XXXVII Premio Internacional de Poesía FUNDACIÓN LOEWE 2024 Saltar al contenido

Favor entregar a Gabito

jueves 8 de septiembre de 2022
¡Comparte esto en tus redes sociales!

El bolso en bandolera, el ronroneo de la valija cargada de productos pisándole los pies, la mirada alta y los hombros rectos. Gabriela entra erguida, como la gladiadora que es.

La consulta está abarrotada de gente. La secretaria sonríe con desgano, la llama con un guiño y aconseja que mejor vuelva mañana porque a esa hora ningún médico la va a recibir y, justo cuando el celular le advierte que van a dar las seis, suena una notificación; es su compañera de cuarto. Dice que consiguió un computador del tipo Cenicienta y debe devolverlo antes de las doce. “A ver si te apuras y alcanzas a escribir la tarea para Gabito”.

Querido hijo: ¡no imaginas lo orgullosa que estoy de ti! El último mensaje de tu abuela me dice que ya lees de corrido. Eres muy inteligente, te pareces a tu padre. Pero fíjate que un pajarillo me contó que te has vuelto un poquitín soberbio, que contestas con malas palabras y que haces mohines de niño caprichoso.

La tarde ha estado lenta y el trayecto de regreso “es más largo que cuadra llanera”, piensa. Entre apretujones, lo mejor es no ir pendiente también de la vejiga. Pasa al baño. Mientras se lava las manos, del otro lado del espejo la observa una mujer bella, sexi. Las chilenas le envidian la parte baja de la espalda, y razón tienen. Sonríe. El contorno de su cuerpo la sabe dueña de una gloria que por ahora no tiene con quien compartir. Sale de nuevo al pasillo de la sala de espera y alza la mano para despedirse. Un gesto inútil. Si alguien la ve, nadie la mira.

Me apena un poco tener que corregirte estando tan lejos, porque lo único que deseo es abrazarte. Este país es lindo, hijito, pero muy frío y las noches son largas. Extraño la tibieza de tus abrazos y el olor a sudor de tu frente, y por lo mucho que te echo de menos, te pido que no te me vayas a poner insolente, cariño. Después de mí, tu abuela es la persona que más te quiere en el mundo, y es la herencia que tu papá nos dejó. Espero que las cosas salgan bien, para poder traerlos conmigo y estar de nuevo juntos.

De camino hacia las escaleras del subterráneo, el eco de sus pasos pierde definición. Sólo el traqueteo del maletín con fármacos persevera en acompañarla.

Ya no trabajo más en oficina. Voy en metro a todos lados. Ahora visito clientes en el sector alto de la ciudad. Son gente muy amable, les encantan los productos que represento y me tratan chévere, pero te confieso que es de regreso a casa cuando en verdad me divierto. Debo pasar por una selva llena de ovejas y vacas sin domesticar. Hay lobos, leones, machos cabríos y papagayos.

En la estación Los Leones, Gabriela todavía se desorienta. No logra recordar si debe descender tres pisos o cinco. Mira hacia atrás y se da cuenta de que en el baño perdió minutos cruciales.

Es una gran experiencia recorrer Santiago todos los días. ¿Te acuerdas de ese viaje que hicimos el año pasado a la capital? Pues esta ciudad tiene ese mismo encanto que nos hacía reír. Como verás, lo estoy pasando en grande. Mi única dificultad es lo mucho que te extraño.

Sabe que debe darse prisa, pero los tacones la traicionan y a cada paso, la minifalda, que caminando lento le queda preciosa, se le arranca indecorosamente muslo arriba.

Voy a enviar esta carta por e-mail a tu maestra, sé que ella la va a imprimir y vas a poder leer delante del curso la parte relacionada con la tarea. Me gustaría hacer como los otros padres, como las mamás que van al salón de clases y les cuentan a los niños sobre su profesión. Como no puedo ir, te voy a describir mis actividades y tú lo lees a tus compañeros en voz alta.

Quinientas ovejas con chaquetones de gamulán caminan detrás suyo. En el andén no consigue tomar el primer carro ni el segundo. Vacas con trajes de cuero suben antes que ella. Los machos cabríos ocupan dos asientos cada uno y, arrellanados como en la sala de su casa, pastan el alimento que succionan de los celulares. En ese bosque de bototos y caderas, Gabriela se abre sendero a codazos para huir de los lobos. Tampoco puede confiar en los pastores, que, si bien no van por ella, van por la maleta. A esa hora, arrastrar el equipaje con fármacos junto a su retaguardia de belleza es casi una maldición. En la Estación Central su voz ahogada se tambalea entre súplica y rugido: “Me deja bajar, por favor, ¡me deja bajar!”. La salida es un río cuajado de salmones. Gabriela es uno más de esos peces resbalosos que deben subir, a contracorriente, el cerro inaccesible de la escalera. La explanada está cubierta de aves, todas migratorias como ella, pero, al parecer, aún no se enteran de que están en el subsuelo. Si tuviera un megáfono les haría saber a gritos: “¡Cónchale, que aquí no es posible emprender vuelo, coño e madre!”. Los olores se mezclan con el desodorante para dama y varón, al pasar se le enredan las manos en los colgantes para el lente. La tironean. Ladrona, gritan en su oído, pero no es a ella. Sobre las baldosas, un muestrario infinito de zapatillas no deja espacio para poner el pie derecho, y el izquierdo ya se le durmió. No avanza.

Deja de escribir. Mira la pantalla. Pone a hervir un poco de agua y prepara un café que sabe a lodo. Lee la página completa y alcanzado el punto final, letra por letra, el cursor retrocede y borra. Borra cada palabra, como le gustaría hacer con los últimos meses. Borra hasta encontrarse de nuevo con una historia apropiada para un niño que aún no apaga siete velitas. Borra hasta donde dice: Te extraño.

Marcia Henríquez Bustamante
Últimas entradas de Marcia Henríquez Bustamante (ver todo)

¡Comparte esto en tus redes sociales!
correcciondetextos.org: el mejor servicio de corrección de textos y corrección de estilo al mejor precio