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La visita

jueves 3 de noviembre de 2022
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A la memoria de Ismaela Ramírez

—No quiero irme —dijo la mujer sin levantar la vista. Estaba sentada, agujeta en mano, mientras trataba de ajustar unas puntadas sobre los pétalos rojos. Trazaba de izquierda a derecha, insertando la aguja una y otra vez de forma oblicua, de arriba a abajo, casi pidiéndole permiso a la flor en construcción.

La silueta del fondo no se movió. Estuvo esperando allí por la mujer que seguía impasible en su labor. Ella lo notó y clavó la aguja sobre el dedal. Al levantar la mirada se encontró con dos excavaciones profundas muy solitarias, dos cavidades en las que cabían todos los sueños y aspiraciones de generaciones enteras. Sin embargo, sintió ternura por aquel contorno lóbrego que se apoyaba en la cornucopia.

—Debo llevarte conmigo —dijo la visitante—. Es tiempo.

Aquellas palabras llegaron muy frías a los oídos de Alfonsina.

El tiempo es una afección, la inclinación que te producen las cosas.

—¿Tiempo, dices? Tiempo tengo. Ahora tengo más que antes.

—No confundas menos afán con más tiempo —replicó la convidada—. El tiempo es una afección, la inclinación que te producen las cosas.

—¡Ciertamente! —dijo Alfonsina retomando su tejido—. El tiempo es un preso de la memoria. Reminiscencia del alma.

—No confundas el tiempo con el pasado —sentenció de nuevo la forastera—. Lo que pasa ya no es. El presente se convierte muy rápido en pasado y el pasado es sólo un recuerdo.

—Tengo cosas que hacer y cosas que recordar. Es la mejor temporada. No me iré contigo. No se deja la vendimia justo cuando empieza la poda —reiteró Alfonsina y siguió tejiendo.

La visitante se retiró no sin antes advertir que en cualquier momento regresaría para hacer aquel viaje pendiente.

La mujer retomó sus labores manuales sin prestar mayor atención a sus palabras. La flor fue tomando forma y salió de allí a cubrir la mesita de noche de su nieta. De allí salieron otras flores que nunca veía decorar nada, pero que aseguraba revestían cada rincón de la vieja casa donde por años se acumularon grandes momentos. Allí tejió desde los quince años cuando todavía soñaba medir el futuro. En cada agujetazo construía un rincón de la casona y retornaba al correteo detrás de los niños, a la reprimenda por entrar con los zapatos mojados a la galería, a la sopa servida alrededor de las 7 de la noche. Allí también se encontró a sí misma, de acuerdo de sí y de lo que hacía. A eso añadía una multitud de otras cosas que había experimentado. Cada hilo que entraba y salía era un fluir de gozo de aquellas jornadas. Tejió años entre las hebras de colores, rememoró los antes y los después de sus hijos y hasta las correrías de su ausente compañero.

Midió los tiempos en canutillos ya un poco torcidos por los temblores de la mano, hilvanó un futuro con tintes verdes y tornasoles donde no se encontró ya más. Entonces, advirtió la presencia de una silueta para quien tenía ya preparado un nuevo argumento, pero, al levantar la vista, no se encontró con las esperadas cavernas vacías. Frente a ella, un pálido halo flotaba con cierto esplendor. Era el olvido quien había ido a visitarla. En aquel momento, lamentó no haberse marchado con la muerte.

Rita Evelin Díaz Blanco
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