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Mi cita con Panchito

domingo 24 de julio de 2022

A Simón Sucre (alias Goyo Correa)
y Javier David Pedrá,
músico.

Me fui al bar de Abraham Aquino que está en una esquina como a cien metros de mi casa. Eran las ocho de la noche, eso decía mi ya viejo Lanco Naval, que me regaló mi papá cuando salí de sexto grado. El bar de Abraham está descolorido. Lo pintaron por primera y única vez de verde, hace como treinta años cuando se fundó el barrio. Está verde aguado. Un poste delgadito sostiene, como una bandera derrotada, un anuncio con la imagen difusa de un oso blanco en un semicírculo de ramitas de olivo. Dentro hay cuatro mesas con sus sillas, eso que llaman “pantry” (ja, ja, ja), resquebrajadas y opacas de hace como treinta años, también. Viejos el bar, la pintura, el cartel, el “pantry” y Abraham que te saluda: “¡Epa, gallo!, ¡puro rico, puro millonario en esta güevonaaá! ¿Cuántas quiere?”, y te saca una cerveza cubierta de escarcha… En una esquina está mi cosita preciosa, la rocola con la que me emparento y le marco A3: “Siriaco el sabroso” de Daniel Santos y termino arrastrado con Ismael Rivera, B6: “Tonto del amor”… “El tonto del amor me llaman / porque no puedo controlar mis emociones”.

Hoy no, hoy llegué cabizbajo y el viejo lo notó; sacó un tercio Polar (cerveza 333 ml, tipo Pilsen, ¿saben?) cubierto con su capita blanca de frío… “Como culo de foca, mi gallo”, dijo extendiéndome la botella… “Gallo fino, ¿qué pasa, le montaron los cachos?”. “¡Nooo!”, dije yo y me fui a jurungar las teclas. Metí una moneda (eso hace tiempo ya) y no marqué A3 ni B6, pulsé C3 y comenzó el clamor: “A la seis es la cita / no te olvides de ir / Tengo tantas cositas / que te quiero decir…”, y se me armó un tarugo en la garganta (yo no lloro) que lo pasé con un solo trago chupa y chupa de cerveza. “Dame la otra, gallito, que esté igual”. Abraham se sonrió y soltó: “La vaina es seria”. Sentí una opresión como la de mi vecina que exclamaba: “¡Eso es una presión que le da a uno y viene esa parálisis facial por todo el cuerpo!”, y yo espanté ese pensamiento, transmutado y cancelado. No me paralicé, pero seguí desmelenado de alma como mis chancletas petroleras y mis chores de bluyín… Panchito seguía: “Te cubriré de besos / porque tú eres mi flor…”. “¡Mátame, pero no me dejes!”, dijo un colega que iba para el baño tarareando a Riset.

—Mira, gallo fino, Abraham, escúchame, la cosa es así: sabes que tengo tiempo sin novia (y Abraham atento porque le encanta un chisme). Yo creo que no tengo suerte con las mujeres. Cónchale vale, yo sé que soy feo, pero no es para tanto; yo bailo, fumo, bebo, trabajo, me baño y me lanzo mis perchas más o menos, ¡mírame, gallo! No soy tan mal candidato para ganarme mis noches de amor y todo eso…, pero qué va, mi viejo. Van dos mujeres que me dejan embarcado y con esta la tercera (Abraham me veía pícaro con ganas de decirme: “Búscate un hombre”, yo lo conozco). ¡Bella la tipa, Abraham! Unos piernones. Cruzó la pierna derecha sobre la izquierda y no pude ver nada, pues cargaba puesta una falda plisada que le caía casi encima de la rodilla, y la pantorrilla se le puso más gruesa y rosada, hermosa como un melón pelado; blanca la falda y azul cielo la blusa abotonada hasta el cuello, un rostro sin pecado, coronado de una cabellera que cae sobre los hombros, negra azulada, así como la de Luisa Lane, la de Supermán en los suplementos, tú sabes, ¿no? (Abraham asiente y me hace señas para que me aguante mientras despacha a unos colegas de una mesa. Voy a poner Panchito y regreso a la barra, que es el mismo refrigerador. Abraham me ve expectante con las manos sobre el perco: “Ajá, gallo fino, dime”… Y Panchito: “Te arrullaré en mis brazos / como en los cuentos de amor”). Sí, gallo, le guiñé un ojo y me miró sonreída, o fue al revés. (El viejo Aquino me preguntaba con los ojos ¿dónde fue?, y yo:) Ah, sí, Abraham, eso fue en el Centro Comercial Parque Aragua, en Marapán, tú sabes que ahí va mucha carajita sola, y esta no es jovencita, pero sí, me gustó. Me acerqué haciéndome el gigante May, tú sabes, hecho el güevón, y la saludé sentándome de una vez. Se llama Thalía, ¿y tú sabías que esa es la diosa del teatro?… no, no sabes. Yo estoy estudiando y practicando teatro (y Abraham peló los ojos incrédulo y suspicaz), sí, y le apliqué el Sí mágico, la Fe y Sentido de la Verdad, la Gracia Escénica, toda la fuerza dramática de mi “memoria emotiva”, y asumí el rol de galán. Como a las cinco, después del tercer café con leche (¡no, capuchino no, eso es caro!) y galleticas, me dijo que tenía que irse. Yo dije esto está listo, Abraham Aquino. ¿Cuándo nos vemos?, le pregunté, y me dijo batiendo la melena: “El sábado a las seis”, y se fue, y yo contento, atorado, no le pregunté ni dónde ni a las seis de qué. Corrí a ver si la alcanzaba, pero se había esfumado como una nube. Me dije, tiene que ser aquí, en este mismo sitio, ¿dónde más?, y en la nochecita. Pero como dice el poeta, “uno nunca sabe”. Dame la otra, Abraham (y me fui a la rocola otra vez con el mismo toletole de C3: “Me miraré en tus ojos / hasta calmar mi sed…”). Gallo, la mujer no llegó (Abraham se explotó de risa, me dio pena). Me siento un desgraciado. ¿Tú sabes el cuento del Patito Feo? (“No, gallo, yo no leo mariqueras de esas”, me dijo socarrón). Eso lo escribió Hans Christian Andersen, un danés, para dedicárselo a él mismo. (“Aja, ¿era loco o qué?”). No, Abraham, era un poeta de Dinamarca. (“¡Qué vaina, chico!”, dijo viéndome despectivo).

Me senté en la acera recostado del poste, buscando que el cartel se cayera y viviera mi última noche. Total, para lo que vale mi vida sin ti (alguien, cualquier mujer amante, no sé).

Total, que se hicieron las doce y quedábamos él y yo. Me hizo señas dándose golpecitos con el índice en la muñeca y dijo: “Te fuiste y ya no volviste, vámonos, gallo embarcado”. Dame dos cervezas que yo me las tomo afuera, y me las dio aconsejándome que me fuese a dormir y que los malandros y el diablo y la sayona y la mamá del Jabón que se murió en estos días de un ataque y tal; y yo que no le pares bola, los malandros de aquí si no están muertos, están muy viejos o están presos (el Jabón), o las tres cosas a la vez, y los muertos no salen y ni el diablo ni la sayona existen. Me dio tres tercios, “me los pagas después”, dijo, cerró y se fue silbando. Me senté en la acera recostado del poste, buscando que el cartel se cayera y viviera mi última noche. Total, para lo que vale mi vida sin ti (alguien, cualquier mujer amante, no sé). Coloqué las cervezas a un lado apiñaditas y agarré una, pero no tenía destapador. No me falló el ingenio y saqué el peine: tomé la botella por el cuello apretando cerquita de la tapa y con el peine hice una palanca, chips, sonó, ¡cerveza destapada! La canción, que puse mil veces a sonar, estaba grabada en mi memoria y se oía como adentro del bar. Se vino sobre mí la madrugada. Sentí un frío de pata de perro muerto y un olor a colonia de la que usaba mi papá cuando cobraba los aguinaldos, Jean Marie Farina de Roger y Gallet, un olor a tabaco y volteé a mirar detrás de mí. ¡Cagancia! ¿Qué vaina es esta, Dios? Un tipo de mediana estatura, frentón, pelo teco y ralo sonreía amplio con dientes destellantes metido en su flux y zapatos blancos con camisa negra y lazo rojo. Tenía ojos nostálgicos y con voz de tiple me habló: “Soy Francisco Hilario Riser Rincón; Panchito Riset para usted, caballero. Vine porque oí insistentemente mi canción y pensé que alguien quería hablar conmigo, ¿será usted?”. Yo no podía articular palabra, y en el coxis sentía la presión del colon descendente. Me tomé una cerveza, otra vez de un tirón. El hombre sacó del bolsillo interior del paltó una canequita que yo supuse ron (Bacardí, a lo mejor), se dio un trago, resopló suave y comenzó a hablar en soliloquio: “Veo que ama mi canción, con ella logré fama internacional. Me hice tan conocido que las citas se pusieron de moda, usando mi canción en cartas que se escribían los enamorados con la letra recordatoria. La hora de amar era a las seis, socio (yo hice un gesto como preguntando que de dónde salió ese tema). ¡Ah, sí! ¿Que de dónde salió la canción?… Eso fue en un café; ella estaba sentada y llevaba una falda blanca plisada que dejaba ver sus rodillas sonrosadas, una blusita azul abotonada hasta el cuello y una agraciada cabellera negra intensa con esplendores de un azul como de cómics, tú sabes, caballero… Supermán, Luisa Lane, eso. De pronto (Panchito se puso en suspenso y yo también) subió la pierna derecha sobre la izquierda, ¡yo no vi na’!, pero la presión del muslo sobre el otro le dio una voluptuosidad abultada a su pantorrilla, y un color como de melón pelado…”. ¡No me aguanté y lo interrumpí: Panchito, ¿se tomaron tres cafés con leche? Él se sonrió con sorna y dijo: “Moca, café mocachino” (claro, él sí tenía dinero). Yo seguí: Y a las cinco, más o menos, se despidió de usted y le respondió, cuando usted le pidió una cita, “nos vemos a las seis”, y se marchó. Panchito asintió y preguntó: “Caballero, ¿y usted cómo sabe?”. Le dije que me había pasado lo mismo como si repitieran la película y me contó que a ella no la vio más, pues nunca establecieron el lugar ni el tiempo, sólo la hora de las seis. Panchito, le dije yo, ya con más confianza, pero sin pararme, usted creyó que sería en el mismo cafetín y tiempo, pero esa mujer nunca apareció. Él sacó la canequita (yo pelé otra cerveza con la palanca), y se dio otro trago resoplando: “Sí, así fue, le conté la anécdota a un compositor amigo mío y a los días apareció con la canción, jurándome que me haría más famoso y reconocido aún, que estaría en la mente de todos los engatusados del continente, y así no fue al menos en Cuba por un tiempo, pues salí muy joven de allá, donde me inicié con el Septeto Esmeralda. Me di a conocer más en Nueva York, ¡imagínate, yo en el Versalles, en el Carnegie Hall, cosa más grande! Canté con la orquesta Antobal’s Cubans y con ellos hice mi primera grabación. Me llamaron, por error, Riset, le agregué Panchito y así salí en el disco y seguí recorriendo con mi voz por todas partes, ¡por Cuba también!… Casi desplazo a Antonio Machín, sin querer claro. Fui una estrella brillante y canté, asistiendo también heridos en la guerra dolorosa, ¡la Segunda Guerra!, luego volví al amor, a cantar libre”.

Él hizo ante mí una venia elegante, sin hablar. Se dio la vuelta y enrumbó hacia el este, donde está la línea final de la noche.

Empezó a sonar un piano como en cascada de aguas mágicas, un arpegio de piano; el cielo estaba estrellado como nunca y una luna de oro nos arropaba con una luz votiva. Sonaron seis campanas y entraron las trompetas agudas que anunciaban no el apocalipsis, más bien el advenimiento del ensueño. Panchito estiró su mano hacia mí, yo como hipnotizado le di la mía aceptando la invitación a bailar (yo soy un hombre, ¡que se sepa!) con aquella melodía irresistible, me tomó por la cintura suavemente, pegó su mejilla a la mía y comenzó a cantar con voz de tiple: “A las seis es la cita / No te olvides de ir…”. Cerré los ojos mientras danzamos en círculo, suavemente, aquel bolero subyugante, y pensé en la mujer, le apreté la cintura y Panchito siguió inspirado (no se propasó ni nada). Al fin terminó desgarrado: “¡Que te espero a las seeeeis!”. Me llevó nuevamente a mi sitio y posé en la acera mis nalgas ya adoloridas de estar tanto tiempo sentado antes del ensoñador baile. Lo miraba atónito (yo pensé que me iba a besar, ¡no, señor!). Él hizo ante mí una venia elegante, sin hablar. Se dio la vuelta y enrumbó hacia el este, donde está la línea final de la noche. Lo vi perderse lentamente silbando la canción hasta convertirse en un destello blanco que se tragó la madrugada. Cantó el primer gallo y vi mi Lanco Naval, 5:50 am, estaba a tirito de amanecer y quedaba una cerveza que no me bebí por estar embelesado con el cantante. La destapé con la misma maña y la apuré de dos tragos calientes y espumosos. Mientras pensaba en lo sucedido se alzaba el alba con su obra de arte rojiza, amarilla, verdiazul, lanzada hacia la claridad débil. De pronto vi que del oeste hacia mí venía una limosina blanca que empezó a orillarse hacia la acera, se me paró al frente muy pegada y no pude ver a nadie por lo oscuro de los vidrios. Tardó un minuto angustiante para que bajara el vidrio trasero. ¡Era ella!, la de la cita en Parque Aragua. Me invitó a subir y yo pregunto: “¿Qué pasó?, ¿cómo vienes aquí y a esta hora?”. Y me dijo sagaz: “Era a las seis y son las seis, el lugar sería dónde te encontraras… Isidoro —le dijo al conductor, que cabizbajo se cubría con una gorra clásica de chofer de rico—, ponte la canción final para cerrar las fiestas”, e Isidoro pulsó el reproductor para dejar oír el “Alma llanera”, nuestro segundo himno nacional, y arrancó la limosina picando cauchos. No supe más de mí.

Remecido por algo desperté desorientado y somnoliento; sentía el reverbero del sol en la cara: “¡Despiértate, tipo, que te estaban robando!”; era el Jabón, el malandro más viejo del barrio, que lo acababan de soltar, a las seis de la mañana, de la prisión. “¿Qué pasó, parroquia?, ¿qué hace tirado en esa acera como un vikingo? Párate y recoge la cartera y el reloj, que los malandritos aflojaron cuando me vieron venir. Tú sabes que yo soy el papá de los guapos, aunque haya estado ausente, ¿qué pasa?”. Me ayudó a parar con mi esqueleto estropeado, macilento, y le conté lo sucedido mientras caminábamos los cien metros hasta mi casa. Cómo se echó a reír el Jabón y me dijo: “Mira, loco, mi mamá me fue a visitar al penal hace un mes (le di el pésame y se le quitó la risa), y entre tanto cuento me dijo que tú y que haces teatro”. Me vio de arriba abajo, yo le planté cara desafiante y saqué pecho: “Yo sí y qué”. Se volvió a reír más duro: “No, nada, parroquia, es que estás aprendiendo. Tremendo papel de borracho malo te lanzaste, ja, ja, ja, y bailando con hombres cachete con cachete, enamorao de mujeres imaginarias. ¡Que te vaya bien! Anda a dormir la mona y compórtate”.

Menos mal que es domingo, vi el Lanco Naval y son las doce del día. Voy a dormir mi tarde. Mañana le cuento este cuento a la gente del Pesado Teatro, o lo escribo primero a ver qué sale. Debe ser con Panchito… con Panchito Riset y la embarcadora misteriosa. Por ahí va el asunto.

Eleazar Marín
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