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El recuerdo me hace temblar

sábado 9 de abril de 2022
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Es un día de mierda, hace un frío de los mil demonios, el sol brilla, pero no calienta, es siempre así cuando el invierno agoniza; antes de su muerte parirá a la primavera, que lleva en su seno la resurrección del invierno.

La noté triste y le pregunté qué era lo que le pasaba. No me hagas caso, me puse triste nada más, y siguió leyendo. Le di un beso en la frente y miré de reojo la tableta digital que portaba. Vi la foto del niño huido de la guerra y até cabos.

Sentí que se estremecía, entonces la dije que la abrigaría con una manta de lana de alpaca. No, no tengo frío, es el recuerdo que me hace temblar.

Se confirmaron mis sospechas. Me retiré a mi cuarto de trabajo y busqué entre mis cosas el recuerdo que le hace temblar.

 

Mi hermana melliza y yo no entendemos por qué debemos viajar en un avión lleno de sangre.

Siempre hay una foto, una carta, una historia traspapelada en los cuartos de los huidos, porque cuando se huye, aunque sea una sola vez, se sigue huyendo mentalmente. La vida se convierte en huida sin fin. La casa por muy casa que fuera se convierte en espacio cerrado que protege del espacio abierto que está al frente de uno cuando abre la puerta, sólo pensar en hacerlo produce miedo.

Ahí afuera está el taxi esperándonos para llevarnos hasta una plazuela donde Norka nos espera para conducirnos al aeropuerto donde un avión carnicero nos permitirá huir. Mi hermana melliza y yo no entendemos por qué debemos viajar en un avión lleno de sangre arropados sólo por mi madre y ¿mi padre?

 

No pude decir nada. Tampoco podíamos permanecer callados, frente a frente, mis hermanas y yo, escuchamos los preparativos durante toda la noche.

No sé por qué carajo nos excluyen a los niños, no debía extrañarnos. Teníamos hambre, por lo menos podían darnos algo de comer.

Cuando mi madre vio mis ojos me leyó el pensamiento, buscó en sus bolsillos un mendrugo y no lo encontró. Mi padre que no era mi padre fumaba, siempre fumaba, serían los nervios.

Mis hermanas juegan con una muñeca de trapo, de tanto tironearla casi la dejan sin una pierna.

Justo esa noche de hambre y muñeca de trapo huimos en una furgoneta que nos llevó en un largo viaje a un lugar donde se estaban agrupando los amigos, camaradas o terroristas, como también los llamaba el gran Imam que dejó su exilio en París para retornar al país de mis padres.

Fue una noche inolvidable, nunca más vi a mis hermanas y creo que tampoco se han visto entre ellas.

Vuelvo al cuarto donde la dejé temblando de recuerdo y vi que se había dormido. Los anteojos para leer se le cayeron y un hilo de baba le salía de la comisura de sus labios ajados y viejos, un mechón de cabellos blancos le cubrían parte de su rostro que sigue siendo el mismo de ayer, ese rostro duro, con ojos almendrados y negros como las profundidades que me miraron con la valentía de esas mujeres que deciden incluso el futuro de sus hijos. Nos vamos a separar. Te irás con mi camarada a un país donde tenemos amigos, tus hermanas se irán a otros sitios, es mejor separados. Son razones de seguridad. ¿Y tú, mamá?, pregunté con timidez. Todo será un tiempo corto, mientras yo haga la revolución contra el Imam. Y… no olvides: los hombres no lloran.

Me quedó la duda, puede que no sea hombre poque lloré todo el largo camino. A mi madre muyahidin no la volví a ver más.

 

A mi otra madre, la que me llevó en un avión con sangre, la sigo mirando en el espejo.

Cuando vuelvo al cuarto donde está ella, la veo con otros ojos, esos tristes que dicen que heredé de ella, mi otra madre. La recuerdo cuando escribió en el muro de la casa de Santiago de Chile un número, como si estuviese sumando.

Si te preguntan por este número dices que no sabes qué es, me dijo, y me enseñó a leer correctamente para luego encargarme: Es el teléfono de la tía Soledad que te llevará a La Paz donde la abuela Juana María y allí me esperas.

Todavía no vuelve, la abuela cuando se estaba muriendo me dijo: Tu madre fue a buscar a tu padre que estaba preso en un estadio y no volvieron nunca más. Cuando me entierres pon la foto de tu madre porque iré a buscarla, ahora es mi turno.

Somos una generación de solidarios, sabes, hijo, la solidaridad es lo que yo hago por ti.

Escuché que roncaba, volví a la sala, seguía dormida, la tableta digital con las noticias de la guerra se apagó, está negra, no se ve nada. Se la quité de las manos porque tuve miedo de que se caiga… es lo único que la distrae, aunque ahora sólo la entristece.

La miro con pena porque le recuerdo fuerte y decidida cuando me recibió por encargo.

Somos una generación de solidarios, sabes, hijo, la solidaridad es lo que yo hago por ti. A tu verdadera madre no la conozco, pero me han encargado cuidarte y educarte hasta que ella vuelva caminando, como ráfaga de viento o a través del rocío matutino.

Cuando vuelvo a mirar por la ventana, descubro un día de sol, la abro y recibo la bofetada polar; a lo lejos veo la columna de huidos que bajan por la colina cercana a una frontera que ya no recuerdo los países que separaba.

Vuelve el niño a llorar, poque pasé frío y hambre subiendo y bajando unas montañas con gente que no conocía, teníamos que llegar a una carretera desde donde nos iban a recoger para traernos aquí, a este otro invierno.

El niño levanta el brazo derecho, pero a veces el izquierdo, y grita haciendo coro con todos sus compañeritos lo que el profesor gritaba primero.

¡Muera el imperialismo yanki!

¡Muera el comunismo soviético!

¡Muera el liberalismo europeo!

¡Viva la gran revolución islamita!

Es un sobreviviente como yo, como tú, como muchos. Me mira y se sonríe y se rasca la cabeza con el muñón izquierdo de una mano que no tiene.

Nací marcado, según mis padres. Dios me dio una mano sin dedos, por dedos tengo cuatro verrugas y un tercio de pulgar.

Eran los terribles ochenta, aunque en ese país todos los años han sido y siguen siendo terribles.

El rector nos reunía en el patio asfaltado de la escuela para el curso de disciplina militar.

¡A templar el carácter!

Gritábamos muchos mueras y un solo viva. Todavía escucho el discurso:

Tú también puedes disfrutar del paraíso. Depende de ustedes, niños, llegar al paraíso y compartir mesa y honores el lado de Dios.

El director, los profesores y el Imam parecían pasajeros que habían visitado el paraíso con un billete de ida y vuelta y hablaban de las maravillas que nos esperaban. Colgaban una llave de metal en el cuello de mis amiguitos. Cuando me tocó el turno las llaves de metal se habían terminado, me pusieron una de plástico. Cuando les dije que se podía romper, me miraron con sorpresa y me dijeron que no me preocupase que igual se abriría la puerta del paraíso.

Cuando los niños y los viejos estuvimos en el campo de batalla, avanzando a tientas, pisando tierra de guerra, vimos cómo volaban por los aires los cuerpos de los niños y viejos que iban en la primera línea.

Éramos barreminas con destino al paraíso.

El ruido era ensordecedor, desperté en la casa de un kurdo que, años después, me trajo aquí a esta ciudad del polo norte.

Ese niño sigue habitando el interior de este viejo con un muñón en la mano izquierda, ahora está sin piernas, pero vivo.

Mi madre que duerme en el sillón se hizo cargo de esta carga, es mi madre de aquí, de este lugar con frío eterno.

Mis padres por tener un hijo mártir tienen una pensión del Estado asesino de niños. No saben que moriré de viejo.

Vi incluso la cara de mi madre, no el rostro de la que busco para que tome su remedio para la presión arterial, sino el rostro de la madre que me parió.

Volví al cuarto a ver si seguía durmiendo, me costaba despertarla para que tome sus remedios y el té con pastel de manzana de media tarde. No estaba, seguramente salió a algún lado sin avisarme.

La tableta digital estaba mirándome, quedó prendida con la imagen de un niño muerto en una playa, ese niño que las olas lo dejaron en la playa como recuerdo de una huida que no tuvo acogida. Nadie los quería, nadie.

Cuando me acerqué a la orilla del mar, sentí el oleaje frío en mis pies, avancé caminando y vestido hasta que el agua llegó a mi cintura y quedé atontado mirando la profundidad desde donde me miran miles de ojos de gente que me llama con las manos como invitándome a ahogarme. Vi incluso la cara de mi madre, no el rostro de la que busco para que tome su remedio para la presión arterial, sino el rostro de la madre que me parió. Me llama con los dos brazos que los mueve como aspas de un molino. Siento frío en la cintura, llevo las manos a mi rostro cubriéndolo y haciendo esfuerzos para llegar a la sala donde quedó la tableta digital con la foto del niño sirio.

Eché a correr de puerta en puerta, intenté abrirlas y no pude, seguí corriendo hasta que encontré una entreabierta y escuché el diálogo de mi madre:

No significa nada, él entenderá. No puedo dejar a mi madre enferma, en esta situación en que caen las bombas rusas en casas de eslavos como ellos. Mi niño debe irse, tiene su documento al día, anoté el número del teléfono tanto en la palma de la mano como en el antebrazo. Es el número de teléfono de la familia que lo recibirá en Eslovaquia.

No llores, hijo, eres aún niño para llorar, los niños ríen, cuando seas de mi edad podrás hacerlo sin miedo ni vergüenza. No te olvides que perteneces a la estirpe de los huidos.

Caí rendido sobre las hierbas del bosque, escuché el murmullo de voces de niños debajo la tierra, estoy en el centro de la soledad rodeado por el silencio de multitudes, mientras las bombas siguen cayendo a mi alrededor.

Carlos Decker-Molina
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