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El padre Ángel

viernes 25 de noviembre de 2022

Ella siempre estaba en la misma esquina, a una cuadra de la biblioteca de mi barrio. Vivía en la calle, era vagabunda y drogadicta.

Me gusta ir a pie a la biblioteca y voy varias veces por mes. Disfruto mucho mis caminatas, sobre todo en primavera, cuando las flores de la ciudad nos ofrecen un popurrí de aromas y colores, y los petirrojos hacen brillar su pecho rojizo con los rayos del sol. Incluso en otoño, cuando llueve sin cesar, prefiero ir caminando. Disfruto sentir el olor a hierba mojada y fresca, y ver los paraguas de los pasantes.

Al principio nuestros intercambios eran lugares comunes: hola, buen día, buenas tardes, ¡cómo llueve hoy!, hace frío, está nublado, etc. Después, ella empezó a usar otras frases tipo “¿cómo estás hoy?, ¿qué tal va tu día?, espero que tengas una buena tarde, te deseo un buen fin de semana…”. Yo respondía un poco como un robot, ya que esas expresiones las escucho frecuentemente en la caja del supermercado, en la entrada de mi trabajo, en la misma biblioteca…

Pero me sorprendió el día que me dijo: “Estás rengando, ¿te ha pasado algo?”. Asombrada, me di cuenta de que las preguntas que me hacía sobre mi estado de ánimo no eran anodinas, como yo creía. Eran sinceras. Ella quería genuinamente saber si yo estaba teniendo un buen día y me observaba con verdadero interés. Así, había notado mi rengueo que era, en efecto, algo reciente.

A los dieciséis años se fue del pueblo perdido donde vivía con sus padres. Cuando le pregunté la razón de su partida, se sumió en un profundo silencio.

“Sí”, le expliqué, “me fracturé una pierna y estoy en recuperación”. Y a partir de ese momento, nuestras charlas se volvieron más largas y menos triviales.

Primero me enteré de lo esencial, su nombre: “Esperanza”, respondió, “cuyo significado es una mezcla de ilusión con optimismo. Pero no tengo ninguno de los dos”, agregó con aire triste.

Poco a poco me fue relatando partes de su historia. A los dieciséis años se fue del pueblo perdido donde vivía con sus padres. Cuando le pregunté la razón de su partida, se sumió en un profundo silencio. No quise inmiscuirme en su vida privada e intuí que esa era una fibra sensible que no había que tocar.

Tras huir de su casa, Esperanza vino a la ciudad a trabajar como niñera en casa de una familia que le permitía estudiar por las noches. Así obtuvo su diploma de educación básica y después ingresó a la universidad. “Quería convertirme en abogada para defender a los niños que han sufrido de abuso”, me explicó. “Y ayudarlos a obtener la justicia que el sistema social en que vivimos tanto les debe”. Sus frases eran breves, pero profundas. Y durante mi caminata de vuelta a casa, quedaban resonando en mi cabeza como un campanazo.

Además de cortos, los relatos de Esperanza eran descosidos: contaba poco y saltaba de un tema a otro. Me decía que cada día, al caer la noche, el recuerdo del ataque le volvía a la memoria, produciéndole un terror que sólo podía apagar con la bebida o con la heroína.

No sé cuántos años llevaba como vagabunda, ni por qué dejó la universidad. Pero percibí que una gran aflicción, que se fue forjando desde su infancia, la llevó a perder primero su casa, después su empleo y al final su dignidad.

Y fue durante una de las últimas veces que la vi, que por fin me reveló la razón por la que había huido de su casa.

Así supe de la existencia del padre Ángel. Hermano de su madre y cura del pueblo, por años ha sido el encargado de la educación religiosa de los niños de su comunidad. Entre el catecismo, los monaguillos, las pastorelas y demás actividades de la iglesia, el padre Ángel interactúa con niños regularmente y de cerca. De muy cerca, a veces. Y como además de cura es también tío de Esperanza, no faltaban excusas para estos encuentros.

El ataque se produjo una tarde cuando Esperanza, que entonces tenía doce años y preparaba su primera comunión, fue a la iglesia a darle a su tío un encargo de su mamá. Aprovechando que se encontraban solos, el padre Ángel violó a su sobrina.

Cuando Esperanza volvió a casa, la madre encontró rastros de sangre en la ropa de su hija y la interrogó. Y al escuchar su relato la tachó de mentirosa. “Niña manipuladora, ¿cómo puedes inventar algo así de tu tío Ángel?”. A los ojos de su madre, Esperanza no era víctima, era una cizañera. Su padre, ausente en viaje de trabajo, no se enteró hasta algunos días después. Su reacción fue aún más desgarradora. “Ya basta de mentirillas, niña, que estás poniendo en juego la honra de la familia”.

Esperanza se fue retrayendo; se volvió asocial. Ya no iba a ninguna boda, bautizo o festejo de Navidad.

Y así, se enterró el incidente. “No sabía qué me causaba más dolor: si el abuso sexual o que mi familia no me creyera”, me contaba con profunda decepción.

Esperanza se fue retrayendo; se volvió asocial. Ya no iba a ninguna boda, bautizo o festejo de Navidad. Nada que incluyera ir a una maldita iglesia como aquella de la que guardaba terribles recuerdos. “No pisaré ese lugar nunca más en mi vida”, me dijo un día lluvioso cuando pasé por su esquina.

Mi caminata de vuelta a casa fue muy amarga. Mi cabeza estallaba de rabia y de impotencia por no poder ayudarla a obtener justicia. Yo le había sugerido acercarse a un juez y denunciar a su tío. “No hay pruebas; es mi palabra contra la de un cura”, replicó. “Ni mis padres me creyeron”.

Tristemente, esa era una realidad.

Dejé de ir a la biblioteca por un tiempo. Me sentía incapaz de ayudarla y no podía pasar por su esquina y saludarla como si nada.

Unas semanas después tuve que devolver un libro y reanudé mis caminatas. Me sentía menos impotente con la historia de Esperanza. Y quería ofrecerle ayuda a través de un amigo abogado con quien había hablado del incidente. Pero al llegar a su esquina no encontré a nadie. El lugar parecía limpio, sin restos de ropa vieja, comida, utensilios o jeringas. Sin duda hacía varios días que Esperanza no venía más por aquí.

Me dirigí a la estación de policía más cercana a indagar sobre su paradero. Con su nombre y la información que había recaudado a lo largo de estos meses, averigüé que Esperanza había sucumbido a la droga y, en una noche fría, había muerto de sobredosis.

Sus padres vinieron a reconocerla y se llevaron el cuerpo a su pueblo, donde iba a ser enterrada en la cripta familiar dos días más tarde.

La vida da muchas vueltas, algunas más torcidas que otras.

Fui al pueblo a honrarla y asistir a su funeral, el cual se llevó a cabo en la macabra iglesia donde ocho años antes había sido atacada. Y la ceremonia, por supuesto, fue presidida por su tío, el padre Ángel.

Graciela Matrajt
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