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La venganza y otros textos, de Marcial Fonseca
(primeras páginas)

martes 4 de octubre de 2022
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“La venganza y otros textos”, de Marcial Fonseca
La venganza y otros textos, de Marcial Fonseca (2022). Disponible en Amazon

La venganza y otros textos
Marcial Fonseca
Novela y artículos
2022
ISBN: 979-8408965724
140 páginas

QUERÍA llegar pronto a su casa. Haría lo de siempre: hablaría brevemente con la familia, le diría algo gracioso a la niña, luego pasaría al baño; hoy no se rasuraría, así que en minutos estaría comiendo. Luego, para reposar la comida, como solía decir su padre, conversaría con su esposa o con los hijos o con todos ellos; luego rápidamente hojearía los periódicos ya que los importantes los había leído en su oficina en la mañana. Todavía conservaba la costumbre de llegar temprano a su compañía a pesar de que ya no era necesario; para empezar, era rico y dueño de la empresa, y de algo más, ya había logrado que sus negocios tuvieran un barniz completamente decente. La sombra de su origen estaba convenientemente olvidada por su negocio; ya llevaba veinte años como empresario innovador.

La mejor parte de su casa era la terraza biblioteca. Ahí saboreaba un whisky de malta mientras veía la neblina descender y hacía lo que más le gustaba: recordar su pasado. Había notado que esto era lo que más lo hacía sentirse relajado, volver a sus viejos tiempos; por ello, si se conseguía un viejo amigo, lo invitaba a comer, a echarse unos palos, de esa manera echaba mano de la memoria para regresar a su infancia. La esposa nunca lo acompañaba, así que él, a sus anchas, navegaba en su vida y rememoraba lo que había aprendido de su padre. Aunque creía que su existencia había sido observar lo que sucedía a su alrededor, estaba claro que sus vivencias habían pautado su vida.

Iba sumido en sus pensamientos cuanto sintió unos cornetazos; no les hizo caso, pero se percató de que le estaban haciendo señas. Se detuvo con precaución, esperó y del carro se bajaron una mujer y un hombre, gesticulando ambos como si lo conocieran y como si tuvieran una información que darle. Él, por si acaso, apenas bajó el vidrio, pero era lo suficiente como para que cupiera la punta de una pistola, y eso fue lo que hizo el acompañante de la mujer, ¡era un simple asalto! Le dijeron que bajara el vidrio completamente o era hombre muerto. De sus experiencias pasadas sabía que a los delincuentes había que darles a entender que tenían el control, por lo que bajó la ventana. El asaltante accedió al seguro de la puerta y la mujer se introdujo en la parte posterior del carro. El hombre le pidió que se acostara en el piso; lo hizo sin mucha resistencia; lo mejor era no oponerse; mientras se sintieran en control, así se calmarían, pero antes fue esposado. En todo esto lo guiaban sus vivencias; al sentarse, les preguntó si querían la cartera; la respuesta lo sorprendió.

­—Eso no es lo que quiero —contestó ella.

Doble sorpresa, no usó el plural, sino la primera persona, así que ella estaba a cargo. Sabía que no debía mirarla, y no lo hizo. Ella le dijo que no eran ladrones; bueno, que ella no lo era a pesar de lo que le había hecho a su familia, sería fatal para cualquiera, no lo fue para ellas. Él se limitó a decir que no entendía y se quedó en silencio. Lo culpaba de algo, junto a otros, por lo que le hicieron en su vida. Y hablaba en plural, e incluía a otra mujer. Su mente, propensa a elucubrar y dada a los análisis, lo llevó a alguna resentida de una de sus empresas, aunque no desmenuzaba muy bien cómo estaría relacionada con su vida, ella lucía de menos de treinta años, y sus empresas no pasaban de los veinte. Si tuviera ese tiempo con él, de suyo imposible, la reconocería. La voz no le llegaba, su cara le pareció un tanto común; muy normal en los seres humanos que, ante cualquier conjunto de líneas, ven caras humanas, principalmente vírgenes; esto nunca se lo explicaba…, tuvo que regresar a su situación, ya estaba yéndose por las ramas.

Lee también en Letralia: reseña de La venganza y otros textos, de Marcial Fonseca, por Alberto Hernández.

Preguntó qué querían de él y la mujer le contestó, con absoluto dominio, que no era su dinero; ella también tenía, eso se heredaba, no el dinero, la manera de conseguirlo; él debería pagar por lo que le hicieron a su madre, y por extensión a su padre, que terminó abandonándolas. Él quiso decir que no entendía, pero prefirió analizar la situación. Desde sus lecturas de Borges o de relatos relacionados con él, como “Nueve millas bajo la lluvia”,1 sabía que detrás de cada frase había todo un universo, lo importante era saber entenderlo. Ella interrumpió sus pensamientos advirtiéndole que ahora él sabría qué era sentirse abandonado y humillado; tampoco contestó, tenía que profundizarlo. Era claro que era una resentida, y por más que trataba no podía ubicar a nadie en su pasado a quien una acción suya hubiera causado ese tipo de sentimiento, o mejor, de resentimiento; menos recordaba haber humillado a alguien, él se consideraba muy caballero y cortés. Consideró prudente contestar y le dijo que no sabía de qué estaba hablando.

—Claro —respondió ella—, mi madre era poca cosa, pero ella me llevó muy lejos, tan lejos que me enseñó a vengarme, me enseñó por qué debía limpiar mi honor, que pareciera que no tengo, pero el honor es algo íntimo que no necesita ser digerido ni conocido por nadie.

Tenía muchas frases que estudiar; para empezar, la última le pareció bastante cursilona; cabía la posibilidad de que se hubieran equivocado de víctima. Se identificó, pero la líder le contestó que no se preocupara, ella sabía quién era. Además, sabía que era de Duaca, rico, corrido en muchos mundos, principalmente en el de la corrupción, que ella conocía muy bien, igual que él, aunque ahora figuraba en el mundo de los empresarios honestos.

Le dijo que si quería un rescate lo podían hablar; la mujer le explicó que el rescate era que bajara la cabeza, que reconociera su culpa; ella no le revelaría qué hizo que mereciera de parte de él dar unas disculpas. Debía llegar a su falta por sí mismo. Preguntó quiénes eran ellas dos; ella le dijo que debía deducirlo; había tenido muchas oportunidades para hacer algo; ya que no lo hizo, ahora la soledad lo ayudaría.

Luego de dos horas de travesía le dijeron que se podía levantar. Sus ojos se acostumbraron a la claridad; estaban en un paraje solitario, una casa rural quebraba la armonía bucólica del lugar; se veía sencilla, y el muro que la rodeaba posiblemente era más caro que la vivienda en sí. Y el tendido eléctrico debía costar una fortuna.

Los captores se bajaron del carro sin muchos aspavientos, así que, concluyó, conocían el lugar y sabían que era solitario, que nadie los perturbaría. La mujer caminó de prisa a una parte de la casa, donde había una débil cobertura para el celular; llamó por teléfono, informó que ya lo tenía; luego se quedó en silencio mientras oía la respuesta, y dijo que lo dejarían solo para que recordara y sufriera un rato en la ignorancia de lo que le estaba pasando, y con la soledad. Recibió asintiendo con la cabeza la respuesta que le dieron, colgó y ordenó al cómplice que lo introdujeran en la vivienda y lo aseguraran con la cadena. Cuando entró a la sala, entendió, la casa rural eran solo las cuatro paredes externas, y dentro había una poceta y una regadera. La longitud de la cadena era suficiente para alcanzar la nevera, y por supuesto la cocinilla y para sus necesidades. Preguntó si le darían algo para leer. Le dijeron que usara su imaginación o que recorriera su pasado. Menos mal que era lo que más le gustaba hacer; era de los que creían que, al madurar, vivimos de los recuerdos por lo insulsa que se nos vuelve la vida. Cuándo le darían la libertad, quiso saber él.

Se percató de que fugarse era casi imposible.

—No es tiempo de hablar de eso —replicó ella.

La cadena fue sujetada a un botalón de concreto. Se percató de que fugarse era casi imposible. Antes de marcharse, ella le explicó las comodidades de la casita. Había una nevera, una pequeña cocina, una mesa, una silla; un pequeño lavaplatos y, sobre este, utensilios de cocina. A corta distancia, papel higiénico y una poceta. En una pared lateral, contigua a donde estaba el área de alimentación, había un suiche que apagaba la luz del techo y el radio, este estaba en una pequeña repisa, al lado de la entrada. Le indicó la cama.

Antes de pensar en lo que más le gustaba, debía poner en claro quiénes podían ser sus captores. Sabía que tan pronto se dieran cuenta en su casa de su ausencia, su mujer llamaría a la policía, y movilizaría a la gente de seguridad de la empresa; bueno, él esperaba que no pensara que se había entretenido en el camino a casa. No se preocupó mucho porque sus captores no lucían peligrosos o suicidas, aunque la mujer había mostrado un odio mellizal. Le parecía raro que lo dejaran solo tan rápido; no hablaron de rescate, solo de castigarlo por su pasado, pareciera que por algo específico que hizo, o más, que no hicieron él o su familia.

Marcial Fonseca
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Notas

  1. Cuento policial de H. Kemelman, de la antología Los mejores cuentos policiales; Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges; volumen 1, Alianza, 1990.
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