su familia allá en ese pueblito.

Por falta de costumbre, característica de su generación, o quizás un poco de terquedad como persona mayor, nunca visitó con regularidad a un médico, por lo que las dolencias se le han ido acumulando. Lo que más le molesta es el problema con su dentadura, ya casi inexistente, ¿y los últimos lentes graduados?, para qué usarlos, se dice, si ya ni le sirven.

Muchas noches sueña ¿o piensa?, en la época cuando era joven y todavía vivía con su familia allá en ese pueblito, rodeado de altas montañas, inundado siempre de la fragancia a limpio proveniente de los enormes pinos, el paisaje ofrecido por las coloridas y hermosas flores amarillas, rosas, rojas, anaranjadas o verdes de los nopales, previas al brote de las deliciosas tunas. Un panorama muy diferente al de este pueblo, al que su esposo la trajo a vivir, y donde lo que más la molestó siempre fue la pegajosa humedad del cercano mar, sobre todo en invierno.

El sueño o recuerdo siempre incluye a su madre, quien murió muy joven y cuya muerte la dejó a ella como hermana mayor, responsable de todos sus hermanos y hermanas. Su progenitor se volvió a casar muy pronto y, con justa razón, ella y todos sus hermanos mantuvieron desde entonces una mayor distancia con su padre.

Al final de sus recuerdos ¿diarios?, ¿repetitivos?, a su memoria siempre viene la misma pregunta, desde hace ya muchos meses, quizás años, ¿por qué yo sigo viva?

Como una católica devota, está segura de que Dios tiene la respuesta, así que con mucha fe y esperanza le hace a él la pregunta, pero no recibe ninguna respuesta. Ante su silencio, y como fiel creyente, sabe que debe respetar su voluntad, por lo que piensa que tal vez si hace un examen de conciencia, sobre todo de sus acciones en el pasado, quizás encuentre ahí la causa y la solución a su dilema. Se pregunta también si el perdón de alguien o para alguien es lo que la mantiene atada a la Tierra.

Algunos días, cuando su desesperación es mayor, se atreve a reclamarle a Dios por ese reino prometido y no otorgado, esperado con tantas ansias hace ya mucho tiempo. Reconoce que muchas veces fue grosera con su esposo, pero se justifica pensando que ella le dio y atendió muchos hijos, bajo condiciones más de pobreza que de riqueza, cumpliendo hasta el final su juramento de “en las buenas y en las malas”.

En ocasiones también recuerda y confiesa a su creador que le encantaba poner sobrenombres a todos, basados en la característica física más sobresaliente y menos atractiva de las personas, incluidos sus mismos hijos. Pero, Dios, era una manera de divertirme un poco, le comenta con timidez, tratando de aligerar mis días llenos sólo de preocupaciones. ¡Imagínate, Señor!, serían muchos a quienes tendría que pedir perdón, le dice angustiada.

Así continúa día con día. A su ya intranquila mente llega el recuerdo de esas terribles fechas en las que sus hijas e hijos se empezaron a casar, y de nuevo acepta que quizás fue también muy maleducada con yernos y nueras, pero le insiste a su salvador que debe entender, que para toda madre separarse un día de sus hijos, aquellos que cargó dentro de ella durante nueve meses, a quienes atendió de día y de noche y ofreció lo mejor que sus posibilidades le permitían, no es algo fácil, sino algo devastador.

¡Perdóname, Señor!, le pide con humildad, pero sólo las madres entienden el temor que las invade cuando no están seguras de que alguien más vaya a cuidar y querer a sus hijos como ellas mismas.

Su desesperación va en aumento; la sensación de tristeza rebasa incluso el dolor de los malestares de su ya mala salud.

Han pasado ya muchas semanas ¿o meses?, ¿o años?, cada vez se le dificulta más ver y, por lo mismo, ahora teme dar por sí misma algunos pasos, por lo que ha dejado de caminar. Lo que más siente y extraña es ya no poder observar a través de la ventana a sus vecinos, sobre todo para ver qué ropa llevan puesta, pero bueno, se dice, tampoco me pierdo de mucho, y además no tendré que ver reflejado en el espejo lo que el tiempo ha hecho con mi cuerpo y mi rostro.

Hace poco, el sentimiento de angustia se ha unido a todos los demás, ya que depender de alguien para llevar a cabo sus necesidades básicas no es nada agradable, y sí un poco denigrante.

Su desesperación va en aumento; la sensación de tristeza rebasa incluso el dolor de los malestares de su ya mala salud. La pena es tan grande que está segura de que su corazón podría romperse de un momento a otro.

¿Por qué sigo viva?, se pregunta de nuevo. La soledad y el cansancio son sus compañeros permanentes, incluso ahora ya no tiene fuerzas ni para reclamarle al Señor, y finalmente ha aceptado dormitar en su cama.

Cuando antes anhelaba contar con algún momento de tranquilidad, casi imposible con su numerosa familia, ahora desea escuchar más voces, y si son a un volumen más alto, mejor, con el fin de acallar un poco sus constantes reclamos y cuestionamientos a Dios.

Sonia Arrazolo
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