“El amor fingido del comandante Antúnez”, de P. G. de la Cruz
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El bulto

martes 28 de junio de 2022

Tenía unos ocho años cuando descubrí que bajo mi cama vivía un pequeño y escurridizo bulto. Se mantenía en la oscuridad, que era su refugio. Tenía la certeza de que estaba ahí, pero no tenía idea de su apariencia. Me trataba de imaginar la forma que tendría, tal vez un ser viscoso con un solo ojo, o tal vez uno con espinas y colmillos, o con varias patas peludas, o como un gusano que se arrastraba por el piso. En las mañanas me atrevía a asomar mi cabeza bajo la cama; sabía que él me observaba y cuando se percataba de que intentaba descubrirlo, se quedaba quieto en la penumbra. En algunas ocasiones se escuchaba el desliz de un cuerpo sobre el piso, como si arrastrasen algo. Ahí abajo era un desierto, mi madre no limpiaba a profundidad por la fatiga que cargaba después de venir del trabajo. “Todo este sacrificio es para vos”, me decía. A esa edad no sospechaba lo que significaba la palabra sacrificio, pero a juzgar por su expresión cuando lo decía, era algo doloroso. Mientras tanto, el desierto de polvo crecía justo debajo de los resortes y armazón de madera que me separaban del piso. Había perdido tantas cosas que no me atrevía a recuperar; una vez se caían y entraban en el terreno del bulto, no me pertenecían más.

La noche es una lupa para los terrores infantiles. Al llegar la noche, la quietud y el silencio de la habitación aumentaban mi estado de alerta, me cobijaba de pies a cabeza, y aunque la tela me sofocaba, me sentía protegido y calmo. Era terrible cuando el despertar en la madrugada me encontraba descubierto con la sábana en mis pies y con el temor de encontrar al bulto en mi cama o en el piso, aprovechando la oscuridad de la habitación para hacer de las suyas. Me quedaba en la esquina de la cama, emulando al bultito que no conocía. Esas noches de desvelo donde los papeles se invertían y mi cuarto le pertenecía. No eran simples desvaríos; podría haber apostado todas mis chibolas y hasta las chinas a que él, o ella, o eso, vivía debajo de la cama. Las ratas no caminan tan pausado como lo hacía eso, los roedores son veloces y de cuando en cuando se les escapa un chillido, pero el pequeño inquilino caminaba y se detenía en un lugar por largos ratos, como durmiendo. En las noches donde el silencio entraba por completo en la habitación, podía escuchar un murmurar ininteligible; cerraba los ojos tratando de concentrar mis sentidos y percibir alguna palabra en vano.

Un día, comía sobre la cama mientras veía caricaturas en el pequeño televisor que mi mamá instaló en mi cuarto, era uno de esos con largas antenas. Para mí, eran como las orejas de un conejo raquítico que buscaba por una buena señal: un conejo cuadrado y negro con un solo ojo inmenso que brillaba. Torpemente, empujé un pedazo de pan con el tenedor y rodó bajo la cama. Aún podía ver una parte que quedó fuera de la sombra; me atreví a tomarlo, pero antes que pudiera hacerlo miré cómo halaron de él como si fuese algo sumamente pesado; cuando había desaparecido de mi vista, escuchaba un mordisqueo, mordiditas lentas y pausadas, incesantes. Recordé nuevamente el terror que me provocaba el inquilino. El conejo cíclope aún seguía con su bullicio, y yo aún viendo el lugar donde estuvo el pan.

Me reprendió porque según ella mis temores eran influenciados por las películas de terror que me pasaba viendo.

Días después, mi madre notó mi creciente preocupación y me preguntó lo que estaba pasando. Tuve que confesarle la existencia de aquel ser que me abrumaba profundamente, pero en vez del consuelo que esperaba me reprendió porque según ella mis temores eran influenciados por las películas de terror que me pasaba viendo, y me advirtió que, de seguir viendo esas cosas, me quitaría el televisor del cuarto. Renuente, tuve que asentir y seguir conviviendo con aquello. Aunque no por mucho tiempo. Al regresar del colegio, conseguí un par de piedras pequeñas que estaba dispuesto a lanzar contra el intruso. Subí a la cama y boca abajo saqué la cabeza para poder ver debajo y apuntar. Era inútil, no podía ver nada, lancé la primera piedra y escuché algo moverse, retraje mi cabeza y esperé aterrado. Unos minutos más tarde volví a intentarlo sin éxito.

Y así pasaron años incómodos hasta que cumplí una cierta edad, y con ellas vinieron algunos impulsos de valentía. Ya a los trece años, me atreví a limpiar debajo de la cama; bueno, digo limpiar porque eso es lo que haría para cualquier persona, pero realmente iba a incursionar en aquel inmenso desierto que se había estado expandiendo a lo largo del tiempo. Levanté muy despacio la cama para ver gradualmente lo que podría encontrar y estar listo para soltarla. En la esquina más próxima a mí, noté dos zapatos que había dado por perdidos, uno con unas estampillas de las tortugas ninjas, y otro negro que usaba para ir al colegio. Encontré también un yoyo quebrado con la cuerda enredada cerca de los zapatos y las piedras que había lanzado. Así seguí, levantando la cama hasta llegar a la esquina donde pude divisar un pequeño ser moverse hasta acorralarse contra la pared.

—No, no, por favor, aléjate —escuché desde la esquina.

Iba a soltar la cama de inmediato al escuchar la voz, pero supe que aquello rogaba. Reconocía con esto que yo era más fuerte y me sentí seguro. La levanté todo lo que pude, y lo vi: el bulto dejó de serlo, podía ver sus piernas, sus brazos y su espalda acurrucado como un feto. Viró la cabeza, y me observó como examinándome con miedo. Se puso de pie y se fue acercando lentamente, dio justamente cuatro pasos hasta detenerse. Llevaba unos harapos y aún conservaba algo de pan mohoso en las manos.

—Al fin te conozco —me dijo—. Había pasado en la esquina por tanto tiempo temiendo que el monstruo que habitaba arriba de la cama no me aplastara. Nunca pensé que el monstruo fuese mi hijo.

Y fue así como conocí a mi padre.

Kras Quintana
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