“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Ella de pies descalzos

domingo 12 de junio de 2022

La pobreza es la antología de la tragedia. Su nombre era Elena, pero las piedras de las calles de ese diminuto pueblo la conocían como “Ena”. Por ser la mayor de una pandilla de cinco proles, sufría más carencias que los hermanos. La familia se componía de la madre, foránea para ese pueblo, tres hermanitos y la hermana que le seguía en edad. El padre había desaparecido y nunca se supo si estaba vivo —se había escabullido ante semejante responsabilidad de levantar sobre sus hombros una familia de siete personas, en tiempos de fuertes penurias— o si había muerto en circunstancias misteriosas.

Ena no compartió el primer baile con las vocales y las consonantes, no le tocó asistir a los juegos de preescolar; el pupitre de los salones de la primaria resentía su asistencia intermitente. Yo, en circunstancias prematuras, había sido aceptada a la edad de cinco años en primer grado como oyente, debido a que mi mamá se esmeró como maestra-tutora y me enseñó a leer. Era la más pequeña del salón, tanto en estatura como en edad. Sentada en el pupitre, mis pies flotaban en el aire. El municipio apuntalaba la escuela del pueblo con el almuerzo para los alumnos. Ena pudo alimentarse en muy pocas ocasiones. No contaba con la ropa adecuada para ir al colegio. Estaba mucho tiempo ausente, corriendo por los campos en busca de algunos vegetales de brote espontáneos y otros sembradíos de verduras, robándose hábilmente los frutos de las plantas que encontraba en el camino.

Vivía en una casa que parecía más un establo que un hogar. Compartido, en la planta baja, con los animales domésticos que proporcionaban calor, algo de leche y huevos. Un improvisado cobertizo construido con tablones de troncos dejaba muy poca altura hacia el techo. Las paredes imitaban una improvisada cocina y, acostada a su espalda, la mesa y los banquitos recibían la caricia de la cortina que pretendía separar los ambientes, ondulada por la brisa de una estrecha ventana. Resaltaban apenas del piso los colchones hermanados en el descanso de los muchachos. Los pulmones sostenían la incómoda sensación de compresión permanente, como un fuelle al insuflar y expulsar el aire.

 

•••

 

Yo era su amiga, la niña que contaba con una modesta casa, sin animales adentro y un papá en América.

Amaba a esa niña de ojos color miel, facciones toscas, abundante cabello castaño oscuro, fuertes tobillos y muñecas. La miraba cuando corría a mi encuentro emocionada, me levantaba del piso y, luego de varios giros, me depositaba como un trofeo. Yo era su amiga, la niña que contaba con una modesta casa, sin animales adentro y un papá en América. Como Ena, aunque por motivos distintos, yo no podía disfrutar del beneficio de los almuerzos brindados en la escuelita… no pertenecía a ese grupo de necesidades. Los encargados de incluir o excluir a los alumnos de ese beneficio, nunca entendieron que muchas veces en mi casa, por múltiples causas, escaseaba el alimento. Confieso que las pocas veces que logré quedarme en el comedor, antes que me eliminaran de la lista, no disfrutaba los alimentos que servían. Sólo comía los días que tocaba pasta con salsa. Después de ofrecer disimuladamente mi plato al compañero de mesa, lo que realmente saboreaba era la rueda de pan crujiente con un gran trozo de atún con aceite de oliva chorreante.

Ena y yo jugábamos en los campos. Yo me escapaba, porque a mi mamá no le gustaba que me alejara por esos terrenos. Recogíamos violetas y moras. Este botín servía de trueque con la hija del carnicero, quien en recompensa nos regalaba una salchicha a cada una. La deliciosa fuente de proteína se envolvía en papel encerado y se colocaba debajo de las brasas encendidas del fogón. Juntas nos las comíamos con pan, compartiendo el gusto y la faena cumplida. Otros platos que me negaba a probar terminaban siempre en su estómago, a escondidas de mi mamá. Aunque Ena era bienvenida a comer en mi casa, no siempre había suficiente y, cuando yo rechazaba los alimentos, ella en secreto me ayudaba a fingir que había comido todo.

Esa tarde, sentada frente al ventanal de madera pintado de azul, embelesada, contemplaba la calle cubrirse con finas capas de un blanco manto impoluto. Los copos de nieve flotaban. Yo los llamaba “mariposas blancas”; pensaba que en invierno sustituían a las mariposas primaverales. Algunos pájaros se aventuraban a cruzar la cortina blanca con el deseo —a flor de plumas— de rápidamente guarecerse en sus nidos escampados de los huecos en las paredes de las casas. Adoraba esa blancura, a pesar del frío que me impediría salir a las calles a jugar con las amigas.

La calle estrecha adornada con un triste farol de luz palpitante —que no podía compartir con el otro farol, detenido en el tiempo a varios metros de distancia— se esforzaba en esfumar la claridad gris-tarde, mareado por el giro continuo de los insectos que se quemaban las alas. Así como se borraban en los bolsillos las ilusiones y las escasas oportunidades que podía brindar a los jóvenes la comarca. No había transeúntes afuera, el clima demandaba mantenerse al reparo. De pronto una torpe y a la vez ágil figura salió de la sombra, se abrió paso y avanzaba dejando sus huellas de pies descalzos. Saltaba como si, en vez de nieve, en la superficie de las calles, estuvieran brotando lenguas de fuego. Más tarde aprendí que el hielo y el fuego queman por igual.

Ena corrió hacia mi puerta y la tocó con prisa. Me apresuré a abrirle. Sus manos apenas me rozaron. Sentí su gélida desesperación. Estaba congelada. Busqué una cobija y le cubrí los hombros. Se sentó frente a la chimenea, asomó los pies que se habían tornado morados al calor. El dolor fue tan fuerte que tuvo que retirarlos y frotarlos con las manos hasta que pudieron aguantar la temperatura del fogón. Con los ojos llenos de lágrimas acudí a la sabiduría y sensibilidad de mi mamá:

—Por favor, mamá, mira, Ena llegó hasta aquí descalza, caminando en la nieve. El vestido que carga está tan desgastado que el frío silba por los huecos; tiene unos moretones en las piernas. ¡Ayúdame mamá, seguramente ni siquiera ha comido! —dije.

Mi mamá se puso en modo “manto protector”.

—Primero hay que reparar el estómago, vamos a calentar un plato de sopa. Mientras se la toma y recupera la energía y el calor interno del corazón, arreglamos todo el resto.

Manos a la obra. Escogió un par de calzas pantis de un tejido invernal. Tenía la certeza de que eran diminutas, ya que, aunque yo tenía su misma edad, era una niña muy menudita. Con la habilidad de la maestra del arte de las agujas y los tejidos, mi mamá cortó la punta de las medias y le agregó una extensión de tela del mismo color, tomada de otro par de medias, prolongándola quince centímetros hasta el tobillo.

Ubicó en el escaparate un pesado vestido de mangas largas que mi cuerpo no lograba rellenar, y quitándole a Ena su transparente harapo, la arropó. Vi sus ojos agrandarse al ver los signos de golpes en el cuerpo de mi amiga, pero disimuló su rabia sin realzar el evento… supongo que no quería alarmarme. El punto más complejo de solucionar eran los zapatos. Un par de mi mamá se les deslizarían de los pies como esquí y los míos le apretaban los dedos.

Mi mamá dijo: “Como sea, Ena no puede salir a la calle a pie desnudo”. Tomó entonces una decisión drástica y me dijo:

—Sé que te gustan mucho los zapatos rosados, pero son los más grandecitos que tienes, así que les haremos una adaptación.

Sentí el dilema de querer ayudar a mi amiga y el vacío de desprenderme de los zapatos rosados que combinaban con mi vestido rosado.

A esa temprana edad, no manejamos bien solventar el apego. Sentí el dilema de querer ayudar a mi amiga y el vacío de desprenderme de los zapatos rosados que combinaban con mi vestido rosado. En el momento que se los entregué a mi mamá para su cirugía, sentí que una pega especial marca “egoísmo” los adhería a mis dedos, se me quedaban flotando en las manos. Venciendo la resistencia, los entregué con cierto desconsuelo. Ayudándose con un cuchillo y una tijera, mi mamá realizó un corte artístico en forma de v en la punta de los zapatos.

—Por lo menos va a tener la mayor parte del pie protegido, sin que se le ponga el dedo gordo como una salchicha —dijo mi mamá.

La solución de un día no es permanente y pronto estaría en la misma situación. Además, fue imposible contener que brotaran de mi boca como espinas las preguntas de solidaridad:

—Ena, ¿qué te pasó?… ¡¿Quién te pegó?!

La cara de mi amiga se transformó en furia. La ira le cambió el color de los ojos. Apretó los dientes sobre los labios hasta enrojecerlos y gritó: “Mi tía”.

—¡Tu tía… la “beata”! —dije con rabia.

—¡Tu tía! ¿La que va todas las tardes a rezar el Ángelus y todos los domingos a misa? ¿La que se da golpes de pecho y dice que conversa con Dios? —dijo mi mamá un poco cínica, sin poder aguantarse.

—Ustedes saben —dijo Ena, mientras lloraba a cántaros.

La tía por parte de padre nunca le perdonó que se casara con una mujer que no era del pueblo y mucho menos que se la trajera a vivir allí y la cargara con tantas barrigas. La solterona tía, que declaraba estar “casada con Jesús”, decidió que necesitaba una compañía de carne y hueso y le propuso a la mamá de Ena que le “entregara” a su hermanita María. Elegida por su apariencia delicada, rubia y de ojos claros, bonita, flaquita, más pequeña, sumisa y fácil de moldear, en contraste con el espíritu salvaje de Ena.

—Eso sí —le dijo a la desconsolada madre, prometiendo alimentar y proteger a su nena, aligerando la carga de la pobreza en aquel hogar—. No quiero a los demás mocosos, y mucho menos a la mayor, rondando por mi casa.

Se cumplió la promesa que la tía le extrajo del corazón a su mamá. La hermana menor, con sus escasas ropas y el único par de zapatos, se dirigió a su nuevo destino de mejores condiciones de vida, dejándolos a todos atrás.

Poco a poco empezó a crecer en el corazón de María la maleza, sembrada por la supuesta bondadosa señora de la iglesia. Vestida con finas ropas, aunque sin excesos, el cabello recogido con cintas de colores, zapatos nuevos, había cambiado de “estatus”. Además, mejoró su aspecto físico: sus cachetes relucían rosados con las buenas comidas. Comenzó a esgrimir una actitud soberbia hacia su mamá y su hermana mayor. Sus labios con frecuencia se nublaban con comentarios mal intencionados que la tía asumía como “cruzadas de templarios” para rendir a la sobrina rebelde, cayéndole a golpes y forzándola a pedir perdón arrepentida.

Yo me aseguraba de que María no jugara nunca con mi grupo, y que, en su lugar, dejaran participar a Ena. A la niña, que se sentía con más derecho que su hermana, no le gustaba esta dinámica y en una ocasión me lanzó un pelotazo en la cara. Yo me abalancé sobre ella y le rasguñé el rostro como una fiera. La santurrona vino hasta mi casa a insultar a mi madre, diciéndole “encierra a tu gata”. Mi mamá no retrocedió ni un palmo, y la acusó de haberle robado el afecto de la hija menor a su madre y de haberle sembrado aversión por su propia familia. Yo me sentía respaldada. Ena no contaba con la misma suerte. La tía no perdía oportunidad para “disciplinarla”.

La hermandad entre nosotras era recíproca. Ena me protegía y decía que yo era frágil y delicada, y yo hacía lo propio con mis medios menos físicos. En el colegio una vez logré que la incluyeran en un paseo, convenciendo a mi mamá de pagar el costo de la excursión. Me moría de emoción de verla participar conmigo en el viaje. Me encantaba su cara de sorpresa pegada al vidrio del autobús, hasta que se mareó y vomitó, pues nunca se había montado en uno. Por suerte su hermana no estuvo ahí para verla.

La franca antipatía que yo sentí hacia la hipócrita “beata tía” y su adoptada hija se acrecentaba con los desamores que recibía mi amiga. En una ocasión la paliza ocurrió en la terracita de su casa y fue espectáculo para algunos vecinos que le decían “¡Dale, así se educan los muchachos!”, y el otro bando que gritaba “Loca, frustrada, solterona, deja a esa muchacha, búscate un hombre y acuéstate con él… ¡Aunque sea el cura!”.

Se rumoraba en el viento de una hija sacrílegamente habida con la dama que cuidaba de la sacristía.

Ese dictamen era lapidario ya que el pueblo —que no pasaba de dos mil habitantes— contaba con cuatro iglesias. Estaba cobijado bajo la fuerte tutela de un regordete sacerdote, que tenía en la sotana haber lavado su fe con agua sucia. Se rumoraba en el viento de una hija sacrílegamente habida con la dama que cuidaba de la sacristía.

La calle que rodeaba la casa de la tía moralista se había dividido en tres bloques. Los tolerantes decían “Io mi faccio i cazzi miei” (yo me ocupo de mis propios asuntos). Los furibundos, defensores de la idea de que los muchachos deben recibir su merecido para que aprendan. Un tercer grupo, los protectores, con deseos de matar a esa sádica, o al menos arrodillarla frente a su Dios y fustigarle la espalda. Entre estos últimos estaba yo, que subida a la baranda del balcón, a riesgo de caerme, gritaba desesperada: “Déjala, mala, fea, animal, no le pegues. Te vas a ir al infierno por malvada, bruja”.

Vi caer la tristeza de Ena sobre los pies. Ella lloraba a cántaros dolida y humillada, mientras le esparcía suavemente una crema de hierbas milagrosas por la espalda. Yo no lloraba con mi amiga. Estaba muy brava con “Jesús, el hijo de Dios”. Esa imagen de yeso, de túnica blanca y capa roja, cabellos largos castaño y nariz perfecta, con heridas en sus palmas, que habitaba la iglesia. Nunca sopló al oído de la tía: “Acoge también a esa niña que te necesita. Piénsalo, pudieras encontrar la puerta del paraíso cerrada, aunque reces todos los días el rosario”. Nunca había puesto su mano sobre la cabeza de mi amiga cuando decía: “Dejad que los niños vengan a mí”.

—Ayúdala, pues, ¡sálvala!

 

•••

 

Una mañana invernal los vecinos se despertaron con los gritos de la “beata” en vez de los míos:

—Brujería —vociferaba—. El fuego del infierno va a caer sobre ti y sobre tu casa. El demonio te va a venir a visitar, maldita, maldita, mil veces maldita.

La besapilas, que se imbuía del amor y perdón de Dios, gritaba blasfemias a una mujer misteriosa. Toda la cuadra se asomó a las ventanas y balcones. Mi mamá y yo mirábamos con asombro: el escalón de la casa de la tía estaba lleno de basura podrida chorreando escalera abajo. ¿Quién se había tomado el tiempo de dejar descomponer tantos desperdicios, hasta semejante nivel de podredumbre, y a escondidas en la madrugada se había escabullido para llenar la entrada y puerta de la persona, para mí, más mezquina del pueblo?

Mi amiga, que se había enterado de la zozobra que discurría en esa calle, se dejó colar por una callecita secundaria y llegó hasta mi casa, sabiendo la importancia de no dejarse atrapar por la ira de su tía. Nos asomábamos al balcón con disimulo y reíamos a carcajadas detrás del ventanal.

“¡Quien sea que lo haya hecho, es nuestro héroe o heroína!”.

En la casa colindante con la mojigata vivía en soledad una viejita bien avanzada en edad llamada Carmela. De esas que parecen un mapa con muchas vías, ríos y montañas en el rostro, por la cantidad de arrugas sembradas por el tiempo. Flaca y flexible como el bambú, de ojos azules y pelo blanco recogido en un moñito, parecía no necesitar mucho la religión. Se levantaba de madrugada y se iba al campo a cultivar sus alimentos, que dependen de la bondad de la tierra y el agua. Era una viejita taciturna que la tía había insultado en varias ocasiones por el patiecito común delantero de la casa. Le reclamaba a diario que no limpiaba con esmero su lado y eso afeaba el espacio compartido, atrayendo moscas. Carmela mostraba sordera, que a lo mejor era cierta por la edad, o simplemente no le interesaban las pataletas de la misticona, haciendo que ésta se alterara embistiendo como un toro.

El “acto de brujería” se repitió con cierta periodicidad. La santurrona del pueblo reaccionaba cada vez con un explosivo cúmulo de improperios dictaminados en femenino. El tono había subido a extremos violentos y en una ocasión logró alcanzar a mi amiga Ena. La tía descargó toda su amargura sobre la espalda de mi amiga. Fue tal el alboroto que, de los tres bandos, dos se unieron en contra de la tía, diciéndole las frases más ofensivas que yo había oído, producto de la rabia. Mi mamá, más atrevida, sintiendo que los hechos son más demostrativos que las simples palabras, salió de la casa y fue a buscar a la mamá de mi amiga.

—¡Sal de ese letargo ensimismado, ve a rescatar a tu hija! Tu cuñada le ha hecho mucho daño. ¡Ya le regalaste una!, ¿qué quieres, que te malogre la otra? ¡Despierta, mujer! —le dijo jaloneándola hasta el lugar de los hechos.

Las personas del vecindario estaban sentidas, unas por rabia, otras por compasión y otras por la impotencia.

Ena en cuanto pudo zafarse corrió a llorar a mi casa, al alivio de las cremas, manzanillas y siempre un plato caliente de comida.

Las personas del vecindario estaban sentidas, unas por rabia, otras por compasión y otras por la impotencia. Las noches de invierno casi siempre transcurren silenciosas, más aún en los pueblos. Las estrellas se ocultan. De cuando en vez se escuchaba el aullido de un perro lejano contándole a la luna que el frío, sumado al abandono, se potencian y son insufribles, sobre todo para una niña.

La mañana amaneció gris, el sol decidió mantenerse escondido para no alborotar más las aguas. La nube de moscas y otros bichos silbaba un sonsonete nauseabundo. Era un “quítate tú para ponerme yo” entre los espectadores. El grito de sirena histérica se apropió de la “beata”: al abrir la puerta, habían depositado en su escalón un cerro de mierda humana, producto de una exhaustiva cosecha. Más trataba de limpiar el nefasto regalo, más se esparcían las moscas. El mal olor se extendía como humo en las chimeneas. Limpió todo ese día y otros seis días seguidos, y todavía se expedía la fetidez cada vez que soplaba la brisa.

El amanecer “marrón” se repetía cada cierto tiempo, dejando apenas unas quincenas de descanso entre una incursión y otra. La tía decidió que había llegado el momento de hacer un exorcismo, llevando al párroco a ejecutar el ritual en la puerta de su casa. La vecina viejita, principal sospechosa según la “víctima”, nunca participaba en esa tribuna, ya desde temprano respiraba profundo el aire puro, mientras caminaba lejos hacia el campo abierto.

Los adultos en mi entorno discutían sobre el objetivo de esta faena y su autor misterioso. Para ellos, era claro que la intención era volverla loca, y demostrarle lo nefasto de su espíritu de forma poco metafórica. Para escudar a la niña, decidimos que Ena se quedara un tiempo en mi casa.

Nosotras, en aventura detectivesca, nos agazapábamos en el balcón casi congelado para vigilar y descubrir al autor del “regalo”. Especulábamos sobre los posibles candidatos a justicieros escatológicos. Nunca lográbamos alcanzar las horas decisivas. Más temprano que tarde, mi mamá nos mandaba a entrar en casa, o nos dormíamos, o simplemente ese día era de “descanso” para nuestra heroína o héroe. Teníamos nuestras sospechas: reíamos y saludábamos a la vecina Carmela, le regalábamos ramilletes de violetas cuando podíamos, pensando que tal vez era ella quien actuaba en nombre de mi amiga, aunque era difícil corroborarlo. Yo quería pensar que era la propia Ena, haciendo lo que podía por vengarse, aunque difícilmente una niña podría elaborar maquinaciones tan periódicas y metódicas.

El cura indignado una vez más bendijo la escalera y la puerta. Rezó rosario y lanzó agua bendita. Pero siguieron llegando los mensajes del “más allá”. Transcurrieron casi dos años de esa nauseabunda faena.

 

•••

 

El tiempo iba transcurriendo también para los planes de mi familia. Entre cuchicheos y conversaciones, se hablaba de un viaje, de un reencuentro con mi hermano y mi papá en América. Nada quedaba claro, las fechas y los planes sólo les competen a los adultos. Ena y yo intuíamos lo que se aproximaba.

Cuando despuntaba la primavera y soplaba el viento a favor, se escuchaba un sordo sonido de trombón asfixiado que me hacía acudir al balcón a escudriñar la lejanía. Como una pintura de Claude Monet, en la distancia se asomaba ante mis ojos el mar azul quieto. Pequeñas imágenes miniatura de barcos trazaban el agua en su travesía. Yo corría por la cubierta ventilando la bandera de lo desconocido.

—Se acerca el momento de la despedida —pensé.

Ena bebía sus propias lágrimas. No dejó caer ni una sobre sus pies, eran sagradas. Mirábamos el mar. Ella no cabía en el baúl ni en la maleta que mi mami cuidadosamente seleccionaba. De ser posible hubiera llevado a mi amiga lejos al nuevo mundo.

Hacía un año que mi hermano había zarpado hacia América; ahora nos tocaba surcar el mar a mí y a mi mamá. Yo había heredado de mi hermano un sobretodo que originalmente era marrón con los puños y cuello tejido de lana, abrazado por un cinturón que estilizaba la figura. El revés de ese moderno abrigo era carrubio —mi color preferido. Mi mamá lo había descosido y volteado al revés la tela, tejiendo en blanco el cuello y los puños, logró alumbrar prácticamente una pieza nueva que a mí me encantaba.

Miré a mi amiga sentada a mi lado y le dije:

—Te tengo una sorpresa. Le pedí a mi mamá que conversara con el dueño del único taxi que trabaja en el pueblo y accedió a que tú nos acompañes hasta la estación del tren que nos llevará al puerto, donde el barco trasatlántico nos espera para murmurar a la mar los miedos del emigrante.

Ena no dejó de llorar. Yo también lloré.

Nos abrazamos con el firme propósito de cancelar la ausencia, aunque con el presentimiento de una despedida definitiva.

Fuimos taciturnas hasta la puerta de la cabina del tren. Nos abrazamos con el firme propósito de cancelar la ausencia, aunque con el presentimiento de una despedida definitiva.

Nuestros caminos se bifurcaban. A pesar de las todavía bajas temperaturas, me despojé del abrigo y lo puse sobre los hombros de Ena.

—Cuando te sientas sola cruza tu cuerpo con las mangas carrubio, mis brazos te darán calor, aun en la distancia. Siempre te recordaré —dije con la voz impregnada de esperanza.

Nunca nos volvimos a encontrar…

María Correnti
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