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Madre de agua

sábado 11 de marzo de 2023
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I

Vivía en una charca, en cuyo fondo me enroscaba perezosamente por horas, saliendo sólo cuando la luz de las estrellas hacía brillar las aguas que me arropaban. Entonces me deslizaba furtiva, yendo a cazar para calmar mi hambre. Al principio, aves y roedores, luego animales más grandes. Recuerdo la primera vez que cacé a un niño: estaba bañándose en mi casa. Comenzó a caer la noche. Desperté, sentí las ondas en la superficie. Me acerqué con sigilo y lo envolví en mis anillos. Un grito, un gorgoteo, un remolino, los demás corrieron despavoridos. La laguna fue temida y odiada desde entonces, haciendo que pocas personas pasaran por ahí y mucho menos se introdujeran en ella. Pero para mí fue un manjar delicioso, al que me aficioné de inmediato.

Crecí, con los siglos y los muchachos valientes que se acercaban por mi imperio. Nadie podía mirarme a mis grandes ojos candentes sin ser devorado. En mi mandíbula florecieron unos vellos extraños, mi cabeza se hizo cornuda. Al principio parecía una gran serpiente, decían los seres humanos, pero en realidad soy más que eso. Soy la vida misma de las aguas en las que habito. Sin mí se secarían.

Mi tamaño aumentaba sin pausa. Mi vieja charca, de la cual conocía hasta su última musgosa piedra, me parecía muy pequeña. Cada vez más mi cuerpo quedaba cerca del sol y me producía un insoportable escozor. Comencé a escuchar el llamado del mar, con el batir de sus olas y los siseos de mis hermanas mayores, que ya vivían en sus aguas.

Acudí a su llamado, reptando por los ríos subterráneos que atravesaban todo el territorio.

 

Decían que no hacía falta pedir nada a los santos, que no había que rezarle a la Virgen, que no existía purgatorio, ni el papa era el representante de dios.

II

El viejo pueblo cubano de tierra roja siempre había sido católico. Con los mambises que habían sido desterrados y regresaron en la segunda gran guerra llegaron las primeras creencias diferentes. Decían que no hacía falta pedir nada a los santos, que no había que rezarle a la Virgen, que no existía purgatorio, ni el papa era el representante de dios. Muchos se interesaron, se construyó un templo que parecía norteamericano, los feligreses aumentaron. No tenían sacerdotes, sino pastores, y se les hizo una casa a la vera de la iglesia.

A mediados de siglo, una misionera estadounidense ocupó la casa pastoral para ayudar con la difusión de la obra. Desde que llegó cada noche sentía ruidos en el patio, silbidos, el sonido de algo grande que se arrastraba. Todo ocurría cerca del pozo. Pensando que eran animales tropicales extraños para ella, luego de orar trataba de dormir. Fueron muchas noches de insomnio, puesto que los sonidos se hacían más fuertes cada vez y se iban acercando a las puertas de la casa. Alguna vez, haciendo acopio de valor, se asomó por las ventanas enrejadas y vio sombras enormes deslizándose cerca del árbol de pepinillos, fruta ácida e insoportable. Lo atribuyó a la oscuridad, a la falta de sueño, al miedo. Regresó a la cama y oró con toda su fuerza.

Los perros de los vecinos no dejaban de aullar cada vez que se agudizaban los raros sonidos, mientras el cachorrito que le habían regalado los niños de la escuelita dominical se acurrucaba en un rincón, temblando como azogado. Una madrugada lluviosa sintió un grito casi infantil, seguido por un ruido sordo como de deglución. Su perrito no volvió a aparecer, a pesar de las búsquedas por toda la cuadra. Comenzó a tener miedo, pero no lo comentó con los hermanos de la iglesia porque, como misionera, debía ser un ejemplo de fe. Siempre había sido una mujer fuerte. No obstante, todo empeoraba: ahora había golpes secos contra las puertas y las ventanas. Algo trataba de entrar.

Una noche sin luna, la puerta quedó abierta. ¿Habrá sido simple olvido o esa necesidad perversa que nos hace acelerar lo inevitable a pesar del peligro que puede representar? La despertó el sonido de unos cristales rotos. Pensó que se habían caído unos vasos. Hacía mucho viento, así que no se extrañó. Fue a la cocina a revisar.

Un enorme reptil cornudo se alzaba ante ella, superando su tamaño. Su piel parecía cambiar constantemente de color. Un intenso olor almizclado inundaba la estancia. Temblando, tomó una botella de ácido muriático que le quedaba justo al alcance de su mano y tartamudeando una oración la lanzó a las fauces abiertas del gigantesco bicho. Cerró los ojos (la mirada escarlata del animal la mareaba) y se encomendó a Dios. Se sintió un ebullir, como cuando se vierte agua sobre un hierro al rojo vivo. Al abrir los párpados sólo distinguió la cola que se escurría y se oyó algo cayendo dentro del pozo. Nada más.

Al día siguiente los presbíteros la encontraron desmayada. En su delirio aseguraba que el diablo se la quiso llevar. Al recuperarse y contar la historia, algunos de los pueblerinos bajaron los ojos y susurraron un nombre: madre de agua.

A pesar de los temores, lo cierto es que a la criatura no se le volvió a ver en las noches siguientes: algunos dijeron que fue por el salfumán, otros por la oración, hubo quien sostuvo que siguió su camino al océano. Las más ancianas de la iglesia aseguraban que cuando iban a los servicios de adoración nocturnos en el patio del templo había cosas que se deslizaban y que cuando limpiaban podían encontrar muchas pieles secas de serpiente. Afirmaban las señoras con un temblor en la voz que eran los descendientes de la madre de agua. El brocal del pozo fue roto y la apertura clausurada. La asistencia a la iglesia comenzó a disminuir.

Meses después la misionera no se recuperaba del todo: no podía olvidar los enormes ojos rojos de aquella criatura. Sentía una extraña necesidad de estar cerca del agua, en particular, de la salada. Era como una sed voraz, incendiaria, que le recorría todo el cuerpo. Aprovechando que el médico le había recetado una temporada en la playa, para sus nervios y la tisis incipiente que la aquejaba, se fue al mar.

Una noche de luna llena salió a caminar por la costa. Los que la vieron dijeron que parecía alucinada, casi sonámbula.

 

La llamé por meses y aquí estaba. Nunca entendió que no quise atacarla.

III

Las olas parecían de plata bajo la luz plenilunar. Jugueteaba entre ellas, lánguida: sabía que se estaba acercando. La llamé por meses y aquí estaba. Nunca entendió que no quise atacarla. La estuve mirando por muchas noches, la pude haber matado en cualquiera de ellas.

Vi su figura delgada y oscura recortada contra el fulgor de la arena. La hice acercarse. La rodeé con mis verdes anillos, casi dulcemente. Parecía una danza entre el mar, ella y yo. Su rostro inexpresivo se iba haciendo azul. El viento desordenaba sus cabellos, bajo los cuales me había encargado que no hubiese pensamientos ya. Nos sumergimos. Giramos. Había medusas y algas. Bailamos…

 

IV

Varios días después, la misionera regresó a la iglesia. Se veía recuperada, aunque un poco pálida. Su piel tenía tintes glaucos. Recogió todas sus cosas y sin despedirse se mudó a un pueblo costero cercano. Pronto se supo que había abjurado del cristianismo y ahora era una bruja poderosa que hacía sanar o enfermar a sus clientes invocando serpientes que extraía de sus cuerpos y luego las entregaba al mar. Cuentan que en las noches de luna sus ojos se hacían rojizos. Alrededor de su choza siempre se sentían ruidos extraños, silbidos, sonidos de cosas enormes que se arrastran.

Unos años después, de la iglesia sólo quedaban ruinas.

Roberto Garcés Marrero
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