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Florentino y Elvira

jueves 9 de junio de 2022

¿Florentino? No conozco a nadie con ese nombre, dijo Elvira cuando su hermana pequeña le avisó que él la esperaba en la puerta de la casa.

Ella no usaba tacos, no se pintaba, casi no salía. Pero se distinguía de las demás chicas del pueblo por ese pelo tan rubio y unos ojos azules… o verdes. Nadie se ponía de acuerdo con el color. En lo que si estaban todos de acuerdo era en la hermosura de sus ojos, cuyo color era inclasificable. Algunos decían que eran del color del tiempo. ¿Y eso? Que cambiaban de color según el día.

Él era alto, delgado. Morocho. Un andaluz que había huido de España. De esa España de posguerra, que no podía ofrecer más que hambre y dolor. Había dejado su tierra con ese sufrimiento que comparten todos los exiliados. Y con la esperanza de volver, que se fue desvaneciendo poco a poco.

Él se instaló en Balcarce por esos misterios indescifrables de la vida. Que un compañero de aquí, que otro exiliado de allá.

Ella había nacido en Balcarce y tenía la alegría de las personas que están a mano con la vida. Una alegría serena. Disfrutaba de su hermosura, con pudor. Casi sin darse cuenta. Eso aumentaba el aura de misterio que la envolvía.

Él se instaló en Balcarce por esos misterios indescifrables de la vida. Que un compañero de aquí, que otro exiliado de allá. Que la ciudad pintaba próspera. Que algo de la descripción que le hacían de la ciudad le recordaba Andalucía.

Hablaba poco Florentino. No le gustaba hablar de la guerra. No le gustaba decir en qué bando había sido obligado a luchar, siendo apenas un muchacho. Así que nunca supimos si había sido republicano. Lo que sí supimos es que la guerra, o el hambre o la añoranza de su tierra, o todo eso junto, lo habían convertido en el hombre más trabajador de Balcarce. Y el más honesto.

Ella no había conocido la guerra ni ese dolor que se lleva en la sangre. Pero compensaba todo con esa alegría que inundaba cualquier lugar donde estuviera y con una calma que le impedía tener prisas. Ni para salir, ni para casarse ni para tener hijos. A veces esa calma preocupaba a sus hermanas que ya la veían grande para la conquista de un hombre. Pero a Elvira la tenían sin cuidado esas opiniones.

Por eso mismo ella era conversadora, dicharachera. Y por aquello, él era un hombre callado. Taciturno, no. Callado. Reservado. A veces se reunía con otros españoles, también exiliados, y vino va, vino viene, terminaban cantando todos “La Internacional”. Florentino, no. Quería dejar ese pasado. Había renunciado a la melancolía. Ya amaba esta tierra que lo había recibido con los brazos abiertos.

Ella leía mucho. Sabía por intuición y por experiencia que los libros aumentan la vida. La expanden. Él casi no leía. Pero tenía una vida tan vasta que no necesitaba novelas. Tardó años en sacarse de la cabeza, cada vez que se iba a dormir, las imágenes de la guerra, las imágenes de esa España devastada.

Por eso Florentino trabajaba sin descanso. Para olvidar y para hacerse una nueva vida. Ella leía para inventarse varias.

Mucho más pronto que tarde, él sería el dueño de la única confitería de Balcarce. ¿Cómo se va a llamar, Florentino?, le preguntó su madre, en una de las pocas cartas que se escribían. La carta de su madre respondía a una donde él le contaba que quería abrir un bar o una confitería, lo que pudiera, una vez que el banco lo ayudara con un crédito y su jefe le pagara todas las horas extras que le debía. Andalucía, madre, cómo se va a llamar si no, le contestó, sabiendo que la alegraría.

Pero el nombre sería la única referencia a su tierra. Ni banderas, ni fotos de toros, ni poemas de García Lorca. Él ya era de acá. De Balcarce.

Todo el pueblo estuvo orgulloso de la confitería. Era el lugar obligado de reunión de los parroquianos y de algunas mujeres que se atrevían a ir a tomar el té. Ellas sólo sábados o domingos. Ellos todos los días. Y Florentino crecía.

La semana transcurrió más lenta que de costumbre. A pesar del trabajo, a pesar de la confitería, a pesar de los días de truco con los amigos.

Elvira no iba a la confitería. Es que no iba casi a ninguna parte. En casa estaba bien. Disfrutaba. Los domingos paseaba con sus hermanas. Daban la clásica vuelta a la plaza principal. Pasaban por la vereda de Andalucía. Sorteaban las mesas puestas en la calle, sin soltarse del brazo. Era una habilidad de la que presumían las tres hermanas.

Florentino estaba siempre en la barra. Café, cerveza, vermú, la caja. Pero en un momento la vio. Tan rubia, tan chiquita, tan feliz. Y esperó toda la semana a ver si el otro domingo la volvía a ver.

La semana transcurrió más lenta que de costumbre. A pesar del trabajo, a pesar de la confitería, a pesar de los días de truco con los amigos. Quería que ella pasara de nuevo. ¿Quién sería esa chica?

El domingo Elvira pasó. La misma hora, el mismo juego con las hermanas. Repetir el rito le permitió a él averiguar quién era ella. En un pueblo se conocen todos… o casi todos.

El lunes, el único día que Andalucía no abría y antes de la partida de truco, Florentino tocó el timbre en la casa de Elvira.

Ella no sabía que esa visita le iba a cambiar la vida. Él tampoco.

A Elvira siempre le gustaba decir que a ella el amor le tocó el timbre de su casa. Y a nosotras nos encantaba escuchar la historia tantas veces como ella quisiera contarla.

María Pía Poveda
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