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Opción B

sábado 14 de mayo de 2022

¿Y usted qué cree, Sánchez, que yo estoy acá por mero gusto personal? La duda me apretó siempre la garganta y quiero evitar un edema de glotis, decía mi amigo D’Amico, con la mirada atenta a todos los movimientos de la exposición, y con esa extraña descortesía para con un evento semejante. Y yo pensé que se venía una confesión de hipocondríaco en una galería de arte. Lo que definimos, decía, como proyección de una imagen para capturarla a través de una cámara, no es más que apoderarse de la realidad y reducirla a una lente. Es el poder que ejerce el hombre, mi querido Sánchez. Sí, como lo escucha, el poder tiene una diversificación casi inimaginable. ¡O usted cree que el poder es privativo de políticos y eruditos! No, no se equivoque, Sánchez. El poder está instalado en la esencia misma del ser humano; a veces se disfraza de solidaridad, otras, de discurso, y en ocasiones como estas, de fotografía. Sírvase el vinito que le ofrecen y acérquese. Yo no bebo, cuido mi hígado. Aproveche, usted, me dijo. Mire esta foto, continuó, ¿Ve usted lo mismo que yo? Lo suponía: un niño en cuclillas. Sí, muy humilde, estamos de acuerdo. Esa camisa despojada color marrón que apenas le cubre las rodillas lo indica todo. No, no está abotonada. Es como si se la hubiese puesto para no salir desnudo y presiento que, debajo de ella, si el niño se incorpora un poco, asomarían las costillas. Pero no se incorpora; sólo mira las migajas de pan caídas en el piso que le quedan por comer. Sí, por supuesto que tiene su atención puesta ahí, diría yo que el estómago, más que la atención. ¿No le parece? Y me indica, usted, Sánchez, que ignora el lugar donde se encuentra el niño. Un piso de cemento ya deteriorado, supongo que por erosiones climáticas, y si se tratara de eso puede contextualizarse en cualquier lugar del mundo. Me dice que el piso está así por abandono de poderosos. Puede ser. Y de poderosos era que estábamos hablando. Pero mi observación apuntaba hacia otro lado. Si ese niño en cuclillas con camisa despojada, desprendida, que apenas le tapa las rodillas y deja ver sus cobrizos pies descalzos sobre un piso de cemento erosionado por el clima o dejado al abandono por los poderosos, osara levantar la cabeza y lo mirara a los ojos, a usted, fotógrafo, póngase en ese lugar, hágame el favor… si él lo mirara: ¿qué leería, Sánchez, en esos ojos? ¿Qué interrogante aparecería en esa mente frente a la lente firme y con dirección hacia un solo destino? No me corra con otra pregunta y no me diga que el interrogante lo tiene usted. Ese chico sabía que le estaban tomando la foto. ¡Pero cómo que no! Sí, lo sabía. Sírvase un canapé, Sánchez. No se despreocupe del servicio. Hágalo por mí que no quiero volverme diabético. Usted quiere saber hacia dónde apunta mi observación. Volvamos al poder del fotógrafo. Ahí está la lente diciendo: yo congelo este instante, yo puedo hacerlo, yo necesito hacerlo y lo hago. Y detrás de esa lente, un hombre. Usted, metafóricamente. Un hombre que hace que el niño se deje fotografiar, un hombre que hace que el niño se intimide frente a lo inalcanzable. Un niño sin nombre, ni lugar, ni fecha, un niño listo para ser capturado por la cámara de un poderoso. Un niño que, paradójicamente, tiene poder y deja ejercerlo, tal vez porque su realidad es infinitamente más amplia que lo que pueda abarcar una lente. Tal vez, porque ignora la suerte que pueda correr después del ruido de su disparador. Pero él sabe que puede haber un antes y un después. No impide nada. ¿Me dice, usted Sánchez, que alguien en condiciones de indignidad no puede preocuparse de semejante cuestión?

Escúcheme, usted, que es mayor que yo… sí, un par de años, no más que eso, pero compartimos situaciones con alguien en épocas de escuela primaria.

Manuel. Exactamente, Manuel, el vendedor de panchos que instalaba su carro a la salida del colegio. Cómo que Manuel no tiene incumbencia en esta conversación. Sí, la tiene. Fíjese y escuche. Y recuerde. Nos parábamos cerca y mirábamos con deseo. Y había un doble juego. Frente a nuestras miradas, Manuel acomodaba su delantal, acomodaba los panchos en una bandeja y ponía la olla sobre el calentador. No, no es un disparate. Nosotros teníamos el poder de ilusionar a Manuel con la compra de los panchos. Y usted me dice que él tenía poder sobre nosotros. Mire qué curioso. Vamos coincidiendo, entonces. Es verdad, esos movimientos nos apuraban con la decisión de comprarlo. Me invita usted a volver al cuadro ahora y a mirar otra vez a ese chico en cuclillas con camisa marrón que apenas lo viste, dejando ver sus cobrizos pies descalzos sobre el cemento erosionado por el clima o abandonado por los poderosos de turno. ¿Querrá darme la razón sobre lo dicho antes? ¿O hay algo más? Me sorprende ampliamente, Sánchez. No entiendo por qué me negó esa posición hace apenas unos instantes. El chico, entonces, tuvo poder sobre el fotógrafo: el de atraerlo, el de hacerlo inclinar, el de atraparlo con su postura mirando esas migajas de pan que le faltaban comer. Sospeché que algo de eso había. Una opción B. Y quiere, usted, sacarse la intriga de que por qué yo insistía con esto. Así como lo escucha, fingí entenderlo frente a usted, porque todavía.. .todavía… ¿Será que cuando, tendido en el piso, sangrando mis heridas de guerra y con pulsaciones desvaneciéndose, con el cielo cayéndose sobre mi cabeza, sólo quería que aquel fotógrafo que disparaba el gatillo de su cámara, me estirara una mano? Me pareció oportuno tratar de arribar a alguna conclusión en una galería de arte y justamente aquí, en Albuixech. Albuixech es la cuna del capitán Trueno. ¿Conocía ese dato, Sánchez? De valores, sensaciones y luchas… digo.

Venga, hombre, miremos la fotografía de aquel amanecer.

Gabriela Vilardo
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