“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Margaritas en el muro

sábado 25 de junio de 2022

Recorrió los últimos metros dominado por el deseo. Hizo a un lado la cortina de tiras plásticas y se detuvo en el umbral de la puerta de entrada. A medida que sus pupilas acariciaban la penumbra, contó las margaritas dibujadas sobre el muro. Después, con los ojos clavados en ella, caminó hasta el centro del recinto y ocupó la mesa de siempre. Encendió un cigarrillo y la esperó. Ella estaba secando copas detrás del mostrador. Morena. Tan bajita que se veía compacta, no como la bailarina de una caja de música, sino como la cajita misma. Tenía los ojos gatunos llenos de luz. La nariz pequeña era un botón sensual sobre los labios carnosos. Traía la blusa abierta. No mucho. Lo suficiente para hacerlo resbalar de nuevo con sólo asomarse. Él suspiró. “María Bonita”, pensó. En el local no había más clientes que un grupo de escolares en la mesa del fondo. Por la hora probablemente hacían la cimarra. Bebían cerveza con descaro y conversaban a gritos.

Sin tener en cuenta la presencia de los muchachos y las chicas, ella se acercó a él. Demasiado. Se apoyó en su hombro. Él se estremeció. Sintió la calidez del pecho de la mujer contra su espalda, y la sensatez que le quedaba se fue al despeñadero. Si hay un sexto sentido, pensó, es el sentido de urgencia. Ella, no otra, lo había hecho hombre, así era como lo percibía. Por ella había escrito sus mejores rimas, la canción que Sabina declaró como suya, por ejemplo. Pero claro, en los conciertos, él no era más que un telonero de mala muerte. No tenía caso denunciar el robo de propiedad intelectual. Era su palabra contra la del Flaco. ¿Quién iba a creer que de su boca los versos brotaron como miel, que se desprendieron de sus poros como sudor?

Fue un flechazo. Ella le pidió una canción, y él improvisó un repertorio como de tobogán a la lujuria, y ya de madrugada, en cuanto echaron llave al Esco-bar (que así se llamaba el negocio del marido), se fueron con la mujer comiéndose a besos de farol en farol y pasaron la noche, y les dieron las diez, y les dieron las once. Él escribió la letra primero y después entonó, junto al poema, una melodía que resultó precisa y se volvieron a ver en mayo, por la misma fecha, y luego en junio y en julio, y en varios años no se tomaron ni siquiera vacaciones, sólo para tener ocasión de perderse el uno en la otra. Él se dejaba caer por sorpresa un día al mes, entre el veinte y el veinticinco (parecía telepatía, pero en realidad el marido de ella se iba a la capital para surtir el negocio con licores cuchufleteados).

Aunque la canción a ella la dejó loquita, igual dijo que prefería los finales dramáticos y el amor con tragedia.

La primera vez que le cantó su composición al oído, aunque la canción a ella la dejó loquita, igual dijo que prefería los finales dramáticos y el amor con tragedia, así es que él, por darle gusto, que nada le costaba, añadió una estrofa en que la depresión del amor lo llevaba a la cárcel porque en una ocasión no pudo encontrarla (lo que jamás sucedió, ella siempre estaba), y en su desesperación, él agarraba a piedrazos la vidriera de un banco y los recolectores municipales atestiguaban en su contra (porque, a causa de ella, estaban celosos). Después de escuchar esa invención absurda, María Bonita se rio tanto que ya no podían hacer el amor de nuevo y eso era un problema para ambos porque a él el bis le salía mejor.

La misma intensidad, la misma fiebre. Desde que pasó lo que pasó, no volvieron al motel, y aunque él solía perderse por esos caminos de niebla, cada vez que recorría los últimos quince metros y cruzaba el umbral, ella lo estaba esperando. Siempre era igual.

Ella lo tomó por los hombros. El negocio está como taza de leche, le dijo, ¿nos vamos para atrasito, cariño?, ¿para qué vamos a salir por ahí a gastar? Y él, por supuesto, ricura, lo que usted mande. Avanzaron por el pasillo sombrío y desde el rincón de los escolares surgió una risita maliciosa. Hacía rato que entre los adolescentes circulaba un porro de mano en mano. Ya estaban todos colocados porque era la tercera vuelta y a una de las muchachas le vino la pálida y salió afuera a vomitar. Pero él seguía en otra dimensión. Como si los cabros no estuvieran allí. Y María Bonita avanzaba contoneando las caderas y alzaba los brazos como si bailara, para enredarlo entre las telas que cubrían la puerta. Y él se ponía a reír y decía que este lugar está cada vez peor, que uno de estos días tu marido te abandona, preciosa, y ya estaría bueno que lavaras las sábanas. Ay, pero si no es para tanto, respondía ella, que cuando vienes el tiempo se me pasa volando, y después no sé, pues, se me olvida, yo creo, y él recorría con las yemas de los dedos por encima del velador y le decía que al menos pasara un pañito sobre los muebles, que se podía dibujar un mapa en relieve, y ella en susurros: ¿Qué, ya no le gustan estos polvos, mi rey?

Y llegaban a veces a las puertas del cielo y otras tantas a las puertas del infierno, pero nunca se atrevían a entrar.

Anochecía cuando volvieron a salir del cuartito del fondo. Los estudiantes estaban por marcharse.

—¡A ver las criaturitas que se me están yendo sin pagar! —dijo ella.

Aunque realmente no la escucharon, la resonancia de su voz fue un eco frío que les bajó por la espalda. La muchachada se apresuró a salir. Sólo la chica de la vomitona se quedó frente a ellos, estática. Ya en otras ocasiones los había visto, pero por separado. Era la primera vez que los dos se le presentaban en forma simultánea. Desde afuera del rancho los amigos gritaban a la chica que saliera, pero la muchacha seguía allí, de pie, sin poder moverse, mientras las calcetas azules y los mocasines del colegio se le remojaban en el chorro de orina que caía como una cascada por debajo del jumper.

María Bonita se puso a llorar. Era él quien hablaba lindo y escribía canciones. Más que nada por eso lo adoraba, aunque oliera un poquito a fruta descompuesta. Ella nunca sabía decir las cosas. No encontraba la forma de hacerle ver lo que su marido había hecho cuando los encontró juntitos, pero ahora, la muchachita aquella dando diente con diente y su carita toda desencajada, era algo que no se podía disimular, así es que lo tomó de las manos, apoyó la frente en el mentón de su querido y sabiendo que no era la forma adecuada, dijo:

—Mira cómo has asustado a la pobre chica.

Él tenía los ojos anegados de tristeza, pero ella, sin siquiera cuestionar la posible causa, agregó:

—¿No quieres darte cuenta de que estás podridamente muerto, cariño?

—¿Y qué importa, si podemos revivir como hicimos recién? —respondió.

Eran cientos las plaquitas de bronce acumuladas con los años: “Gracias, María Bonita, por amor concedido”.

Uno de los muchachos volvió a entrar, agarró del brazo a su compañera de curso y corrieron a perderse.

Atrapados en la penumbra, él pensó seriamente en decirle que estaban juntos en esto. Trató de reunir el valor para contarle esa parte de la verdad que ella no lograba asimilar y lamentó la falta de coraje. No tenía fuerzas para sacarla de allí y obligarla a ver los muros exteriores. Eran cientos las plaquitas de bronce acumuladas con los años: “Gracias, María Bonita, por amor concedido”. Pero se veía tan razonable, tan segura de sí misma (de niño, una vez él había desarmado una cajita de música, y luego ya no pudo armarla de nuevo), por eso se limitó a preguntar:

—¿Puedo seguir viniendo, mi vida?

—Las veces que quieras, cariño —respondió María Bonita—. Siempre te voy a estar esperando. Siempre.

Él se untó el dedo índice en la sangre que fluía del agujero que llevaba en el pecho y dibujó otra margarita en el muro. Ella se dio media vuelta, avanzó por el pasillo y se quedó atrapada en las telas de araña que colgaban en la entrada del cuartito del fondo.

Marcia Henríquez Bustamante
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