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El terremoto

jueves 15 de junio de 2023
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A Pablo Milanés, por el legado musical
que me acompañó durante mi adolescencia,
y todavía me acompaña.

Cuando me levanté prendí la radio, como todas las mañanas, para iniciar mi día escuchando música. Pero esa mañana, en vez de música, se anunciaba que un devastador terremoto había causado grandes daños materiales y humanos. Miles de personas habían perdido sus casas y muchos yacían bajo viviendas derribadas.

Todos los sobrevivientes fueron rescatados a lo largo de varios días a medida que se limpiaban los escombros. Pero no se veían señales de organizar la reconstrucción en un futuro próximo, debido a las enormes pérdidas materiales. En un país de escasos recursos, no se contaba con dinero suficiente para cubrir los gastos de las reparaciones.

Un grupo de artistas y celebridades se organizó para recaudar fondos de ayuda a los damnificados. Obsequiarían tiempo para hablar con sus fans, quienes podrían llamar a un número y pagar por unos minutos de charla con su artista favorito. El dinero recaudado sería donado para la reconstrucción de las zonas dañadas por el sismo.

Rara vez aparecía en la televisión y nunca iba a los lugares frecuentados por la gente famosa.

Yo admiraba mucho a uno de los artistas que tuvo esa iniciativa. Un cantante y músico muy famoso a pesar de tener una escasa presencia pública. Se limitaba a dar conciertos y pocas veces concedía entrevistas. Rara vez aparecía en la televisión y nunca iba a los lugares frecuentados por la gente famosa. De modo que los paparazzi y reporteros no sabían gran cosa sobre él y, por lo mismo, casi nunca hacían notas sobre su vida privada.

Creo que ese aspecto era, junto con su voz y sus canciones, lo que más me atraía de él. No tanto por la intriga que esto pudiera despertar en mí, sino por el respeto que me inspiraba alguien que no usaba su celebridad para ser constantemente el foco de atención. Me daba la impresión de ser una persona humilde de espíritu, quizás un poco tímido e introvertido; un hombre que hacía música por el placer que genera ese arte, no por subir a la cima de la fama y volverse el centro de interés. A ese tipo de gente se les llama “faroles”. Él era lo contrario de un farol. Y eso me gustaba.

Y como yo quería contribuir a la restauración de las zonas dañadas por el sismo y ayudar a los damnificados, esa misma tarde me inscribí para hablar con mi cantante por unos minutos. Mi turno sería en tres días.

Tendría ese margen para planear de qué querría hablar con él, qué me gustaría preguntarle. Mi tiempo sería limitado porque los minutos los vendían caros; se trataba de recaudar mucho dinero en poco tiempo.

Quería usar esta ocasión para conocerlo un poco. No podía desperdiciarla con preguntas tontas o con lugares comunes. Y sobre todo no cruzar la línea e inmiscuirme en su vida personal. Al mismo tiempo, esperaba que esta oportunidad me sirviera para aprender sobre sus gustos en lectura, viajes, música.

Al fin llegó el día de mi cita. Esa mañana yo andaba un poco desmañada. Se me rompió la taza de café, me lavé con acondicionador en vez de jabón y me puse calcetines de dos colores diferentes. Los nervios me hacían malas jugadas. Cada minuto que pasaba me iba poniendo más ansiosa y más torpe. Como si fuera una adolescente que va a ver al chico que le gusta en una fiesta, me sudaban las manos y no paraba de andar por toda la casa como un león enjaulado.

 

A la hora de mi turno sonó puntualmente el teléfono. Una voz al otro lado me informó que me conectaría en breve con el artista que había solicitado. Esperé en la línea telefónica un par de minutos que me parecieron un par de horas. Y entonces al fin escuché “hola, ¿qué tal?”, de una voz que conocía y reconocía. El corazón me saltaba dentro del pecho. Creo que si no hubiera tenido costillas fuertes habría terminado con una fractura de la caja torácica. “Hola”, le contesté. “Gracias por llamar y por participar en esta actividad para ayudar a la reconstrucción de las zonas dañadas”, me dijo. “De nada”, repliqué. “¿De qué te gustaría hablar?”, me preguntó. Y ahí los nervios me terminaron de traicionar. La mente me quedó en blanco. Como si la lengua se hubiera desconectado del resto de mi boca. No se movía, no me obedecía, no podía pronunciar una sola palabra. Todo lo que preparé para iniciar un diálogo, todas las preguntas y frases que tan minuciosamente planeé decir, ahora se esfumaban como si un tornado me pasara dentro de la cabeza. No sé cómo él se dio cuenta, pero de inmediato me lanzó una pregunta, “¿te gusta leer?”, que al instante sacudió mi aturdimiento y esfumó mi nerviosismo definitivamente, arrojándome a un apasionado diálogo con este músico que, como todos los anteriores de los que fui fan en mi adolescencia, me había parecido inalcanzable y ahora se manifestaba como un ser sumamente cautivador y profundo. Hablamos mucho y me pareció que fue por largo rato. Es increíble cómo la percepción del tiempo cambia según las circunstancias. Estaba descubriendo a un hombre que era, además de un gran artista, un humano con varios intereses similares a los míos. Me confirmaba lo que una vez había sospechado: era introvertido. Y también amante de la literatura. Sus pasiones se centraban en la lectura y el cine independiente.

Él, en un sorprendente impulso, sugirió que, si yo aceptaba, querría seguir la charla.

Cuando se cumplió mi tiempo, la voz del principio se interpuso en nuestra conversación para avisarnos que nos quedaba un minuto. Él le preguntó si alguien más estaba programado después de mí. La voz respondió que no había nadie por los siguientes veinte minutos. Entonces él, en un sorprendente impulso, sugirió que, si yo aceptaba, querría seguir la charla y pagaría por el tiempo extra. Y yo, conmovida, accedí. Y así continuamos conversando.

Uno de los temas en los que nos entretuvimos más fue la literatura latinoamericana. Él, al ser de otro país, no estaba familiarizado con los autores hispanos. Le hablé mucho de los poemas de Benedetti, ese poeta uruguayo que ha conquistado los corazones de tantos lectores. Y de cómo varios de ellos fueron musicalizados y se volvieron canciones conocidas. “Dicen que las matemáticas son el idioma universal porque son el lenguaje de la ciencia, y todas las civilizaciones hacen ciencia”, comenté. “Yo pienso que el lenguaje universal es la música, ya que sin importar la raza, el credo, la edad, el género o el nivel de educación, todos los seres humanos son sensibles a la música y son capaces de apreciarla”, agregué.

La voz del inicio irrumpió de nuevo para recordarnos que nos quedaba un minuto y que alguien más esperaba hablar con mi artista. Nos despedimos. Ambos habíamos disfrutado este momento, esta plática. Por su voz, sonaba satisfecho. Mi corazón latía normalmente; ya no estaba nerviosa. Sentía como si hubiera charlado con un amigo de siempre, de toda la vida, aunque fuera alguien que había conocido hacía escasa media hora. Antes de colgar, me preguntó en qué librería podría encontrar los poemas de Benedetti. Le mencioné aquella a la que siempre voy, e incluso le indiqué el pasillo donde se encuentra toda la poesía latinoamericana.

Esa noche me fui a la cama con un libro de poemas. Antes vi por enésima vez Encuentros cercanos del tercer tipo, una película en que los humanos se comunican con seres extraterrestres a través de la música. Y al día siguiente fui a la librería a ver las novedades en el estante de poesía.

 

Al dar la vuelta en el pasillo de la literatura latinoamericana, lo descubrí a él, mi artista, que hojeaba un libro de Benedetti. Acercándome para verificar si era él, lo saludé. Él, de inmediato, reconoció mi voz y volteando hacia mí me dijo, como si me hubiera estado esperando, que sabía que aquí me encontraría, y que deseaba entablar una amistad y conocerme un poco más.

Y así, nos fuimos a un café a seguir conversando de poesía, de música, de la vida.

Graciela Matrajt
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