“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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El regalo de los dioses

sábado 25 de junio de 2022

Fue en tiempos antiguos. El tiempo de los castillos y los caballeros, el tiempo de la peste y los juglares. El tiempo en el que los hombres creían que extrañas criaturas poblaban la Tierra. Soñaban con animales fabulosos, les ponían nombre y los dibujaban en sus bestiarios. Fue hace muchos, muchos años.

En el atrio de una iglesia, en el centro mismo de un pueblo olvidado, apareció un objeto ovalado, opalescente y liso. Se parecía a un huevo de gallina, pero era mucho más grande y duro. Bajó el señor feudal desde su alto castillo, llegaron los monjes de los escriptorios, se acercó el sacerdote, llamaron al zapatero, al sastre, al corregidor y a los alguaciles. Todos ellos sacudieron el objeto, lo tocaron, lo golpearon. Y nadie supo decir lo que era. Al fin, llevaron el óvalo de piedra hasta el ermitaño que vivía recluido en el monte. “Es un huevo de dragón”, aseguró. Y por todo el pueblo se extendió un temor supersticioso. Colocaron el huevo en el altar de la iglesia, como una reliquia. Esperaban que de él naciese un dragón alado, de escamas duras y lengua de fuego. Pero el huevo no cambiaba. Día tras día, noche tras noche, los habitantes de la aldea pensaban en el huevo y en cómo alimentarían a la bestia que nacería de él. Pero el huevo no se rompía. Los niños tocaban las paredes lisas y frías y creían sentir la respiración del dragón, ardiente como lava y rápida como fuego. Pero el huevo seguía intacto.

Sin embargo, comenzaron a ocurrir cosas extrañas. Desaparecieron ovejas y cabras y la cabaña de Cristóbal, el pastor, amaneció un día rodeada de tierra quemada. Era el dragón. Despertaba por las noches y salía del huevo. Al alba, invisible a los ojos humanos, volvía a su guarida redonda y dura y se acurrucaba allí, aún rodeado de calor y humo. Nada, ni una grieta en la superficie del huevo, recordaba sus correrías por los bosques.

Cuando el pequeño Sancho, hijo del herrero, desapareció en el bosque, comprendieron que había llegado la hora.

Los aldeanos tuvieron miedo. El dragón había empezado a devorar ganado, pero no podía estar lejano el día en el que su apetito monstruoso le empujase hacia los niños. Cuando el pequeño Sancho, hijo del herrero, desapareció en el bosque, comprendieron que había llegado la hora. Un lunes de Pentecostés, bochornoso y húmedo, se desató la ira. Dieron fuego a la iglesia. Allí ardieron el atrio, los sillares, las cruces y las reliquias. Todo se convirtió en una ceniza liviana y blanquecina que durante aquella primavera sobrevoló gentil la aldea, posándose sobre las cabezas y las ropas tendidas. Entre las ruinas de la iglesia, bajo una tierra polvorienta que las lluvias convirtieron en fango, quedó, escondido y palpitante, el huevo de dragón. Esperando.

Y un día los castillos se derrumbaron y los señores feudales murieron y los monjes abandonaron los monasterios y los juglares rompieron sus trajes de colores. Se acabó la época de los castillos y los caballeros. Y pasaron muchos, muchos años.

Llegaron tiempos distintos. Tiempos de torres de hierro y vestidos almidonados. Los hombres descubrieron nuevas tierras y construyeron edificios aún más altos. Y hubo barcos de vapor atravesando los océanos siguiendo las nuevas rutas que recogían los nuevos mapas. Ya nadie dibujaba animales fantásticos en los bestiarios; los exploradores capturaban elefantes, tigres y rinocerontes en tierras lejanas y los encerraban en el zoo. Eran tiempos distintos.

Una mañana, en la plaza central de un pueblo, apareció el objeto. Ovalado, liso y opalescente. Y nadie supo decir lo que era. Nadie. Ni la pianista vestida de seda amarilla, ni el explorador recién llegado de África, ni los estudiantes de traje oscuro. Nadie. Llamaron a un escritor de perilla y bigotes. Un escritor que había inventado submarinos y cohetes. Un escritor que conocía los días pasados y los futuros. Tocó el objeto, lo golpeó y lo sacudió y se encogió de hombros. “Es un huevo de dinosaurio”, aseguró.

Y la gente se sintió importante, ¡un huevo de dinosaurio en su pueblo! Lo pusieron en un museo, al lado de huesos y dientes de animales feroces. Esperaban que algún día se resquebrajase y, entre los cascotes, asomase el dinosaurio dormido desde el principio de los tiempos. Esperaron y esperaron y no sucedió nada. Hasta tres meses después. Un grupo de excursionistas encontró, en los acantilados que cerraban la playa, cuatro huellas de dinosaurio. Perfectamente impresas en la roca porosa y oscura, ligeramente desequilibradas por la pendiente del terreno. Cuatro inconfundibles huellas de dinosaurio. Días después, aparecieron otras en el sendero que subía hacia la ermita. Y otras seis en los alrededores del robledal, el mismo día que entraba el otoño. El pueblo se dividió. Los racionalistas aseguraron que esas huellas llevaban allí siglos, milenios, y que ahora, por efecto de las lluvias y las talas que sacudían el terreno, quedaban a la vista. Los otros no dijeron nada, no tenían teorías ni sabían elaborar discursos. Agachaban la cabeza y miraban de reojo el huevo, brillante en la estantería del museo. La inquietud era como una tormenta agazapada más allá de la línea del horizonte. Se sentía su presencia eléctrica, pero nadie sabía hacia dónde se desplazaba. Al final del otoño, la tormenta reventó. Primero fueron las pedradas contra los ventanales, luego llegó el fuego. El edificio ardió hasta los cimientos, las vitrinas de cristal se redujeron a un polvo grueso y brillante. Creció la maleza y, entre ella, quedaron escondidos los restos de lo que había sido un museo: cordones de seda que un tiempo sujetaron las cortinas, un fragmento de hueso de ballena, la base de una columna de granito. Y el huevo de dinosaurio. Intacto, paciente, con la eternidad por delante. Esperando.

Lo han examinado serios profesores universitarios, científicos de batas blancas, periodistas que escriben veloces en minúsculos teclados. Pero nadie sabe lo que es.

Quizá aguardando tiempos diferentes. Hoy los hombres no construyen pirámides, ni castillos, ni torres de hierro. Y no hay barcos de vapor cruzando el mar. Hay ordenadores y cables y turbinas y satélites. Y hay pocos animales salvajes, casi todos en las selvas y sabanas. Son tiempos diferentes.

Al parecer, hace poco, no mucho más de una semana, apareció, en el parque central de una pequeña ciudad, un objeto ovalado, liso y opalescente. Nadie sabe lo que es. Lo han examinado serios profesores universitarios, científicos de batas blancas, periodistas que escriben veloces en minúsculos teclados. Pero nadie sabe lo que es. Al fin, el domingo pasado, una geóloga de gafas metálicas se llevó el objeto a su laboratorio. Lo tocó, lo sacudió, lo miró con el microscopio y lo analizó. “Es un fragmento de meteorito”, aseguró. Y los ciudadanos lo colocaron en una sala de exposiciones.

Estamos orgullosos de tener un meteorito en nuestra pequeña ciudad. Nos recuerda las galaxias infinitas y los agujeros negros que diluyen el tiempo. Sí, ¿comprenden?, él nos hace pensar en esos asteroides luminosos y lejanos, tan lejanos, cuyos halos de luz se ven en las noches más oscuras, tan lejanos… pero acercándose, ¿saben?, están más cerca, cada vez más cerca, cada noche más cerca, esos asteroides helados y mortales. Proyectan su sombra sobre los parques de nuestra ciudad, créannos. Quizá el meteorito los está llamando, después de todo, ¿qué sabemos de él? Sólo que nos mira desde la sala de exposiciones y que espera. Supongo que lo estudiarán, que llegarán sabios extranjeros a analizarlo. Puede ser. ¿Saben? Yo, entretanto, he guardado mecheros y gasolina bajo mi cama.

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