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No hay dos sin tres

martes 18 de octubre de 2022
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Me retiró la mano bruscamente; se la tenía cogida desde que me desperté porque durante toda la noche la había notado ausente, por la forma de mover las sábanas o de darme la espalda. Sabía que no estaba de humor, la abracé y aunque estaba despierta evitó responderme. Me volví y, fijo mirando el techo, reposé el codo sobre mi cabeza… Me fui para la ventana y me puse a fumar, pero ella en seguida se levantó de la cama, desnuda sólo con la rebeca por encima, diciéndome que en ayunas el olor del cigarrillo le daba arcadas. Lo dijo casi sin mirarme, recogiéndose el pelo, de forma desaliñada, sugerente. Se dio una ducha rápida, se pudo el vaquero, una blusa clara y las deportivas. Mientras se aplicaba algo de maquillaje le pregunté:

—¿Te lo pasas mejor con Juan?

Ella permaneció retocándose, insolente, ignorando mi pregunta.

—Últimamente te pones muy pesado, ya sabes: cero preguntas, cero fingir —así me contestó al rato después—. Vamos a estar abajo, Juan nos estará esperando, es muy madrugador —“¿Madrugador?”, pensé. Cogió el bolso y cerró la puerta dejando en el ambiente ese perfume tan evocador, que en nadie olía igual.

Era inevitable y, aunque me obligaba a rehuir de ello, me inquietaba caer en un abismo infausto que sólo yo me había creado.

Juan, ella y yo, viajando juntos y haciendo esta extraña vida conyugal a tres bandas.

Llevábamos ya casi un mes así, visitando lugares, recorriendo ciudades al azar, que encontrábamos de camino, por puro placer, los tres, disfrutando de ese período vacacional que nos habíamos dado. Juan, ella y yo, viajando juntos y haciendo esta extraña vida conyugal a tres bandas donde al final de cada día ella acababa eligiendo. Me pareció estimulante la idea, con aquella belleza de mujer, aquel espíritu libre, ¡avenirse a semejante aventura donde me incluía a mí! Sabía dónde me metía, ¿o no? El miedo a un verano largo y solitario me ayudó a aceptar. Eso y sus enormes piernas y una sensualidad que destilaba a ratos, caprichosamente. Lo único que me sobresaltaba era poder enamorarme, algo que antes de aceptar ya me había ocurrido.

Bajé a la cafetería del hotel, que era diáfana y muy luminosa, con unas enormes vistas al puente y al estuario. Varios barcos anclados reverberaban al sol como pececitos de plata. Me senté con ellos. Pedí un café con leche y un croissant, rechacé la fruta, que por la mañana se me atraviesa. Me tomé una pastilla. Ella me dijo que tomaba demasiadas. Frente a mí Juan irradiaba felicidad. Le pregunté qué había hecho y me dijo que se quedó hasta tarde en el bar del hotel. Estuvo hablando con una chica en la terraza.

—No me has dicho nada —dijo Elena.

—Nos quedamos solos, la gente aquí es muy tempranera —dijo relamiéndose.

—Estamos en mayo, aún no es verano. ¿Y después qué? —preguntó ella.

—¿Qué quieres que te diga? —dijo él arrogante—. Cero explicaciones, ¿no?

—Sí, cero explicaciones —dijo ella dirigiendo su mirada hacia mí— (tras una pausa). Me apetece dar una vuelta en barco, dicen en el folleto que subiendo el río hay unas vistas espectaculares y podemos comer en uno de los pueblos que dan a la orilla.

—Ok, genial —dijo Juan—. ¿Vamos? —me preguntó.

—No sé, tengo varias llamadas que hacer y estoy jaquecoso.

 

El día que salimos, éramos un manojo de nervios e ilusiones. Fue un impulso lo que nos avino a escaparnos, por huir de aquello, de aquella futilidad de vida que ya, tan jóvenes, atisbábamos. Se tomó la decisión sin planificarlo mucho: alquilamos un coche y metimos una maleta cada uno. Nuestros trabajos no nos obligaban a echar raíces, o a echarlas como para obviar una aventura intrépida. Eso fue lo que nos dijo Elena desayunando la misma tostada con mantequilla de cada mañana:

—Dejo esto y me voy a dar una vuelta por el mundo, hasta donde me llegue la pasta. ¿Os apuntáis?

Yo acababa de dejarlo con mi pareja tras seis años y conservaba cierto tono lastimero en la jeta, eso me lo dijo Elena una noche después de hacer el amor. También me dijo que no tenía cara de buen amante pero que la había sorprendido. Juan holgazaneaba por la oficina a la espera de alguna novedad que se le presentó con la pregunta de Elena, a la que contestó inmediatamente. Yo les pedí un día para meditarlo, contesté sí a la mañana siguiente.

En una semana estábamos en marcha en la primera ciudad, que sólo conocíamos de oídas y que nos resultó extraordinaria, por ser la primera, por significar el comienzo de nuestra escapada. Cada día bebíamos y comíamos alegremente sin cortarnos por los horarios ni las obligaciones. Las mañanas las dedicábamos a visitar los sitios a los que llegábamos, a probar comidas nuevas y a recorrer museos y palacios rodeados de turistas. Me eligió a mí para pasar la primera noche y las siguientes, lo que me produjo una gran euforia interior, creyéndome especial.

Me aficioné al martini antes del almuerzo, eso me despejaba de mis jaquecas y me daba una vivacidad y una alegría inusitadas. Juan en cambio era más infrecuente, había días que se pasaba doce horas, como un japonés, haciendo fotos sin parar, y otros tumbado en la cama hasta la hora de comer. Tras varias noches conmigo lo eligió a él; lo interpreté como un fruto a su inconstancia, algo que a Elena le fascinaba más, olvidando que era parte del juego. Yo en cambio era de costumbres fijas y sabía que la acabaría aburriendo. Intuía que ya se habían acostado muchas veces antes de todo aquello. En cada hotel alquilábamos dos habitaciones dobles y ella decidía. Si decidía estar sola, Juan y yo teníamos que compartir habitación, así se pactó.

Los esperaba en el hall del hotel, afeitado y desayunado y con un par de pastillas tomadas.

La primera noche que pasé solo casi sentí alivio, me convencí de que me vendría bien un poco de liberación para poder hacer lo que me diera la gana. Cuando pasaron las tres primeras me desesperaba, los esperaba en el hall del hotel, afeitado y desayunado y con un par de pastillas tomadas. Juan bajaba soñoliento, y con barba, ella siempre un rato después; en cambio cuando estaba conmigo bajaba muy temprano y antes que yo.

Decidí entonces tirar la caña, pasar de ellos y divertirme por mi cuenta. Una de las noches que me tocaba estar solo, me quedé por el centro de la ciudad donde estábamos, después de cenar los tres en un restaurante japonés, que tanto le gustaban a Elena, y me introduje en los bares y garitos de marcha. Tras unas copas conocí a dos holandesas muy altas y muy sonrientes que me hacían musarañas desde el otro lado de la barra. Cuando bebo soy muy locuaz y muy divertido y tras horas de chapurreo sin que nos entendiéramos acabé pasando la noche con una de ellas en mi habitación de hotel, que tocó contigua a la de ellos. A la mañana siguiente bajé con la chica al desayuno y coincidimos los cuatro. Ambos me lo reprocharon con la mirada. Después Elena, mientras subíamos las escaleras, me lo soltó a la cara:

—No venimos a hacer ostentación de nuestras conquistas, si no todo se va a la mierda, recuerda —y siguió el pasillo adelante hasta perderse en su habitación.

Ese día condujimos muchos kilómetros hasta nuestro próximo destino, que era una capital de provincia, que ansiábamos conocer, en el centro de la meseta. Al llegar todo se nos había olvidado, con las ganas de conocer su catedral gótica. Para borrar toda huella de lo ocurrido borré el teléfono de la holandesa de mi móvil. Nada más llegar nos fuimos a la zona del río con aquellas casas en relieve que parecían dibujadas. Hice fotos de perfil a Elena, donde ella se ponía en actitud burlona de pose, que después le mandaba al WhatsApp; Juan nos invitó a comer porque era su cumpleaños; extendimos la tarde todo lo que pudimos y decidimos aplazar las visitas para el día siguiente. Las habitaciones habían caído esta vez en dos hoteles distintos separados por la plaza del ayuntamiento. Me resultó más cómodo porque si ella no estaba conmigo no los notaría tan cerca y también podría desayunar solo sin tener que encontrármelos recién levantados.

La mañana siguiente recibí una llamada de nuestro antiguo trabajo; Ramiro, el jefe de la empresa, me preguntaba si sabía dónde estaba Elena, ya que todos conocían nuestros planes en común. Les dije que hacía días que no la veía. Ella siempre tenía el teléfono en modo avión y sólo atendía al móvil por el wifi de los hoteles. Me insistió en que había un tema antiguo que ella llevaba y que sólo con su ayuda podría resolver. Sabía lo mucho que ella lo detestaba y lo mal que se lo había hecho pasar; quizás fuera uno de los motivos de su fuga. Me fui a su hotel, que estaba a escasos cincuenta pasos del mío. Los encontré muy distanciados, él leía una revista arrellanado en un sofá del restaurante, ella fumaba nerviosa, sentada en el jardín, mientras miraba al vacío. Se había cambiado el esmalte de uñas. Me observó hasta que me senté junto a ella.

—Me ha llamado Ramiro.

—Se supone que debería ir a solucionar un enredo antiguo que no pueden resolver —dijo apurando la calada del cigarrillo.

—Le he dicho que no sabía dónde estabas.

—Sabes —me dijo levantando la voz—, lo más absurdo que hacemos en la vida es empeñarnos en crear una reputación y más si va acompañada de un currículum. Él me dio ese trabajo y piensa que le debo gratitud indefinida, ya se la pagué.

—¿Cómo? —bajando la voz.

—Sólo fui su pareja, no su fulana, por eso no le debo nada, si me pagó fue por mi trabajo y eso ya se acabó.

Se levantó bruscamente tirando el vaso de agua por la mesa que el servicio del hotel vino a recoger en seguida.

 

Antes no éramos amigos, sólo conocidos de la empresa. Ella se me fue acercando, cuando coincidíamos en los descansos, en la fotocopiadora, comentando cosas del trabajo, bromeando y con su mirada hechicera me decía con una media sonrisa: “Un día me esfumo y lo mando todo al carajo, ¿te vendrías?”, y se marchaba con las fotocopias aún calientes. Siempre con el que creíamos que era su novio, tan unidos los dos, que se iban a desayunar, los viernes de cervezas… y así en la laxitud que provocan las oficinas y los sitios tediosos fuimos intimando los tres. Empezamos a movernos como un círculo cerrado, donde yo era el sumiso, Juan el libertino y Elena, la líder que consentíamos tácitamente. Otra compañera me preguntó un día si podía quedar con nosotros y ambos me dijeron que no, tal cual. La primera noche que me descolocó fue uno de aquellos viernes de almuerzos eternos, cuando volviendo por el barrio peatonal donde vivía me dijo que la acompañara a su casa, Juan se había ido con una conquista, subimos y tras la puerta sobrepasamos los límites de la amistad, en una noche que nunca he olvidado, fue un fin de semana excepcional. El lunes siguiente en el trabajo sentí su primer desdén y empecé a conocerla, a entender su lenguaje. Otras noches la vi marcharse con él y mirarme al alejarse. Me enfadaba y ella lo sabía, pero sabía que ella quería que entendiera que no le podía exigir más, o eso pensaba. No sabía si lo hacía con otros hombres.

 

Una mañana Elena nos dijo, después de su café amargo, que prefería seguir sola.

Nuestro propósito era llegar lo más lejos posible, recorrer el mayor número de lugares, pero nos demorábamos en algunos sitios, nos perdían las comidas largas en sitios exclusivos y las botellas de vino caro. Ya empezaba a escasearnos el dinero, normalmente Juan que era de familia más rica empezó a pagar la gasolina y decidimos bajar nuestras pretensiones gastronómicas. Una mañana Elena nos dijo, después de su café amargo, que prefería seguir sola. “¿Sola? Eso no es lo previsto”, dije. “¿Qué previsto?, no hay nada previsto, no somos una asociación ni una empresa, ya nos hemos aportado todo lo que nos teníamos que aportar”, contestó ella. “Vale, guay —dijo Juan—, me estaba aburriendo de hacer de turista”. Ambos me miraron. Me sentí terriblemente mal, como cuando lo dejé con mi ex novia. “¿Qué vais a hacer, os volvéis?”, pregunté. “No lo sé —dijo ella—, me queda dinero para pensar tres días”. “Yo te puedo prestar”, dije. “No”, contestó. “Yo voy a seguir a rumbo perdido”, dijo Juan. “Vale, pues hagamos una gran cena de despedida esta noche y mañana cada uno por su lado”, sentenció Elena. Yo me quedé muy callado. Ella me puso la mano en mi pierna, y me dijo con ternura: “No te pongas triste, esto es lo más importante que nos va a pasar en nuestras vidas y siempre lo recordaremos”. Sonreí desganado, soñando que podría enamorarse de mí, crear una familia, ser la madre de mis hijos. “No, nunca voy a ser una mujer así”, pareció decirme con la mirada, como si hubiera entrado en mis pensamientos.

Aquella cena fue encantadora, probamos todos los manjares que nos ofrecía el único restaurante de la ciudad que tenía una estrella Michelin y el festín duró horas, probando bocados exquisitos, y haciendo degustación de toda la carta de vinos, entre franceses, alemanes, italianos, portugueses y algún caldo japonés aromatizado con toques dulces a canela. La diversión inundó toda la cena, las bromas recordando momentos que habíamos vivido en nuestro viaje. Dos parejas de ingleses que estaban a nuestro lado más borrachos que nosotros nos invitaron al salir a unos gin-tonics en una de las terrazas. Casi ya de madrugada seguíamos con nuestra despedida, recuerdo que era mediados de junio y que había gente animada por la buena temperatura y la cercanía al fin de semana. Elena nos cogió una mano a cada uno y nos sonrió, con esa mueca entre burlona e infantil que a veces mostraba, con sus enormes dientes, blanquísimos, fruncido el ceño de felicidad. “Qué buen regalo nos hemos hecho”, nos dijo al borde de la emoción mientras Raphael y Manuel Carrasco cantaban a dúo Me olvidé de vivir. “Hicimos lo que debíamos en el momento apropiado; si no seríamos tres tristes con unos ahorros en la cuenta y unas pocas arrugas de más”, continuó con un brillo nuevo en los ojos.

Al retirarnos me escogió a mí como al principio, fue inolvidable, por el alcohol, la chispa de la despedida, emociones encontradas que refulgieron esa noche como un final de fiesta. Me dijo varias veces que le había encantado conocerme, sentados en la cama acariciándome la cabeza en un gesto de cariño como nunca le había visto. Se levantó casi amaneciendo y fue al cuarto de baño, al volver a la cama traía el pendrive con las canciones de Camilo que habíamos escuchado mil veces en el coche en cada trayecto y me dijo que me lo regalaba, se lo agradecí sabiendo que era su favorito. Me lo dejó en la mesilla de noche y me dijo que lo escuchara, me quedé dormido ya casi de día, a su lado, los dos en la misma almohada, oliendo su perfume a nardos y palpando su piel suave. A la mañana siguiente, resacosos, nos despedimos sin alharacas, después de liquidar con el recepcionista. Elena llevaba sus gafas de sol y nos dijo, seca, que lo mejor era una despedida ligera. Tomó un taxi y, cuando estaba ya dentro, con la puerta aún abierta agarrada con la mano, me miró de nuevo y me dijo: “Espero que escuches el disco”. “Te lo prometo”, le contesté.

Decidí alquilar un coche en la estación de tren y volver parándome en lugares al azar, viendo cosas nuevas, no queriéndome desasir del todo de la vida que habíamos llevado hasta entonces. Cogí el pendrive varias veces, pero lo teníamos tan trillado que no cumplí la promesa que le hice a Elena de escucharlo más, fui tirando de música por internet, lo dejé en el asiento trasero.

 

Aún hoy recuerdo aquellas semanas con nostalgia, fueron las más insólitas de mi vida, nunca después he vivido nada similar: una aventura tan improvisada y tan sagaz. Ignoro qué ha sido de ella. A veces le hablé por WhatsApp y sólo encontré respuestas evasivas; conociéndola, pensaba que quería pasar página de todo aquello, que consideraría una experiencia más dentro de las muchas que seguramente habría vivido después. A Juan lo llamé un par de veces, encontró un buen trabajo y una chica guapa, rica y muy enamorada de él, según me dijo.

El otro día, recogiendo todas las cosas de mi despacho porque nos trasladamos de edificio, me encontré con el pendrive que me entregó Elena.

Pasaron los años, yo seguí trabajando en la misma oficina. Tras un período buscando un trabajo que no llegaba acepté continuar haciendo lo mismo, en la misma empresa; después sufrimos un ERTE. El otro día, recogiendo todas las cosas de mi despacho porque nos trasladamos de edificio, me encontré con el pendrive que me entregó Elena la última noche y lo introduje en el ordenador. Cuando esperaba oír Por primera vez con Evaluna Montaner, me dio un vuelco el corazón al aparecer la voz ronca de Elena, no de la Elena que había viajado con nosotros sino de una Elena distinta, ¡después de tanto tiempo! Me pedía que si escuchaba el audio no la llamara, ni le mandara ningún mensaje, sino que me reuniera con ella al domingo siguiente en la cafetería de debajo de su casa, que me fuera con lo puesto, que no me afeitara, que me llevara la misma maleta que traía de vuelta, que no recogiera mi casa, que no fuera a visitar a mis padres, que no mirara el buzón ni llamara más a Juan, a quien había acabado odiando. Me esperaría allí porque creía que se había enamorado de mí, de mis descuidos, de mis torpezas, de mi franqueza, de mi forma de ser, de mi pecho y de mis hombros… así continuaba diciendo palabras sueltas, que se iban atenuando, distanciándose entre sí, hasta que se enmudeció su voz, como cuando llegábamos tarde al hotel, como cuando se despertaba por las mañanas, soñolienta, un martilleo de voz que apenas duró tres minutos… quería irse conmigo a algún lugar de costa, no me prometía nada, pero era lo que más deseaba en esos momentos, estar a mi lado, lo demás habría que escribirlo juntos, decía, escribirlo juntos, sin exigencias ni imposiciones, sin estridencias. En ese momento Ramiro se asomó a mi despacho y me dijo que el camión de la mudanza tardaría menos de media hora. Me quedé desarmado, petrificado, mirando la pantalla del ordenador que dibujaba unas ondas inconclusas tras dar forma a la voz que salía del ordenador, a su voz.

Al llegar los de la mudanza las estanterías, las mesas o las sillas tenían más vida que yo, que permanecía inerme, agarrado a esas palabras, ausente, indefenso, para cuando uno de los operarios me dijo que cómo quería que orientara la mesa del escritorio en la nueva oficina, ya que los ventanales tenían vistas a un patio interior.

Gregorio Camacho Fernández
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