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No debo pensar en nada

sábado 5 de noviembre de 2022
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11:15 pm

Canaleo. Fox Sports, TNT, Discovery, Mutipremier, Telepacífico. Nada interesante. Es justo dormir ya. Al apagar las luces del cuarto sólo percibo un pequeñísimo punto rojo que me indica que aún tengo los ojos abiertos, es el led del decodificador de la televisión por cable. No necesito las almohadas, las arrojo al suelo y quedo bocarriba, con la columna extendida sobre el colchón, pensando. Pienso que hoy debí haber sacado tiempo para ir a ver Ben-Hur con la Flaca, pero la desidia y la falta de entusiasmo fueron superiores: atravesar la ciudad, recogerla en la casa, ir al cinema, hacer fila para comprar las entradas, pagar las entradas, hacer fila para comprar las crispetas, pagar las crispetas, llevarla a su casa de nuevo y regresar a la mía sin ella porque no me alcanzaría para el motel. Llegaría solo a este inmenso cuarto y canalearía hasta que me dé sueño, apagaría las luces y pensaría: “Gasté tiempo y dinero y ni siquiera la Flaca está aquí conmigo, comiéndonos”. Porque si estuviera aquí la cosa sería diferente. Pediríamos pizza y jugaríamos Uno. Haríamos el amor por primera vez. ¿Cómo se verá desnuda? ¿Cómo se sentirá el roce de sus manos en mi piel? ¿Gemirá? ¿Cómo serán sus gestos cuando yo esté dentro? ¿Qué tan rasurada estará? ¿Estará lisa como una bola de billar?

Cuando apago todas las bombillas y mis vecinos están en la paz del sueño, inicia el ruido del silencio. Un pitico agudo me atraviesa la cabeza. Un pitico que está todo el día, pero que sólo lo percibo a partir de la media noche. Miro la hora.

 

00:30 am

En la tarde mi compañera de cubículo en la oficina trató de hacerme conversación. Por el reflejo del monitor la vi girar la silla y le escuché decir: “Sergio, anoche tuve una pesadilla”. Yo me hice al sordo, preferí seguir escuchando salsa en mis audífonos y tomar a sorbitos el café que recién trajo Carmelita, la señora de los tintos. ¿Será que se dio cuenta de mi indiferencia? ¿Será que piensa que soy asocial? ¿Se molestará si le digo que mejor no me hable? ¿Será que los orangutanes duermen en posición fetal como estoy yo en estos momentos? Son sinsentidos.

A veces quisiera inyectarme morfina, o anestesia, o alguna sustancia que me envíe al sueño profundo en un dos por tres.

No veo el led, quiere decir que ya he cerrado los ojos. Empieza la lucha mental, el yo contra yo. A veces quisiera inyectarme morfina, o anestesia, o alguna sustancia que me envíe al sueño profundo en un dos por tres. Pero no tengo ni morfina ni anestesia en mi mesa de noche, es más, no tengo mesa de noche. Recurro entonces a la famosa mente en blanco. “Intente dejar la mente en blanco”, es lo que me dicen los otros cuando hablo de mi problema de insomnio. Pero, ¿qué diablos es dejar la mente en blanco? Desde que nací tengo una visión de veinte sobre veinte y sé distinguir los colores como cualquier mortal. Sé que el verde es el del pasto, el rojo de la sangre, el azul del cielo, el café de la mierda y el amarillo de las bananas. Por ende, sé que el blanco es de la leche.

 

1:30 am

Dicen que tener la mente en blanco es no pensar en nada; o sea, no pensar en nada es tener la mente en blanco. Mejor dicho, tener la mente en blanco es como ver una pantalla que cubre toda mi panorámica visual con ese color. Mas no debería ser así, porque estaría pensando en pantallas blancas, en cines y en leche, cuando no debería pensar en nada. ¿Está bien decir “no pensar en nada”? Sería mejor “no pensar”. Es lo mismo que “no hay nada en la caja”. Es contradictorio. Debería ser: “hay nada en la caja” o “no hay algo en la caja”, porque afirmar que no hay nada es decir que hay algo. Negativo más negativo igual a positivo. Otro análisis sin sentido. Mejor evito pensar en ese juego de palabras.

Giro mi espalda con fuerza hasta sacarme una seguidilla de yucas, es una sensación de placer. Alguna vez leí que los traqueos óseos se deben al aire que se aloja en las articulaciones, cosa curiosa, nunca lo llegué a pensar así. Pero bueno, me estoy desviando. Ahora sí, lo intentaré. Todo está en blanco. No voy a pensar en nada. No voy a pensar en nada. No voy a pensar en nada. Estoy pensando en no pensar nada. Estoy pensando en que no debo pensar que estoy pensando en algo para no pensar en nada. Por fin, todo está en blanco. Intento dejar esa imagen por el mayor tiempo posible. Diez segundos, quince segundos, veinte segundos… a los treinta segundos empiezan a aparecer siluetas de círculos que nacen de la leche. Son burbujas, muchas burbujas de diferentes tamaños. Se elevan. Hay algo adentro de ellas que no puedo percibir bien. Con mi mente estallo una y descubro que son trozos de pintura vieja y seca que caen como ceniza. Esto me recuerda un cuarto donde viví en Santa Marta, la humedad hacía desprender la pintura de las paredes como si fuesen pétalos. Había una mancha con forma de herradura en el techo causada por alguna fuga de agua del cuarto superior. Tengo intacto el recuerdo del balcón que tenía vista a los edificios de la playa. Yo no tenía vista al mar, pero sí a los edificios que la tenían, lo que para mí era una manera indirecta de tener acceso al mar desde mi cuarto. Pero no estoy en Santa Marta, estoy en el interior del país, muy pegado a la cordillera, y tengo frío, y debo dormir. Pongo de nuevo la mente en blanco, pero no pienso que esa blancura es de leche para evitar las burbujas. Es sólo blanco. Diez segundos, quince segundos, veinte segundos… a los treinta segundos aparecen ondas en el blanco, como cuando se agita una bandera. Puede ser la tela de la pantalla del cine. Puede ser mi sábana. No, es leche, sin duda. No son ondas en una tela, son olas en el líquido. Luego escucho mi propia voz, entre nasal y gutural. La voz me dice: “duérmase ya”.

 

Escucho una vena palpitar al respaldo de mi oreja. Escucho mis intestinos hacer digestión.

2:15 am

Cuando las luces se apagan y la gente duerme, el cuerpo habla. Escucho una vena palpitar al respaldo de mi oreja. Escucho mis intestinos hacer digestión. Escucho mis cabellos crujir contra la almohada. Escucho el pitico en mis oídos de nuevo. Lo de la mente en blanco no funciona. Me empieza a doler la cabeza. Me preocupo porque tengo que madrugar. En la radio escuché que mañana habrá paro de maestros por la calle 26 y que, según el reporte meteorológico, va a llover hasta la madre. Espero no llegar tarde y lavado a la oficina. Espero que nadie me hable en el trabajo. También espero no llegar trasnochado por estar pensando en cosas inútiles. ¿Qué me pasa? Cumplí con mis deberes, cené liviano, oré, no le hice daño a nadie. ¿Por qué ese juicio contra mí todas las noches? Si es un juicio, como creo, se me debe acusar de algo. Estoy en un juzgado. Los testigos son varios yoes, el juez soy yo, mi apoderado soy yo, el que me acusa soy yo y el sindicado soy yo. ¿De qué se me acusa o de qué me acuso?

 

2:30 am

No necesito un sicólogo para identificar mi problema. Pienso sobre qué vendrá más adelante: es ansiedad. Me siento en el borde de la cama. Esto no puede seguir así. Veo el led rojizo, como un ojo entrometido. Enciendo la luz y voy a la cocina, me sirvo un pocillo casi a la altura de sus tres cuartos con merlot. El vino me produce sueño, ojalá esta vez funcione. Regreso al cuarto, apago la luz y desconecto el decodificador. Ahora me acuesto por el costado izquierdo, encogido. Al dormir en posición fetal como los orangutanes mis rodillas me tallan entre sí. Recojo una almohada del suelo y la pongo en medio. Dormir de lado siempre se me ha dificultado, los hombros me duelen como si se fueran a dislocar. Las personas deberíamos ser como un muñeco desarmable, poder quitarse los brazos y dejarlos bajo la cama para dormir mejor. El vino sabe muy dulce. El dulce quita el sueño. El vino da sueño y su dulce lo quita. Positivo más negativo igual a negativo. Evado sumas y restas y pongo música ho’oponopono. Cuando estoy a punto de dormir me quito los audífonos y me dejo llevar. Escucho mi respiración. Me percato de que respiro sólo por la nariz. Inhalo, exhalo, inhalo, exhalo. El reloj hace tic, tac, tic, tac, tic, tac. La vena tras la oreja buf, buf, buf, buf, buf, buf. Exhalo por la boca, siento que me ahogo. Si no tengo control sobre mí, ¿cómo podré tener control sobre los demás?

 

3:30 am

Una solución para el insomnio es la masturbación. Es un placer mejor que el de las yucas. Lo intento. Me detengo. Creo que por esta noche mejor no. Debo acumular energías para cuando traiga a la Flaca a esta inmensa habitación. O al motel que quiera. Hablando de masturbación pienso si el semen tiene lactosa. Y al pensar en lactosa pienso de nuevo en leche, en ondas, en olas, en dejar la mente en blanco, en pensar en nada —o en no pensar. ¿Hay nada en la caja?

 

4 am

Andrés Acosta Romero
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