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Abuela Sumak

jueves 21 de abril de 2022

Cuando uno se encuentra en un callejón sin salida, el cerebro trabaja, busca, rebusca, escarba. Y encuentra. Siempre hay salida para todo. No siempre es buena. Pero es salida.
Isaac Aisemberg

Mataré a la abuela Sumak. Lo decidí viendo a mi hermana Urpi llorar desconsoladamente en su cuarto, mientras me contaba que, unas horas antes de la cena, le había presentado a su novio a la abuela. Édgar era un ingeniero recién egresado, y mi hermana una mujer débil, algo impulsiva, criada a la antigua, que apenas había cumplido los veinte. Al parecer, a la abuela Sumak no le había caído bien el color de piel de Édgar: “¿Hay ingenieros morenos?”, había dicho la vieja, mirándolo de abajo a arriba.

Mi abuela. Una mujer despreciable a quien el destino había premiado con una herencia llena de negocios y tierras, que no compartiría con ningún hermano por el simple hecho de ser hija única. La vieja, sin duda, era la fortuna andante.

Por otro lado, la fortuna había decidido jugar a las escondidas con mi hermana y conmigo. Mi madre murió al nacer Urpi —yo tenía tres años—, y a mi padre no se le ocurrió mejor idea que dejarnos con abuela Sumak y largarse a los Estados Unidos, borrando toda posibilidad de comunicación con él.

Iba a convertirme en el hombre que toma las riendas de su vida y hace realidad sus sueños.

Desde entonces, mi abuela nos crio como a ella mejor le parecía. Yo hubiera querido ser arqueólogo para investigar nuestras culturas preincas, pero la vieja me obligó a estudiar Administración de Empresas:

—Necesito que alguien de mi sangre se ocupe de mis negocios —renegaba conmigo a la hora de la cena, bebiendo su tercera copa de vino—. El fulano que administra mi fortuna jamás me convenció, y hasta sospecho que me roba.

Yo sonreía, pensando en lo ridícula que era la vieja. ¿Así que sospechaba que el fulano le robaba? Qué le va a robar, con lo controladora que es… Además, ese tipo había sido desde muy joven administrador de todos los bienes de la familia. Y ahora, a sus setenta años, trabajaba mejor que nunca.

—O haces lo que te aconsejo —me decía la abuela— o te largas de aquí: yo ya no tengo ninguna obligación para contigo.

Tragué saliva: yo recién había terminado la secundaria, no tenía ni un sol en el bolsillo y me vi obligado a aceptar el planteo de la abuela, mientras alimentaba el deseo de matarla. En ese momento era sólo una idea difusa; ahora iba a convertirme en el hombre que toma las riendas de su vida y hace realidad sus sueños.

Mataré a mi abuela, sí. Lo había decidido. El llanto desconsolado de mi hermana ayudó a convencerme. “Ya no podré volver a amar”, sollozaba la pobre. Abuela Sumak había herido tanto el orgullo de Édgar que él salió de inmediato de la hacienda, diciéndole a Urpi que no la vería nunca más.

—Pero por qué no te vas y lo buscas, le pides perdón y empiezas una nueva vida con él —le aconsejé—. Estaba dolido, es lógico que te dijera eso. Vete con él, olvídate de Sumak y empieza una nueva vida.

Mi hermana frenó sus lamentos y observó la gran cruz de madera que colgaba sobre la cabecera de su cama.

—Pero Édgar todavía no ha pedido mi mano a la abuela. No puedo irme sin su consentimiento —respondió, mientras limpiaba sus lágrimas con un pañuelo—: me quedaría sin mi parte de la herencia. Ella me lo dijo bien claro: si salía casada de aquí, heredaría algunos bienes.

Suspiré profundo.

—Esas ideas que te ha metido son para tenerte a su lado, para que seas su sirvienta las veinticuatro horas. Ni siquiera te permitió seguir los estudios. ¿Recuerdas lo que te dijo aquella vez?: “Hay dos tipos de mujeres en este mundo. Las que nacen con fortuna para ser las dueñas de su vida, como yo. Y otras para ser sirvientas de alguien o de su marido y de sus hijos, como tú”.

Urpi parpadeó un par de veces, asintiendo.

—No sabes cómo la odio —confesó, mostrando los dientes como un perro enfurecido—. Hoy más que nunca la odio, y desearía verla muerta.

—Cálmate. Vas a ver que todo se solucionará, ten paciencia.

Hubiera querido contarle lo que había decidido con respecto a la abuela, pero era mejor que no lo supiera nadie.

Mi plan era simple: provocarle un paro cardíaco. Sería fácil, y más porque abuela Sumak sufría de la presión alta.

Fue sencillo conseguir la sustancia que le provocaría el paro cardíaco. Según el tipo que me la vendió en el mercado negro, tres gotas eran suficientes, y harían efecto después de dos horas. Fue fácil también poner las tres gotas en la botella de vino que abuela Sumak bebería esa noche: la cocinera había salido a hacer las compras.

Ahora yo era la fortuna andante.

Salí de la cocina, tratando de pensar en otra cosa, para tranquilizarme.

Busqué a abuela Sumak: tenía que comunicarle los últimos reportes sobre sus negocios. La encontré cerca del huerto de maracuyá. Estaba con Tawa, un trabajador de la hacienda que tenía mi edad, a quien mi abuela había criado desde niño. Tawa, Urpi y yo fuimos amigos inseparables hasta la adolescencia, pero a Sumak no le gustaba esa amistad, y en especial, la relación tan cercana entre Tawa y su nieta. Yo no había notado ese particular trato hasta que empecé la universidad: a él le brillaban los ojos cada vez que veía a Urpi, y siempre se mostraba dispuesto a ayudarla en lo que ella le pidiera.

Fuimos a la oficina y le hice el reporte de los ingresos. Se alegró: las cosas andaban mejor día a día.

—¡Para la próxima, corta bien la leña, cholo de mierda!

Él, empuñando un machete y con una alforja sobre uno de sus hombros, la escuchaba cabizbajo.

—¿Qué pasa? —intercedí.

—Este cholo bruto ayer no cortó bien la leña, y me raspé con una astilla al ponerla al fuego —siguió vociferando la vieja.

Pobre Tawa, por qué toleraba este trato. La paga y Urpi, seguro.

—Ten más cuidado para la próxima, Tawa —le dije—. Ve a seguir trabajando.

Tawa, serio, asintió y se retiró sin decir nada. Yo le expliqué a abuela Sumak para qué la buscaba.

Fuimos a la oficina y le hice el reporte de los ingresos. Se alegró: las cosas andaban mejor día a día. Me felicitó, y sacó de su caja fuerte algunos billetes para adelantar mi paga del mes.

—Tú y tu hermana son la mejor compañía que puedo tener hasta el momento —dijo, mientras ponía los billetes sobre la mesa—. Gracias —me susurró al oído.

¿Qué había sido eso? ¿Aumentar sus ingresos en los negocios ponía sentimental a la vieja?

—Avisa al ama de llaves que les diga a todos los trabajadores que ya pueden irse. Que descansen. Merecen un premio de vez en cuando.

Sonreí. Sí que la había puesto de buen humor mi reporte. Le agradecí y salí de la oficina, agarrando el dinero. Avisé al ama de llaves la orden que había dado su patrona. Subí a mi dormitorio a bañarme. Tenía que salir a despejar la mente. Hoy moriría abuela Sumak, y eso me daba cierta tranquilidad, por ratos.

No había visto a mi hermana en todo el día. ¿Qué habrá pasado con Urpi? Con el cabello húmedo y ropa limpia toqué un par de veces la puerta de su dormitorio. Escuché un seco: “¿Quién es?”. Abrió de inmediato al escuchar mi voz. Entré a su habitación. Los ojos de mi hermana parecían dos lunas llenas de sangre, a punto de explotar. Su cabello estaba desordenado, y llevaba la misma ropa de ayer.

—La vieja está feliz —le dije; Urpi me miró confundida—. Dice que somos su mejor compañía.

—No me interesa —respondió, volteando hacia la pared blanca.

—Cámbiate y sal un rato. Ha dicho que toda la servidumbre se vaya temprano. Tienes que tomar una decisión. ¿O ya has decidido algo?

—Antes de que anochezca decidiré algo —me respondió, sin dejar de mirar la pared—. Ahora déjame sola, ¿sí? No me siento bien.

No contesté. ¡Pobre Urpi! Pero pronto la mujer que le había hecho tanto daño se iría para siempre. Salí de la habitación, aceptando dejarla sola. Bajé sonriente, y encontré a mi abuela almorzando con una copa de vino. Yo había planeado que se lo bebiera en la cena, pero se me adelantó el plan: mi día de suerte, sin ninguna duda.

—Ven, almuerza conmigo —dijo abuela Sumak al ver que me acercaba al comedor central—. Yo tuve que servirme sola: toda esa tira de inútiles voló cuando les di el permiso. Bebe un poco de vino —dijo tocándose la frente sudorosa—. Aunque lo he probado un poco raro.

“Lo he probado un poco raro”, resonó en mí esa frase. En un par de horas ya no tendremos que seguir soportándote, abuelita.

—Pucha, abue —dije, poniendo las manos sobre el respaldar de una silla de la gran mesa del comedor—. He quedado en almorzar con una amiga. Ya tengo que irme.

Abuela Sumak frunció el ceño. Bebió un poco de vino y, al terminar, con una gran sonrisa, me dio permiso para retirarme.

A la media hora ya estaba en un bar céntrico de Chiclayo, decidiendo cómo actuaría cuando volviera. Quizá la encontrase muerta mi hermana. La policía dirá que la vieja murió de un paro cardíaco: nada raro para una mujer que sufría de presión alta. ¿Y si determinan que deben realizar una autopsia? No, no creo: la policía es tan ineficiente que querrá archivar el caso en seguida. Y si hay que corromper jueces y policías con dinero, yo lo haré. Eso es mucho más fácil aquí que en cualquier parte del mundo.

En media hora llegué en taxi a la hacienda. En la entrada noté tres patrulleros con sus luces rojas encendidas.

¿Pero si en verdad me descubren? ¿Y si nadie se deja corromper?, pensaba, con el cuarto shot de pisco mezclándose en mi sangre. ¡Ja! Esto es Chiclayo, Perú; no Nueva Zelanda —intentaba darme ánimos—. Aunque yo no lo había hecho por el dinero, sino por los muchos abusos que abuela Sumak había cometido con la gente, conmigo y en especial con mi hermana. Soy un héroe… ¿O un asesino?

Bebí el quinto shot y me largué del bar.

Caminé por la ciudad. El efecto del alcohol fue bajando un poco de mi cabeza. Tenía que volver a casa para que nadie sospechara de mí.

Eran las nueve de la noche: abuela Sumak ya debería estar muerta.

En media hora llegué en taxi a la hacienda. En la entrada noté tres patrulleros con sus luces rojas encendidas.

—¿Usted es el nieto de la señora Sumak? —me dijo un oficial.

—Sí —dije, acercándome a la puerta. Un leve temblor nació a lo largo de mis canillas—. ¿Qué pasa?

—Ha muerto su abuela —respondió el policía fríamente—. Venga conmigo.

Abrí los ojos lo más que pude para que se note mi sorpresa. Entramos a la sala. Dos hombres conversaban; vestían chalecos negros donde se leía en letras amarillas Dirincri.

—Él es el nieto —me presentó el policía que me había parado en la puerta.

Uno de los hombres de chaleco se me acercó y me dijo que lo acompañara al angosto zaguán que llevaba a la cocina. Lo seguí; me pareció de pronto que ahí adentro la temperatura era de 40 grados centígrados.

—Soy el detective Perleche —me extendió la mano. Le devolví el gesto—. Su abuela murió.

—Sí, ya me lo dijo el otro oficial —respondí secamente—. La encontró mi hermana, ¿verdad? —dije, fastidiado por el calor que me estallaba en la cara. Y a todo esto, dónde está ella, pensé.

—Perdón —dijo el detective mirándome fijo—. ¿Y cómo sabe que su hermana la encontró?

—No, no, o sea… —vacilé un poco—. Ella estaba aquí cuando me fui. Por eso lo supuse.

—Mmm —dijo Perleche, sin dejar de escrutarme—. La que la encontró fue el ama de llaves, que regresó porque se había olvidado algo. No había nadie aquí cuando ella la encontró —y añadió—: Veo que ese dato lo sorprende.

¿Pero si en verdad me descubren? Una vez más la pregunta apareció en medio de esa olla de agua hirviendo que era mi cabeza. Aclaré la garganta.

—Bueno —quedé en silencio algunos segundos—. ¿Puedo ver a mi abuela?

—Aún no. El ama de llaves dice que usted venía de la oficina de la señora Sumak cuando le avisó que ella había dado la orden de que todos se fueran a casa temprano. ¿Eso es verdad? ¿Qué hicieron en la oficina? ¿Hablaron de dinero? ¿Le dio dinero?

¿Por qué me preguntaba eso? ¿Qué tenía que ver eso? El calor en mi cabeza no menguaba ni un mísero grado.

—Sí, claro. Es verdad —respondí, bajando la mirada—. ¿Dinero? No sé nada. Sólo le di algunos reportes de sus negocios. O bueno, sí me dio algo de dinero —se me enredó la lengua.

—¿Le dio dinero, sí o no? ¿Usted sabe la clave de la caja fuerte?

—No, no sé la clave —sentí un hincón cerca del pecho.

Sí la sabía, pero nunca agarré nada, porque la abuela llevaba a rajatabla las cuentas. Alguna vez, creo, le dije a mi hermana la clave.

—Señor, veo que está sudando mucho, ¿se siente bien?

¿Qué pasa con este tipo? ¿Por qué no me deja en paz? Entretanto, parecía que alguien hubiese encendido una fogata dentro de mí.

—En realidad… —titubeé.

—Señor —levantó la voz el detective, buscándome los ojos—, ¿sabe o no sabe? Dígame la verdad.

Perleche hablaba y hablaba, pero yo no lograba entender ni una sola de sus palabras.

Quise responderle de inmediato, pero sólo balbuceé. El detective no dejaba de mirarme a los ojos.

—Bueno… —una gota de sudor humedeció la comisura de mis labios—. Sí, sé la clave de la caja fuerte.

Mi cabeza ahora parecía el planeta más cercano al sol. Las preguntas volvieron a perseguirme, pero esta vez, con la voz venenosa de la abuela: “¿Y si te descubren, inútil? ¿Te crees un héroe…? No eres más que un asesino cobarde, un mal agradecido”.

Perleche hablaba y hablaba, pero yo no lograba entender ni una sola de sus palabras: su voz se superponía con las espectrales maldiciones de Sumak.

Y ya no pude contener las lágrimas.

—Está bien, lo confieso —dije con determinación—. Yo la maté. Era una vieja miserable, ¿sabe? Yo la maté —respiré profundo, sintiendo a la vez náuseas y alivio.

—¡Me sorprende, señor! No lo esperaba de usted. Yo sólo preguntaba para completar el reporte. Y, ya que lo confesó, ¿dónde tiró el machete?

—¿El machete?

—Sí, no se haga. El corte con el cual le partió el cráneo a su abuela tuvo que ser con un machete, o algo parecido. Y, ya que estamos en confianza, ¿dónde está el dinero robado? Mis muchachos y yo, junto con el ama de llaves, encontramos la caja fuerte abierta y completamente vacía.

Luis Penas
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