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Uno o dos de tus gestos, el más reciente libro de cuentos de Jorge Gómez Jiménez, editor de Letralia

Cólicos

martes 28 de septiembre de 2021
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Quería acelerar porque ya el hambre y el ruido le estaban pegando; a éste lo engañaba con el walkman, a aquélla la combatía con chicha; pero cuando lo esperaba la comida de su madre, no se embasuraba; le había dicho a su madre el día anterior que le preparara un almuerzo bien resuelto porque terminaría todas sus diligencias en la mañana, pero un documento debía ser entregado entre las 3:00 pm y 4:00 pm; decidió ir a su hogar. Llegó a su barrio; en unos diez minutos estaría en su casa.

—Vieja, bendición.

—Dios me lo bendiga.

—Mamá, mientras me sirves, me doy un baño.

—Vaya —la mesa estaba casi lista, sólo faltaba servir el cartón de leche, aunque no estaba muy de acuerdo por los cólicos.

Se sentó a comer, ella le reclamó por no estar empiyamado si no iba a trabajar por la tarde. Le mencionó que le había quedado un sobre por entregar.

—Pero no te preocupes, son las 12:15, tengo casi tres horas de siesta.

—Me llevo la leche.

—Venga, vieja, usted sabe que no me hará daño —el usteo la convenció.

Antes de tomar su siesta le pidió que lo despertara a las 3:00. En menos de diez minutos ya estaba roncando. Le reclamaba a su madre porque no lo había despertado a tiempo; los gritos, de su parte, subían de tono, ese error podía costarle el trabajo. El sosiego le volvió cuando sintió en el hombro los dedos de su madre. Faltaban cinco minutos para las tres, a ella le extrañó el cariño con que le besó la mano.

A la altura de Agua Salud sintió un retortijón en el bajo vientre; por un momento quiso regresar a su casa, pero no debía.

Se lavó la cara; el cafecito terminó de despertarlo. Emprendió su viaje. Al llegar a la Sucre se puso nervioso porque había unos quince motorizados retenidos para revisión de papeles. 3:15. Frente a los policías, hurgaba en su maletín y al desgaire un agente ordenó con la mano que siguiera. Las canas infunden respeto, pensó.

A la altura de Agua Salud sintió un retortijón en el bajo vientre; por un momento quiso regresar a su casa, pero no debía. 3:24. Se fue el dolor; volvió. No sentía ganas de dar del cuerpo; a lo mejor era otra cosa. 3:30. Esta vez el puyazo casi lo obligó a doblarse; sólo duró unos segundos. 3:35. La Torre Financiera estaba a la vista; entregaría y regresaría a casa. Le parecía que los cólicos eran muy fuertes, pero no tenía ganas de defecar. 3:40. Estacionó la moto.

El hall era inmenso, había varios ascensores; quiso esperar el expreso, pero tuvo que tomar el directo al 10 y desde ahí, de uno en uno hasta el 62. Por el piso 4, regresó el puyazo. 3:51. Piso 8. Cerró los puños para aguantar el dolor. Piso 9, piso 10. Primera parada. Salieron dos, entraron tres. Quiso salirse, pero el trabajo era más importante. Piso 12. Quizás era una baja de tensión, pero no recordaba que se acompañara con cólicos. Piso 14. Nadie entró, nadie salió; respiró hondo; sintió presión en el recto; estaba seguro de que no eran ganas de deponer, sólo flatulencia. Piso 17. Ya no le interesaba quiénes entraban ni quiénes salían. Apretaba la mano derecha; aflojaba, cerraba; la abría hacia afuera, y bruscamente la cerraba. Piso 30. 3:55. Siguió practicando con el puño lo que iba a hacer con el esfínter; con gran cuidado aflojó, poco a poco empezó a sentir un descanso físico, después de unos tres o cuatro segundos fue un alivio auditivo: la flatulencia había sido sorda; quería creer en un tercer alivio: que fuera inodora. Piso 38. Cuando lo invadió el vaho, se sonrió; tenía razón, no era un alivio para los demás, era un fuerte olor a azufre, cobre y sudor de masas ocultas. Lo que ascendió hería las narices; menos la de él, por supuesto. Siguiendo la ancestral costumbre, respiró con ganas; los presentes empezaron a protestar, él los imitó. 3.59. Salió corriendo cuando se abrió el ascensor en el piso 42, tenía treinta segundos para entregar la correspondencia.

Le sellaron la copia y regresó al área de ascensores. Pensó ir al baño, pero ya no sentía dolor, lo del ascensor habría sido suficiente; se dijo a sí mismo que eran sólo gases. Tomaría el expreso, pero llegó uno con dos pasajeros y se embarcó, aunque era de los que iban de piso en piso hasta el 10. En el piso 27 se montó alguien. Por el 18 regresó el dolor. Estaba calmado porque sabía que una vez que llegara al 10, era directo a planta baja. Además, no podía hacer lo mismo, eran apenas cuatro en la cabina. La molestia iba y venía; debía aguantar. Piso 12. Se quedó solo; tenía que ser cuidadoso, alguien podía montarse en el 11 o en el 10. Ni siquiera se abrió. Ahora sí se soltó, violento, rápido y esta vez sonoro; ahora respiraría sin temores; notó que el olor tardaba más en llegarle que la vez anterior, cuando había más narices. Piso 4. Volvió a soltar el esfínter, sonoro otra vez, y se extrañó de no percibir nada. Miró hacía abajo como esperando la nube invisible que debería estar subiendo, ensanchó el pecho, se dobló, olisqueó y se percató no sólo de que no olía sabroso, sino de que no olía en absoluto. Reaccionó, abrió los ojos, puso cara de náuseas, y por el piso 2 se fue en vómito de pensar que de subida se había tragado, y hasta disfrutado, la flatulencia de otro.

Marcial Fonseca
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