“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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Nuestra ópera existencial

domingo 26 de junio de 2022

Una mañana de jueves como cualquiera, con la presentación de casos nuevos. Estás en el segundo piso del Hospital Universitario. Ala oeste. El interesante Departamento de Enfermedades Transmisibles, Sección Pediátrica, donde el espíritu de isla de aventura está vivo. Como siempre, entraste por la rampa exclusiva; ese desafiante puente levadizo tan custodiado que sólo pudiste traspasarlo en cuarto año; es parte de la fascinación de acá. Por cierto, no se puede acceder desde aquí a ningún otro servicio del hospital. Estás más cerca de los agentes de las grandes epidemias que poblaron tu imaginación desde la secundaria. Mal que bien se mantiene cierto aislamiento. Hay catorce camas. La mitad con sarampión. La rougeole de los franceses. Te encanta remitirte a los prolegómenos de la microbiología. A la prosopopeya descriptiva del siglo XIX. Justo el siglo XIX, cuando los colonos la traen a América a diezmar a los aborígenes. Todo en ella es rojo. La piel, los ojos inyectados y las fábulas. La enfermedad más severa que padeciste. ¿Recuerdas los accesos de tos dolorosa, que te hacían llorar? ¡Y cuando te arrojaste de la cama en delirio febril y proferiste “hay que abandonar el barco”! Con cada acceso de tos, un pase de papel de lija arando por tu tráquea. Hoy los cuartos de los niños afectados sólo se alumbran con un bombillo rojo. La idea la propaga la doña de Guanare que llegó anoche con la nieta. Ya lo habías escuchado antes, y hoy formas parte de un patético remedo de boîte. Convinimos en aceptárselo por los dos días iniciales, “porque así la erupción brotará más rápido”. Aprendiste a no reírte de las consejas populares así sean patrañas.

De repente una batahola, un ruidoso cortejo irrumpe por la rampa tras una camilla. Tiene algo de procesión. Será porque unos portan ramas, espigas, un sahumerio, mixturas de café. La camilla se detiene y descubre a su pasajera; una niña como de seis años con expresión de pavura. Delante y encima de ella, una montaña de sábanas, esparadrapo, toallas ensangrentadas. Una telita translúcida funge de sábana; te conmueven los caballitos de carrusel en el diseño de la tela, antes de sacudirte con la aparición de un rodete escarlata con un centro esfacelado, en donde debería estar la pierna. Antes de que te lo digan sabes qué es, pero no quieres escucharlo. “Cuestión de cábala”. Tu remoto espanto está aquí.

Viene de Barlovento. De ese paisaje mapanarero con el que tanto fantaseas en la vía de Oriente y con el que te gusta atormentarte. Esa selva cerrada, macrotérmica, exuberante, donde llueve el ochenta por ciento del tiempo y donde si no llevas un machete no podrías respirar. El fin de toda esa contemplación siempre es el mismo: ¿cuántos reptiles hay en ese suelo? ¿Podría acampar ahí?

Hay que traer un paravent o biombo separador para que el vecinito de la cama de al lado, que sólo tiene una leishmaniasis cutánea, no resulte con un estrés postraumático.

Entre gemidos y rezos ingresa la niña en el único cuarto que tiene cama disponible. Hay que traer un paravent o biombo separador para que el vecinito de la cama de al lado, que sólo tiene una leishmaniasis cutánea, no resulte con un estrés postraumático. Por fortuna él está vacunado. Aquí se va a contagiar alguien.

Habla la tía. A Malena la trajeron ayer del monte, a donde fue a correr y saltar cuerda. Se trató de subir a un viejo tractor. Entonces sintió la mordida y la pudo ver, una víbora de más de metro y pico, según ella y las dos amiguitas, que mostraron sus bracitos extendidos.

El tamaño de la agresora permite estimar el volumen de veneno. Y para esta morenita escuchimizada es de esperar que sea letal. Al escuchar esta parte te da escalofrío y quieres actuar como sea.

La llevaron corriendo a la medicatura y ahí le limpiaron la herida; al rato empezó a hincharse. Le iban a mandar a pedir suero a Higuerote, pero casi todos decían que allá se había acabado. Algún voluntario se ofreció a buscarlo en Río Chico, aunque sabemos que tampoco era seguro.

La misma historia. Este país. Donde suceden las mordeduras no se encuentra suero.

Pero en eso llegó el papá y al c… la discusión. Se la llevó.

¡No quiero que le hagan nada a mi hija! Ella no se va a salvar. Esa bicha me la echaron a mí y como no me encontró la buscó a ella. Yo sé quién fue el que me la echó, y eso se arregla como hombre, el infierno no es de él solo. No me la toque nadie, carajo. ¡Yo sé quién reza esto pa’ que a mi hija la cuiden los santos allá arriba!

Se tomó media botella de caña blanca, le puso un poco en la herida y luego le pusieron un emplasto de café. Después se fue hecho un diablo.

Escuchas todo esto y sientes que eso no puede estar pasando. Tienes ese pánico desde chiquito. Recuerdas que en tu casa no podían ni llamar por su nombre a esas…, por ninguno de sus nombres. Nadie toleraba que las nombraran. Tu abuela, tu papá, menos. Según te enteraste viene de alguna leyenda de Castilla y Andalucía. Pero tú no sabías nada de ese cuento y te aterraba. Siempre fue la mayor encarnación del maleficio. Tus excursiones por las montañas de San Juan fueron formas de morir gota a gota, esperando en cada paso la mordedura. La manía de aprenderte de memoria la taxonomía de los ofidios desde el libro de Alonso Camero en quinto grado; una forma de exorcismo preventivo. Y ahora tú, tú mismo, delante de una criatura que está al borde del suspiro… ¿Vislumbraste que ibas a tener que velar, sentir, cuidar a alguien que sí es víctima de tus fantasmas?

Otra señora lleva la voz cantante con más aplomo y sigue la historia.

En lo que el papá se alejó hablé con la tía, porque su mamá no se atrevió. Le dije, yo tengo un amigo aquí en Defensa Civil dispuesto a llevarnos a Caracas. Vamos a lo seguro. Yo se lo dije y respondió que con gusto, que lo hiciéramos ya. Me arriesgué, trajimos el jeep y entre él y yo nos la cargamos y la tía que se decidió, nos vinimos. No vamos a dejar morir a la muchachita así.

Y a Dios gracia aquí estamos.

Mientras, pedían el suero antibotrópico (era una botrops, ahí no había duda, por el color, los rombos marrones, pero sobre todo por la vegetación local). Además la hinchada tan violenta. Las cascabeles no producen tanto edema ni tan rápido, y afectan más el sensorio, esa niña está muy consciente.

Estás en la “faena sucia” al final del pasillo cuando sobreviene la verdadera borrasca. El papá ha llegado vuelto una fiera a llevarse a la criatura. Entre dos empleados de seguridad, un médico y un bombero logran contenerlo, pero esto no es facilito, ni parece que se podrá prolongar así. Olvídense de pedir consentimiento informado, principio de santidad de la vida, exención de responsabilidades, etc. Es pelea a cuchillo. Civilización contra barbarie siempre. Nuestra ópera existencial.

En eso, la ayuda llega de donde menos se espera. La señora que se ocupa del mantenimiento y la cocinilla te hala la bata y te dice doctor, déjeme que yo ayude. A la primera no le pusiste mucha atención. Como la batalla afuera se encarnizaba y esta pequeña trabajadora —de suyo siempre sonriente— exhibía una luminosidad, un carisma casi místico, pues la seguiste. Déjeme que hable con el señor. Yo le voy a decir que yo estuve casa de don Tacón que me ha enseñado contras para esos daños, para el mal de ojo, pa’ los que están salaos y eso, y que me deje con ella que yo se la salvo. Todo con un guiño pizpireto.

Trae un tabaco que guardaba en su casillero y se encierra con la niña en la sala de curas.

Déjeme que hable con el señor. Desafortunadamente no recuerdas el nombre de ella. La llevas al jefe de servicio y le cuentas el plan. Mientras tanto el kit con el suero está montado, esperando. La provisional y providencial curandera llega hasta el papá y conversa con él. En un rato regresa, ella trae un tabaco que guardaba en su casillero y se encierra con la niña en la sala de curas. Dos estudiantes sin bata han acomodado los antiofídicos en una caja de productos de limpieza y entran subrepticiamente en el improvisado rincón.

Al cabo de una hora el padre golpea la puerta y nuestra agente le obsequia una sonrisa y un guiño. El hombre sale calmo. Una hora más tarde la niña duerme en su cama; el bárbaro edema ha sido reducido. Y un sosiego beatísimo desciende sobre ti. Malena egresa en dos días. Te alegras de no ver más esa parte de tejido necrótico que le debridaron y extirparon. Tú eres responsable de vigilar su evolución cada dos días cuando venga a hacerse curas. Y por un tiempo tendrás que verla y recordar los días en que estuviste in vivo en tu propia pesadilla. Requerirá indefectiblemente de injerto, a mediano plazo. Pero está animada, vital. Burló la ley de probabilidades. La de las proporciones moleculares. Toxina versus antitoxina.

Siempre te preguntarás qué fue lo que sucedió allí en el cuarto de curas.

¿Fue sólo el suero antiofídico?

Luis Felipe Blanco Iturbe
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