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Entonces, papá, ¿cuándo llegaremos?

martes 22 de marzo de 2022

“…yo soy el viajero que alegre del puerto salió una mañana
llevando tan sólo por hábil piloto mi dulce esperanza…”
“El viajero”, canción venezolana. Letra de Enrique Albornoz Lárez

Aquella mañana de agosto de 1957 yo tenía seis años y el mundo era para mí una absoluta sorpresa. Desde hacía algunos días papá preparaba un viaje a Tovar, una lejana población en el estado Mérida, y yo estaba invitado. Era mi primer gran viaje fuera de Maracaibo. Me dijeron que había que hacer un largo recorrido que nos llevaría a atravesar el Lago, a pasar por ríos y caños, a subir montañas. Esa idea del viaje me emocionaba. La noche anterior casi no dormí, embargado por esa emoción. Iríamos a visitar a mi hermana Carmen, que estudiaba en un colegio de monjas en esa remota población andina. Papá había contratado los servicios de un chofer de confianza, el señor Arturo, que disponía de un elegante auto de cuatro puertas. Aunque en la casa teníamos camiones y camionetas, estaban destinadas al trabajo de la granja familiar y necesitábamos un vehículo cómodo. El día del viaje mi mamá me despertó muy temprano, casi en la madrugada, y me abrigó porque durante el trayecto, me dijo, podía tener frío, que iba a conocer lo que era de verdad el frío y la neblina. Mi mamá se quedaba cuidando a mis otros hermanos. Yo era el elegido para vivir aquella aventura y había presenciado los preparativos con muchas ilusiones. Recuerdo que una tarde antes habíamos ido a la casa del señor Arturo para contratar el viaje. Ya lo habían hablado con antelación por teléfono. Era un señor serio, moreno, de estatura y contextura mediana, amable. Me causó buena impresión aquel señor sobriamente vestido, que distinguía su cabeza con un discreto sombrero inglés.

Supe, transcurrido el tiempo, que los viajes podían revelarme claves secretas acerca de mi vida y mi relación con los otros.

Creo que serían las cinco de la mañana cuando el señor Arturo llegó a buscarnos. Aún afuera estaba un poco oscuro y el aire de la ciudad, normalmente cálido, era fresco. Todo aquello significaba para mí un gran acontecimiento. Por fin, me dijeron mis hermanos mayores, iría a conocer lo que era un ferry, los puentes militares, las cascadas de agua, la montaña. Papá embarcó delante, al lado del chofer, y yo disponía de todo el asiento posterior por si quería continuar durmiendo. Pero lejos de mí estaba la idea de dormir. Yo quería verlo y descubrirlo todo, que para eso, pensaba, era el viaje. El auto arrancó y en pocos minutos llegamos al atracadero. Hicimos una gran cola de carros, camiones y camionetas. Papá me indicó una gran embarcación en la que ya comenzaban a entrar los vehículos y me dijo que esa embarcación grande que se veía allí cerca era el ferry, que teníamos que esperar para cuando nos tocara el turno de entrar. Allí en el Lago, me dijo el señor Arturo, señalando a lo lejos con el dedo, se ven también las piraguas y otros barcos que traen mercancías de otros lugares y países del mundo. Este es el puerto, subrayó. Mientras esperábamos en el auto yo pensaba en lo contentos que estaríamos de ver a mi hermana Carmen. Era ella la que le había sugerido a papá que me llevara y, según me comentaron mis hermanas mayores, era ella la que había escogido mi nombre cuando yo nací.

Muchos años después al viajar a otros países por razones profesionales, descubriría que ese nombre era el de un inmenso avión que revolucionó la aeronáutica comercial, el Douglas DC-3, y que viajar era como una forma de leer la realidad, de conocer y de volver a preguntarme quién soy y cómo es el mundo. A medida que fui creciendo veía con asombro que la realidad cambiaba, que las personas podían igualmente mudar de aspecto, de ánimo e incluso hablar de otra manera o adoptar otras lenguas. Siendo niño mamá me había llevado a supermercados de la ciudad donde de pronto escuchaba hablar en otro idioma. Ella me decía esos son italianos o esos son franceses. ¿Sería por eso que me gustaba viajar? Me fascinaba la diversidad del mundo, las personas, los juguetes venidos de afuera, los desfiles de carnaval con las carrozas multifacéticas, los artefactos que venían de otros países. Supe, transcurrido el tiempo, que los viajes podían revelarme claves secretas acerca de mi vida y mi relación con los otros, como si a través de los demás yo pudiera conocerme. Me importaban las opiniones de los adultos, sus puntos de vista.

Al conocer otros lugares distintos a mi casa era como si mi ánimo, mi alma y mis pensamientos cambiaran también con cada nuevo paisaje, con las nuevas personas y nuevas cosas y ambientes que descubría. El canto de un pájaro podía ser el anuncio de la lluvia o el color del día podía variar de un momento a otro. Todo a mi alrededor podía cambiar y esas metamorfosis de la naturaleza me impresionaban: una oruga que se transforma en insecto, una mariposa multicolor que se posa sobre una flor. Las lluvias torrenciales o los relámpagos o truenos a veces me asustaban. Es la naturaleza, me decía mi mamá, el mundo no se acabará. A mis tres años había descubierto mi propia sombra y miraba sorprendido el vuelo de algunas aves, la variedad de sus colores, los dibujos que hacían las nubes.

Creo que aquel primer viaje a Tovar me abría un mundo de inéditas sensaciones y percepciones. Casi no dormí durante todo el trayecto, haciendo preguntas a papá y al señor Arturo. Con el tiempo vinieron después nuevos viajes a Tovar y nuevos encuentros con mi hermana Carmen y el majestuoso colegio La Presentación y las simpáticas monjas que me llevaban a conocer los jardines y algunas instalaciones, y me ofrecían un jugo o un pan dulce o una monedita de la Virgen María. Y yo después le preguntaba a papá y las monjas ¿por qué visten así?, ¿será que mi hermana Carmen también va a ser monja? Papá a veces no sabía qué responderme.

Cada viaje era un nuevo clima, era respirar otra atmósfera que parecía remover recuerdos y sentimientos. Aprendí a leer a los siete años y desde entonces las percepciones de la realidad cambiaban también, como si cada lectura fuera el inicio de un nuevo viaje. Creo que mi mundo tiene aún algo de aquellos personajes que comenzaron a poblar mi infancia: los poemas a la Virgen que me hacía aprender mi hermana Carmen, cuando venía de vacaciones, para recitar después, a la audiencia de alguna misa, las biografías dibujadas de santos, artistas y científicos o descubridores, pero también la vida de héroes de historietas gráficas como Santo, el enmascarado de plata, o Tarzán, el hombre mono, libros, cómics y revistas que me prestaban los hermanos mayores o que más tarde intercambiaba con amigos de mi edad. Las máscaras de los luchadores llamaban mi atención. Me preguntaba, ¿será que las personas también tienen máscaras?, ¿seré yo un santo, un científico o un luchador? Pensé que igualmente podía inventarme máscaras: de pirata, de navegante que viaja alrededor de la tierra y busca un tesoro, de sacerdote o boxeador. ¿Conoceré algún día ese país de los enigmáticos enmascarados?, ¿cómo se llega a ser santo? Un día, ya adulto y en confianza con mi hermana Carmen, me dijo que algunos santos habían sido antes terribles pecadores. Ella conocía la vida religiosa.

Pasadas dos o tres horas el paisaje cambiaba y el clima caluroso de Maracaibo se tornaba húmedo y comenzaban a aparecer ante nuestros ojos plantaciones de plátanos y de cambures.

Al principio el viaje en el ferry me pareció placentero. Veía con asombro cómo aquella nave podía contener tantos vehículos, personas, cargamentos de todo tipo y no hundirse. No entendía y hacía preguntas a papá y al señor Arturo. ¿Por qué no se hunde?, ¿se está moviendo?, ¿quién nos empuja?, ¿por qué el agua es verde si la he visto dibujada como azul? Después me parecía que el viaje duraba mucho tiempo. Yo veía agua y más agua. Observaba cómo algunas grandes aves planeaban cerca de ella pero apenas la rozaban volvían a emprender vuelo. Por fin el ferry llegó y los autos y camiones comenzaron a salir, y de nuevo retomamos el viaje en el carro del señor Arturo que me parecía que era como una pequeña nave que se movía más rápido que el ferry y era sólo para nosotros.

Entonces, ya con el sol deslumbrando el camino, miraba encantado las nuevas poblaciones para mí desconocidas. Yo preguntaba y papá me las nombraba: Santa Rita, Cabimas, Ciudad Ojeda, Lagunillas, Bachaquero. Pasadas dos o tres horas el paisaje cambiaba y el clima caluroso de Maracaibo se tornaba húmedo y comenzaban a aparecer ante nuestros ojos plantaciones de plátanos y de cambures y de pronto surgían a los lados del camino pequeñas ventas de frutas o de empanadas y pastelitos. Papá comentaba algo con el señor Arturo sobre la inestabilidad del clima pues había comenzado a llover y le parecía conveniente reducir la velocidad, y le señalaba que cuando escampara nos detuviéramos en un buen restaurante o paradero de El Vigía para almorzar.

Yo no lo entendía bien, pero según argumentaba a papá el señor Arturo, toda esa inestabilidad del clima y las variaciones en el paisaje y la atmósfera tenía que ver con que vivíamos en un país tropical. Me quedaría eso en la memoria, ¿entonces Venezuela es un país tropical? Años más tarde le preguntaría a mi maestra qué era eso de ser tropical y ella me diría que no me preocupara por las tormentas eléctricas o por las lluvias repentinas o por el excesivo calor de Maracaibo porque todos esos cambios en la atmósfera y en la naturaleza tenían que ver con el asunto de ser tropical. Me explicaba que la música tan alegre y variada y hasta el carácter o el modo de ser de mucha gente, un poco extrovertido, el gusto por los colores vivos, está relacionado con un estilo de vida tropical. Luego le preguntaba si no había gente triste en el trópico y la maestra me decía que sí, que también había gente triste, que la tristeza era un sentimiento propio de la vida subjetiva de cada persona, una especie de clima interior, variable. Y otra vez recordaba que el señor Arturo hablaba de Bobures y de El Vigía como lugares tropicales por la humedad y a la vez el calor, por la presencia de una vegetación exuberante, porque eran lugares de lo que llamaban el sur del Lago de Maracaibo o próximos a éste. Mientras tanto eran ya cercanas las doce del día y el viaje progresaba, ya era la tercera vez que preguntaba cuándo llegaríamos y papá me dijo que nos estábamos acercando al estado Mérida. En el trayecto habían aparecido a la vista nuevas poblaciones, apenas entrevistas desde el auto: Sabana de Mendoza, Santa Isabel, Caja Seca. Debía ser gente pobre la que vivía en esas casuchas a medio construir.

—Ese restaurante, que se llama Recuerdos del Porvenir —decía Arturo refiriéndose al paradero donde almorzaríamos—, es un lugar confortable, con aire acondicionado y venden buena comida. De regreso, si nos agarra la noche, podemos dormir en los cuartos de arriba. Conozco al dueño. Es también hotel, seguro y tranquilo.

Papá, intrigado por el nombre, le preguntó a Arturo por qué se llamaba así.

—Es muy sencillo. El dueño tenía antes un negocito de venta de comida que se llamaba El Porvenir. Se lo llevó una crecida del río Chama, que es un río que alcanza en tiempos de lluvia un enorme caudal y a veces arrasa con puentes y pequeñas casas inestables de gente pobre. Así es la naturaleza, bella y terrible —agregaba.

Papá tenía plena confianza en el señor Arturo, a quien consideraba una persona seria y responsable, experto en la geografía de toda esa zona. Yo volvía siempre con mis preguntas, un poco atónito por los cambios del paisaje, la diversidad de caños y ríos, los espejismos de la carretera, la inesperada lluvia y las dificultades para ver lo que sucedía afuera, en las poblaciones que dejábamos a los lados de la carretera. Ahora me enteraba de que la naturaleza además de bella podía ser salvaje, destructora, como una mujer celosa, decía papá. De nuevo se despertaba mi imaginación. ¿Eso significaba que las mujeres son como los ríos? Mamá era una mujer tranquila. Desde la ventana yo respiraba un aire húmedo y vegetal que me revitalizaba, veía a ratos ventas de frutas (lechosas, guanábanas, mangos, piñas) y después observaba espacios un poco boscosos, majestuosos árboles, matorrales como selváticos, en los que decía el señor Arturo podían estar escondidos animales feroces. Ahora sabía que todo esto era el trópico, áreas geográficas enteras donde lo que la maestra llamaba civilización parecía haberse detenido. No se veían supermercados ni fábricas ni centros comerciales como en Maracaibo, pero ¿qué quería decir la maestra con la palabra civilización?, se lo preguntaría algún día. Papá hablaba de la existencia de grandes haciendas de ganado o de plátanos y cambures, tierra adentro, en las que la vida tenía un ritmo propio y se entretejía de leyendas de aparecidos, pero que también exigía mucho trabajo. Papá sabía de qué hablaba pues él mismo criaba cabras y ovejos y le gustaba la vida agraria, pero a la vez me parecía que era un hombre civilizado. Los goajiros de Maracaibo ¿no eran civilizados? La maestra decía que sí, que nosotros teníamos mucho que aprender de los goajiros. Alguna vez se refirió elogiosamente a la civilización inca.

—Y por aquí cómo se llama esto —preguntaba, y papá me decía con su infinita paciencia:

—Esto es Caño Zancudo.

O era el señor Arturo quien me respondía que estábamos cerca de Bobures, una población, agregaba, de gente negra, lo cual causaba mi admiración y me movía a formular nuevas preguntas acerca del origen o del modo de vida de esas personas. Pero también podía ocurrir que mi papá, cansado de tantas preguntas, me aconsejara que durmiera un rato, que por eso me había invitado a mí solo, con lo cual indirectamente me hacía ver que yo era, entre todos mis hermanos y hermanas, un privilegiado; que, claro, eso tenía que ver, me subrayaba, con mi buen comportamiento y mis buenas notas en la escuela. Por fin nos detuvimos a almorzar en el hotel-restaurante Recuerdos del Porvenir. Para mi sorpresa estaba un grupo de policías apostados afuera, con grandes armas, en actitud vigilante. Cuando entramos había una gran mesa en la que varias personas comían y hablaban entretenidamente. La especialidad de la casa era la carne de novillo en parrilla. Había una rocola que dejaba escuchar música del llano. Olía sabroso.

Hacía más de dos años que no veíamos a Carmen, quien debía estar ya convertida en toda una señorita, decía el señor Arturo.

Después de almorzar en ese lugar de El Vigía y reiniciar el trayecto, papá me hizo notar que la presencia de los policías se debía a que custodiaban a un hacendado de mucho dinero, insistiendo en que en la zona podían ocurrir asaltos, porque la riqueza de unos pocos era excesiva mientras que la pobreza era general y atroz.

Un rato más tarde comenzábamos el ascenso a Mérida. Iniciábamos la subida a Tovar a través de sinuosas carreteras de montañas. El señor Arturo me sugirió que me acostara un rato pues podía marearme. Serían pasadas las dos de la tarde y sin embargo observaba que el clima se tornaba más frío. Cansado, debí dormirme un rato hasta que de pronto papá me despertó para indicarme que estábamos llegando a Tovar. Aunque el tiempo era nublado y frío, el señor Arturo nos hizo ver que eran las cuatro de la tarde, que teníamos dos horas para estar en el colegio con mi hermana. Papá y yo estábamos emocionados. Hacía más de dos años que no veíamos a Carmen, quien debía estar ya convertida en toda una señorita, decía el señor Arturo. La neblina cubría la entrada al colegio. Olía a flores. Desde las puertas de acceso se veían hermosos jardines. Los matorrales se habían convertido en hermosas plantas.

Para mí el viaje había sido una aventura llena de conocimientos y asombros ante una naturaleza que, aunque vista sólo desde el auto, me deslumbraba en su modo de ser cambiante, a veces inhóspita debido a la ausencia de cultivos o a las huellas que dejaban los desastres naturales, otras veces agradable y hermosa, en ocasiones salvaje, según las leyendas de feroces animales y apariciones de espíritus que, comentaba el señor Arturo, asediaban las grandes haciendas y los pueblos de montaña. ¿Será que los seres humanos somos también así?, me he preguntado tiempo después, un poco bestias y ángeles al mismo tiempo. Desde la ventana yo había inhalado el aire húmedo y como selvático de ese trópico, alumbrado por un sol radiante, para luego preguntarme ¿qué hay detrás de las montañas?, todo era una energía que parecía inundarme y revitalizaba mi espíritu y mi mirada. Aún me quedaban preguntas para las que todavía no tengo respuestas. Tovar era parte de Venezuela, nuestro país, y éste a su vez era parte de Latinoamérica, un continente prodigioso, me explicaría años más tarde la maestra.

El viaje a Tovar se transforma en mi memoria, de otras maneras continúa. Lo escribo volviéndolo a imaginar. Ese pueblo, aunque apenas entrevisto en aquella ocasión, ocupa al lado de mi querida hermana Carmen un lugar privilegiado en unos recuerdos en los que se entrelazan profundos afectos y misterios, hermosas expectativas. El niño que preguntaba a papá, por fin, cuándo llegaremos, piensa, ya adulto y a ratos, que muchas veces lo importante no es llegar sino el aprendizaje, la aventura y la experiencia que nos deja el camino. Viajar es como leer, me repito, convencido de que son experiencias asociadas. El lector, lo recordaba de alguien, es un viajero inmóvil. Ese adulto a veces sueña que es de nuevo un niño y que conoce lugares exóticos, o que vive experiencias con personas de su afecto o con otras fugazmente vistas desde la ventanilla de un bus o de un auto, o al cruzar una calle en una ciudad extraña; entonces cree que viajar no es sólo trasladarse físicamente, que hay detrás de todo viaje aprendizaje y emociones, sentimientos que impregnan ese paisaje interior que, como la naturaleza, también se transforma.

Pero puede ocurrir que el viaje se torne difícil peregrinación del cuerpo y del alma. Son las migraciones de tanta gente empobrecida a otros países, con la ilusión de mejorar sus condiciones de vida. El sentimiento de extranjería es, por lo general, doloroso. Puede ocurrir que Nueva York, Londres o París sean sólo una quimera. La vida es azarosa, insistía papá. Como lo dice la bella canción venezolana “El viajero”: “…yo fui a buscar perlas y hoy náufrago vengo / sin remo y sin ancla…”. Para papá y para mí lo más importante fue a abrazar a Carmen. Ese encuentro fue como una breve pero refulgente eternidad. Por suerte el señor Arturo, ya convertido en mi cómplice de asuntos misteriosos, me hizo saber que algunas monjas eran tan bellas que parecían ángeles, pero que había que andarse con cuidado con algunos ángeles. Yo amo a Tovar en mi memoria porque viajar a Tovar fue como conocer el mundo.

Douglas Bohórquez
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