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Ana y los pájaros

martes 26 de abril de 2022

Ana y yo estamos como en el principio. Después de tanto vivir juntos apenas nos conocemos. A veces la miro y no sé quién es. Me extrañan sus reacciones. No sé por qué piensa de tal manera, por qué actúa de tal forma, por qué se enoja, por qué tiene esos gustos tan distintos a los míos. Definitivamente no sé a qué atenerme. No es como yo pensaba cuando la vi por primera vez y se me aceleró el corazón. Ahora todo es distinto. No entiendo su escandaloso modo de danzar en el aire. Aunque no es una libélula, dice que la música la transforma. A veces se escapa y no sé con quién anda. Escucho sus chillidos, pelea con otras gatas en el tejado. Yo simplemente miro la televisión y lo doy por desapercibido. Sé que pronto volverá y acariciará mi piel. Ana es así, inconforme con sus vestidos. En todo caso, ella dice ser alguien especial. Dice que tiene marcas en sus manos que la distinguen de otros seres vivos. Otras veces cree adivinar mis pensamientos, como si fuera una maga. Sus cualidades especiales me abruman. Alguna vez quise devolverla a su original lugar de procedencia pero me prometió no volver a bailar. Ciertas transformaciones de su carácter se expresan en sus ademanes y obsesiones adivinatorias.

Hoy Ana me dice que no la entiendo, que sólo vivo entre mis pensamientos, que soy como un pájaro, que llego a la tierra y me voy, que vivo en la luna, que no me quedo quieto. ¡Yo quería un hombre práctico!, dice.

A veces me reclama: ¡eres un tránsfuga del aire!, y ríe sardónicamente. En ocasiones nos abruma el desconcierto. Sí, le digo, somos diferentes: tú amas el rojo y yo el azul. Después parto en comisión de trabajo. Regreso a los días y otra vez Ana vuelve a sus andanzas: la música, la danza, la risa. No soporto tanta levedad. Ella dice no equivocarse, pues las mujeres, como las gatas, son sabias y visionarias, capaces de conocer lo que los pájaros ocultan. Sin embargo nos parecemos. Me miro en ella y soy otro. Somos como dos animales que vuelan más allá de las mañanas y las montañas. Ahora, después de tanto cielo, recuerdo que una tarde me enamoré de Ana cuando la vi desde lejos danzar en el aire. Es cierto que nos unió la pasión por lo raro. Pero creo que nos equivocamos. Ella pensó en un ser práctico y amoroso y yo en una criatura dócil, como las plantas. La necesidad de amor nos llevó a juntarnos. Ahora nunca sabemos quiénes somos, sobre todo cuando nos arrastra un delirio o una locura y decidimos irnos a la cama. ¿Quién es esta delicada fiera que abrazo y tiene otro nombre y otro rostro?, ¿quién soy yo convertido en un lujurioso animal que sólo se mira a sí mismo? Un turbulento río nos reúne y nos dispersa. Así vamos, entre las sillas, algunos pequeños muebles que nos sirven de escenario y telón de fondo, como dos comediantes, dándonos risa.

Douglas Bohórquez
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